LOS AMANTES: CAP.2: EL ENTIERRO

La imagen de su amigo muerto  no podía borrarla de sus ojos, ni aún cerrándolos. Ya habían pasado de las dos de la mañana y no conseguía dormirse. En la habitación contigua, donde siempre había dormido, descansaba su hijo, al que no veía desde hacía muchos meses ya. Marga quería entrar en su habitación, como cuando era pequeño, y abrazarse a él, y calmar el dolor que, sin duda, estaría sufriendo por la muerte de uno de sus mejores amigos, además de su ídolo. Ella sabía que ese hombre siempre había sido como un padre para él, y siempre habían tenido una relación muy especial.
Ya desde que Carlos era un niño, Javier le llamaba socio. El joven, al que siempre le gustó el sobrenombre, también se lo devolvía, y así nació su mágica relación que tanto gustaba a todos. Sobre todo a ella.
Marga, tumbada en su cama, sentía la necesidad de acercarse a su habitación, volver a taparle antes de dormir, besarle en la frente, y, si estaba despierto, gritarle que le echaba mucho de menos, y que se sentía más sola que nunca. Al padre llevaba ya cinco años sin verle. La muerte tenía esas cosas.
Era ahora, tras varios años desde que se fue, cuando se daba cuenta de lo mucho que le había querido, de todo lo que había cuidado de ella, y de lo mal que ella se había portado ella con él mientras vivió. Ese hombre, al que había querido desde que era una niña, le había dado todo… También le había mentido.
A su hijo podía verlo poco, pero, al menos, le veía. La relación con su nuera no era del todo buena, y todos sabían que lo mejor era evitarse, y no pasar mucho tiempo juntas.
Su hija Esther, a quien no veía desde hacía dos años, también voló hasta su mente en esa cama tan grande y solitaria. También la echaba de menos, a pesar de la polémica levantada con su espantada, cuando huyó del país con ese joven inglés por el que dejó a su marido, su trabajo, su ciudad y su familia.
Todo el mundo se había enfadado con ella. Y no sin razón, pero ella era su madre, y la conocía como nadie… y la entendía como nadie también. Dudó si llamarla o no.
Con lágrimas en los ojos siguió despierta, recordando momentos que aún permanecían en ella como si se estuvieran grabando para hacerse eternos. Y  esos momentos eternos ya abundaban en ella, y no había manera de hacerlos desaparecer. Ya no podía ser.
Casi dormida su mente comenzó a volar,  alejándose del lugar donde residía su cuerpo y su edad. Y en esos paisajes que revivía estaba de nuevo Carlos, y Esther, y también Javier. La gente como Javier no muere así, sin más, sin despedirse.
Pensándolo bien, Carlos hizo lo mismo. Murió sin avisar, en un terrible accidente con el coche. Murieron él y su secretaria, de la que decían que era su amante. Ella nunca lo creyó. Carlos no era de ese tipo de hombres.
En ese lluvioso día todo volvió a su vida de nuevo, cuando ya creía tenerlo superado.
Las cosas así no se superan nunca, y solo falta una chispa pequeña para hacer que todo vuelva a arder. Y así, doliendo y recordando, consiguió quedarse dormida.
El entierro de Javier sería bien temprano, como a él le gustaba todo. El cementerio estaba repleto de gente. Nunca había visto tanta expectación. Si hasta había periodistas, y hasta cámaras de televisión.
Marga, siempre abrazada a ese hijo que tanto echaba de menos, lloró durante todo el día. Nadie fue capaz de calmar sus lágrimas en ningún momento.
– Si parece ella la viuda – dijo alguna que otra maliciosa voz, escondida entre la multitud.
Pero Marga no lloraba por ese Javier que enterraban.  Marga lloraba porque allí, despidiéndole, como pasó con Carlos, volvieron a ella unos años maravillosos, en los que la vida era tan distinta… una vida que ya se había ido hacía muchos años, pero que ella, en su soledad, había estado reviviendo día a día, noche a noche, minuto a minuto.
Sólo con cerrar los ojos era capaz de volver a sus treinta y pocos, recordar el color tostado de su piel, las turgencias de sus senos, su elegante cara y su esbelta melena caoba. Sólo con cerrar los ojos recordaba unos años llenos de vida, de pasión, de amistad, de amor, de miedos, de emoción…
Y aunque eso había desaparecido ya hacía muchos años, ella seguía añorándolo. Hasta tal punto era así que, incluso, era capaz de creer que volvía a revivirlos.
Por eso era tan extraño su comportamiento, lleno de ausencias, de largos silencios, y de extrañas sonrisas dibujadas entre lágrimas.
Si hasta María, la hija del difunto, tenía que acercarse a ella para aliviar sus lágrimas y su visible dolor. Abrazada a ella lloraba también.
– Tía, tu vida con el tío Carlos tuvo que ser una maravilla
– sí que lo fue – contestaba ella, perdida aún en sus pensamientos
– mamá siempre dijo que erais la pareja ideal. Ya desde los cinco años. ¿Cómo se puede querer a alguien tanto durante tanto tiempo?
– no lo sé, hija. Todos tenemos nuestros secretos…
– me encantaría ser como tú. Nostálgica… pero eternamente feliz
– no te creas querida. Nunca me he sentido tan feliz como pensáis
– es raro – dijo la joven – eso mismo me dijo mamá hace podo
– ¿qué te dijo? – preguntó Marga, un tanto asustada
– que no todo había sido tan bonito en tu vida. ¿A qué se refería?
– no lo sé… las cosas de tu madre
Y es que eso era lo que pensaban todos de Marga. A sus setenta y pocos años seguía siendo esa guapa mujer que esconde algo mágico en sus ojos y en su boca.
Su sobrina siempre la usaba de ejemplo del amor eterno. Sus amistades no le creían cuando les contaba que su tía Marga había amado a su tío Carlos desde los cinco años hasta ese mismo día, a pesar de llevar más de cinco años enterrado.
Todos creían que esas sonrisas extrañas y llenas de melancolía eran, sin duda, provocadas por el recuerdo de su gran amor. Y no andaban equivocados.
Pero tampoco sabían que, por las noches, en su inmensa soledad, devolvía a la realidad de su vida todas esas sonrisas robadas. Y el precio eran muchas lágrimas.
 
