LAS ESPOSAS (relato erótico)

CREO QUE ESTE ES EL CAPÍTULO DONDE MEJOR ME LO HE PASADO. (Si no te gusta leerlo aqui, al final está en word)
 
Huyendo de una nueva ciudad, y de una nueva vida sin acabar – una vez    
más – desperté en una extraña cama que, por el contrario, no me resultaba desconocida.  Aún dominado por los efectos del consumo de amor de la noche anterior miré las extrañas paredes de esa habitación donde me encontraba.
La cama donde despertaba por primera vez en mucho tiempo olía a limpio, a sexo reciente y, sobre todo, a esencia de mujer a raudales. Era como si esa mujer siguiera allí, oculta bajo las sábanas, aunque el resto de mis sentidos me dijeran que no estaba allí. Fue precisamente el del oído el que me dijo donde estaba ya que podía escuchar el sonido del agua cayendo de la ducha, unas veces sobre el suelo de la bañera y otras sobre un cuerpo de mujer… Ese sonido era inconfundible.
Pero  fue al recibir ese primer olor, cuando recordé esa preciosa mujer, menuda, elegante y risueña que conocí en ese cine donde me tuve que meter para resguardarme del gélido ambiente que se respiraba en esa ciudad monumental que todos llamaban Salamanca y donde estaba yo por motivos laborales… Al menos eso creí antes de aquella ridícula entrevista que no me llevó más que a perder el dinero de un barato billete de autobús.
La habitación donde desperté era más pequeña de lo que recordaba de la noche anterior. En una de sus paredes una fotografía de un extraño escritor del que nunca había oído hablar, y en una estantería de madera muchas películas en vhs y dvd, fotografías y otros recuerdos. Al ver las fotografías sonreí. Sí, era ella, aunque pareciera tan diferente en las fotografías… Allí parecía alguien modoso y tímido. Nada comparado con el torbellino que me había sacudido esa larga noche de tormenta carnal repleta de rayos femeninos, truenos palpitantes y lluvias de lágrima de mujer ansiosa por vivir.
El sonido del agua de la ducha cayendo sobre la bañera me hizo pensar en esa mujer que me había invitado a pasar la noche con ella, una mujer hermosa y tan solitaria como yo mismo… O puede que más.
Tumbado en esa cama de sábanas rosas de franela oculté mi cara bajo ellas y aspiré ese olor humano que no era mío, ese olor a hembra que tanto me gustaba recibir por las mañanas pero que siempre me tenía que conformar con imaginar porque siempre aparecía manchado por el macabro aroma del arrepentimiento.
Oculto bajo las sábanas recordé la piel trigueña de esa mujer, una piel seca pero suave, como castigada por meses o años de soledad, de no ser compartida. También vino a mí el tacto de sus dedos por mi cuerpo y el ansia escondido que había en sus labios y que escapaba en estampida cuando era besada.
Recordé cómo me acariciaba mientras me desnudaba. Al principio lo hacía de manera delicada, como con miedo, como si no terminara de creer que lo que estaba pasando en esa cama no fuera parte de uno de esos sueños que vivía a diario aun con los ojos abiertos.
Cuando mis labios se posaron en los suyos yo ya no recordaba su  nombre… Ni siquiera recordaba haberle dicho el mío, y los encontré secos también, incluso agrietados, a la espera de la lluvia masculina que saciara sus meses de sequía, y cuando mi lengua se introdujo por entre sus dientes una cascada vertiginosa de saliva alcalina inundó por completo mi boca, llenándome de una energía que también yo necesitaba mientras millones de peces moribundos recobraban su vida y luchaban contracorriente en medio de un torbellino de aguas calientes y cristalinas.
Nuestras bocas entrelazadas se mantuvieron unidas durante varios minutos. En esos momentos solo importaban nuestros labios, que parecían incluso tener dedos, y  no dejaban de tocarse y acariciarse, para hacer todo finalmente creíble.
¡Dios, cómo besaba ese manantial de deseo aletargado!
Lentamente, mientras nuestras bocas seguían con su juego desatado, nuestras manos empezaron también su juego, desnudando unos cuerpos que nada hacían vestidos en un momento como ese.
