Mensajes

¿Quién no se siente reina por la mañana frente al espejo…? Aunque por la noche vuelvas a verte como el peón que otros dicen que eres…

Por suerte en pocas horas será de nuevo por la mañana, y todo volverá a empezar… ¿Se puede volver a empezar? !Pues claro que sí!

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EL REGALO MÁS CARO

– ¡El Mario 4! ¡Toma ya! Gracias Rai
– ¡el super drive 3! ¡guauuuu! Gracias Sere
– ¡abre otro, abre otro!
– ¡el uncharted 4! ¡ooooole! gracis Paco
– Otro, otro… Dios, qué nervios
– ¡toma ya! ¡El fifa 18! ¡ qué bueno, Javi!
– abre ese, rompe el papel
– ¡un tango Adidas, edición especial Rusia 18! – gracias Ricky
– ¿esto qué es? ¿una libreta con boli? ¡Otro, otro!
– ¡un drooooooooon! ¡Toma ya! Gracias Juan
– ¡Diooooos, el GTA7! ¡Toma ya! gracias Cata
-¡Eeeeeehhhh! ¡Las zapatillas con ruedas! gracias Dani
– ¡Miraaaaaaa, las pelis de Deep Note! ¡Qué pasada! gracias Juanlu
– ¡La camiseta de Messi! ¡siiiiiiiiiii! gracias Germán
– ¡cumpleaños… Feliz… Te deseamos todos…!
– ¡Pongamos la play!

El día había sido muy intenso para José junto a sus amigos y sus emociones. Después de la cena se había quedado dormido, completamente agotado. Al llegar al dormitorio su madre le tapó con la sábana que había en el suelo y recogió los papeles arrugados de los regalos de sus amigos…

Entre todos ellos la madre de Jose vio la libreta y el boli que Abdoul le había comprado con su propio dinero, tirada en el suelo, con los papeles arrugados…

La madre linpió la libreta, recogió el boli, y los colocó al lado de los demás regalos. Sintió un poco de pena, pero sonrió al ver la cara de felicidad de su hijo.
– Algún día, querido hijo – pensó su mamá, mirando la libreta y el boli en la estantería, donde su hijo había dejado los demás regalos – comprenderás que los mejores regalos no son los más caros… ¡Algún día!
Al cerrar la puerta del dormitorio de José recordó la cara de ilusión de Abdoul al entregarle a Jose el regalo que tanto esfuerzo le había costado comprar en el chino,con su poquito dinero, y también recordó la carita de aquel muchacho al ver el poco caso que su hijo había hecho a su “costoso” regalo.

Ya entendería más adelante… Aún era “solo” un niño.

Pdta: hay una falta gravísima ¿La has visto?

