ESPOSAS (2ª PARTE)

AQUÍ OS DEJO LA SEGUNDA PARTE DE “ESPOSAS”

TODO EN WORD (por si quieres descargarlo)……………ultimo romantico nuevo.
 
Cuando sonó la última de las siete alarmas de la mañana Lucía recogió sus cosas con rapidez y las metió en su bolso. Por primera vez no colocaba los bolígrafos en la carpeta, tampoco había colocado bien los folios… Ni siquiera había llegado a cerrar la cremallera del bolso.
¿Qué le pasa a Lucía hoy? – preguntaron algunas compañeras, observándola mientras corría por el pasillo en dirección a la puerta principal del colegio.
Toda la mañana había estado nerviosa, extrañamente sonriente y también preocupada. Era la primera vez en muchos años que no dejaba de mirar el reloj, que se miraba en cualquier espejo que encontraba – aunque fuera a través de las puertas de cristal donde se reflejara su rostro – y que sonreía sin venir a cuento. Ella, que era una persona seria – demasiado para su juventud. O eso decían sus compañeros – ese día parecía más una estudiante que una de las profesoras.
Ya desde que llegó se le notó extraña. Para empezar era la primera vez que todos sus alumnos entraban en clase antes que ella. Su coche, por primera vez también, lo había dejado mal aparcado, e incluso había dejado una de sus ventanillas abiertas.
Su aspecto tampoco era el de siempre. Ella, que todos los días acudía perfectamente maquillada, impecablemente peinada y seriamente vestida, parecía otra persona ese día. Su pelo no estaba bien peinado, ni recogido – lo que la hacía más hermosa, sin duda alguna – su cara no estaba tan maquillada, y, por primera vez en muchos años, acudía al trabajo vestida con camisa y un pantalón vaquero ajustado.
Todos la miraron extrañados… A todos – y a todas – les gustó esa nueva Lucía.
Por primera vez también Lucía había olvidado pasar lista en clase – lo que agradecieron más de tres haraganes que se habían quedado en la cafetería cercana al instituto – tampoco pidió las tareas encomendadas del día anterior, ni siquiera quiso seguir con el tema que estaban a punto de terminar. Ese día sería para hablar de poesía. Solo poesía.
Con el sonido del segundo timbre de la mañana los alumnos de su clase salieron por los pasillos hablando con los que llegaban a continuación. La noticia corría como la pólvora: La “teatrera” estaba de muy buen humor y su clase había sido la bomba. Los hubo, incluso, que sintieron un extraño flechazo por esa mujer que empezaban a conocer ese día.
-Está guapísima – se decían unos a otros.
En el recreo el instituto parecía un programa de cotilleo de la televisión. Alumnos y profesores no hablaban de otra cosa, y todos intentaban averiguar el porqué de ese cambio tan repentino.
-¿Le habrá tocado la lotería? – preguntaban unos – ¿qué le habrá pasado? – preguntaban otros, pero fue finalmente una amiga suya, una de sus más fieles compañeras, la que dio en el clavo: “Lucía se ha echado novio”.
A media mañana no se hablaba de otra cosa. Lucía, la eterna soltera, la enamoradiza sin suerte, se había echado novio otra vez. Todos esperaron que tuviera más suerte que las veces anteriores, como así sería – pensaron todos – al ver el cambio tan radical que había dado en un solo día… Y es que, el sol podía verse a través de sus ojos.
La buena de Lucía no estaba en otra cosa que no fuera todo lo relacionado con ese hombre al que había conocido la noche anterior en el viejo cine de la vieja Salamanca.
Mirando a sus alumnos, paseando por los pasillos, o simplemente tomando un café con sus compañeros de siempre, ella solo veía a ese hombre que, sin duda, le había robado el corazón para siempre.
Sí – se decía a sí misma – ya sé que lo he pensado muchas veces, pero este hombre es diferente. Con este hombre he conectado de verdad.
Recordando esa noche de sexo limpio y salvaje se emocionaba e impacientaba, mirando a todas horas el reloj con el único deseo de salir de esa cárcel que era aquel centro de enseñanza media.
Ella quería huir, salir de allí y correr hacia su casa donde había dejado al hombre más guapo que había visto en su vida, de volver besar esos labios que parecían una prolongación de los suyos, y de volver a sentir el brioso músculo de ese cuerpo hercúleo que la mantenía en ese estado de enajenación transitoria.
Sentada en su vieja silla, oculta tras la mesa de profesor, tenía que cruzar sus piernas constantemente solo con el recuerdo de ese cuerpo desnudo a su lado.
¡Dios! – gritaba su alma mientras lo recordaba – ¡ojalá pudiera volver a casa ahora mismo! ¿Para qué has venido hoy a trabajar, so tonta? – volvía a decirse – en diez años de trabajo nunca has faltado… ¿No podías haberte puesto mala hoy?
Mientras leían poemas de su adorada Emily Dickinson no podía dejar de pensar en él, en esa boca que aún sabía en la suya, en ese cuerpo que aún recorría el suyo, y en esas manos que aún parecían estar abrazándola, apartándola del frío castellano. Todo, ese día, le recordaba a él.
 
