Carta a mi mujercita

Querida Carmen:

Te hemos visto nacer, te hemos visto comer, te hemos visto andar, te hemos visto controlando tu esfínter, te hemos visto ir al cole (con personajes eternos como tu Sara, tu Cristina, Nuria, Juanjo…) te hemos visto aprender a nadar, a montar en bici, te hemos visto ir al insti, te hemos visto querer a tus amigos, a tus abuelos, a tus primos, a tus tíos, a tus hermanas, a tu otro pueblo…

Ahora te empezamos a ver enamorándote, haciéndote mayor, y empezando a volar…

Querida Carmen: vuela, no dejes de volar, que para eso tienes las alas de tu imaginación,,ñ pero nunca olvides que tienes pies, y que estos pertenecen a la tierra… ¡A nuestra tierra! Y que aquí siempre tendrás tu nido repleto de amor.

¡No dejes de volar nunca!

Me gusta que pase el tiempo, aunque vaya en mi contra… ¡Va a tu favor, princesa!

CAPERUCITAS DEL SIGLO XXI

fb_img_1464020035360Érase una vez una muchacha preciosa a la que todos llamaban Caperucita Roja. Esa Caperucita vivía cerca de un bosque, sola, y era tan bella, tan independiente y, sobre todo, parecía tan segura de sí misma, que se adentraba por el bosque sin importarle otra cosa que disfrutar de su recogida de setas. Todos los días se adentraba en el bosque que visitaba de pequeña, cuando su abuela vivía, y vivía al otro lado; y, desde entonces, un lobo la merodeaba buscando la ocasión de abordarla. Esa joven – ya no era una niña – era tan segura y tan fuerte que al lobo no le quedaba más remedio que esconderse a su paso. Allí, agazapado como una más de sus propias víctimas, aguardaba observándola, intentando reunir el valor suficiente para abordarla y preguntarle aquello que sólo se atrevía a hacer dentro de su inaginación: “¿Caperucita, Caperucita, dónde vas con esa cesta tan bonita?”

– Se lo digo otro día… Seguramente mañana – se decía una y otra vez, inseguro y asustado,  comprobando que la belleza de aquella joven era más peligrosa para él, de lo que pudiera ser la ferocidad, y el hambre de él, para ella.

Fin

hace verano

Tú, tan suave a la caricia temerosa, esa que se da temiendo a tu despertar y a que se baje el telón de mis dichas… Tú, tan ligera, tan fina, y tan volátil… Tú, entidad no divina que sobrevive a todas y cada una de mis especulaciones carnales… Tú, animal con feroces garras provistas de exquisita y peligrosa ternura para despertarme en mitad de todas y cada una de mis madrugadas… Tú, tan poesía escrita con los labios susurrantes del miedo y la emoción…

Tú, tan tú, tan yo… ¡Tan nosotros!

EL CUENTO DE LA CAPERUCITA DEL SIGLO XXI

fb_img_1464020035360.jpgÉrase una vez una muchacha preciosa a la que todos llamaban Caperucita Roja. Esa Caperucita vivía cerca de un bosque, sola, y era tan bella, tan independiente y, sobre todo, parecía tan segura de sí misma, que se adentraba por el bosque sin importarle otra cosa que disfrutar de su recogida de setas. Todos los días se adentraba en el bosque que visitaba de pequeña, cuando su abuela vivía, y vivía al otro lado; y, desde entonces, un lobo la merodeaba buscando la ocasión de abordarla. Esa joven – ya no era una niña – era tan segura y tan fuerte que al lobo no le quedaba más remedio que esconderse a su paso. Allí, agazapado como una más de sus propias víctimas, aguardaba observándola, intentando reunir el valor suficiente para abordarla y preguntarle aquello que sólo se atrevía a hacer dentro de su inaginación: “¿Caperucita, Caperucita, dónde vas con esa cesta tan bonita?”

– Se lo digo otro día… Seguramente mañana – se decía una y otra vez, inseguro y asustado,  comprobando que la belleza de aquella joven era más peligrosa para él, de lo que pudiera ser la ferocidad, y el hambre de él, para ella.

Fin

LO BUENO DE SER NIÑO…

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Lo bueno de ser niño era, entre otras muchas cosas, que si algo no te gustaba cogías tus bártulos y te ibas con la música a otra parte. Ya, de mayor, cuesta más… ¿O no?
Uno no debería dejar de ser niño hasta que ya no puede ser otra cosa… ¡Hasta que deja de ser!

Por eso algún día, uno de los dos volvería a ser niño y se irá con su música a otra parte.