desvarío mental de un paseo por la playa de invierno

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siempre que camino descalzo por la playa, cuando el único verano que me queda está en tu recuerdo, no puedo evitar la brisa de la melancolía.  El viento, ya frío, ya no recorre mis brazos como antes, y es la tela de mi camisa el que lo filtra… Pero ya no es igual.
Ya no se oyen los niños gritar, ni siquiera las olas parecen hablar el mismo idioma, y hasta parecen enfadadas y tristes como yo.
Pero es el mar, y me gusta pisar su orilla de arena fría donde el sol ya no duerme, sino que, como yo, pasa de puntillas, sin quemar esas piedras que los niños recorrían antes de puntillas.
Camino triste, pero bien, viendo como el sol se sumerge, de un chapuzón, en las aguas turbulentas y amenazantes, y hasta oigo el sonido de sus rayos al detenerse a drede en el mar.
Como los rayos yo también me detengo, me vuelvo, y miro la arena que he ido pisando. Veo huellas extrañas que no parecen dibujadas por mis pies, y sigo caminando, pensando en un rostro amable donde empiezan a perfilarse esbozos que antes parecían abstractos. Sonrío y tiemblo al mismo tiempo porque es ese el único lugar donde me gusta estar en solitario. Y me gusta porque es allí, en el mismo sonido del mar, y en su olor (ahí sobre todo) donde aparecen esos rostros que tanta compañía siguen haciéndome aunque sepa que no están.
Caminando me encuentro con otras huellas que me sorprenden. No son dos, como las mías, sino cuatro, y se clavan con más fuerza.
Intento seguirlas, y subirme a ellas, y al hacerlo te veo, cogid@ de mi mano y acariciando mis dedos. Nos miro pasear, siempre detrás nuestra, para no despertarnos, y comprendo que son tus pies los únicos zapatos que necesito, y me los pongo.
Sigo caminando, siguiendo las huellas de cuatro pies, las tuyas, las mías… Las nuestras.
Al llegar al dique del puerto me detengo y miro el largo camino recorrido y las huellas irregulares marcadas en la arena. Desde allí veo que esas huellas han perfilado un retrato… El tuyo.
El mar lo borra, como hacía con los castillos de arena, y vuelve el viento. Me tengo que marchar ya, y el mar se hace una gota más grande. Allí dejo mi lágrima.