Esta novela corta nació como un relato. La historia se fue alargando tanto que finalmente salió esto. Espero que os guste. Iremos subiendo capítulos poco a poco.
“Ni yo mismo sé que hago escribiendo estas letras. Es la primera vez que me pongo a escribir, y aún no sé ni porqué lo hago… Supongo que es por necesidad.
Aquí estoy, sorprendido por las campanadas del viejo reloj de la iglesia, escribiendo con la vieja estilográfica que encontré en el bolsillo del viejo traje de maestro.
Esta noche me he acostado pensando en él – siempre lo hago aunque no sepa bien porqué – pero es que todo ha cambiado con esa carta que tenía escondida y que encontré dentro del bolsillo de aquel traje que nunca se ponía, que siempre guardaba al final del armario y que siempre vigilaba directamente.
El viejo traje de maestro – así lo llamaba papá, hablando de él como si fuera una auténtica reliquia que ni siquiera se podía mirar – no podía tocarlo
nadie, ni siquiera él mismo, aunque ninguno supiéramos el porqué. Ha sido después de enterrarle cuando lo he tocado por primera vez, recordando tantas cosas de mi infancia, y recuperando otras tantas que me habían robado y que ni sabía que existieran.
Por eso escribo… Escribo para él, para comunicarme como él ha querido hacer, creyendo que así podrá oír todo lo que quiero decirle.
Todo ha empezado – o terminado – esta misma mañana, en el viejo patio del cementerio municipal. Mientras le enterrábamos podía sentir cómo él mismo
– el traje – me llamaba, llegando su imperceptible voz hasta mí unida a ese olor tan característico que hacía mucho tiempo que no percibía.
Mientras el sepulturero cubría de yeso el nicho del que ya nunca más saldría percibí de nuevo ese enigmático olor que siempre me acompañó en la infancia.
Estaba rodeado por mi mujer, por mis hijos y por toda mi familia de este pequeño pueblo donde hemos vivido siempre, o donde al menos yo creí que vivimos siempre.
De repente no solo fue ese olor el que vino a mí acompañado por el viento, sino una extraña voz que susurraba, diciéndome que fuera hasta él. No sé cómo pasó pero después del entierro me alejé de mi mujer y de mis hijos, y volví a la vieja casa donde me crié y donde tan pocas veces he ido de mayor.
Antes de entrar me senté en el viejo “poyete” de piedra, donde él se sentaba
siempre, fabricando sus propios cigarrillos o realizando cestos de anea.
Siempre estaba allí, cuidando del pueblo, y dirigiendo su mirada hacia el
cementerio, como si tuviera la necesidad de vigilarlo. Incluso por las noches dormía con la ventana abierta, y siempre se asomaba y dirigía su mirada hacia ese santo lugar.
Sentado allí imité ese gesto tan suyo de frotar su espalda sobre la pared arenosa. Realmente aliviaba el picor – pensé emocionado. Al abrir la vieja puerta de cristales y aluminio – casi podría abrirse de una simple patada – recibí ese viejo olor, mezcla de alcohol y alcanfor, y esa sensación de humedad que siempre había por toda la casa.
Las luces apagadas hicieron todo más triste y macabro, tentándome a marchar de allí, pero de nuevo la llamada de ese viejo traje hizo que cerrara la puerta y me dirigiera hasta el dormitorio. Las baldosas rojizas seguían sueltas – como siempre habían estado – y a cada paso sonaban , haciendo creer que no tardarían mucho en romperse…Pero nunca se rompían.
Tan solo tres de ellas estaban resquebrajadas – y pegadas. Una la rompí yo
mismo con un “bolindro”. ¡Menuda regañina que me cayó!
La otra la rompió papá, cargando una vieja mesita, y la tercera se rompió
sola. Al menos eso le hice creer.