LA ESQUELA

Resultado de imagen de ESTACION METRO AÑOS 50La joven no llevaba en ese pueblo más de un mes. Ella era de la capital, pero los estudios – o lo mal que le iba en ellos – la habían llevado hasta allí para intentar remendar una carrera que no parecía tener ninguna salida. Esa mañana todo era tan diferente que solo le apetecía llorar. Mirando constantemente al reloj que descansaba en su muñeca izquierda no podía dejar de pensar en todas las lágrimas que había derramado, y en todas las que le quedaban por derramar. A esas horas de la mañana las tres plazas estaban vacías, y ella, que se encontraba en la del centro, sentada en un banco frente a aquella vieja casa de ladrillo rojizo y tejado negro, sucumbía ante su soledad.
Cerca de ella pasó Javier, que acababa de salir de casa, ajeno a todo, disfrutando de sus primeros días de vacaciones.
Ya cuando salió de su casa la vio sentada en ese banco, pero como “Connie” corría hacia el jardín de la plaza de los Arcos,  parque, no le prestó más atención. Aun así le pareció que esa joven estaba llorando.
Nada más llegar al parque el perro orinó sobre el mismo árbol de siempre mientras Javier fumaba un cigarro. Las puertas del Tabanco, de la tienda de mascotas y de la floristería estaban cerradas aún. Solo el Cedeira parecía abierto. Después, caminó por la calle paralela, saludó a su viejo amigo a través de la ventana de su peluquería, y siguió caminando hasta el estanco de esos de toda la vida. La puerta era pequeña y estrecha, y al abrirla, golpeaba sobre una campanita que había en el techo y que avisaba al anciano dependiente de la llegada de un nuevo cliente. Era entonces cuando se levantaba de su silla ese hombre que llevaba allí toda una vida. Al principio no reconoció a Javier, y le saludó casi sin mirarle, mientras cerraba una vieja caja de puros donde guardaba una gran cantidad de sellos de todos los colores.
– ¿Me da lo de siempre?
– Ah, es usted, profesor… No le había reconocido – dijo el viejo, colocándose bien las gafas – ¿cómo van esas vacaciones?
– pues no me puedo quejar para ser la primera semana – le contestó, pagándole los dos paquetes de tabaco que solía comprar todos los domingos. Al salir desató a “Connie” de la ventana donde le había dejado amarrado, y caminó por la plaza del ayuntamiento para ir a su casa.
La calle estaba desierta y silenciosa, como a él le gustaba. Su exquisita limpieza, sus altos y frondosos árboles, sus bancos perfectamente pintados, y la inexistencia de coches aparcados junto a las aceras, hacían de ese un lugar idílico donde la vida pasaba sin esos esos innecesarios adornos que, para nada, necesitaba.
A pesar de que aún no eran las nueve de la mañana el calor golpeaba contundentemente, como hacía en las horas de la siesta, y fue precisamente por culpa de ese sofocante calor, que apenas le había permitido dormir en toda la noche, por lo que salió de casa tan temprano para dar una sorpresa a su familia con forma de churros.
Cuando los enanos los vieran se volverían locos de alegría – pensó sonriendo, recordando la última vez que los sorprendió. A su anciana madre, que vivía con ellos, también le haría mucha ilusión.
La yaya María siempre vivió con él – hasta cuando estudió. Enviudó cuando Javier cumplió un solo año y nunca tuvo valor para dejarla sola… Tampoco quiso hacerlo.
Ella, después de morir papá, nunca tuvo otro novio, ni otros hijos, y en él volcó su existencia.
Con paso lento, por culpa de esas chanclas nuevas a las que aún no se había acostumbrado, volvía a casa. La siguiente parada sería en la cafetería donde hacían los mejores churros de toda la ciudad.
Sudoroso, seguía con su mirada las pisadas del perro mientras abría el periódico por la página central, como siempre hacía. El horóscopo no decía nada nuevo. Había una nueva exposición de pintura, que él ya había visto, y las temperaturas subían – como él mismo comprobaba. Lo que sí llamó su atención fue que el día anterior solo hubiera muerto una persona en toda la provincia: Mariana Pinos Ruíz, fallecida a los ochenta y dos años.
No se inmutó, ni sintió nada especial,es cierto, pero ese nombre desconocido, escrito con caracteres en negrita, le llamó la atención… Aunque no supiera bien el porqué. Al leerlo sintió un escalofrío extraño, pero no le hizo mucho caso, y siguió ojeando el periódico.
Esa mujer no era del pueblo donde él vivía, y era ya bastante mayor… Ochenta y dos años. Ley de vida – pensó mientras cerraba el periódico y encendía el primer cigarro del día, percatándose que cerca de él estaba esa joven que vio al salir de casa, y que aún lloraba desconsoladamente.
Pasó junto a ella en silencio, sin atreverse a preguntar nada. Ella ni se dio cuenta de su presencia, inmersa en su dolor. Javier se detuvo y llamó al perro para que no se alejara. Lo pensó dos veces, y finalmente se dio la vuelta. Una vez más le pudo su compasión, pero, sobre todo, la curiosidad.
Al acercarse observó que esa joven le resultaba familiar, aunque estuviera seguro de no haberla visto anteriormente. Y, sin saber porqué, volvió a pensar en el nombre del periódico mientras se acercaba a ella con el único motivo de intentar calmar una angustia más que aparente.
– Hola, ¿te pasa algo? – preguntó tímidamente.
La joven no respondió y le miró de soslayo, desconfiada. Pero él no desistió. No podía permitir que esa joven llorara de esa manera tan desangelada ¡Y sola! Quizás él pudiera hacer algo por ayudarla.
Ante su insistencia la joven le dijo que estaba esperando a su padre que venía a recogerla para ir a despedir a su abuela, que sería enterrada esa misma mañana. Sin duda, era la nieta de esa tal Mariana Pinos, de ochenta y dos años.
¡Qué casualidad! – pensó, creyendo que ese era el motivo por el que ese nombre llamó su atención al leerlo en el periódico. Él, que creía mucho en los acontecimientos paranormales – a los que su mujer llamaba sandeces – sintió que volvía a pasar… A lo largo de su vida había tenido muchos de esos momentos que no tienen explicación ninguna.
Hacía tiempo que no le pasaba, pero a lo largo de su vida – ya desde bien niño – había vivido muchos de esos momentos que ni él mismo podía explicar. Al ver que la joven estaba bien – a pesar de su tristeza – siguió caminando hasta su casa, deseoso de llegar y contarle a su mujer lo que acababa de sucederle una vez más.
Mientras él se alejaba, pasando de largo por la cafetería donde volvía a olvidar los churros, ella recordaba la muerte de su abuela, ocurrida en la capital, a casi cincuenta kilómetros de donde ella estudiaba. Podía recordar todo como si aún estuviera allí…

