LOS RECORTADOS (grito de rabia después de escuchar el testimonio de una mujer en la radio)

María apretaba sus puños intentando contener la rabia. Dos lágrimas desiguales recorrían – a desigual velocidad también – su aún joven rostro castigado por unas arrugas inevitables. Aún con la rabia en sus pulgares consiguió apretar el botón “off” del mando a distancia y la televisión se apagó. Se levantó, secó sus lágrimas con la parte trasera de sus puños – aún cerrados – y corrió por el pasillo hasta llegar a la habitación de su marido. Primero pasó por la suya y miró la cama, esa que ya no compartía con él.
Al llegar a la habitación encontró a José – a su José – tirado en el suelo, intentando levantarse, y con ese grito silencioso grabado en sus ojos. María corrió hacia él, lo abrazó, lo besó repetidas veces, e intentó levantarlo hasta la cama.
Lo intentó, una y otra vez, pero no pudo hacerlo. No tenía fuerzas para tanto peso, y, para colmo, la pequeña grúa estaba rota desde hacía dos semanas. Abrazada a su José lloró en silencio, como ya había aprendido a hacer para que él no le escuchara, mientras recordaba  las palabras del ministro que acababa de escuchar en el telediario…
“los recortes son necesarios. No hay dinero, y hay que pensar en el país. Todos somos el país y todos debemos colaborar”
¡Hipócritas! – pensó, besando de nuevo a su José y mirando esa grúa que no le querían arreglar por culpa de la crisis.