LEER POESÍA

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Él siempre pensó que no tenía el don necesario para leer y, sobre todo, comprender la poesía. Ya desde jovencito lo intentó, con un libro, con otro… ¡Pero nada!
Ni siquiera Lorca, en esos años, pudo convencerlo.
Hubo un día, sin él esperarlo, en el que se dio cuenta que la poesía no hacía falta solo leerla para poder comprenderla, sino mirarla y admirarla, como cuando se mira un cuadro, y, así, llenarse de ella…
Desde ese día, la poesía, como pasa con este cuadro que tanto le gusta mirar a solas, es para quitarse la ropa, cerrar los ojos, y zambullirse en ella, sin buscar nada, dejándose llevar por la marea que empuja suavemente, y, sobre todo, no tener miedo a mancharse entero… Pero mancharse de verdad, como hacíamos cuando éramos niños al revolcarnos por la arena mojada de la playa, sin importarte la arena que se pueda meter en los ojos, el salado del agua, las piedras que chocaran contra tu cuerpo o lo fría que pudiera estar el agua. Allí no importaba otra cosa que el deleite. Eso le pasa a él  cuando mira ese vestido de color que él no ve, y que se confunde con el del mar… Su mar.
Y ahora, siempre que lee esa poesía, oye una voz que le susurra: ¡¡¡hace verano!!!
Y sonríe…