Casi inconscientemente llegué hasta el armario negro de grandes puertas de
espejos resquebrajados y me miré. Mi imagen no era ya la de aquel imberbeque tantas veces se reflejó allí, sino más bien la de un hombre que se
empezaba a hacer mayor.
Me puse de perfil y miré mi silueta, comprendiendo que tendría que empezar
a hacer algo de ejercicio. También me fijé en mi pelo – ya no había tanto y
de un solo color – y en esos ojos tristes y enrojecidos.
Cuando abrí una de las puertas – siempre la de la izquierda – no menos de
diez camisas blancas descansaban entre otros tantos pantalones negros,
perfectamente planchados y doblados, y otras tantas chaquetas del mismo
color. En todos los bolsillos había un pañuelo, todos con el mismo doblez y
simétricamente colocados.
Debajo, sobre el suelo de panel viejo, había sombreros – negros también – y
en la esquina descansaban varias decenas de cartones de tabaco “Celtas”, y
una cajita de metal muy vieja, con el dibujo oxidado de una Virgen del
Carmen, donde guardaba su papel de fumar en cajitas arlequinadas, sobres
con tabaco – Celtas también – y todo tipo de encendedores.
Los había de yesca naranja, algún que otro “Zippo” que yo mismo le regalé,
y otros muchos de publicidad. También tenía cajetillas de cerillas.
Como no pude abrir la otra hoja del armario – siempre estuvo rota – tuve
que meterme casi en el interior hasta llegar al viejo traje de profesor, que
estaba pegado a la pared final… Tanto que casi me costó despegarlo.
Allí adentro olía a papá y a algo más que me pareció un extraño perfume de
mujer – quise pensar que era de mamá – y recordé aquella primera, y única
vez en que me escondí allí para jugar al “escondite” con mis primos.
Aunque ese extraño perfume afeminado intentaba pasar desapercibido no
podía dejar de percibirlo, mezclado con el dulzor del licor, el rancio del
tabaco y el que desprendían esas viejas bolitas de alcanfor.
La mezcla de olores se hacía intensa y agradable, mezclando el olor de ese
viejo traje con el extraño perfume y los tabacos allí guardados desde hacía
mucho tiempo.
El viejo traje de maestro
10
Todos esos olores, unidos a mi miedo, provocaron evocadores efectos que
convirtieron en enigmas todas las emociones que iban naciendo en mí.
Y a mí llegó aquel día en que jugué al escondite y me escondí en su interior
por primera y última vez.
Yo acababa de cumplir siete años. Lo recuerdo porque se cumplía el quinto
aniversario de la muerte de mamá.
Ni yo mismo sé cómo llegué hasta allí. Recuerdo que huía de mi primo
Juanma. Quise esconderme bajo la cama, pero allí ya se habían escondido
Che y Rosi. Durante varios segundos dudé – llegando a asustarme – y al
escuchar la voz de mi primo me adentré en el armario sin pensarlo.
-¡Que voy, que voy! – gritaba mientras yo me daba cuenta del error que
acababa de cometer.
Estaba nervioso porque podía oír pasos en el exterior y no quería que me
descubriera. Además, allí adentro comprendí que si era papá el que me
descubría podría tener serios problemas.
Quise salir – temeroso de la reacción de papá – pero no pude hacerlo porque
alguien esperaba en el exterior.
Cuando se abrió el armario temblé de emoción. Estaba oscuro y no podía ver
nada, hasta que una mano me cogió del pelo, y tiró de mí sacándome con
violencia.
¡Qué miedo sentí!
Nunca había visto la cara de papá de esa manera. Estaba agriada, con los
ojos enrojecidos, el labio tembloroso, y todo mi miedo se detuvo cuando su
mano se elevó y me golpeó en la mejilla izquierda.
- ¡Te he dicho mil veces que nunca entres en mi armario! – me gritó.
Yo, lloré y callé. Me lo había dicho tantas veces que no encontré justificación
alguna para hacerle sentir menos enfadado conmigo.
