AMOR SIN REMORDIMIENTOS?

Mirándola a escasos centímetros sintió un extraño frío que solo ella podría arrebatarle. No era frío… Era miedo. Y ella lo hizo desaparecer… con un abrazo. Conteniendo la respiración, esperó hasta penetrar en los labios de aquella ninfa con la que llevaba soñando toda una vida – sufriendo también – y cuando lo hizo pudo escuchar cómo sus almas exclamaron al unísono: ¡Por fin!
Después, volvieron a besarse, y lo hicieron por fin alejando los miedos primigenios, dejándose llevar por lo que tanto habían deseado a oscuras y en silencio… y siempre solos.  Él, casi todas las noches, en su cama. Ella, no tantas, en la suya.
Al fin – como gritaron sus almas abrazadas – habían dado el paso y ya allí no había lugar para el reproche… Ya aparecería después cuando fueran otros los labios que les besaran, y otros los cuerpos que compartieran.
Olvidando las esposas que hasta ahora les habían mantenido alejados al uno del otro – en realidad, menos de lo que ellos mismos pensaban pues ya habían hecho el amor miles de veces en unos sueños que parecían tan reales como esa realidad que estaban viviendo – se desnudaron tímidos y asustados.Después, sus cuerpos se fundieron como dos velas encendidas, con el mismo calor, y ambos se hicieron uno solo… todopoderoso e incapaz de ser derrotado. Y de pronto desapareció todo lo que no fueran ellos dos. Primero desapareció la cama, después las sábanas que les envolvían, después  el piso donde estaban, la ciudad, y sus gentes…  Las de él… las de ella.Y bajo ese cuerpo que desprendía alcalinas descargas ella se sintió doncella, y su boca fue la triaca que le alejó de ese dolor que ya empezaba a remitir, sintiendo que solo la Gran Separadora podría arrebatárselo ya. Él bebió de sus rasgados ojos asustados mientras hacía el amor. Ella, vestida con los siete velos que envolvían su piel trigueña, acercó los labios a él  y le dijo, sin miedo alguno ya, que le amaría hasta el último de sus días.Ella gemía gozosa, mirándole, alimentándose con una mirada que sabía que tenía que guardar pues posiblemente no se repetiría… Después, sin que él lo esperara, lloró tibiamente.- ¿Por qué lloras? – preguntó él, deteniendo su ímpetu y acariciando su bello rostro, embriagado por el vino que escapaba de la garganta de los barriles que eran sus ojos – ¿te duele, amor mío?
– ¿Que si me duele…? – dijo ella, sintiéndose completamente mujer porque al fin su pensamiento escapaba de esas cadenas que ella misma se había impuesto en un día no muy lejano, y volvía a sentirse mujer y viva – la verdad es que me duele menos de lo que debiera …mucho menos.

2 comentarios

  1. el final es espeluznante. MENOS DE LO QUE DEBIERA. Es buenísimo tío. Como mujer entiendo perfectamente eso. Si ella tenía hijos y marido sabe que la aventura debería de dolerle y en canbio no le duele nada porque ha disfrutado y porque sigue disfrtando. Jo, me ha encantao

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  2. Josa, este microrelato ya lo habías publicado.

    Está bien descrito: describir los sentimientos que cruzan en décimas de segunda por la cabeza cuando una está enamorada o ilusionada…y viceversa no es fácil.

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