Al llegar a la casa de la abuela todo estaba a oscuras, como siempre. Desde que podía recordar las ventanas de esa casa siempre habían estado bajadas, aunque nunca hubiera sido capaz de entender porqué. Aún a casi cien kilómetros de distancia parecía seguir oliendo esa mezcla extraña de humedad y vacío… También esas bolitas blancas que guardaba en todos los armarios de la casa. Al entrar en la vieja habitación, la abuela intentaba recuperar los últimos alientos que la vida le robaba, tumbada en su vieja cama de barrotes metálicos y de colchón de espuma que se hundía con su peso. Sobre ella había un cuadro de un santo – nunca supo cuál era – que llevaba a un niño pequeño entre sus brazos, y rodeando el marco había un rosario de madera.
El murmullo seco y oculto de los hijos y nietos de la abuela Mariana hicieron que todo pareciera más desalentador. Ella gemía y sudaba, tapada con esa fina sábana que un día fue bordada por ella misma, y su respiración era tan débil que nada bueno presagiaba. La anciana quiso abrir los ojos para despedirse de sus hijos y nietos, pero antes de hacerlo volvió a concentrarse en el rostro de ese que tantas horas de sueño le robó, y por el que tantas lágrimas derramó.
Hacía ya muchos años desde la última vez que le vio, pero ni allí, en los últimos instantes de su larga vida, pudo dejar de pensar en él y en la última vez que estuvieron juntos. Ese fue, sin duda, el momento que más se repitió en su memoria a lo largo de una longevidad que, lejos de convertirse en un premio, no fue sino una amarga condena.
Solo con cerrar los ojos podía recordar perfectamente aquel horrendo gesto dibujado en aquella carita, y todo volvía a repetirse con una mezcla de imágenes tan claras como atormentadoras. Durante mucho tiempo ella misma intentó convencerse de que esa imagen que veía con la claridad de una película, no había sido sino un mal sueño que se convirtió en realidad a base de revivirlo tantas veces en su memoria… Pero, desgraciadamente, no fue así. Todo era real… Cruelmente real.
Ojalá hubiera sido una maldita pesadilla – pensaba después – ojalá hubiera sido todo un mal sueño.
Esas imágenes que un día vivió seguían allí, ancladas en el tiempo, a pesar de haber transcurrido ya más de cuarenta años. ¡Dios, aquella carita de su niño!
Él estaba compungido, asustado… aterrado. Ella lo estaba también.
Con los ojos cerrados era todo más intenso aún, y el recuerdo de sus gritos sonaba en su silencioso pensamiento de una manera más tétrica de lo que ya lo hicieron aquel funesto día.
Todo volvía a estar allí… Otra vez: Ella, desde el otro lado del cristal, le gritaba asustada como nunca – no podía hacer otra cosa – y él, al otro lado, lloraba, aterrado, sin entender nada. Después desapareció… Para nunca más volver a verle.
Recordando todo, la abuela respiró el poco aire que sus pulmones marchitos le permitieron, y se decidió a abrir los ojos, sabedora de que lo haría por última vez. Eso dolía también. Fue al abrirlos cuando pudo verlos a todos… Por última vez.

