LIBRE DE PECADO (VERSIÓN CORTA) DESVARÍO MENTAL

A pesar de que era la primera vez que acudía a su cita, la humedad y el frío del lugar la hacían sentir extrañamente cómoda, sabedora de que allí no tenía nada que temer… Ese extraño olor a humedad y humo caliente le reconfortaba. El ruido de la pesada puerta que se abrió a su espalda le hizo alejarse de ese momento de ficticia paz que creía estar viviendo.

Al oír sus pasos acercándose a ella prefirió permanecer en silencio, sin atreverse a volverse y mirarle a los ojos – para no huir – oculta entre una oscuridad que no la hacía invisible, y menos para él, que sería, a partir de entonces, el carcelero no solo de su alma sino también de su cuerpo. Desnuda en cuerpo y alma, con las rodillas apoyadas sobre el frío suelo, cerró los ojos intentando reunir esas fuerzas necesarias que la capacitaran para alejar el pudor primario que siempre nacía cuando se acercaba a él.

Por suerte ese miedo desaparecía cuando llegaba a ella el olor de su ropa negra, impregnada de ese suavizante de lavanda que ella misma utilizó años atrás. De rodillas ante él, esperándole en medio de la oscuridad y su propia desnudez, aún temblaba, incapaz siquiera de gesticular, y temerosa de ser descubierta en su pecado. Por eso miraba a un lado y a otro, aunque supiera que allí no podía haber nadie, y que, como siempre había imaginado, solo estaban ellos dos.

La tranquilidad esperada llegó al escuchar esa ronca y aterciopelada voz, capaz de extraer cualquier remordimiento y lavarlo. Y al oírle volvía a nacer esa extraña y mágica sensación, ese ameno dolor de unos senos que recuperaban una vitalidad capaz de rivalizar con la que ellos mismos la deleitaron en medio de su juventud.    Al ver sus musculosos dedos dirigiéndose hacia ella, los pechos, ya henchidos, querían escapar de la tibia blusa que los separaba del aire que ella misma respiraba. El liviano movimiento de sus labios, susurrándole palabras con cadencia rítmica, eran capaces de abrir un cielo que, hasta ese momento, a ella le había estado denegado.

Cada una de sus palabras, acompañadas de ese vaho ameno y caliente, era como un latigazo para su alma, como una condena de la que  no se quería librar, y allí, volvía a disfrutar de nuevo de ese intenso latir entre sus muslos. Esa fría humedad, con el enigmático deleite añadido del intenso olor a incienso hacían que aún no pudiera alejarse de ese hombre sin antes alejar el peso del miedo que tenía. Solo él podría salvarla. Solo él podría hacerla volver a sentir mujer.

Con la punta de la lengua se recorrió la longitud de los labios para acabar frenada entre los dientes, intentando así encontrar la dulzura que suavizara ese momento que iba a recordar junto a él. Todo se hizo difícil y ameno de nuevo, y fue allí, aún de rodillas ante él, donde tan difíciles de soportar se hicieron las punzadas que recibió entre sus piernas aún ardientes y de unas manos manchadas por el pecado del robo.

Ni siquiera apretando los muslos entre sí pudo detener la urgente necesidad de huir o hacerse suya, y cuando quiso darse cuenta su mano ya bajaba desde el regazo, entreteniéndose en mecer donde su cuerpo temblaba, dispuesta a lidiar con todos los calores desmedidos que nacían en ella.

Como siempre le pasaba, el miedo se convirtió en excitación… y el miedo se hizo bello. Mirándole, con cierto recelo, apretó sus rodillas al suelo y alargó su mano hasta él, intentando mostrarle la necesidad de  seguir incrementando el placer de una curiosidad aún no satisfecha. Intentando descubrir el sincero brillo de los ojos de ese hombre, luchaba por abandonarse a su suerte, decir todo al fin, y recibir así ese consuelo que tanto necesitaba y que solo él podría entregarle.

Pero volvió el miedo. ¿Cómo hacer para dejarse llevar y hablar sin miedo?

El silencio sepulcral se bastaba para acallar los ardores de su carrera hacia ningún lado, esa que estaba segura que nunca podría terminar, y mucho menos ganar. De rodillas sobre ese suelo que ya parecía la hierba fresca de un pasto enorme, bebió del agua que nacía de sus labios, y, jadeante, dejó que sus labios fueran más allá de su dominio y se comunicaran con ese hombre que esperaba expectante a su lado.

Entonces él la miró desde la oscuridad que los separaba, y ella, ajena al miedo y a la hipocresía que ella misma cultivaba, le devolvió la mirada, escondida tras las celosías de la vergüenza. Más excitada y temerosa que nunca cerró de nuevo sus ojos y volvió a ver a su amante, su cuerpo, su boca, y su masculinidad.

Abrió sus labios, y los mojó con la saliva caliente que descansaba sobre su lengua. Abriendo de nuevo los ojos, le escuchó al fin, y su mundo se tranquilizó… al menos por unos segundos.

– Ave María Purísima – dijo él, apoyando la cabeza sobre las celosías de madera que les separaban 

– sin pecado concebida – dijo ella, olvidando todas las cosas que tenía que contarle, saboreando al fin los laureados aromas del perdón.

– Perdóneme padre porque he pecado – dijo, antes de romper a llorar.

Y lloró.

descargar en pdf…………, el momento

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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

8 comentarios sobre “LIBRE DE PECADO (VERSIÓN CORTA) DESVARÍO MENTAL”

  1. qué subidito de tono. Eso no se hace. Nos haces creer una cosa para luego dejarlo en nada. Claro que eso lo hace fantástico. Felicitaciones

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  2. Esto es una auténtica basura digno del Josa mariquita e impregnado de ideas de sus aplaudidoras oficiales. El final lo salva pero no deja de ser un relato sacado de Corín Tellado ¿la conoces?

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  3. Josa, me ha encantado este relato. El deseo adquiere muchas formas y pareceres. Eximirse de una culpa debe de ser un auténtico placer de dioses, un alivio.
    Muy bueno, retorcidillo porque al principio me parecía otra cosa, pero me gusta que me sorprendan.

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