EL PRIMER BLUES QUE RECUERDO: BLUES FOR ME

un niño al que le gusta la música, porque no le queda otro remedio, está jugando en su cuarto cuando llega su hermano mayor, el culpable de ese gusto por la música. En ese dormitorio de dos camas siempre sonaba música… ¡Siempre!
– Oye esta cinta que me han dejado – le dice al pequeño, que, como siempre, hace lo que su hermano dice.
Empieza a escuchar y, de pronto, la música es otra cosa. Ya no es ruido, ni tambores fuertes, ni cantos estridentes, ni ritmos discotequeros… Todo cambia, todo se hace calma, y por fin la música llega a su alma. Con esa canción empezó todo… Ese idilio.

 

EL ÚLTIMO DESCONOCIDO

Apenas si se conocían pero allí, en esa cama donde tantas noches solitarias había pasado últimamente, no eran dos desconocidos. A pesar de haberle conocido unas horas antes en la barra de esa discoteca de verano ese hombre parecía conocer todos los límites de su placer como si fuera ella misma.
Esa noche, en esa discoteca, le gustó, y no dudó  – como hacía antes – en subirlo a su cama, de donde no bajaría si él no quería hacerlo.
Ese hombre la miraba justo como a ella le gustaba ser mirada… Todas las palabras utilizadas fueron palabras que parecían haber sido descubiertas en su diario secreto… Y todos sus besos iban a descansar justo al lugar indicado para abrir su piel al placer… Sin duda – pensó – había encontrado su alma gemela para el sexo.
Mientras penetraba en ella lentamente – tanto como a ella le gustaba – él posó los dedos suavemente sobre su garganta. Eso, aunque nadie lo supiera, también le gustaba mucho – quizás lo que más – pero… ¿Sería capaz de hacerlo como a ella le gustaba, justo hasta el peligroso límite? Y… ¿sería ella capaz de pedírselo?
Los dedos de ese hombre, mientras sentía toda su masculinidad en su interior, se apretaron con más fuerza sobre su cuello. Cada vez con más fuerza.
Los dos gritaron… Él gritó de placer, y en su mirada apareció algo extraño… El grito de ella, en cambio, fue un grito de terror.
Como solía sucederle últimamente, ella se volvió a quedar sin su orgasmo, pero esa vez no lo echaría de menos… En realidad ya no volvería a echar de menos… ¡Nada!
¡Nunca más!
Mirando a ese extraño hombre que seguía gritando y apretando, volvió a reconocer su error. Nunca acertaba con ellos, y dejó de gritar…
Y sus ojos se cerraron…

SI JUGAMOS SIN NUEVE…

Ante la nueva duda de Del Bosque de jugar sin nueve hay que decir: Señor Del Bosque, si jugamos sin nueve seremos solo dos, y ellos once.

¡Juguemos con nueve, coño! (y a ser posible, que uno de ellos no sea Torres)