MADR ugada

Una oscuridad silente y ella arrojada entre unas sábanas sobre las que descansa demasiada ropa que ni siquiera se ha puesto. Voces susurrantes, que no se dejan oír, escapan de la radio que aún no ha aprendido a apagar; una treintena de lucecitas se pegan a la pared, provenientes de las rendijas de una persiana que hace tiempo que no baja del todo y que algún día – siempre mañana – intentará arreglar.

Cuando despertó miró al reloj de la mesilla aún con los ojos pegados a la funda caliente de la almohada. No eran las tres de la mañana y el llanto de su hija ya la había despertado… otra vez.

¿Es que no se puede descansar en esta casa? – pensó presa aún de un sueño que no conciliaba desde hacía varios días.

– ¿Te importa ir a ti esta vez, cariño? – preguntó, entre susurros, volviendo a cerrar los ojos mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios, y acurrucaba sus rodillas junto a su pecho evitando la entrada del frío proveniente del exterior del edredón.

Inmersa en un sueño intranquilo pero pacífico el llanto de la pequeña volvió a despertarla. Ya pasaban de las tres.

Su pie derecho, lanzado hacia atrás buscaba el cuerpo de su marido, por entre las sabanas de franela que a él tanto le gustaban, pero no encontraba esas musculosas piernas que tanto le gustaba acariciar cuando despertaba.

Asustada se levantó de su cama comprobando que el lado de Ernesto estaba vacío, frío, y sin rastro de su penetrante olor.

Embutiéndose en la camiseta de Ernesto cubrió su desnudez y volvió a mirar hacia el lado vacío de una cama descomunal. Una veintena de prendas, la mayoría de Ernesto, descansaba sobre la manta, pero no de forma desordenada… Más bien parecía todo colocado adrede, como siguiendo un orden previamente establecido.

Dos pantalones, una camisa, un jersey… dos camisetas, otro pantalón… todo arrugado… pero todo perfectamente doblado.

Más acobardada aún, como queriendo no creer las imágenes silenciosas que paseaban por su mente, subió las escaleras notando el frío mármol bajo sus pies y la rugosidad de la madera de la baranda.

Un frío nada extraño bañaba suavemente su cara, acomodándose en sus oídos, donde murmuraba. También lo notaba en sus pies descalzos. Ese frío subió por las extremidades, vistiéndolas de lunares vivos, y se abrazó a su pecho. Sus manos abrazaron su cuerpo intentando detener el tintineo de sus dientes y siguió subiendo.

La niña vuelve a llorar. Por suerte ya está arriba.

Ese llanto le hace sentir bien, le acompaña en la oscuridad por la que pasea, como si fuera el faro que la llevara hacia puerto.

La oscuridad no es mas que alta mar. Unas olas espumosas la intentan hundir con su barco desaparecido. Todo está oscuro, solo la penumbra de una tenue luz a lo lejos le hace querer nadar en esa dirección. Pero María no sabe nadar, por eso se agarra con tanta fuerza a la madera. Tanto que incluso sus uñas dibujan grabados indescifrables.

De pronto, en esa oscuridad – no quiere encender la luz que la lleve a una realidad que la asusta – se siente tan vacía que quiere hundirse con su barco, morir con él como tiene que hacer todo buen capitán.

Silencio… El llanto de su hija ha terminado. No puede ser. Se siente cansada porque son ya muchas noches que no la deja dormir.

Una luz se enciende y María se asusta.

-Cariño… ¿qué haces levantada a estas horas? Tienes que descansar

María llora al ver ese rostro maltratado no solo por el tiempo. Los ojos en los que se refleja también acompañan su llanto, y, cansada, muy cansada, se deja caer sobre el suelo.

– mamá… – susurra.

Una mano amiga, la que siempre estuvo ahí, la abraza con fuerza. Unos labios calientes, a pesar del frío, le hacen sentir extrañamente bien, y unas palabras suaves, pero desgarradoras, la devuelven a la realidad. Abrazada a ella recuerda… el coche ardía…

– cariño, no van a volver…

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2 comentarios en “MADR ugada

  1. qué preciosidad. Una vez más me has hecho sentir todo lo que sentía esa pobre mujer. Me he levantado con ella, he bajado las escaleras, he andado a oscuras percibiendo sonidos extraños, y al final he visto a mi madre. En mi caso es ella la que no va volver.

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  2. ¿es que este relato no lo ha leído nadie? no tiene comentarios y es maravilloso. Cuando he leído lo de la radio que no aprendió a apagar me ha recordado muchas cosas de mi habitación. NO hay manera de apagar esa dichosa radio despertador

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