EL MAR EN MI

Siempre que volvía a acercarse a “su” mar sentía la necesidad de meterse en él, de alejarse de sí mismo, y ser pez,  o cangrejo, o pulpo, o misma piedra.
Siempre que se alejaba del mar le pasaba lo mismo… La tristeza era lo que mejor podía describirlo.
Por suerte, siempre se llevaba un trodo de ese mar con él, aunque estuviera a quinientos kilómetros de distancia… Y ese mar tenía ojos, y nariz, y cuello… También boca.
Y era, cuando esa boca se abría, cuando podía ver de nuevo esos peces, esas piedras y sentir ese “su” mar que nunca le abandonaba.