                                   *Glow plain – and foreign
                                     On my homesick Eye –
                                   Except that You than He
                                      Shone closer by –
                      Because You saturated Sight –
                                  And I had no more Eyes
                                For sordid excellence
                                              As Paradise
 
Mientras las letras recitadas inundaban su alma pudo volver a ver ese cuerpo entero perdido en el suyo,  pudo ver los confines de su tierra perdidos sobre el horizonte de su piel, lo que hizo que todo – por vez primera en muchos años – fuera completamente diferente. Eso que habían compartido no era solo sexo, y si lo era, todo el que había hecho hasta ahora no había existido, o dejaría de hacerlo. Atrás, en ese recuerdo, quedaban ya ese Miguel, ese Antonio, ese Paco tan querido, y ese Lucas último, ese hombre tan guapo como casado, al que nunca creyó poder olvidar
Durante no menos de tres horas sus cuerpos permanecieron unidos, sin separarse, bañados por la luna que se negaba a quedarse fuera de la habitación invernal, y allí, en esa cama que a nadie más pertenecía ya, sintió todos esos orgasmos de los que tanto le habían hablado y que nunca había reconocido. Allí, sobre ese hombre, había sentido ese placer metafísico que creía parte de la literatura, y aún emocionada al recordarla, deseaba gritar a todo el mundo que sí, que en esa ocasión, sí estaba enamorada de ese hombre que le había regalado, a través de su placer, todos esos misterios que hacían que el amor fuera tan especial como esquivo.
-¿Quién es? – le preguntó su amiga del alma mientras tomaban el café en la hora del recreo – me muero por saber cómo es
-¿de qué hablas? – preguntó ella sonriendo, intentando no disimular
– sabes muy bien de qué hablo Luci. Dime su nombre
-¿su nombre? – pensó Lucía, recordando tan solo su cuerpo desnudo y su rostro
– sí, su nombre… Tendrá un nombre ¿no?
– sí, tiene un nombre
– ¿y cómo es? ¡cuenta, cuenta!
– es el mejor regalo de navidad, querida. Nos conocimos en el viejo teatro, mientras veíamos Fargo
– ¿otro pirado como tú?
– ¿pirado? No lo sé. Tan solo sé que es el hombre más hermoso que he visto nunca
– cuenta Lucía, cuenta… Me muero de ganas
– No tendrá más de cuarenta. Yo le calculo unos 37 – no sé por qué – y viste muy bien. Lleva vaquero ajustado, camisa de cuadros marrones y blancos, de Pedro del Hierro, y una elegante cazadora de piel marrón muy juvenil. Sobre su cuello lleva una gran bufanda marrón también, anudada suavemente con las puntas caídas sobre sus pechos.
Tiene el pelo oscuro. No sabría decirte si lo tiene largo o corto, pero es sedoso y asoma melena por detrás de sus orejas, sin llegarle a la espalda. Su pelo descansa sobre su cogote, ocultando su cuello y se le hace una extraña y enigmática raya en el centro. No tiene más que cinco canas sobre su oreja derecha, y solo se las ves si te acercas tanto como yo
-¿Es guapo?
-¿Guapo?… ¿Guapo?… Es guapísimo. Tiene sus ojos perfectamente alineados, con grandes cejas cuidadas. Tiene un ojo marrón oscuro y otro marrón claro, pero tampoco eres capaz de percibirlo a primera vista. Su nariz es grande, sin llamar la atención, y no tiene un atisbo de vello a pesar de su edad. Sus labios son carnosos, siempre húmedos, sin una sola grieta, y parece que los llevara cubiertos por una capa de cosmético natural. Sus dientes son blancos y bien alineados, con largos colmillos que muestra al sonreír, y es su sonrisa, sin duda alguna, capaz de conquistar a cualquiera.
Cuando sonríe no abre la boca, sino que la hace bailar, y te mira de una manera ante la que nada puedes hacer. Si te mira y te sonríe ya eres suya… Ya no hay escapatoria.
Tiene la barbilla partida, alargada, como su cara, y un cuello débil que te lleva hasta un cuerpo perfectamente conservado, pero falto de ejercicio.
