NO HAY MANERA CONTIGO

wp-image-995666728Mira que me costó poco dejar de fumar. Mira que me costó poco dejar de beber Coca cola. Mira que me costó poco estudiar. Mira que me costó poco aprender a estudiar…

Mira que tengo facilidad para olvidar las llaves. Mira que tengo facilidad para olvidar un cumpleaños. Mira que tengo facilidad para olvidar las cosas que tengo que comprar. Mira que tengo facilidad para olvidar los donuts…

¡Pues contigo no hay manera!

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DESVARÍO EN TORNO A UN CUADRO DE HOPPER

Siempre a la misma hora. Siempre los mismos días. Siempre el mismo ritual: levantar la persiana por primera vez en el día, apagar la luz, sentarse tras la cortina, y esperar.

La luz de la amplia ventana de la casa de enfrente se encendió y apareció ella vestida con aquella toalla de color… ¡Ese día tocaba la roja! Observar aquel espectáculo era su regalo, el regalo que un ser solitario como él se hacía una vez cada dos días. La observó caminando por el dormitorio, con esa piel trigueña que parecía una parte más de la lámpara de pie que había en aquella habitación de suelos verdes. Su cuerpo no era perfecto – ni lo necesitaba – pero su piel sí que lo parecía… Tan rosa y brillante…
Después de observarla largo rato hasta que entró en el baño y desapareció de su vista, cerró los ojos y se dejó llevar, adentrándose en ese baño que tan bien conocía desde lejos a pesar de no haberlo visto nunca. Él lo imaginaba pequeño, blanco, con una ducha moderna, y a ella desnuda, impregnada en jabones elegantes y perfumados. Aun así, a pesar de seguir solo viendo la ventana del dormitorio, él era capaz de sentir todos los olores de aquel baño, sus vahos, y esa mezcla dulce de gel de fresa y piel mojada, hasta conseguir la fuente del placer extremo. Vinieron a su mente una mezcla de imágenes que no podía controlar: De reente él estaba allí con ella – ¿o era ella quien había llegado hasta su casa? – y casi podía sentir su olor, su sabor y su tacto. Después de imaginarla, como siempre sucedía, ella salió del baño, mojada aún, cubierta por esa toalla que la hacía más elegante cuanto más mojada estaba. De repente, adrede, como suceden esas cosas, ella se deshacía de la toalla y sus caderas se dibujaban tan hermosas como dunas que siempre quería pisar con sus pies descalzos.
Sus corazones, aún en la distancia, parecían sincronizados, sus cuerpos estaban montados en la misma ola, y el universo se hizo eterno al mismo tiempo hasta que finalmente la luz se apagó alejándole de un sueño en el que nunca había participado, para desgracia de él.
Después, más enamorado que el día anterior, bajó la persiana por completo para que ella siguiera pensando que allí no vivía nadie, y salió del baño un poco menos triste triste – como siempre – abrió su nevera y se sirvió una copa de esa botella de vino que ella compraba siempre en el supermercado, y que siempre ya también sabía a ella.
Algún día, aprovechando su visita al supermercado de los miércoles, se presentaría, y la invitaría a abandonar la maldita soledad de ambos… Pero eso sería cuando consiguiera vencer esa maldita timidez y esos miedos absurdos a ser rechazado que llevaban ya acompañándole sus cincuenta años de triste existencia.

AMOR MACABRO DE HERMANOS


Juán Valverde estaba acostumbrado a ir a prisión a entrevistarse con clientes pero ese día todo era diferente. Don Juanan, como le conocían en el mundo del juzgado, era uno de los abogados más influyentes y exitosos de toda la costa, y, como digo estaba más que acostumbrado a recorrer aquellos pasillos. Pero aquella mañana todo era diferente porque iba a entrevistar a su hermano, acusado de asesinato. ¡Su hermano! Cuando llegó a la celda donde estaba recluido ya vio en su esquiva mirada que nada iba a gustarle aquella macabra charla.
-¿De verdad lo has hecho? – preguntó Juan, buscando la esquiva mirada de su hermano, que se perdía en la sombra que proyectaban los barrotes sobre el sucio suelo de esa húmeda estancia – contéstame, por favor
– sí – balbuceó, casi de forma ininteligible, como aquel niño al que tenía que sacar siempre de todos sus líos en aquel barrio del que huyeron en cuanto pudieron
– pero… ¿por qué? – volvió a preguntar, transformando la primera lágrima de incredulidad en otra de terror – me prometiste que no harías más daño a nadie ¡Me lo prometiste!
– lo sé, pero…
– ¿pero? Carlos, no hay pero que valga. Te lo dije. No podré sacarte más las castañas del fuego porque ya quema demasiado
– ya, pero tenía que hacerlo
– ¿a los dos? ¡Carlos, has matado a dos personas!
– a dos ratas – dijo mirándole, y asustándole. En sus ojos no había arrepentimiento alguno
– ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué les has matado? ¡Y a ellos!
– por ti. Te dije que te debía un gran favor
– ¿por mí? me estás asustando
– no te asustes. Lo he hecho por ti, y tú tienes que sacarme de aquí
– no te entiendo, Carlos. Me estás asustando
– No te asustes ¿recuerdas a esos dos babosos? ¡No te caían bien!
– ¡ese no es motivo para matar a nadie!
– sí que lo es. ¿Recuerdas la de veces que me has dicho que si pudieras matarías a todos esos babosos que intentan siempre acostarse con tu mujer, María…?
– sí – asintió, más asustado aún, sintiendo cómo esa culebrina de hielo y cristal iba recorriendo toda su espalda
– pues eso hice. Ese baboso se pasó el otro día con ella, y tú lo viste – dijo su hermano, mirándole al fin y mostrando una triste sonrisa repleta de macabro pavor infantil
– pero…
– eres mi hermano, mi único hermano, y por ti haría lo que fuera… Ya te digo que te lo debía, y tú me lo dijiste… ¡Me lo pediste!
– yo…