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Por fin pudo comprender el porqué de sus ya muchísimas noches de dulce insomnio… Dulce porque sus despertares en la noche no sumaban cansancio sino que sumaban bienestar. Esos sueños eran sino sueños con los ojos abiertos.
Todas las noches – a la una, a las dos y diez, a las tres y siete, a las cinco menos cuarto, a las cinco menos cinco, a las seis, incluso ya de día – salía el sol en su habitación. Y no salía por la ventana, ni por el balcón… No. El sol salía siempre a través de ese cuadro que tanto le gustaba mirar, y que ya dormía siempre también junto a él.
Que el sol saliera a cualquier hora era una gran suerte, a pesar de desesar siempre montar en esa nave ficticia que le llevara hasta él.