Todos sus hijos estaban allí, mirándola y sin saber qué decir o hacer. En sus miradas había un gran vacío. También había miedo… y tristeza. Todos parecían inmersos en una extraña melancolía de la que algunos eran incapaces de salir, y a la que los otros no podían entrar.
Los primeros, con lágrimas derramadas sobre sus ropas, la miraban emocionados, compartiendo con ella esa pena que aún le acompañaba… Aunque no supieran aún de dónde provenía. Los otros se escondían en las sombras que creaba esa única lamparita que siempre tuvo encendida. Estaban allí porque no les quedaba más remedio… por obligación. Nada tenía que reprocharles porque ni ella misma se creía digna de las lágrimas de unos hijos a los que no llegó a querer del todo… O no supo, o no pudo.
Por eso, mirándoles desde la cama, y reconociendo a todos y cada uno de ellos, lloró amargamente, deseando levantarse para pedirles perdón. Ninguno pudo ver sus lágrimas porque ya ni eso quedaba dentro de su cuerpo marchito.
Pedro, el mayor de todos, era el que más cerca estaba de la cama, cogido de la mano de su mujer y de su hija mayor. Ninguno de los tres lloraba, pero sí se les veía embargados por la emoción de la inminente partida.
Jacinto estaba detrás de él, junto a Ramiro, que, como siempre, había ido sin su mujer y su hija, a la que Mariana aún no había conocido. Carmen, la segunda de sus hijas, también estaba junto a su marido y sus dos hijas. Marina, en cambio, estaba sola porque su marido hacía ya mucho tiempo que la había dejado.
Alejados de la cama, como siempre, estaban Raúl y Pepe, dirigiendo la mirada al suelo, incapaces de cruzarla con la suya.
La única que permanecía a su lado, como siempre, era Lucía, la mujer de su hijo Álvaro, que le mojaba la frente con ayuda de una venda blanca que metía una y otra vez en un pequeño barreño azulado. Álvaro estaba tras su mujer, aguantando el torrente de lágrimas que no podría contener por mucho tiempo.
También pudo ver a su nieta Mariana, situada tras su padre, que lloraba más que ninguno.
Enjaulada en su propio cuerpo la abuela quiso gritar con fuerza, para pedir perdón a todos sus hijos.
-¡Hazlo! – se dijo a sí misma – a ellos sí puedes pedirles el perdón que se merecen. En cambio había otro al que nunca podría hacerlo… y eso era su mayor desconsuelo. Por eso la muerte no era sino su propia salvación.
Con dificultad miró a todos y cada uno de sus hijos, y en todos ellos creyó encontrar el perdón que tanto necesitaba… aunque fuera ya tarde. Pero, una vez más, comprendió que allí estaban todos los que eran, pero no todos los que
fueron… Allí faltaba su hijo favorito, ese al que quiso de una manera diferente, ese que era al único el que necesitaba ver allí en esos momentos de la partida. Una vez más volvía a fallarle.
Y cerró de nuevo los ojos, lanzando un último suspiro, pero antes de dejar escapar el último latigazo de vida que le quedaba volvió a aquella estación de metro de Callao…

