Otra vez Lorca (Carta de Edgar Neville)

A veces, circunstancias ajenas a la voluntad del autor, hacen que una obra de teatro o de cine o un simple artículo de periódio tenga que sufrir una merma aquí y otra allá y al verlo corregido no se dé cuenta de que lo que queda ya no quiere decir lo que se intentaba, ni el estilo tiene la contundente claridad que pretendía tener y que la falta de un párrafo anulaba la base de la tesis sostenida.

Últimamente me sucedió con mi artículo sobre Lorca y su muerte. Y  muchas gentes me han acusado de tibio, y con razón.

Yo contestaba a otro periodista amigo que se quejaba que sólo llorásemos a nuestro poeta amigo diciendo que la diferencia fundamental es que a los del otro lado, aparte de nuestra pena, había habido una Causa General que había castigado en la medida de lo posible a los asesinos, mientras que los que mataron a Federico gozaban de inmunidad inconcebible y nadie les había molestado lo más mínimo.

Algunos pretendían que se dieran detalles del drama y nombres de los culpables sin darse cuenta de que aunque sabíamos detalles y nombres no es el momento oportuno de lanzarlos al vuelo…

Ya se dirán si llega un tiempo en que sea propicio, y además esas son cosas que no se pueden hacer con ligereza sin las comprobaciones más minuciosas que nos lleven a la verdad y nos eviten el horror de un posible falso testimonio.

Todos saben o creen saber quién denunció el refugio en que se hallaba, todos sabían que Ruiz Alonso mandaba el pelotón que lo prendió, el procedimiento empleado para sacarlo de la cárcel con otros 45 (4 ó 5), el nombre del coger que lo condujo hasta el lugar de la ejecución, quién pudo salvarlo y no quiso, quién cogió su cartera y su reloj y dio aire legal al crimen, se sabe su nombre, sus señas, pero…

Fue un crimen aislado en aquella isla que fue Granada los primeros meses de la guerra. El 19 de Agosto no había gobierno en Burgos, una junta que sólo se ocupaba de cuestiones de guerra, se formo el gobierno siete meses después después de la muerte… y ordenó la formación de la causa y luego se le dio carpetazo, pero alguien, sabemos también quién, tendrá en su cajón el expendiente.

Por el mismo amor a la justicia que nos mueve a averiguar los detalles del hecho, queremos librar de una culpabilidad a quien no tuvo arte ni parte en aquella salvajada, y n o dejar resquicio para que repitan aquello de “los españoles lo mataron…”

No, no es cierto, unos cuantos miserables cuyo nivel intelectual era lo bastante elevado para saber el valor real de su presa y su total inocencia e inocuidad política, le dieron el gusto de atravesar con un plomo aquella cabeza llena de ideas, de belleza y de bondad.

Firmado: Edgar Neville.

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