Primero desabroché su camisa rosa. Recuerdo lo difícil que resultó desabrochar el primero  de sus botones hasta que, finalmente, lo rompí. A ella no pareció importarle lo más mínimo, y ante la imposibilidad de desabrochar también el segundo opté por tirar con violencia y romperlos todos. Ella sonrió, aún con mi boca sobre la suya. Pude verlo en sus ojos, que se abrieron para comprobar – como hice yo mismo – que todo era cierto y no producto de nuestra imaginación.
Mi mano acarició sus pechos, cubiertos por un sujetador de talla 95-B (mis favoritos) y no tardé en dejarlos desprovistos de telas que empeñaran el espectáculo que se abría ante mis ojos. En ese momento dejé de besarla, la tumbé sobre la sábana, y miré esos pechos pletóricos de amplias aureolas que no dejaban de intimidarme y de avisarme del peligro que correría si no los besaba cuanto antes. Así lo hice.
Mi lengua paseó por la aureola de sus senos, que no tardaron en recobrar una vida que creían perdida, y mis besos ardientes hicieron que esa mujer comenzara a jadear mostrándome el grado de embriaguez en el que se encontraba.
Los efluvios de la larga abstinencia ingerida ayudaron a ambos, y nos dejamos llevar por una pasión que había nacido mucho antes, en la misma butaca del cine donde vimos esa extraña película de mis adorados hermanos Cohen.
Recordé esa pequeña sala donde reponían películas. Ella estaba sentada a mi lado, a pesar de que el cine estuviera casi vacío, y en mitad de la película, en una escena algo violenta, su mano rozó la mía por culpa de un extraño espasmo de pavor.
-Lo siento – me dijo, pero no apartó la mano de la mía. Durante no menos de medio minuto la película desapareció de la pantalla y éramos nosotros los protagonistas de la misma – si casi podía sentir las miradas de los demás espectadores…
La palma de su mano permaneció inmóvil sobre el dorso de la mía. Ninguno hacía nada, ninguno decía nada, pero ambos nos sentimos extrañamente excitados. Fue cuando volví la mano lentamente cuando mis dedos se deslizaron por entre los suyos, como pequeñas lombrices escapando del fango buscando el sol. Mis dedos treparon por los suyos, libremente, sin miedo, hasta que ella me miró, apretó su mano contra la mía, y me dijo: “hola, me llamo Lucía”. Yo no dije nada, no supe qué decir en esos momentos. – ¿Sabes? – me susurró tan cerca que casi pude sentir su lengua en mi oreja – esta peli ya la he visto mil veces… Me encanta
-y a mí – me atreví al fin a hablar, sin soltar su mano, claro
– ¿Nos vamos?” – me dijo muy seria, besándome en los labios, y nos fuimos… En silencio, cogidos de la mano, sin importarnos el frío gélido, ni la nieve que caía, ni siquiera la gente que corría bulliciosa dominada por esas músicas navideñas que tanto gustaban, nos fuimos hasta su casa, donde entonces me encontraba.
 
Sin dejar de mirar esos senos turgentes que hacían más bella a esa mujer, me deshice del cinturón que guardaba su cuerpo oculto y pude quitarle el pantalón. Sus bragas me delataron del poco convencimiento que tuvo antes de salir de casa de un éxito amoroso. Eran unas bragas grandes pero de niña pequeña, con unos dibujos de una abeja extraña con rizos amarillos que, sin duda, pertenecerían a alguna serie infantil de la televisión pero que yo no reconocía.
Sus muslos eran hermosos también, y rojos, muy rojos, como un campo recién arado  donde no se vislumbraba un atisbo de hierba. Esa mujer, desnuda, era mucho más hermosa de lo que parecía al estar cubierta de ropas que para nada le ayudaban. Era un auténtico festín, un sabroso bocado de pan recién salido del horno – aún sobre la pala del maestro obrador – ante los ojos de un mendigo hambriento que miraba desde la ventana conformándose con su olor pero envidiando su textura.
Cuando su cuerpo se convirtió en una parte más de la cama me eché sobre él y aspiré de todos sus aromas y esencias, intentando hacerlos míos. Besé su cuerpo entero, consiguiendo que su piel se erizara por donde quisiera que pasara mi lengua, y saboreé de ella… ¡De toda ella!