Un nuevo trueno la hizo alertar, y con él vino el recuerdo de Dani.
Dani era un hombre de su edad, primo de Javier, y al que conoció un fin de semana muy especial en el que fueron a celebrar su aniversario en una casa rural.
Dani era homosexual, y tenía un novio muy guapo, y que parecía muy varonil. Él, en cambio, tenía mucha pluma. Nunca se llevaron bien, y nunca supo porqué, aunque siempre lo sospechó.
Al finalizar el entierro Dani se acercó a Esther y a sus hijos para darle el pésame. Se abrazó a ellos violentamente, dando la nota – como tanto le gustaba hacer siempre – y gritando y llorando con esos aspavientos tan artificiales.
Al acercarse a Marga, la besó fríamente, pero le dijo algo al oído. Algo que aún le estremecía al escucharlo.
– Sé por qué lloras tanto. Y no sólo yo lo sé. Lo sabe más gente de lo que siempre habéis creído.
 

ESTA TARDE EL CAPÍTULO 3: LA CENA

(LOS TRES CAPÍTULOS FORMAN

EL PRIMERO DE LA NOVELA)

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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

13 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP.2: EL ENTIERRO”

  1. pobre marga!!!!!!
    se entregó a medias a sus dos amores.ese sentimiento de culpabilidad….
    ese gran secreto que te quema …
    es duro repasar tu vida cuando no hay vuelta atrás.
    eligió sentirse viva …pero podrá vivir de las rentas de esos momentos tan intensos?????

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  2. se ve que esta mujer mantuvo una relacion extramatrimonial con el difunto y parece ser que fue descubierta. ¡que valor ir al funeral cuando se ve que treinta añis despues le sigue amando.

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  3. parece tan real? echa de menos la bondad de su marido muerto, y sus ratos de compañeros, pero lo que de verdad añora es al amante del que realmente sigue enamorada. Asi son las mujeres unas hembusteras

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  4. No generalices con lo de “Así son las mujeres unas embusteras”. Por que hay de todo tanto en mujeres como en hombres pero ni todos los hombres son unos embusteros ni todas las mujeres son embusteras. Por que al generalizar incluyes tambien a tu madre a la mia a mi ….. y tú a mí no me conoces de nada para llamarme embustera

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