Es musculoso natural, sin marcas, sin excesos, con bíceps que se dibujan con perfección, de largas y delgadas manos con dedos gráciles, provocadores de pasiones soterradas insospechadas.
En su pecho, en el centro, tiene poco vello. Tanto, que podrías contarlo. Otro día lo haré
-marrana… Sigue, sigue
– No tiene vientre alguno, con ombligo profundo, y se dibujan en su abdomen – a ambos lados – dos músculos perfectos que hacen que parezca un joven deportista. Tiene los muslos fuertes y velludos y unas piernas de ensueño
-¿y….? – preguntó su amiga sonriendo
-de ahí, mejor aún – dijo, rompiendo a reír las dos, lo que hizo que otros compañeros las miraran casi ruborizados – tiene una forma de hacer el amor distinta a todos los hombres. Es más, a veces crees que estás con una mujer. Te lo digo en serio.
Es dulce, delicado, pero brioso, como un corcel en una pradera. Te mira en todo momento, clavando esa sonrisa en tu alma, y te habla en susurros…
-¡Qué envidia, Luci! ¿Dónde trabaja?
-ni idea. No le conozco. No es de aquí. Está de paso. Estoy deseando volver a verle. Le he dejado en casa ¿sabes?
-¿estás loca? ¿has dejado en tu casa a un desconocido?
– no es un desconocido. Es mi futuro esposo
– ojalá tengas suerte esta vez y no sea otro hombre casado
– no, este no está casado. Lo sé. Y sé que le gusto tanto como él a mí.
El resto de la mañana la pasó Lucía pensando en él, haciendo planes para esa misma tarde, y para el día siguiente, y para la semana… y para toda la Navidad. Esa sería la mejor Navidad de su vida. ¡Ya se la merecía!
Con el séptimo y último timbre de la mañana Lucía corrió hasta el coche. La ciudad parecía más larga que nunca y las calles más atestadas de coches y gente. En su cabeza estaba ese hombre, que imaginaba esperándola en casa, desnudo, en la cama, de donde no saldrían en todo el día.
Conduciendo se sentía tan excitada que creía poder sentir un orgasmo solo con el roce de sus muslos mientras pisaba los pedales… Hacía tanto tiempo que no le pasaba eso – ni siquiera con Lucas – que se sentía viva y nueva de nuevo. ¡Qué ilusión!
Antes de llegar a casa paró en la vieja pastelería de la ciudad. Allí compró un pastel con forma de entrada de cine, para regalárselo y compartirlo juntos.
Cuando llegó a casa toda la ilusión se convirtió en miedo. Aparcando el viejo Peugeot en su plaza comenzó a hiperventilar, a notar cómo su corazón se excitaba más y más, y cómo la respiración empezaba a fallarle.
-Tranquila Lucía, tranquila – se decía, respirando lentamente, saliendo del coche y abriendo y cerrando sus brazos, como hacían los alumnos en el patio antes de comenzar su clase de Educación Física.
En el ascensor el miedo se hacía mayor. Apretando el botón número 5 notó que apenas tenía pulso – ni fuerza – y tuvo que intentarlo varias veces. Cuando la puerta metálica se cerró comprendió eso que tanto le decía su vecino Quique. Eso le tranquilizó, y le hizo sonreír por primera vez desde que salió del coche. Lucía sonrió nerviosamente al recordar esa coletilla de ese joven que siempre tenía prisa: “jo, este ascensor es más lento que el caballo del malo”
Primero, segundo, tercero… ¡Dios, qué lento eres, maldito ascensor!
Fue cuando la puerta se abrió cuando el miedo se hizo más patente. ¿Estaría en casa o se habría marchado para no volverle a ver? Un ruido en el interior de uno de los dos pisos de la derecha le hizo emocionar. ¡Sí, estaba allí aún!
Caminando lentamente, con el pesado bolso repleto de folios ya sobre su codo, se acercó hasta la puerta y pegó el oído a la madera.
¡No se oía nada! El miedo volvió a apoderarse de ella.
Al girar la llave el olor de la casa era diferente al resto de los días. Esa casa olía a él, y eso la tranquilizó. Cerró la puerta, dejó el bolso sobre el sofá, el abrigo sobre el perchero, y el pastel sobre la mesa perfectamente limpia. Le gustó ver que no había restos de comida, ni de vasos sucios, y que todo brillaba. Ese hombre lo había dejado todo reluciente, lo que le hizo pensar que aún seguiría por allí y que limpió para evadir el tedio de la soledad mientras la esperaba.