Fue entonces cuando ese torrente llamado mujer, usando unas fuerzas que no creía que tuviera, consiguió apartarme y tumbarme sobre la cama. En su mirada había fuego… ¿Fuego digo? No… Su cara era el cráter de un volcán a punto de la erupción.
Me miraba, me sonreía, y se mordía los labios mientras desabrochó mi pantalón, despojándome de él y dejándome tan desnudo como mi alma.
-Cariño, te deseo tanto… – nos dijimos al unísono, haciéndonos también sonreír.
Para mi sorpresa ella sacó unas esposas – no sé de dónde, ni cómo – y me sonrió.
-¿Y eso? – le pregunté, sorprendido, que no asustado
– me gustan – dijo sonriendo, abriéndolas y cerrándolas, jugando con ellas mientras su lengua volvía a pasear por mi abdomen – ¿te gustan a ti?
– no lo sé – le dije, muy excitado – creo que sí
¿crees…? – preguntó mientras su lengua ya estaba sobre mi oreja, su sexo sobre el mío, y las esposas rodeando mi muñeca izquierda – te va a encantar… Ya lo verás.
El click de la esposa me asustó, incluso me hizo daño al pellizcarme con el hierro en mi piel, pero no me importó. Siempre quise probar el sexo de esa manera, con unas esposas… Ser yo el ser dominado.
Con la mano esposada al cabecero de la cama sacó otras esposas y me volvió a sonreír y a guiñar uno de sus ojos mientras la colocaba sobre la otra mano.
Con las dos manos atadas al cabecero me dejé llevar, y ella empezó su ritual de apareamiento… Así fue como me sentí, como un ser dominado por una diosa pagana para lo que yo no era sino un simple objeto de satisfacción personal. Por primera vez me sentí como si no fuera yo la mantis religiosa, sino ella, y eso me hizo pensar en el triste final que corrían los machos de esa especie. Pensar eso me gustó ¡Vaya si me gustó!
Ella no dejaba de besarme, de morderme y de lamerme toda la cara mientras nuestros cuerpos se frotaban como si ambos supiéramos que el genio de la lámpara no tardaría en aparecer. Su cuerpo era electrizante, de esos que hipnotizan, y el placer al que me estaba sometiendo empezaba a ser tan intenso como novedoso.
¡Diosssss! Era lo único que podía decir entonces un ateo como yo, pero creyéndolo de veras.
Desde esa nueva perspectiva sexual todo fue tan diferente… Por primera vez no era yo quien tenía que buscar el placer de la pareja… Por primera vez dejé de ser yo mismo y dejarme llevar, sintiendo cosas que no había sabido disfrutar hasta entonces.
Mi órgano sexual dejó de ser el protagonista – al menos para mí, que no para ella – y todos mis esfuerzos se concentraron en mis retinas y en mis nervios, que mandaban impulsos extraños a mi cerebro, permitiéndome conocer sensaciones nuevas y extraordinarias.
Ver a esa mujer sobre mí fue como ver un cuadro extraño del que no entiendes nada pero que, poco a poco, empiezas a comprender.
Mirarla era todo un placer, disfrutar de su cara extasiada, de sus senos generosos, que no dejaban de bailar al son de una música que ella misma imponía y ante la que yo, oculto en el palco, no dejaba de saborear no solo con mis oídos…
Ver su cuerpo entero perdido en el mío, ver los confines de mi tierra perdidos sobre el horizonte de su piel, hizo que todo – por vez primera – fuera completamente diferente.
Eso no era sexo, y si lo era, todo el que había hecho hasta ahora no había existido.
Durante ¿una hora? – ¿dos? – nuestros cuerpos permanecieron unidos, sin separarse, y esa mujer me regaló, a través de su placer, más deleite del que creía dibujado en mi masa gris y en mis retinas.
No podía creer lo que estaba viendo, pero para nada quería salir de allí, para nada quería que el acto terminara… Quería permanecer allí toda la noche, como así fue, porque, entonces, mientras el agua de la ducha se detenía y escuchaba el ruido de la mampara deslizarse, pude recordar cómo el día nos descubrió aún al uno dentro del otro.
