LOS AMANTES. CAP4: LA PARTİDA DE AJEDREZ (PRIMERA PARTE I/I)

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address>Marga tararea la canción que suena en el equipo. Emocionada, moviendo uno de

sus pies sobre el suelo, y golpeando con los nudillos el cristal de la ventana canturrea  una de sus canciones favoritas 
– Are you kidding me, what has she got that I don’t have… – canta con muy buen tono
– ¿Te gusta Anouk? – le pregunta Javier sorprendido
– ¿que si me gusta?… ¡qué temazo! – le dice, mientras mira  a través del cristal, manchado por las gotas de agua que se deslizan a través de su transparencia.
– estuve un año escuchando ese disco sin parar.
Él, que parece que la ignora, sigue buscando discos en la estantería. Siempre que está en casa hace lo mismo. Podría decirse que esa colección de vinilos es, sin duda, lo que más le atrae de sus reuniones semanales.
– Es una canción maravillosa – dice él, con su habitual timidez – en realidad creo que es la chica que mejor canta. Tiene tanta fuerza
– sí, es muy buena
– ¿y este… te suena?– le pregunta mientras cambia de disco.
Ella, ajena a todo, observa como sus nudillos siguen el curso irregular de una de esas gotas a través del cristal.
– victims of the fury… shadows in the dark  – tararean los dos, mientras su mirada se pierde en ese monumental atasco de coches, abajo en la gran avenida.
– ¡Robin Trower! – sonríen los dos mientras ella vuelve a sumergirse en su recuerdo.
Esa canción, que no escuchaba desde hacía muchos años, era de su época universitaria, y la conoció gracias a ese melenudo con el que tuvo un escarceo sin que Carlos lo supiera… ¿cómo se llamaba, por cierto?
Todo sucedió rápidamente, en la noche del cumpleaños de su prima Encarni. Era extranjero. ¿Irlandés quizás? y no se cortó para quitar el disco de Jon Secada… ese que a todas tenía loquitas para poner una guitarra eléctrica y un tío cantando con voz cascada.
– ¿What is this? – le preguntó con su inglés macarrónico, intentando ser amable como le había pedido su prima, que estaba medio enrollada con el amigo – ¿Nirvana?
– nooooooooooooooo – gritó él, casi ofendido – he´s the great Robin Trower.
– Ahh, lo siento – contestó ella disculpándose ante su insolente tono, y él, sin darle tiempo a reacccionar, la cogió de la mano, se abrazó, y empezó a bailar con ella como si fuera su guitarra.
Todos les miraban riendo. Ella se dejó llevar. No le quedaba otra… y poco a poco fue sintiéndose mejor al lado de ese enigmático chico que olía distinto a los demás.
Fue cuando el “guiri” le puso la mano en el culo cuando se separó sonrojada.
– Joder, qué bueno que estaba el cabronazo – recuerda absorta en el agua, que cae del cielo.
Cerrando los ojos puede volver a ver sus labios siempre mojados, su cara de Kurt Cobain, esos pelos largos perfectamente peinados, y esa piel dura y curtida que destrozaba la suya al contacto.  Pero… ¿cómo se llamaba?.
Fue cuando todos se marcharon cuando el melenudo la besó sin darle opción a resistirse. El que ya no hubiera nadie en el piso mas que su prima y el amigo del irlandés, metidos en un cuarto, invitó a alejarse de su pudor.
El beso fue salvaje, con mezcla de alcohol y tabaco dulce, y cuando quiso darse cuenta, el vigoroso cuerpo de ese extranjero ya era parte del suyo.
El melenudo no sabía apenas español. Ella chapurreaba algo de inglés… Fue el lenguaje de la pasión quien habló por ellos. ¡Y vaya discurso!.
Hacer el amor por primera vez con alguien que no era Carlos le hizo sentir bien. Más que bien.
Ella, que siempre había denostado a su propia prima por acostarse con desconocidos, había sucumbido a ese placer del que le hablaba, pero que no podía comprender.
El sexo sin amor era algo inconcebible para alguien como ella, educada en el mejor colegio de monjas de la ciudad, y, por lo tanto, no era suficiente para llenarle – o eso pensaba hasta entonces.
Durante los días siguientes seguía caminando por las calles con la sensación de tener dentro de sí ese cuerpo que la había hechizado.
Por suerte – o por desgracia – el melenudo desapareció al día siguiente y nunca más se supo de él.
Por suerte, porque sirvió para afianzar su relación con Carlos, a quien quiso con mayor intensidad, y con quien comenzó a explorar un sexo hasta entonces desconocido.
Por desgracia, porque su cuerpo porque estuvo echándole de menos todas las noches de ese año… incluso de alguno después…
Pero, ¿cómo se llamaba? – vuelve a preguntarse mientras se rasca la rodilla elevando la falda por encima de las rodillas. Con cuidado de no romper las medias negras pasa las uñas por la superficie notando como el picor va menguando.
– ¡Arthur, joder! – grita
– ¿qué…? – pregunta Javier, extrañado por lo que decía – no te he entendido
– no es nada – se disculpa, ruborizada – es que no me acordaba de una cosa.
 
