SILENCIO DE ESPALDAS

imageEl sonido del silencio por excelencia, el verdadero, y el que todos conocemos pero casi ninguno somos capaces de reconocer, es el silencio que se crea cuando tus dedos se deslizan lentamente por esa espalda que ansías pegar a tu pecho. Acariciarla es crear notas musicales silenciosas… Ella se convierte en un arpa, y tú en un virtuoso 

¡Y qué bien suenan esas notas! (aunque solo sea en sueños. Es la suerte de soñar tan real)

EL MEJOR DE LOS SILENCIOS. TÚ, DORMIDA

SILENCIO

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Nunca, en el resto de su vida, encontró, un silencio igual que aquel silencio que encontró cuando – por fin – pudo entrar dentro  de ella… Y en ella se quedó, sin respirar… Solo aspirando. La pena es que, como persona que era, tuvo que abandonar ese silencio y salir a la superficie para poder respirar.

Por suerte, ese mar siempre estaría allí… Aunque no fuera el suyo.

 

EL SILENCIO DE LA NOCHE

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Por la noche, antes de dormir, le gustaba salir a su terraza, mirar y no escuchar. Allí no había nada que oír. Todo era silencio y humo, y le gustaba el espectáculo. El problema era cuando entraba en su casa, se metía en su cama y observaba lo mismo: silencio y humo. Nada más. Por eso prefería estar fuera. Allí, al menos, tenía algo que ver y el silencio se iba con el humo que salía de las chimeneas.

silencios bajo el mar

ningun silencio es como ese ante el que te enfrentas por fin, obviando los peligros y dejándote llevar por el deseo. Es ese silencio cubierto de emoción y vestido de miedo ante lo desconocido, ese silencio que te emociona pero que presagia una desgracia… Si todo va bien será como pisar el cielo. Si todo se tuerce… ¡Adiós silencio!

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Hace calor

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Ella le había robado el mar, su más preciado momento en los momentos más bajos, su único refugio desde que se alejó de los brazos de mamá, y ese lugar donde nada más existía…
Desde que ella apareció en sus sueños (alguien dijo una vez que la vida es sueño) siempre se dibujaba su rostro sobre el hilo que desmadejaba la luna en la superficie del agua, siempre aparecía ella, con ese vestido de verde desnudez, esas manos danzadoras y esa sonrisa ya eterna.
Esa nueva “desgracia” trajo consigo una nueva y mejor suerte. La suerte nueva era que cuando se alejaba del mar (últimamente lo hacía mucho) podía recuperarlo tan solo mirándola a la cara.