LOS AMANTES. CAP3: LA CENA

Abrazada a su almohada, la cansada Marga, cerró sus ojos, y empezó a recordar de nuevo el comienzo de su vida plena, esa que empezó a los treinta y cinco con una partida de ajedrez. Ni uno más, ni uno menos.
Antes de que el sueño la venciera volvió a esos años en los que su vida cambió para siempre, arrastrándola a la mejor de las suertes, y también a la peor de las desgracias. Así había transcurrido su vida – pensaba entre lágrimas que ya no caían –  en medio de la nada… ¡Y del todo!
Sus ojos, medio cerrados ya, mostraron unas imágenes que siempre había recordado, noche sí y noche también
Carlos y Marga, como sucede todos los jueves desde hace ya muchos años, están preparando la cena para recibir a Javier y Esther.
Esa noche es especial, sobre todo para Marga, que acaba de cumplir treinta y cinco. Todos le dicen que está estupenda, pero ella ya empieza a ver en su piel el paso del tiempo, y eso le hace sentir mal. Está nerviosa, pero su nerviosismo no se debe sólo a una fecha tan señalada. Hay, sin duda, algo más.
Los tres son amigos desde la infancia, allá en el barrio de Capuchinos, donde jugaban a pilla-pilla o a escondite, compartían confidencias  y miedos, y donde incluso llegaron a saborear sus primeros besos. El primer beso de Esther lo recibió de labios de Carlos.  El primer beso de Marga, unos meses antes, también lo había recibido del mismo Carlos. Su exultante juventud hizo que incluso hablaran de ello… Así eran ellos, y así era su relación.
Esther no sintió nunca nada especial por ese beso. Ni siquiera que fuera el primero era importante como para recordarlo. Carlos era su amigo, y ese beso fue un accidente, un juego de niños… y como tal se quedó en el olvido. En cambio, para Marga ese beso sí que significó algo más de lo que ella misma hubiera imaginado. Y así que lo sufrió durante varios años.
Ese mágico beso le hizo prisionera de ese chico que ya había dejado de ser su amigo para convertirse en el héroe de sus pensamientos más íntimos. Para su desgracia, meses después de ese primer beso, Carlos conoció a Sofía, una preciosa peruana que llegó al barrio como un terremoto, irrumpiendo con violencia y siendo el centro de todas las miradas masculinas. De entre todos los chicos de allí, como era de esperar, ella se fijó en Carlos, y salieron juntos más de dos años.
Sofía, posesiva como ella sola, despegó a Carlos de las faldas de sus amigas, de quienes sentía unos celos casi obsesivos. Aun así Carlos conseguía siempre llegar a ellas a escondidas, y mantuvieron una relación de amistad furtiva. Ya en el instituto, en una borrachera juvenil tras su ruptura con Sofía, que se había ido con otro chico del instituto rival, los labios de Carlos y  Marga volvieron a juntarse, y así hasta ahora… veinte años después.
Después del último año de instituto Carlos y Marga estudiaron y se amaron en Granada. Fue allí donde hicieron el amor por vez primera, y donde vivieron juntos a escondidas de sus padres. Años después los dos empezaron a trabajar y se casaron. Aún no tienen hijos, pero los desean. Sobre todo Marga. Él, en cambio  parece no tenerlo tan claro ahora mismo.
Esther también estudió en la universidad, pero en Sevilla, y fue allí donde conoció a Raúl, con quien se casó años después. La desgracia hizo que el bueno de Raúl muriera en un accidente de aviación.  Si Esther lo superó fue precisamente gracias a Marga, que siempre estuvo a su lado. Carlos también trabajó quitando pesadas losas en el ánimo de una amiga que siempre les estaría agradecida.
Unos años después, cuando nadie lo esperaba, Esther conoció a Javier en el trabajo, se enamoraron y no tardaron más de un año en casarse.
 