Después de golpearme – lo hizo con menos fuerza de lo que aparentó – me
miró muy serio, y su agriado gesto comenzó a transmutarse… No tardó en
arrepentirse.
El viejo traje de maestro
11
Tampoco tardó en llorar también, y salió corriendo de la habitación,
dejándome solo con mi dolor, que era más espiritual que físico.
No volví a verlo en todo el día. Ni siquiera por la noche cuando me fui a
dormir.
¡Cuánto deseé durante los treinta años siguientes hablar con él de esa
bofetada que me dolió tan solo en el alma!
Sé que a él también, y puede que más que a mí.
Pensando en aquella bofetada acaricié mi mentón comprendiendo que aún
seguía allí. Aun así sonreí. ¡Qué distinto se ve todo desde la distancia!
Ya habían pasado casi treinta años desde aquel día y acababa de enterrarle
sin llegar a hablar con él de otra cosa que no fueran alumnos, exámenes,
hijos o política… Mucho menos lo hicimos de aquel soplamocos aún sin
olvidar – seguro que para ambos.
Tampoco fuimos nunca capaces de hablar de nosotros, de nuestra nula
relación a pesar de nuestra necesidad del otro, en definitiva de eso que nos
separaba sin saber porqué.
Siempre quise preguntarle el porqué de ese atormentado carácter, de su
falta de sensibilidad para conmigo, y de esa frontera que siempre situó entre
nuestros sentimientos, incapacitándonos para querernos más allá de lo
justo.
Nunca me puso fácil el acercamiento… Yo tampoco a él.
Y allí estaba yo sentado en su vieja cama, ya con treinta y siete años,
casado y con tres hijas, y con el viejo traje de profesor entre mis manos.
¡Cómo lloré mientras lo miraba!
Era un viejo traje de color gris claro, con diminutas rayas blancas, con dos
bolsillos en el pecho y coderas azules, cosidas con hilo gris y azul. En el
bolsillo llevaba un pañuelo amarillo que algún día fue blanco.
Una camisa amarillenta también descansaba bajo la chaqueta, y tenía restos
de lo que parecía sangre en el pecho y estómago. Una fina y estrecha
El viejo traje de maestro
12
corbata negra con un sello del Minsterio de Educación estaba anudada al
cuello de la camisa. El nudo no tenía fuerza alguna.
Y rebusqué en la chaqueta. En el bolsillo exterior derecho encontré un viejo
reloj con una gran cadena que parecía de oro. Las manchas de óxido me
demostraron que el único valor de ese reloj sería el sentimental. Marcaba las
once y diez minutos.
En el mismo bolsillo, junto a restos de serrín de lápiz, había un pañuelo
manchado también.
En el otro bolsillo había un viejo lapicero y una goma de borrar.
Fue en el bolsillo interior de la chaqueta donde encontré algo que sí que me
sorprendió.
Era un sobre, no muy grande, y estaba completamente cerrado y sellado. En
el interior parecía haber algo más que una carta.
Sentándome en la cama lo observé con atención, intentando encontrar unas
letras o algo que me ayudaran a saber qué podría ser.
Sin duda sería algo que papá guardó en secreto durante toda su vida, pero
que yo no podía dejar de leer. Quizás así podría comprenderle al fin… y
hasta perdonarle.
Al dar la vuelta al sobre encontré unas letras que me hicieron emocionar y,
de paso, temblar.
“Para mi querido hijo Juanito”
a mí ya me has enganchado para leer la historia. Este primer capítulo rezuma dolor y se respira la atmósfera oscura que creas. Parece realmente que hayas entrado en una casa vieja, con sus olores, con su atmósfera.
Felicidades. Ya te contaré
Me ha gustado porque evocas muy bien los olores. Parece un relato oloroso.
Está lleno de imágenes pero a mí me parece que de olores.
Veremos cómo sigue.