-¡Hola! – dijo nerviosa, con los pies temblorosos, y la cabeza girando sin sentido.
Nadie respondió. El piso era pequeño. Miró en la cocina, en el baño, y finalmente en el dormitorio… ¡Allí no había nadie!
Lucía deseó llorar, pero no pudo.
La habitación estaba ordenada, la cama hecha, pero no había ni una sola nota que le dijera dónde estaba ese hombre, si se había marchado para siempre o si pensaba volver. Eso le dolió mucho.
Deseosa de él abrió la cama para volver a oler las sábanas donde había compartido tanto, y se extrañó al ver que bajo el edredón no había más que la funda del colchón. No había sábana alguna. ¿Para qué la habría quitado?
Miró en la lavadora, pero allí no estaban. Tampoco en la ropa sucia… ¿Qué habría hecho con las sábanas? ¿Para qué se las habría llevado? La idea de que ese hombre le hubiera robado pasó por su cabeza y corrió hasta su cajón de la ropa interior donde guardaba el dinero. El pequeño bolso seguía allí, intacto, con todo su dinero.
La desaparición de las sábanas seguía extrañándole… ¿Para qué las querría?
Aún contrariada se acercó al cajón de las llaves, por si había cogido algunas para salir y luego volver… ¡Estaban todas allí!
Su hombre había desaparecido y no tenía pinta de volver. Por eso lloró durante no menos de una hora, tumbada en esa cama que quería volver a compartir.
-Venga Lucía – se dijo intentando animarse al comprobar que no quedaban lágrimas por derramar ya – a lo mejor vuelve. A lo mejor ha salido y vuelve después. Seguro que es eso… Estaría aburrido de tanto esperar. Es normal.
Así, más animada, y, sobre todo, esperanzada, decidió ducharse y acicalarse para esperarle, convencida de que ese hombre había sentido lo mismo que ella y que no podría huir así, sin más. Lo había visto en su mirada, y en la forma tan delicada de hacerle el amor… En esa cama había habido amor, y no solo sexo.
Bajo el agua Lucía volvió a pensar en él, y acarició su cuerpo, fantaseando con él, con su compañía, y volviendo a encontrar casi el mismo placer de esa noche que tardaría mucho tiempo en olvidar.
El agua que corría por su cara y boca cobró el sabor de la saliva de ese hombre, y sus propias manos se hicieron las suyas, acariciándose con fuerza y ternura, como él hacía.
Fue al salir de la ducha cuando un terrible dolor invadió su cuerpo entero.
El vapor del baño desdibujó unas extrañas letras sobre el espejo que habían sido ocultadas, o hechas sin esperar que pudieran leerse. Lucía, al leerlas, sintió un escalofrío terrorífico que le hizo caer al suelo.
El miedo que sintió en esos momentos fue tal que no pudo articular sonido alguno, ni ejercer movimiento que no fuera el de su propio temblor.
Llorando, cada vez más asustada, vio sobre el lavabo un enorme cuchillo de cazador que, sin duda, ese hombre había dejado olvidado con las prisas en su huída.
No podía ser verdad lo que estaba viendo – pensó aterrada, recordando, de pronto, la noticia de ese hombre que toda la policía andaba buscando desde hacía tiempo y que mataba a las mujeres con total violencia después de hacerles el amor.
Y si era él – pensaba, o al menos lo intentaba – ¿por qué no la había matado a ella? Eso le hizo pensar en las esposas que le había puesto para hacer el amor y que no le había quitado hasta momentos antes de marcharse.
Nunca pensó – y menos cuando se las regalaron – que esas esposas, aparte de placer, le llegarían a salvar la vida.
Llorando, fuera de sí, y totalmente aterrada, se abrazó a sus propias piernas, sentada sobre el frío suelo mientras miraba esas horribles letras que parecían escritas con una sangre que ese día no se derramó: “MÁTALA”
Era hora de llamar a la policía.
 
