“LA MARE”

El color ceniciento del cielo me muestra el final de otro verano que se aleja. Y ya son muchos… Tantos que parecen demasiados. Ese cielo de tonos oscuros, a veces negruzcos, a veces rojizos, parece salir del pincel que guardo en mi estado de ánimo.
Y ese color, arrojado adrede sobre la playa,  se mezcla con las piedras que intentan acercarse a los besos que escapan del furioso mar.
Ahora este mar ya no parece provenir de la lluvia de esas nubes perladas que nacen en las verdes montañas, sino de los millones de lágrimas de unos niños que no quieren dejar marchar al verano… ¡A ningún niño le gusta el otoño! Y yo, despidiéndome del verano, vuelvo a ser aquel niño enclenque y negruzco, siempre con ganas de todo, pero atrapado por un cuerpo del que ya  no puedo escapar.
Por eso aquel niño de otrora se encuentra ahora sumergido en un mar de tristeza que le ha traído hasta aquí, hasta este punto concreto de la playa donde tanto vivió…  Y si ha venido aquí  no ha sido sino para recuperar parte de aquella alegría que siempre le abandona cuando no tiene más remedio que partir.
Sobre las oscuras piedras una bandada de gaviotas busca comida que los pescadores habrán olvidado la noche anterior. ¡Qué fácil es olvidar las cosas! Es por eso por lo que yo lucho a diario contra mi memoria, intentando vencerle en un juego desigual y para el que no tengo las armas suficientes.  Aunque lo intento, ella siempre esconde algo más, ganando pequeñas batallas que quieren arrastrarme hasta los zapatos de esa otra persona – diferente – en la que me he ido convirtiendo.
Y son las sombras del olvido  las que abren sus fauces para devorar momentos que creía míos, y, de repente, un grito se ahoga tras el negro manto que brota salvaje desde el útero de la nada. Y mi mente cede, desobedeciendo, y se deja vencer sin apenas luchar, casi con hastío. Ante lo que creo invencible observo la respetuosa y traicionera manera en la que vuelve a engañarme con la excusa de que tengo que crecer.
Por suerte decido luchar – para eso he venido hasta aquí – y dejo volar a mi eterno Peter Pan.
Mi temor a crecer es igual que el del alumno ante el maestro que lo examina del mismo examen una y otra vez… sin éxito.  Sé que un año más no es nada. Al menos me intento convencer de ello, pero sí que lo es…
En realidad, un año más es uno menos. Por eso siempre regreso aquí al final del verano.
Siempre me ha gustado nadar en esta época en la que el mar me pertenece, y no tengo que compartirlo con nadie que perturbe la paz en la que me envuelve.
Es entonces, en esos últimos días del extraño septiembre, cuando llega el viento y barre y mece la arena, dejando atrás los miles y miles de huellas del verano risueño.
Con el agua ya por encima de mi viejo bañador, y con mi piel manchada de puntitos electrificados por el frío, miro atrás. Ya solo quedan leves restos de mis  pisadas, y es el propio mar, como si fuera un aliado del otoño y traicionara al verano, el encargado de ir borrándolas a cada paso que doy.
Tras el barrido de la ola ya solo queda el suave rastro de mis primeras pisadas, esas que he dejado junto a mis zapatillas de deporte, allá junto a mi pantalón bien doblado, y esa camiseta estirada sobre las piedras.
La playa está rara. Lejos queda ya esa feria diaria donde jugaban los niños unas semanas atrás, y donde cuerpos hermosos se derretían al sol.
Siempre me ha gustado estar rodeado de gente, pero no en esta época en la que la tristeza y la melancolía siempre emigran hasta mí, trayendo consigo deseos de soledad. La playa ahora está vacía, el olor es otro también, como el color del cielo, y la temperatura del agua… Sin duda, lo mejor de todo esto que me rodea es el sonido. Siempre me encantó oír el rugir del mar, y nada más. Si acaso… algunas gaviotas. Y eso solo puede hacerse en esta época, donde no hay niños, ni chapoteos, ni barcos.