Era Navidad, y ella era joven… Muy joven.
La nueva estación no tenía paredes ni suelo por donde andar. Allí solo había gente que se empujaba mientras ella abrazaba a su pequeño.
Cuando entró en el metro se le cayó la bolsa donde guardaba el pavo que había comprado para la cena. Cuando fue a cogerla el pequeño se separó de su mano y la gente empujó, haciéndola caer al suelo del último de los vagones. Ella salió al andén para buscar a su hijo, pero no estaba. Después, las puertas de todos los vagones se cerraron y su hijo parecía dentro.
Ella corrió como loca, buscándole por las ventanas…
Al otro lado del cristal, empujado por cuerpos mayores, vio a su pequeño, que empezó a llorar.
Ella le gritó desde el exterior, pero él no parecía escucharle… Ni verle.
-¡No te muevas de ahí, cariño! – le gritaba – ¡no te muevas, que ahora voy a por ti!
Él la vio, pero no podía escucharla, y lloraba. Jamás vio ella tanto miedo en una cara… Tiempo después sí que lo vio: en su propia casa, en el espejo donde se miraba todos los días.
Le gritó mil y una vez, pero el tren comenzó a andar y la figura de su pequeño desapareció. Pronto dejó de ver la imagen de su hijo a través del cristal, y apareció la suya, reflejada como si fuera un funesto espejo. En ese momento perdió toda la belleza de la que ella misma presumía frente al espejo.
Rezando, llorando y gritando esperó la llegada del siguiente tren. No había nadie a quien reclamar, ni nadie que pudiera ayudarle. Nadie le hacía caso. La mayoría de la gente la miraba como se miraba a una loca, o a una mendiga. Nadie vio – ni comprendió – su drama.
Si hubiera podido habría saltado allí mismo, sobre la terrible oscuridad de esos túneles y habría seguido aquel tren, pero el miedo la anuló.
Buscó al revisor, al encargado de la parada, pero allí no había nadie ese día.
Esos momentos fueron terribles. Los diez minutos que pasaron parecieron horas, y deseó morir allí mismo, ante la mirada de desprecio de los demás, que la tomaban por una loca, o – peor aún – por una borracha.
¡Cuánto dolor e impotencia sintió! Quiso salir a buscar un policía, pero había tanta gente en la estación y en las escaleras, que apenas si pudo moverse.
Durante todo el trayecto en el tren rezó a todos los santos que recordaba,y no podía quitarse la imagen de dolor y miedo de su pequeño.
Al bajar de ese tren que parecía no llegar nunca a su destino. Había muchísima gente, y todos la miraban sorprendidos. Aun así nadie la ayudó, ni la tomó en serio.
Preguntó por su pequeño, pero nadie sabía nada de un niño perdido.
-¿Han visto a mi Santiago? – preguntaba, poseída por la fuerza de la locura – solo tiene dos añitos.
Nadie le vio. Todos estaban demasiado ocupados con sus compras y las prisas por llegar pronto a casa en la noche más especial del año.
Había tanta gente que no pudo creer que nadie hubiera visto nada.
A su pequeño Santiago, al más pequeño de sus hijos, al ser que más había querido en toda su vida, se lo había tragado la tierra. Así, sin más.
Ella gritó y lloró. No supo qué más hacer, salvo saltar a las vías para cerciorarse de que su pequeño no se había caído. Por suerte, no fue así.
Esa noche no pudo dormir, y la pasó entera en la estación de metro, buscando a un hijo que nunca más aparecería.
Toda la noche la pasó recorriendo las vías, a oscuras, gritando el nombre de su hijo, sin importarle los malhechores que allí dormían.
Durante varios días estuvo buscando a su hijo, en compañía de su marido, que nunca le reprochó el haberlo perdido, aunque nunca le sirvió eso de consuelo.
El sueño tampoco llegó a ella en las siguientes noches de su vida, y cuando lo hizo venía acompañado de la peor pesadilla… esa que una vez fue tan real como dolorosa.
Con el paso del tiempo la policía dejó de buscarlo, y nunca más supo de él. Solo le quedaba el recuerdo de aquella tarde navideña, su mirada perdida, asustada, y su llanto.
Recordando el peor momento de su vida, sintió, por primera vez desde hacía más de cuarenta años, que se aliviaba al fin… La vida, por fin, se portaba bien con ella, y la abandonaba.
Esa vez sí que lloraron todos. Mamá, y la abuela, había muerto, y todos supieron de su dolor por culpa de una carta que un día dejó escrita y que su nieta les leyó. Esa era la condición que le dejó:“La leerás a todos solo cuando yo esté muerta”.

