HIJA, HERMANA Y MADRE (SEGUNDO PREMIO DEL CONCURSO DE RELATOS DEL DIA DE LA MUJER MARIA MOLINER)

María respiraba tan fuerte que el propio sonido del aire, recorriendo su garganta, impedía oír otra cosa que no fuera su propia respiración, esa que arrastraba todos sus pesares.  Nerviosa, asustada y temblorosa como en aquellas frías y largas noches de su niñez,  no podía terminar de creer que realmente estuviera sentada ante el juez, frente a toda esa gente, dispuesta a gritar todo eso que había callado durante tanto tiempo…
No era allí donde ella hubiera querido estar – pensaba sin atreverse a apartar la mirada de unos zapatos relucientes que volvía a limpiar una vez más… Y eran ya muchas veces en esa misma mañana – pero tenía que hacerlo.
Tenía que hacerlo por ellos, por esos cuatro enanos que miraban hacia ella como solo se puede hacer cuando un niño mira a un héroe…  Aunque no se sintiera como tal…. Aunque se sintiera como un proscrito.
Contar con el apoyo de esos enanos por los que daría la vida, y a los que pronto abandonaría, le era vital.  Ellos no entenderían nada de lo que iba a decir – al menos la mayoría.
En alguna mirada – la de las dos mayores – sí reconoció esa misma mirada silenciosa y aterrada que ella presenció tantas veces frente al espejo… Por eso tenía que hacerlo ya, y no dejar pasar un día más. No podía permitir que esa bestia, vestida de papá, siguiera haciendo más daño… ¡Ya estaba bien!
Sentada, entrelazando sus dedos, pensó en su madre otra vez, y volvió a derramar otra lágrima. Seguramente mamá no la habría apoyado en ese momento, pero donde ella estaba nada importaba ya.
¡Mamá… siempre mamá! ¿Por qué no estuviste a mi lado? – se preguntaba impotente, colérica, y enfrentada siempre a su propio sentimiento de amor filial.
Su mamá era parte de un pasado borroso, con un rostro cansado y lejano, casi irreconocible, manchado por esa maldita enfermedad que la fue consumiendo poco a poco después del nacimiento del pequeño, cuando ella cumplió los seis años. ¡La conoció tan poco…!  
Así empezó todo, ese fatídico día que mamá no se levantó de la cama, y con esa maldita frase que salió de boca de su padre aquella terrible noche de su cumpleaños.
Papá se acercó a su cama esa noche de frío, pero no la arropó como hacía mamá. Él abrió las sábanas y se adentró a su lado… Sin pijama… Sin nada.
– Tú eres una buena hija y no querrás que mamá sufra más de lo que ya sufre ¿verdad?. Y como eres una buena hija, de esto ni una palabra a mamá ¿vale?
Y papá la besó suavemente. Después acarició su cabello, después sus dedos pasaron a su espalda, y finalmente se adentraron en su pijama de naranjito. Y los besos de papá se convirtieron en cuchillos que se fueron clavando lenta pero violentamente en su piel… Aunque no sangrara.
No sintió asco, ni siquiera miedo, ni dolor, ni algo más reconocible que la nada, que el vacío, que el silencio. Eso fue su vida desde entonces: silencio y nada.
Y asintió… Y calló demasiado tiempo. Y lo sintió, pero esas palabras eran casi sentencias, y no quería hacer más daño del que mamá ya sufría durante el día por culpa de esa terrible enfermedad con el mismo nombre que su signo del zodiaco. Por suerte murió poco después, sin saber nada de lo que papá y ella hacían por las noches. O eso esperaba… o deseaba… ¡Por ambas!
Allí, sentada en el estrado, mirando a esos hermanos pequeños a los que tenía que salvar de la tiranía disfrazada de amor, dibujaba paisajes de perspectivas oscuras y funestas que residieron en su niñez y que, por fin, iba a dejar escapar… Como pasó aquel macabro día en que papá se alió con el capitán Garfio para derrotar a su Peter Pan,  a ese que llevan todos los niños pegado a la piel y que a ella le abandonó antes de tiempo.
Esa misma noche, en esa cama que pronto quemará, ella y su Peter Pan dejaron de volar… Y  María, esa niña disfrazada con triste traje de mujer, dejó de ser eso que siempre quiso ser.
Esa noche Campanilla se alejó de ese su país de Nunca Jamás, ese que nadie debería abandonar nunca… Ni siquiera cuando nos hacemos mayores.
 

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