MUJERES OSCURAS DE LA HISTORIA: RAHAB LA RAMERA

Publicado 25 octubre, 2010 por josamotril

Rahab era una habitante de la ciudad cananea de Jericó en tiempos de la conquista israelita. Hay que tomar esto con todas las reservas pertinentes, pues es solo mitología y carece de visos de verosimilitud. Según numerosas fuentes arqueológicas, la población de Jericó, en el tiempo en que se supone fue tomada a sangre y fuego, ni siquiera tenía murallas y era poco más que un poblacho de pastores.

    Nos ceñimos, por tanto, a lo que el mito dice. Y dice muchas cosas, y bastante claras.

    Para empezar, Rahab era una prostituta. Nada tiene de malo esta profesión, salvo estar expresamente prohibida por la Ley de Moisés. Eso la convertía en una mujer pecadora, lo que la catalogaba de forma inmediata dentro de las personas de poco fiar.

    Y en verdad, resultó ser una persona en la que no se podía confiar. Cuando las huestes de Josué, sucesor de Moisés, se acercaban a Jericó, se asustó muchísimo. Tanto ella como toda la población. Mientras que sus vecinos y conciudadanos se afanaban en la defensa de su pueblo, su cultura y sus vidas, esta señora acogió en su casa-prostíbulo a dos enviados de Josué, destinados a inspeccionar el terreno y sondear las impresiones del pueblo que iba a ser masacrado según designio divino. Es más, al ser preguntada por la guardia sobre los espías, que ella tenía escondidos en su tejado, mintió descaradamente, diciendo que los había visto irse, y que si los centinelas se daba prisa podrían alcanzarlos. Vaya cinismo, sui se me permite decir algo.

    No contenta con eso, la ramera Rahab hizo un pacto con sus enemigos. Un pacto en provecho propio, que después se ha querido interpretar como “fe” y “sumisión” al dios de los hebreos, que en modo alguno era el de su cultura. Su trato consistía en que, si ella no los delataba, cuando la invasión llegara, y lo haría a sangre y cuchillo, ella y su casa se salvarían de la limpieza étnica. para poder dar cumplimiento a esta promesa, se le pidió a la ramera que atara un lazo rojo al dintel de su casa, para que cuando las hordas asesinas entraran en la ciudad su casa pudiera ser reconocida y respetada. Recuerda esto de forma alarmante a la señal que los israelitas debieron poner en sus puertas cuando el Ángel de YWHW se paseó por Egipto asesinando a cuanto primogénito tenía a mano. Se ve que ni para cometer genocidios son novedosos los textos bíblicos. Ni por un momento pensó la susodicha traidora en sus vecinos, o en los niños que vivían en su calle. Para ella, fue mucho más importante salvar su vida que la de los infantes de su cuidad, que a ojos de los israelitas conquistadores, eran una panda de pecadores reos de muerte. Pero por este encantamiento, todas las maldades cometidas por Rahab contra la Ley de Moisés quedaban olvidadas, como si nunca se hubiera dedicado a la fornicación como ocupación.

    En efecto, su traición a su pueblo se consumó. Cuando las hordas crueles e inhumanas de israelitas entraron a la cuidad, tras un espectáculo ceremonioso de vueltas y más vueltas por siete días alrededor de sus -inexistentes- murallas, respetaron a Rahab y a su familia, mientras que despedazaban niños, estrellaban bebés contra las peñas y traspasaban embarazadas con sus espadas y demás utensilios guerreros.

    Y que nadie se llame a engaño. Su proceder, lejos de despertar el recelo, la ira o siquiera la desconfianza del pueblo invasor -dado que había sido capaz de traicionar a todo su pueblo, ¿quién aseguraba que no haría lo mismo con los israelitas, invasores extraños?- se convirtió en modelo a seguir de abnegación y sumisión a los designios divinos, poniéndose como ejemplo de gentil al que su fe en el verdadero dios había salvado. Es más, la Historia, o mejor dicho, el mito, le tenían reservada una gran sorpresa: Rahab desposó con Salmón -y no es un chiste…- y tuvo como descendiente a Booz, que fue el progenitor de Obed, y éste de Isaí, el padre del rey David. Esta genealogía aparece en el evangelio como parte de la de Jesucristo, con lo que se añade a éste singular personaje la extraña prebenda de ser descendiente directo de una persona que vendió a su pueblo. Paradójicamente, esa traición es menos conocida que la que sufrió el susodicho Jesús de parte de Judas Iscariote. Pero si hubiese estudiado su árbol genealógico, seguramente Jesús se habría sorprendido algo menos de este hecho, y sus contemporáneos también.

    Así pues, en la línea divina de nacimiento del Mesías aparece una alta traición, de parte de una de sus antepasadas, que fue ensalzada como la mujer más importante de su época, y que no fue más que una traidora con todas las letras.

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