Su espalda, Vista y no vista

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Su espalda provocaba todo tipo de envidia entre mis ojos y mis dedos, llevándolos incluso a la discusión más ateo, …

Los dedos, siempre vencedores en el juego del deseo y la carne, sintieron por vez primera envidia de los ojos, que eran los únicos que pudieron disfrutar de aquella espalda tan especial para los primeros y tan prohibida para los segundos…

Y es que aquella espalda siempre fue vista y no vista… Y, mucho menos, tocada.

El náufrago de su espalda

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Mirar su espalda era como descifrar el mismo mapa del tesoro. Y así me sentía yo ante ella, cual Robison Crussoe, perdido, esperanzado, sediento, y al borde de la locura…

Y es que su espalda estaba marcada por firmes líneas imaginarias sólo capaces de descifrar y seguir en el mar, pero incapaces de descifrar en tierra firme, que era donde estaba siempre este pobre y perdido náufrago que era yo.