Y salto, venciendo al frío, y me adentro por completo en ese mar salado, estirando manos y piernas, y nado con los ojos abiertos, como buscando una puerta que me haga salir de ese mundo, o mejor me lleve al otro, a ese que tanto añoro, y que creo haber olvidado.
Flotando en esas mansas aguas del Mediterráneo, a la altura donde antes había bancos de arena, miro a la orilla. Alzo la mirada, y miro más allá, y no hay nada… Ya no están aquellas casetas de madera y carrizo donde mi infancia se detuvo feliz… En realidad hace ya mucho que no están. No están ahí, pero siempre que voy a nadar allí, en esa época,  es cuando vuelvo a verlas.
Hago “el muerto” sobre el agua, y vuelvo a cerrar los ojos. Casi un centenar de gaviotas revolotean sobre mí. No las veo, pero las presiento planeando bajo ese cielo nublado que me acoge como si fuera una más de ellas.
Con los ojos aún cerrados creo ver tubos que sobresalen del agua, por donde los niños respiran mientras observan el fondo del mar a la búsqueda de algún cangrejo o, con suerte, de un pulpo.
Abro los ojos de nuevo, y veo nubes perladas que ocultan un sol que ya ha perdido parte de su fuerza. Vuelvo a hundir mi cabeza bajo el agua y el silencio inunda mi ser.
Allí dentro no hay nada… no hay presiones del trabajo, ni lavadoras que tender, ni comidas que hacer, ni esposa con quien amar y pelear, ni hijos con quienes luchar y mimar… Allí solo me encuentro conmigo mismo, con ese niño que siempre fui y que la vida no me deja ser ya… No, no me deja serlo ya.
Y la vida vuelve, y me devuelve a la superficie. Con escozor en los ojos miro hacia la orilla, y allí, a lo lejos, puedo verlas al fin.  Apiladas unas sobre otras, unidas por carrizos marrones y amarillentos, veo las viejas casetas donde vivía cuando niño. No muestran el final de unas y el principio de las otras, pero entre todas veo la mía, con su puerta de carrizos enrollada hasta arriba, y con su cuerda atada sobre uno de los palos redondos que sostienen el chambao.
Por entre los pasillos veo un Seat 127, de color blanco con una matrícula grabada también en mi interior (GR-0502B). También hay un Symca 1200, y otro Seat, de color verde, y un Renault 4 de color blanco.
Por entre el pasillo aparece un espléndido hombre – casi puedo ver su sonrisa, y hasta oír su voz – que arrastra una moto roja, con una caja verde en la parte trasera donde guarda sacos y frutos del campo recién cogidos para nosotros.  No puedo hacer otra cosa que sonreír.
Varios chiquillos que juegan alrededor de una bomba de agua corren hacia él. Él siempre fue un gran aliado para ellos. También veo a papá con su bocadillo bajo el hombro. Camina junto a Cecilio, y, juntos, marchan a la fábrica.
Y de pronto, apareciendo de la nada, veo a mamá caminando hacia mí, con un vestido rojo, y  con su pelo alborotado por el viento de levante.  No deja de sonreír mientras me grita – ¿cómo podría hacerlo? – Ojalá los papás de ahora pudiéramos enfadarnos así.
-Venga, sal del agua, que estás tiritando – me grita no menos de diez veces.
Yo lucho con ella, haciéndome el sordo. No quiero salir. Me encanta el agua, pero ella me convence con ese gesto tan suyo, y ahora tan mío. Abriendo la palma de la mano hacia abajo, estirando sus dedos, todos juntos, muerde uno de ellos. Es la señal de que empieza a perder la paciencia. Siempre lo hace… y siempre da resultado.
Aún dentro del agua me veo a mí mismo saliendo a su encuentro. La veo abrazarme dentro de esa toalla amarilla de Vicky el vikingo. Me envuelve en ella, me coge en brazos, y me aprieta contra su cuerpo mientras da besos a mi cabello revuelto. Esos son, sin duda, gestos recibidos de forma genética, que gasto con otras infancias que ahora poseo.
