Hace verano

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– me sobrevaloras – le dijo ella
– te sobrevuelo, que no es igual – dijo él – en realidad vuelo sobre ti todos los días, pero tú no lo entiendes
– Te sobreentiendo – calló ella para siempre – pero tú no lo ves.

Volver a empezar

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Ella, que era mujer de mirar siempre hacia adelante, y nunca hacia atrás, no era capaz de ver que su futuro más feliz la estaba mirando precisamente por detrás en ese crítico momento de su vida… Ese que ella misma llamaba el peor momento de todos.
Y es que, a veces, no nos damos cuenta de que lo peor trae consigo lo mejor.

LA MUJER AJENA A TODO

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– ¿No echas de menos el mar, su brisa, su sonido…? – le preguntó ella, la mujer ajena a todo
– a veces sí… Otras no… Sí… No… Sí… No – le dijo, apartando la mirada, como siempre hacía cuando hablaba con ella, dejándola, como siempre, ajena a todo.
Ella no lo sabía, pero él, casi todos los días, a cientos de kilómetros del mar, podía ver su playa a través de los ojos de ella – la mujer ajena a todo – y podía dejarse llevar por la maréa rizada de su piel, volar con las gaviotas blancas que revoloteaban entre sus labios, y dejarse llevar por la brisa saladan que escapaba de su perfume.
– No – quería responderle – en realidad no echo de menos el mar. Lo que echo de menos es bañarme en él… Pero sé que tú no vas a dejarme nunca porque vives ajena a todo esto que no te puedo contar.