Mirando a través del cristal un escalofrío recorre todo su cuerpo, y es que aquel polvo del noventa y dos había permanecido escondido mucho tiempo en su memoria. Y no era como paraolvidarlo ya que, posiblemente, había sido el polvo de su vida.
Volviendo en sí se descubre extrañamente excitada y rascando de nuevo su rodilla y con la falda levantada por debajo de sus muslos.
Sin saber porqué mira a Javier. Él se sonroja y aleja la mirada de sus piernas, devolviéndola a los discos.
– ¿Me estaba mirando las piernas? – se pregunta sin hacer caso siquiera al hecho, y colocando bien la falda y mirando de nuevo la lluvia.
No solo es lluvia lo que ve a través del cristal. También hay mucho viento,  y el agua entra en la terraza mojando todo.
Si hubiera hecho caso a Carlos a su debido momento – piensa, absorta en la gota que viajaba tras el cristal – todo estaría ahora a salvo en el trastero… el toldo, las sillas, los cojines. Todo.
-No sabía que te gustaba Robin Trower – dice él, mirándola tímidamente
-me encanta… me trae muy buenos recuerdos – dice sonriendo maliciosamente
– pues sí que tienen que ser buenos… se te nota en la cara
– ¿el qué? – pregunta ella a la defensiva
– no sé… pareces… ¿excitada?
– ¿sabes que fuimos a verle a un concierto en Cork?. Ese disco lo compramos allí
– no, no lo sabía. No todo el mundo conoce al borrachuzo Trower
– ¿no te lo ha contado Marga nunca?
– pues no… ¿qué tenía que contarme?… ¿pasó algo?
– pues dile que lo haga. Fue muy divertido… conseguimos que lo firmara.
Mira – le dice dando la vuelta al vinilo y enseñándolo una ininteligible firma que bien podría ser de cualquier otro.
– Eres una caja de sorpresas – le dice mirándola muy serio – me sorprendes
– ¿por…?
– no sé, no te imaginaba flipando con tipos como Robin Trower en tu juventud. Te hacía más con…
– ¿con Hombres G?
– sí – ambos sonríen
– ¡también me gustaban!
– a mí no
– yo estuve enamorada de David Sumers durante mucho tiempo. Si hasta estuve a punto de salir con un chico que se parecía  mucho a él. Recuerdo que se llamaba Antonio
– sí que eres una caja de sorpresas… Pero de sorpresas agradables
– pues muchas gracias.
 
Alejándose del salón, acompañada por los truenos que rompían el cielo de la ciudad, se asoma al pasillo, mira a través de la puerta, y ve a su marido y a su amiga sentados frente al ordenador. Los dos fuman como carreteros.
Carlos y Esther siguen  buscando un vuelo barato para la semana siguiente en que  su amiga irá de viaje a Bruselas.
Cosas de trabajo – dice ella.
Marga, que conoce todos sus secretos, sabe que hay algo más, algo que le oculta hasta a ella, a su gran amiga de la infancia y confidente de todos sus desmanes.
Javier sigue poniendo vinilos en el viejo plato Technics. Es la única persona a la que Carlos deja tocar su reliquia, su tesoro.
 
CONTINÚA MAÑANA