Su nieta seguía llorando, recordando todo sentada en el banco de aquella lujosa calle donde había quedado con su padre, que, por fin, llegaba a recogerla para ir al entierro de la yaya.
Javier, desde la puerta de su casa, les observó marcharse en el coche. Cuando pasaron frente a su casa, él disimuló leer el periódico y pudo ver que ella seguía llorando.
Después, él entró en su casa, sin los churros prometidos. En la mesa le esperaban su mujer, sus dos hijos, y su anciana madre.
Desayunaron juntos y felices, olvidando lo que le había sucedido. No había nada que le gustara más que pasar una mañana de domingo en casa con sus seres
queridos, viendo a sus niños jugando sin pelearse, y a su mujer sirviendo el desayuno de la abuela, que ya no era la misma por culpa de esa maldita demencia senil.
Cuando abrió el periódico – cada uno leía el suyo – volvió a ver ese nombre que tanto le llamó la atención, y recordó el rostro de esa joven que tanto lloraba.
– ¿Sabes qué me ha pasado antes? – le preguntó antes de contarle todo el suceso
– tú y tus historias… – sonrió la mujer mientras él volvía a leer el nombre de aquella esquela.
– Mariana Pinos Ruíz, fallecida a los ochenta y dos años… ¡Es algo raro!
Su mujer sonrió. Al releerlo él no se inmutó, ni sintió nada, pero ese nombre, escrito con caracteres en negrita, estaba ya grabado en su memoria y, sin él saberlo, había viajado por el aire de esa gran cocina hasta los oídos de su anciana madre.
Lo que no sabía Javier, y nunca lo sospecharía, era que la mujer que había muerto en la capital era la mujer que más le había querido en la vida.
Su anciana y demente madre sí lo sabía, pero calló una vez más… Como había hecho desde aquel día en que su Dios demostró su omnipotencia, y le entregó a aquel niño desamparado en aquella vieja estación de metro de Callao, liberándola así del castigo de la esterilidad.

VENUS

– ¿Qué me pasa, doctor?
– ¿pasar? En realidad, no te pasa nada, querida Venus… Lo que te pasa es la negación, que es lo peor que nos pasa a los seres humanos… Querida Venus, sé que es difícil, pero solo te queda aceptar que la juventud, como la vida misma, es un paso más. Y que, como tal,  da paso a otro…

Levántate, acéptalo, y sé joven de otra manera… ¡Se puede! ¡Todo el mundo lo ha hecho!

Munch y las mujeres

la muerte de marat obsesiones de edvard munch

 Aquí, en “la muerte de Marat” Munch no nos muestra un hecho político, como la muerte de Marat a manos de Charlotte, sino la clara y eterna historia del hombre traicionado por una mujer.
Marat lleno de sangre, yace sin vida en la cama mientras Charlotte nos mira fijamente, de manera desafiante, intentando decirnos que podríamos ser los próximos si Munch la dejara salir de la escena. Ella es fría y, como tal, está sin expresión alguna, pero con su característico cabello rojo de mujer tentadora que lleva a la perdición, como les gustaba pintarlas al misógino de Munch.
Él pintaba tres tipos de mujeres: la joven e inocente; la anciana, amargada y sin amor, siempre vestida de negro; y la pasional, encarnación del sexo y la maldad, con cabellos rojos y melenas ideales para atrapar a los hombres en sus redes y luego traicionarlos.

el baile de la vida obsesiones de edvard munch

Aquí  en “El baile de la vida” podemos ver a las tres mujeres de Munch: La joven e inocente, sola, a la búsqueda del amor. La lasciva y peligrosa para el hombre, siempre de rojo y con melena rojiza también, y, por último, la mujer mayor, de negro, siempre sola, siempre triste precisamente por esa soledad.


Ha muerto Lois Lane

¿Quién no se enamoró alguna vez de aquella mujer fuerte y guapa que no solo quería ser la novia de Superman? ¿Quién no se enamoró de esa mujer que tenía más fuerza, ímpetu, y sabiduría que el mismo Supermán? ¿Quién no se enamoró de una mujer para la que, su trabajo, su vida, y su propia felicidad, estaba por encima del rol de mujer de aquella época, que tenía que conformarse con que un hombre la eligiera?

¡Bien por Lois Lane, una feminista de aquella época!