Carlos y Marga terminan de preparar la mesa en silencio. Hoy no se han besado cuando han llegado a casa. Ella estaba en la ducha, limpiando poros  y pelos de su piel, y él venía muy cansado. Apenas si han hablado, y es que el estrés del trabajo les mantiene tan separados como no quisieran estar. Hace ya unos días que no se besan, pero ninguno de los dos parece echarlo en falta.
La música de Rachmaninov hace que el silencio sea armonioso y ameno mientras ellos siguen con sus quehaceres. Él termina de colocar los cubiertos sobre la mesa, mientras ella echa un último vistazo al horno, canturreando una extraña canción que ha escuchado en el coche y que no puede dejar de tararear.
– ¡ Querido… La puerta! – dice Marga nerviosa deshaciéndose del delantal, metiéndolo en el primer cajón que encuentra en el hall, y cogiendo una orquilla del cajón contiguo
– ¿estoy bien? – le pregunta recogiendo su pelo por detrás de su cabeza
–  estás preciosa – le dice Carlos, pellizcándole en el trasero y sonriéndole, mientras ella sigue intentando recoger su pelo en una elegante cola.
Es la primera prueba de complicidad que ambos tienen en las últimas semanas, y ambos sonríen, reconociéndolo.
Mirándose en el espejo, con una horquilla mordida entre sus labios cerrados, no consigue peinar la melena, y se impacienta.
– ¡Joder, Carlos… no es el momento! – recrimina a su esposo los besos que le regala en el cuello y esas manos que viajan por entre su camisa buscando sus senos
– últimamente nunca es el momento – dice él, cariacontecido y aburrido, acercándose a la puerta, y mirándola para recibir su aprobación
– ya puedes abrir – dice girando su cabeza de un lado a otro, y desabrochando uno de los botones de la camisa blanca, dejando entrever, o intuir, unos preciosos senos que hace tiempo que no saborea.
Cuando Javier y Esther entran en la casa Marga les abraza emocionada. Se le ve contenta, y contagia su alegría a los demás. Hasta las luces del techo parecen iluminar con más fuerza, y los cuatro amigos pasan al salón donde Carlos les sirve la copita de Martini blanco que tanto les gusta tomar mientras fuman el primer cigarro.
Los cuatro amigos charlan, sonríen, se tocan y disfrutan de su amistad. Brindan con alegría, se toman el vermouth, y cada uno sigue a lo suyo.
Javier es el único que parece diferente hoy. Alejado de los demás ojea los cientos de vinilos que Carlos colecciona desde bien niño y que tan bien conoce.
Marga y Esther se sientan en el sofá mientras Carlos se adentra en la cocina para revisar la temperatura del horno, y cerciorarse de que la cerveza no se le congelará.
Sacando las cervezas del congelador observa por la puerta a su esposa hablando con sus amigos.
Está radiante, pletórica, exultante… y no puede disimularlo.
Carlos se siente feliz al verle así. Además,  observando sus largas piernas cruzadas, sus sedosas manos, y esos senos que se esconden bajo el escote, la ve tan atractiva que sueña con una noche de pasión que ya se deben.
Mientras tanto Marga y Esther charlan de sus cosas… Trabajo, familia, amigas y ropa.
– ¿Qué le pasa a Javier? – pregunta Marga, mirando a ese hombre, siempre alegre, y que hoy parece perdido, ausente, observando unos discos que ya conoce de sobra
– ¡ay, hija… está de un raro…! – contesta Esther – no sé qué le pasa… no me lo quiere contar
– será del trabajo – dice Marga, mirándole, observando que realmente parece diferente, como más alejado, incluso ausente
– eso espero
– ¿Por qué dices eso? – pregunta Marga, mirando a Javier, pero éste aleja su mirada
– no lo sé – dice sonriendo – pero siempre será mejor eso a que tenga una seria aventura
– ¡no seas tonta!
– no soy tonta. Éste tiene algo con otra, y es más serio de lo que parece
– Esther, por Dios – le dice Marga – no digas tonterías
– no son tonterías. Ayer le descubrí un mensaje en el móvil
– ¿un mensaje?
– sí – dice muy seria –  te puedo asegurar que no es como otros. Esa lagarta le ha llegado hondo. ¿No lo ves? Si está en otro mundo
– ¿Y has leído el mensaje? – preguntó Marga – ¿no será otra de tus imaginaciones?
– no. Lo he leído perfectamente – dijo bajando la voz, haciendo algo que Carlos y Javier detestaban
– ¿y no sabes a quién se lo mandaba?
– no, no tenía el destinatario. En fin, ya se le pasará
Anda ven, que te voy a enseñar una cosita – dice Marga, levantándose para cambiar de tema, cogiendo a su amiga de la mano, y llevándola hasta el dormitorio para enseñarle su última adquisición.
– Mira y muérete de envidia… Vittorio y Luccino… y solo 230 euros – le dice colocándolo sobre su cuerpo, como si fuera un papel. Marga posa graciosamente
– ¡es precioso! Y te tiene que quedar divino. ese cuerpazo que tienes, capulla… ¿a que es bonito Javier?
– ¿eh? – contesta despistado, apoyado en el marco de la puerta de la habitación, mirando hacia las fotos de una de las mesitas situadas junto a la cama mientras  toquetea el móvil con una velocidad increíble  – sí, sí… precioso
Mirándoles guarda el móvil en su bolsillo, se saca un cigarro de la chaqueta, se da la vuelta y se marcha hacia el salón donde Carlos les espera.
– ¿Has visto como está raro?… y siempre con el móvil… ¡él, con lo que los odiaba!
– pues es culpa tuya
– ya lo sé… ya lo sé.
Marga, apagando la luz del dormitorio sale al pasillo con su amiga, va hasta el hall y coge su bolso. Lo abre, rebusca en el interior nerviosa y saca un paquete de cigarros antes de volver al salón.
– ¿Dónde estabas? – pregunta Carlos
– buscando tabaco en mi bolso – contesta nerviosa y esquiva
– pero si tienes un paquete entero en tu pitillera aquí, en la mesa
– ¡qué despiste el mío! – dice mientras Javier le ofrece fuego con mano temblorosa
– ¿recuerdas aquella vez que se olvidó las llaves del coche puestas y se lo robaron? – pregunta Esther, sonriendo y haciendo sonreír al resto
– hace ya de eso… ¿cuánto… diez años? – pregunta Marga, inhalando del cigarro, mientras todos rompen a reír.
Sentados a la mesa los cuatro amigos sonríen, charlan, comen y beben. Como sucede cada jueves hacen sus típicas bromas – siempre las mismas – y charlan sobre fútbol, unos del Real Madrid, Javier del Barcelona. Dejan otro ratito para charlar sobre los concursantes de Gran Hermano. Nunca están de acuerdo con el favorito de cada uno, y finalmente hablan sobre el tema prohibido pero que siempre sale a flote.
Es con la política donde Carlos y Javier siempre terminan discutiendo, aunque nunca llegue la sangre al río. Pero ese día Javier no parece muy interesado en el tema, y pasa de puntillas sobre temas en los que en otra ocasión hubiera clavado bien hondo el cuchillo de su locuacidad.
Definitivamente ese no es su día. Ni siquiera Zapatero consigue sacarle de su mundo oculto.
Es en el postre cuando los cuatro parecen más relajados. Todos menos Javier, que sigue nervioso, extraño, distante, y no para de jugar con su móvil.
Esther, con su innato don para la comedia, no deja de contar chistes verdes que le han contado en su oficina durante la semana. Marga no puede dejar de reír. Siempre le ha hecho mucha gracia su amiga, pero los chicos parecen más serios.
Todas las semanas alternan la casa donde cenar, pero siempre son dos personas diferentes las encargadas de recoger todo. Un simple sorteo vale.
Hoy les toca a Javier y a Marga recoger la mesa. Mientras lo hacen Esther y Carlos ojean fotos antiguas sentados en el sofá.
Su complicidad es total… Cualquiera podría pensar que entre ellos hubiera algo más que amistad.
Entre viaje y viaje a la cocina Marga oye las risas de su marido y su amiga. Mientras tanto Javier, siempre en silencio, le ayuda a recoger.
– ¿Qué te pasa hijo? – le pregunta mientras adentra platos y vasos en el lavavajillas – parece que estés en otro mundo. ¿No me vas a decir qué te pasa?
– no – contesta tajantemente, sin atreverse a mirarle siquiera a los ojos, y saliendo de la cocina.
Marga pone en marcha el lavavajillas mientras escucha las risas de su amiga y su marido. Sale y les mira. Javier, en el otro lado del salón, sigue mirando discos.
Fumando un cigarro Marga también empieza a sentirse mal. Algo ha pasado que le ha hecho entristecer, y cree que se empieza a desmoronar.
 
