el marsellés llega a Amsterdam

EL MARSELLÉS DEJA MARSELLA Y VIAJA A AMSTERDAM.

André abrió la puerta del taxi y un ruido ensordecedor le hizo saltar hacia atrás, cayendo sobre el sillón donde segundos antes había estado sentado.

Una bicicleta se había estrellado contra la puerta del vehículo y una joven rubia voló varios metros hasta caer sobre el frío suelo.

André bajó, cogió su pequeño y sucio petate gris, y sin hacer caso al accidente, ni a la mujer que se retorcía de dolor unos metros más abajo, huyó de la escena ahorrándose unos euros que le venían estupendamente. Aprovechando que el taxista corrió a ayudar a la mujer, el marsellés cogió la caja con las monedas y se fue sin mirar atrás.

Al entrar en el hotel una sensación de bienestar le invadió. A pesar de la oscuridad, el frío que allí reinaba, y hasta el hediondo olor a humedad y a sala cerrada durante mucho tiempo, no era más desagradable que su último hogar.

En la cárcel de Brujas lo había pasado mal, y todo por haber robado en ese estúpido restaurante de mala muerte, donde la comida era tan insultante como el dinero que le quiso cobrar ese cretino de camarero chino.

Ahora en Ámsterdam todo sería diferente. Allí podría ver a su amiga Nadia, a quien no veía desde hacía mucho, mucho tiempo.

¿Querría ella volver a verle?, ¿se acordaría de él? – eran preguntas que pasaron por su cabeza mientras entregaba su falso documento al recepcionista desaliñado que, ni siquiera, se dignó a saludarle.

A Nadia no la veía desde que era juvenil de segundo año en el equipo del Marsella B, y ahora, que tenía edad solo para ser presidente o directivo del equipo, tendría que buscarla en esa enigmática ciudad que esperaba ahí afuera.

– No lo olvides, André – recordaba aún cada palabra de esa su única amiga, la mujer a la que siempre amó en sus ratos de silencio en cualquier cama de cualquier hotel de cualquier ciudad – en Ámsterdam siempre tendrás una casa. Siempre. Cuando quieras verme ve a la Plaza Damm y pregunta por la españoleta. Todos conocen allí el restaurante de mi tía.

Al subir a su habitación abrió el mugriento petate, sacó un pantalón arrugado de pana, una camisa de cuadros y dos camisetas blancas, una de coca cola y otra de bacardí.

Entre las dos guardaba un arma, y bastante munición para moverse con libertad por una ciudad que no conocía pero que ansiaba visitar.

– Hace mucho que no me cargo a nadie – dijo mirando la sucia bañera, intentando descifrar el color primario que un día tuvo – así que tendré que salir esta noche. Además, necesito pasta.

Albano

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