 
 
    *Brille clara – y extraña
En mi Ojo de nostalgia –
Salvo que Tú, que Él
Más cercano brillaras –
Porque Tú saturabas la Mirada –
Y no tenía yo más Ojos
Para excelencia sórdida
Como es el Paraíso.
 
CONTINUARÁ
 
TODO EN WORD……………ultimo romantico nuevo.
 LAS DOS PARTES……………EL ÚLTIMO ROMÁNTIC cine 1Y2
 

¿NACIÓ JESÚS EL PRIMER AÑO DE NUESTRA ERA?

Aunque todos pensamos que JESÚS nació el primer año de nuestra era, la verdad es que no fue así. Si nos atenemos a los únicos datos conocidos sobre eso, los producidos por Mateo y Lucas, tenemos que decir que son contradictorios, además de situar el domicilio de sus padres en dos lugares diferentes y muy distantes entre sí: Belén y Nazareth.

Lo gracioso es que muchos dicen que Jesús nació en Belén y en Nazareth, como si fueran el mismo sitio. ¡PUES NO!

Los principales expertos actuales fechan el nacimiento de Jesús entre el año 9 y el 7 a.C.

nueva sección: OTROS LUGARES DEL MUNDO. hoy: ALTA

EN 1973 en las inmediaciones de Hjemmeluft, se encontraron cerca de 30o0 esgrafiados prehistóricos. el lugar se llama Jepmaluokta, que significa “bahía de los leones marinos”

El conjunto de petroglifos del fiordo de Alta, cercano al círculo polar ártico, conserva las huellas de un asentamiento humano que data de los años 4.200 a 500 a.C. Miles de pinturas y grabados nos permiten conocer mejor el medio ambiente y las actividades humanas de los tiempos prehistóricos en los confines del Gran Norte. Se supone que estas pinturas pertenecen al pueblo komsa.