HÁBITOS

Pepe ya había tomado la decisión y viajaba de noche porque creía que así le sería más fácil llegar. Así se lo dijeron desde la inexistente estación, antes de subir a la nave que le llevaría a su nuevo destino.

Viajaba rodeado de gentes extrañas, otrora personas, miembros de una familia, seguramente… pero todos huían de algo o de alguien. Aunque mas que huir de algo avanzaban hacia otro algo.

Durante el viaje, como dice en la cabina de los autobuses, no habló con nadie, ni siquiera con el que les llevaba, que, sin duda, era el único que sabía el horario de llegada. Unido al dolor interior se unía ahora uno exterior.Quitándose la sandalia que le lastimaba el pie se sintió aliviado. Se le había roto la hebilla y ésta se le clavaba en el pie. La arrancó de un fuerte tirón. Ahora no le dolía, pero se le salía al menor movimiento.

Para Pepe todo era nuevo. Era la primera vez que salía de su casa… Era la primera vez que iba a trabajar con un contrato tan largo, y la primera vez que viajaba hasta tan lejos. Sentirse seguro por primera vez en mucho tiempo le hizo sentir mejor.

Atrás dejaba una madre viuda, una esposa embarazada que le juró lealtad hasta que volviera, dos hijos, y unos amigos a los que ya nunca veía.

Rodeado de un manto oscuro y frío miraba al cielo emocionado. Algo le decía en su interior que pronto regresaría a casa, y con tanto dinero como para ayudar a su madre y poder llevarse a su preciosa mujer y a sus dos hijos pequeños.

La silente oscuridad, tan sólo rota por el ruido del motor del vehículo, hacía todo más misterioso, más mágico, y Pepe se asustó al fin porque comprendió que la aventura ya no tenía marcha atrás.

Una hora después, cansado de un viaje muy incómodo, lloraba de felicidad. La vida le ofrecía una oportunidad de salir adelante y pensaba aprovecharla.

Feliz se quedó dormido, y siguió viajando, y siguió soñando.

Jabed y Azur jugaban en la arena, y él y su mujer, abrazados, les miraban sonrientes. ¡Pronto! – se dijo a sí mismo.

Por la mañana la vieja y destartalada patera estaba vacía. La guardia civil se temió lo peor.

Y así fue. Pepe, y el resto de sus compañeros no llegaron a la costa.

Nosotros, mientras comíamos, oímos la noticia. Nadie habló de un tal Pepe, ni de un tal Mohammed, ni de Jabed, ni de Yimaud, ni del niño Miloud… Mejor así. Seguimos comiendo mientras observábamos cómo un agente llevaba entre sus manos una sandalia sin hebilla.

ayer desaparecieron en Motril 14 inmigrantes que viajaban en una patera. No podremos hacer nada, pero por lo menos deberíamos intentar no dejar de conmovernos.

cuadro: hombre con la cabeza llena de nubes. Dali

7 comentarios

  1. Ya tenía mono de blog. Esto de tener hijos es una delicia. Nada de lo que me habían contado. La verdad es que Jaime es una bendición, en todos los sentidos.
    La verdad es que da mucha pena, y tienes razón cuando dices que cada vez nos acostumbramos más y nos afecta menos.
    No podemos o no debemos permitírnoslo

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  2. yo también vi la sandalia en el Telediario. Y pensé muy triste que ese zapato lo había llevado antes puesto alguien con ganas de vivir. Si no no se habría marchado de su país

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  3. como te dije antes somos asi. Tenemos tantos “Problemas” que resolver en nuestro día a día que no somos capaces de pensar en los verdaderos problemas de la vida. Hay gente que muere a diario por falta de comida.

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