EL CALZONAZOS (desvarío mental n. 43)

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Antes de entrar aquí era el hazmerreír del mundo de mi alrededor, una especie de bufón serio, del que todos se mofaban cuando no me encontraba delante. Suele pasar ¿verdad?
Calzonazos era el nombre que utilizaban todos – amigos y no tanto –  para referirse a mí. Según ellos – y no digo que no les faltara razón – yo era un hombre sumiso y obediente, un hombre que se dejaba guiar por los deseos dictados por mi esposa. Lo reconozco. Es verdad, siempre lo fui con ella, desde que la conocí.
Cansado de tanta mofa, tanto escarnio y, sobre todo, tanta falta de amor, decidí dar el paso que tenía que haber dado muchos años antes.
– Cariño, te dejo – le dije muy serio y confiado, tanto que ella misma se asustó. Por suerte no fui el único
– ¿Que me dejas, dices? – preguntó ella desafiante y altanera – ¿que me dejas?
– sí, cariño. He tomado una decisión… Te dejo
– eso será por encima de mi cadáver – dijo ella, y yo, obediente como siempre, le volví a hacer caso una vez más.
Lo reconozco, soy un calzonazos y no puedo evitarlo… Sus deseos son órdenes para mí.
Eso sí… Nunca más

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