Junto a ella permanezco en silencio, recibiendo ese amor que añoro y que aún guardo, y ambos miramos al mar. Ella no dice nada. Ella tan solo disfruta, como hace con todo.
Junto a ella me quedo, observando mis brazos enclenques,  y sintiendo cómo las gotas del agua se van evaporando al contacto con un sol que aprieta con justicia.
Rápidamente el viento las borra, y dibuja una extraña piel que ella llamaba “de gallina”.
-Anda, ponte la camiseta – me dice, sonriendo de nuevo, mientras me entrega una camiseta que no sé de dónde ha sacado
– ¿y las sandalias? – me pregunta sonriendo, demostrando conocer la respuesta
– allí, mamá – le digo señalando a la caseta
– ¿cuántas veces te voy a decir que no puedes estar todo el día descalzo?
Ambos sonreímos. No merece la pena enfadarnos. Además, ella no lo permite.
Oculto del frío, dentro de mi camiseta, observo cómo se alzan las olas sobre la orilla. Rompen desigualmente, sin orden, sin concierto… y sin fuerza. El viento empieza a animarlas, y ellas obedecen. El mar no tarda en rizarse. Estamos en los últimos días de verano, cuando las olas se funden conmigo y se hacen tristes sin saber porqué.
Esas mismas olas, otrora enérgicas y poderosas, son ahora bisoñas, silenciosas,  y me encaro con ellas al sentirlas incapaces de derribarme si me adentro en el rompeolas. Y las desafío.
Es en el rompeolas donde una de ellas golpea mi espalda y me tira. Por un momento pierdo el control, recordando que la fuerza del mar es sobrehumana. Retorciéndome por encima de las piedras, el mar me golpea una y otra vez, y aprovecho para esperar que esas olas que rompen me devoren con sus fauces abiertas.
Y vuelvo a salir del agua, y miro hacia arriba, donde vuelvo a verme alejándome, cogido de la mano de mamá, que camina lentamente.
Ella siempre tuvo varios pasos. Uno más rápido, para seguir a papá, y otro lento y cansino, para esperarnos a nosotros.  Y los dos los hizo suyos, olvidando el propio, ese que una vez le hizo caminar como ella misma imponía.
Observándome, me veo cubierto por sus alas desplegadas, abrigándome a ella, y observo también mi cara de terrible felicidad.  Y un nuevo agua, también salada, pero menos, moja mis ojos. Caminando hacia arriba, siempre junto a ella, lloriqueo señalando al  puesto de polos y chuches que hay junto al viejo bar.
Ahora el puesto de polos está cerrado, y encerrados deja también los olores a fresa, limón, nata, chocolate y vainilla. Allí, dormidos también, descansan los recortables que tanto me gustaban.
Aún mojado, y con mucho frío, me veo perderme, cogido de su mano, en el interior de la caseta, que vuelve a desaparecer. Y miro hacia el puerto y veo las dunas que ha formado el bravo mar de la noche, y veo gaviotas volar y caer.
De pronto aparece, a lo lejos, la figura de alguien conocido en mi infancia, vestido con una camisa militar y con una cara demoníaca pintada en su espalda. Corre sin saber hacia donde. La arena se alza bajo sus pasos, y el viento lucha para izarle mientras extiende sus brazos como si fueran alas y pudieran ayudarle a subir.
– ¡Soy una cometa, soy una cometa! – grita el alocado muchacho, mientras se va alejando, haciendo que el grabado de Kiss se pierda con él. Y también desaparece, por entre las gaviotas que vuelan hasta una pequeña embarcación que se acerca a la orilla.
Dos hombres se tiran al mar, y salen, agarrados a unas cuerdas negras y gruesas. El hombre del bote se aleja, y ellos tiran y tiran hasta que consiguen sacar la red.
Parece que no han tenido mucha suerte. Cabizbajos se marchan.
