PIKU, EL OSO QUE QUERÍA SER OTRA COSA QUE NO ERA (cuento)

Piku era un osito que vivía en el bosque de los fresnos cabizbajos, ese bosque mágico donde los animales vivían alejados de los peligros del hombre, y donde todos eran felices respetando a los demás, independientemente de la especie a la que pertenecieran.
Pero Piku no era como los demás osos… Ni siquiera era como los demás animales del bosque. A Piku le encantaba observar todo lo que había a su alrededor, y de todo quería aprender siempre algo nuevo.
El problema de nuestro amigo Piku era que no solo se conformaba con observar y aprender, sino que también llegaba a envidiar todo lo que veía.
Cansado como estaba de permanecer siempre en el mismo lado del bosque con sus hermanos osos, que solo sabían pescar en el río y dormir bajo la sombra de los árboles, decidió alejarse y buscar una nueva especie que fuera más con su forma de ser y, sobre todo, con sus deseos.
-Mamá, yo no me siento un oso como vosotros
-¿ah no? – preguntó su mamá sonriendo – ¿y cómo te sientes?
– no lo sé, pero estoy seguro de que yo no soy un oso. La vida de los osos es muy aburrida, así que me voy a encontrarme
-vale hijo – le dijo su mamá, sonriendo – pero no te vayas muy lejos.
Ese día Piku salió de su lado del bosque, como hacía siempre, pero esta vez fue un poco más lejos… Aunque tampoco mucho.
Junto a los zarzales de los viejos sabios (los ratones) observó a unas abejas revoloteando alrededor de unas flores. Piku las observó durante varias horas, escondido, llegando a sentirse como una abeja más. Como ellas, él también revoloteó alrededor de las flores, imitando su vuelo, olisqueándolas, moviendo sus manos como si fueran alas.
Las abejas sonreían al verle, pero no le veían peligroso, y le dejaban estar. Piku ya se sentía una abeja más, y hasta se atrevió a seguirlas hasta su panal, y, como ellas, también intentó meterse.
Pero Piku era demasiado grande, y por eso metió la mano y cogió rica miel que no tardó en comer. ¿Sabes qué pasó entonces?
Las abejas, muy enfadadas con Piku, comenzaron a revolotear sobre él y picotearle con sus aguijones mientras Piku iba relamiendo sus manos repletas de rica miel.
¡Qué dolor más grande!
Piku corrió por el bosque, pero las abejas no dejaban de perseguirle, picoteándole, y corrió y corrió hasta llegar al lago, donde se tiró de cabeza. Desde el fondo podía ver las abejas esperándole en la superficie. El aire empezaba a faltarle y él no podía respirar.
Agarrado a los juncos para no subir a la superficie, observó el fino y largo tallo que sobresalía del agua. Fue entonces cuando se le ocurrió una brillante idea.
Piku arrancó el junco más gordo y largo e hizo un tubo para poder respirar.
¡Funcionó! Piku pudo sentirse como un anfibio o un pez más de ese lago.
Allí permaneció tranquilo, a la espera de que las abejas, esas a cuya especie perteneció por unas horas, se marcharan.
Esperando que se marcharan nuestro amigo Piku pudo ver un banco de cangrejos de río que pasaban a su lado. Los cangrejos, muy graciosos, caminaban lentamente, recogiendo con sus pinzas todo lo que iban encontrando, y Piku quiso ser como ellos.
Así, durante un buen rato los siguió, imitando sus movimientos, y haciendo como ellos. Con ayuda de su tubo pudo respirar, y con sus uñas jugó a imitar a esos graciosos cangrejos que cogían todo con tanta fuerza.
Observándolos detenidamente vio que esos cangrejos estaban haciendo una especie de casita con restos de palos, de hierbas y de todo lo que iban encontrando. Cada uno cogía lo que podía, y todos lo iban depositando para que el que parecía ser el maestro ingeniero fuera colocándolo formando lo que, sin duda alguna, sería su casita.
Piku, observando un trozo grande de tronco decidió colaborar para la construcción de la casa de sus iguales, y así fue hasta él, abrió sus dedos y formó una pinza con la que poder arrastrar el tronco. Con dificultad por culpa del tubo y de que sus pinzas no eran aún muy fuertes llevó el tronco hasta la casita, dejándolo caer.
El pobre PIku tuvo tan mala suerte que el tronco cayó sobre la casita destrozándola.
Fue entonces cuando todos los cangrejos (no habría menos de cien) corrieron hacia él amenazándole con sus pinzas, y Piku tuvo que huir a toda velocidad mientras alguno que otro conseguía pellizcarle en el trasero o en su patita.
Por suerte nuestro amigo PIku pudo salir del agua pero los cangrejos aún seguían tras él, por lo que no pudo mas que subirse a un árbol para evitar sus picaduras.
Desde arriba podía verles. Los cangrejos intentaban subir, pero no podían, y amenazaban con sus pinzas mientras nuestro amigo Piku se relajaba sobre el tronco del árbol sabiendo que esos que fueron de su especie no podrían hacerle daño.
Fue allí arriba cuando Piku se fijó en otra especie que llamó su atención. Eran esos animales extraños que volaban gracias a sus alas.
Estaban en el árbol contiguo lo que le permitió observarles con detenimiento. Cada uno de sus movimientos fue estudiado minuciosamente hasta comprender que él tenía que ser como ellos.
Si esos animales podían volar con esas alas tan pequeñas, él podría hacerlo más alto si conseguía que sus largas manos tuvieran alas también.
Pegando las hojas del árbol a sus manos se fabricó unas extrañas alas, y se decidió a volar como ellos y poder así buscar gusanos para poder comer.
Reuniendo mucho valor para vencer al vértigo nuestro amigo Piku fue capaz de saltar, y comenzó a mover sus brazos con mucha fuerza pero…
¡No pudo volar!
Al final nuestro amigo, saltó y cayó sobre el nido de los pájaros, tirándolo al suelo donde después lo aplastó con su propio peso. La caída fue muy dolorosa, pero nuestro amigo tuvo que correr porque los pájaros le seguían para hacerle pagar por el destrozo.
Los cangrejos, que también estaban por allí, le siguieron también, lo mismo que las abejas, y Piku corrió y corrió hasta llegar al final del camino, donde estaban sus hermanos osos, que no dudaron en socorrerle.
De pronto, su papá, que estaba medio dormido – como siempre – alzó sus patas, abrió su boca y lanzó un rugido que asustó al mismísimo Piku.
De un estruendoso grito su papá hizo que las abejas, los pájaros, y, sobre todo, los cangrejos de río, se dieran la vuelta y corrieran despavoridos, mientras nuestro amigo Piku observaba la fuerza de su papá y el miedo que provocaba en los demás.
Fue entonces cuando comprendió que ser oso no tenía porqué ser aburrido si él no quería que así fuera, y que lo realmente aburrido sería pretender ser algo que no podía ser.
Desde ese día, Piku se dedicó a pescar, a cazar, a hacer casas para sus amigos y hermanos, a bucear para encontrar más peces, a subir a los árboles, y, sobre todo, que era lo que más le divertía, a asustar a todos los animales del bosque con sus “oseznos rugidos”.

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