No recuerdo el momento en que me quedé dormido, pero sí puedo recordar perfectamente el extraño y mágico momento del despertar, que, por primera vez desde que recordaba, no estaba manchado por el remordimiento.
-Buenos días, cariño – me dijo ella, completamente desnuda, asomando por la puerta, mientras secaba su pelo con una toalla blanca
– buenos días – le dije emocionado aún ante su extraña belleza
-¿has dormido bien? – me preguntó, mientras seguía secando su pelo mostrando  esos senos dubitativos que tanto placer me habían dado horas antes
– sí… Poco pero muy bien – le dije, admirando ahora sus muslos aún mojados y el vello caoba que ocultaba el cráter que me había quemado esa noche
– no me extraña – me dijo tirando la toalla al suelo, acercándose a mí, y pegando su cuerpo de nuevo al mío mientras me besaba en los labios, aún doloridos.
Fue cuando sintió que mi cuerpo ya buscaba al suyo cuando me susurró al oído que quería volver a hacer el amor conmigo.
-¿Sabes? – me dijo de nuevo, con su lengua sobre mi oreja – no me importaría que te quedaras aquí conmigo toda la Navidad
– eso sería difícil… Y no saldría bien, creéme
-Ahora me tengo que ir a clase – me dijo separándose de mí y cogiendo la ropa que tenía perfectamente colocada sobre una silla
-¿a clase?
– sí, soy maestra – dijo, ajena a mí, colocando su ropa interior y alejando su hermosura de mi campo de visión – ¿me esperarás aquí?
– no sé… No tengo mucho que hacer, la verdad
– me gustaría que te quedaras, cariño. Podemos pasarlo muy bien – me dijo, guiñándome uno de sus ojos mientras se terminaba de poner la camisa y mesaba su cabello. Yo no podía dejar de mirarla, y empecé a sentirme raro… como siempre me sucedía.
Ella cogió su reloj y se lo puso, y al mirar la hora, gritó asustada que era demasiado tarde y que tenía que marcharse ya.
-Lo siento cariño, pero tengo que marcharme ya o no llego a clase, y los curas no creas tú que se andan con chiquitas – me dijo, alocada y con prisa, besándome en los labios y corriendo hacia la puerta de la habitación, de donde desapareció.
-¡Oye, oye…! – le grité, intentando recordar su nombre mientras oía abrirse la puerta de la calle – ¡no me dejes así… No me dejes con las esposas que no me puedo mover!
Por suerte me oyó y se acercó hasta la habitación. Con destreza y nervios consiguió abrir la esposa de la mano izquierda, haciéndome sentir aliviado y menos dolorido.
 -Toma la llave, abre tú la otra y si quieres quédate. Tú decides – me dijo mirándome por última vez y alejándose a toda prisa, cerrando la puerta con energía.
Una vez que me quité las esposas me metí en la ducha y bajo el agua me quedé un buen rato, recordando todo lo que habíamos hecho esa noche, lo distinto que había sido todo, y la suerte que había tenido.
Mirándome en el espejo situado frente a la ducha pude verla otra vez. A mi lado, en la ducha, estaba ella, con su violenta mirada asesina, con su macabra sombra negra, y con esa extraña sonrisa de desaprobación
Intenté cerrar la mampara para no verla y olvidarme de ella. Por fin había sido capaz de vencerle, de dominar su ira y sus macabros deseos. Por primera vez en mucho tiempo no despertaba sobre un reguero de sangre, sobre un cuerpo destrozado y muerto, y eso me hizo sentir bien.
Fue cuando salí de la ducha cuando comprendí del error de mi sentimiento victorioso… La dama macabra seguía allí, dibujada en vaho del espejo, tan macabra como siempre,  y me recordaba que ella no se había marchado… que tan solo se había ocultado.
Habían sido esas esposas las que le hicieron desistir de dominarme, y nada tenía que ver yo en el asunto de que esa astuta mujer – sin saberlo – se hubiera salvado de una muerte más que inevitable.
-Tranquilo – me dijo – la esperaremos y terminaremos nuestro trabajo
– ¡no! – grité al espejo
– sííííííííí – fue lo último que oí.
 
CONTINUARÁ
 
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