¿NUNCA? ¿SIEMPRE?

fb_img_1468306283541-1.jpgNunca la besé,
nunca dormí con ella,
nunca siquiera la vi dormir…
Nunca bailé con ella ese baile que tanto deseaba…
Nunca pude decirle a los ojos todo aquello que le escribí…
Nunca pude desnudarla más que con palabras escritas…
Nunca pude entrar en ella de otra manera que no fuera a través de la literatura…

Pero un día…
Un día entré en ella…
Y ya nunca más salí.

Deja a tu hijo ser niño un rato más

Queridos papá y mamá:

Hay muchos momentos en los que olvidamos que no hace tanto éramos nosotros los que estábamos ahí abajo, sin importarnos el tiempo perdido, sin preocuparnos por el agua desalojada, sin asustarnos porque el agua se enfriara, o porque nuestros dedos se arrugaran… Éramos niños, y para eso estaban ya papá y mamá.

Recordémoslo. Dejemos que nuestros hijos sean sólo niños. Ya madurarán… No les quedará más remedio.

LA INFIEL

María y Carlos acababan de despertar y hacían el amor con la delicadeza de siempre. Él jugaba con su cuerpo, con delicadeza, hasta que algo le hizo detener. Sin decir nada dejó de jugar, se levantó, y se fue del dormitorio.
¿Dónde iba su marido con tanta prisa si era sábado? – pensó, mirando el reloj, que marcaba las siete y nueve, y tapando su cuerpo desnudo.
– ¿Dónde vas Carlos?
– me voy- dijo, sin más, mirándola fríamente antes de salir.
Intentando volver a su sueño tecordó con miedo lo que allí había pasado unos minutos antes, intentando encontrar una explicación a esa repentina e inesperada fuga amatoria.
Como siempre sucedía en los últimos… ¿diez años? Carlos despertó abrazándose a ella, acariciando su cabello, besando su cuello bajo el pelo y dibujando flores con uno de sus dedos sobre toda la mano de ella.  De fondo, como siempre también, sus suaves susurros en forma de baladas.
Después, suspirando y respirando sobre su espalda, bajó saltando de lunar en lunar hasta llegas a la cesta llena de frutas que eran sus caderas. Allí besó también, e incluso dejó que el más húmedo de los músculos jugara con su piel despierta, y disfrutó de su sueño, sin despertar sus ojos, como siempre hacía, mañana tras mañana, semana tras semana, mes tras mes… Año tras año.
Después de limpiar su espalda y caderas de la nada de la noche le dio la vuelta al paisaje lunar por donde su boca paseaba y besó su corvo vientre, sus caderas, y dibujó gaviotas alrededor de las islas de sus senos, donde no podía morar para así no despertarla.
Ella, aún despiertamente dormida, sonreía en silencio mientras su amado sin rostro besaba sus muslos y sus rodillas y acariciaba todo el contorno de su cuerpo disfrutando de su piel erizada.
Fue al llegar al calor de sus ingles dormidas cuando todo se detuvo, cuando él cambió su tono romántico y embelesado, rompiéndolo, y cuando, sin decir nada, se levantó y rompió ese ritual que no siempre le gustaba… Pero sí ese día.
Ella, dispuesta a dejarse vencer, había separado sus muslos, arando el camino para la siembra y dejando su tierra abierta para que el agricultor dispusiera de las semillas e hiciera a su antojo el huerto del que luego se alimentaría, pero él se había detenido, apartado y marchado. ¿Por qué? – siguió preguntándose mientras despejaba los estertores de su cuerpo, convulso aún.
No podía entender nada. Él no le había dicho que tuviera que marcharse, y era algo impropio de él… Marcharse así de la cama, sin decir nada, sin besarla, sin abrazarla…
Fue en la ducha, minutos después, cuando comprendió todo.
¡Horror! – pensó, mirándose en el amplio espejo del baño, y viendo su cuerpo desnudo y mojado. Sobre sus dos ingles se dibujaron dos manchas moradas, provocadas por los dientes y los labios de su amante la tarde anterior, y para mayor dolor unas letras extrañas escritas con macabro bolígrafo de color rojo…
– ¡Menudo cabrón! – pensó y maldijo, mientras leía esas extrañas letras que al fin pudo descifrar:
ERES MÍA.