Mirando a Carlos piensa en la suerte que ha tenido con él.
Lo que no sabe él, ni nunca sabrá, es lo mucho que le quiere… el tremendo sacrificio que está dispuesta a hacer por él, por su felicidad – piensa mirándole con un amor que no es como el de antes.
¿Por qué no puede ser todo como antes?… ¿volverá todo a ser así? – se pregunta temerosa de una respuesta no deseada. Lo que le atormenta es no saber cuál es la respuesta que quisiera oír.
Después mira a Esther… la gran Esther. Su amiga desde la infancia, la hermana que nunca tuvo, su confidente… la persona que podía hacerle reír siempre… la que conocía todos sus secretos… hasta ahora.
Porque ahora había un secreto que no le había contado, y que no le contaría jamás. Un secreto que siempre guardaría para ella y con el que iría a la tumba.
– Eso espero por el bien de todos – piensa, observando la estampa familiar.
Carlos busca una foto en una revista. Mientras, Esther enciende otro cigarro.
Javier vuelve a escribir un mensaje en su móvil.
Ojalá todo siguiera siempre así – piensa observándoles.
Marga se levanta, va a su bolso, coge el móvil y se encierra en el baño.
Ni ella misma era capaz de comprender cómo había podido pasar… pero había pasado. Y lo peor de todo – piensa mientras lee el mensaje recibido – es que volvería a pasar. Seguro.
Y todo por culpa de esa maldita partida de ajedrez donde todo empezó.
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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

2 comentarios sobre “LOS AMANTES. CAP3: LA CENA”

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