De nuevo estoy solo. Permanecer solo no es ninguna novedad para alguien que está ya acostumbrado a verse rodeado de gente. Son esos momentos cuando uno se da cuenta de la soledad… cuando echa de menos los sonidos de todos esos que le rodean.
Aún golpeado por el bravo mar vuelvo a mirar hacia las casetas, pero ya se han ido… Otra vez.
Volviendo a la orilla recorro la arena, notando como la espuma del mar se pega a mis tobillos, como impidiéndome marchar. Antes de subir hasta la ropa empiezo a jugar en la arena. Primero garabateo sin ningún sentido. Después escribo nombres que salen solos, casi sin pensarlos: Juan, Mari, Paco, Cecilio, abuelito, papá, mamá…
Mientras el viento seca el agua de mi piel hago también un pequeño castillo. Nunca supe hacerlos, y treinta años después, sigo haciéndolos exactamente igual de mal.
Cansado, me acerco a mi ropa. Al volver la mirada el agua se está llevando mi castillo… Como todo. No hay castillos que hagamos que no los termine derrumbando el mar.
Mirando de nuevo al mar respiro con fuerza, como queriendo recoger cada una de las motas de agua y sal que salpican ese aire que quiero llevarme tan lejos, que es donde estaré al día siguiente. Más triste que nunca abro los ojos y me giro hacia la caseta. Otra vez está allí, y en su puerta mamá me dice adiós también.  Los dos estamos llorando, pero los dos somos terriblemente felices.
La caseta desaparece con el sonido de un claxon lejano y conocido. Es la hora de partir.
Con paso cansino vuelvo hacia ese coche, que espera a lo lejos. Las piedras crujen a mi paso, y el sol aprieta con más fuerza, al igual que sopla el viento, y no puedo oírle llamarme.
Es casi al llegar al coche cuando le puedo oír. Es la mujer que espera en el coche antes de partir hacia el lugar de mi adultez. Es esa maravillosa mujer que me vuelve a acompañar en mi viaje de vuelta.
Ella es ahora la protagonista en mi nueva vida, y, en cambio, siempre me resulta extraña en ese último día de verano en el que vuelvo a mi pasado. Así de injustos somos los hombres a veces con ellas… con nuestra mamá y con la mamá de nuestros hijos.
Sabiéndolo – ella me conoce mejor que nadie. Incluso mejor que yo mismo – me espera triste… Aun así me sonríe porque sabe que ese es mi momento.
– ¿Nos vamos ya?
– sí – contestó menos triste, pues al ver cómo me mira sé que ella será siempre mi eterna compañera. Después, entra en el coche, sin decir más, sabiendo que necesito mi último minuto de soledad.  Y yo sigo allí, de pie, mirando de nuevo al mar que tanto añoraré mañana.
En la playa no deben faltar nunca las risas de los niños, ni sus castillos, ni sus juegos con la arena… pero los niños ya empiezan la escuela. Yo sigo allí, recreándome antes de partir muy lejos, para guardar mi pasado, para guardarme a mí mismo, y no olvidar nunca lo mucho y bueno que siempre he tenido.
Y vuelvo a buscar a mamá. Ojalá pudiera ser un día como ella. Ojalá mis hijos pudieran quererme algún día como yo la quiero a ella. Ojalá no se fuera nunca.
Subiendo al coche que me alejará de allí comprendo que soy lo que soy por culpa de este mar del que me tengo que alejar de nuevo, y que, antes y ahora, nos hace a todos iguales… jóvenes y viejos, blancos y negros, hombres y mujeres, ricos y pobres…
Este mar es, sin duda alguna, lo que más echo de menos, ya que es lo que me une a todos aquellos que vivieron en mi pasado para siempre, y lo que me acerca también a ese maravilloso futuro que, sin duda, me espera.
Por eso añoro tanto al mar con nombre… Al menos, puedo decir, con orgullo, que yo también nací en el Mediterráneo.

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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

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