LOS AMANTES, CAP 4: LA PARTIDA DE AJEDREZ (II/II)

– ¿Echamos una partida de ajedrez? – pregunta Marga a Javier, encendiendo un nuevo cigarro 
– vale – dice él con desgana, mientras ella se acerca al armario, abre la puerta y saca el tablero y una cajita marrón donde guarda las fichas
– este ajedrez nos lo regaló un amigo que trabajaba en Ideal. Son figuras árabes y cristianas
– son muy bonitas… Como tú – dice él, sorprendiéndose a sí mismo de haberlo hecho en voz alta
– ¿qué has dicho? – pregunta ella sorprendida, intentando saber si ha escuchado bien
– nada, nada – dice sonrojado, sonriendo nerviosamente, pero seguro de saber que ella lo ha escuchado perfectamente
– ah. Me había parecido escucharte decir algo
– y así ha sido. Te he dicho que eres preciosa – piensa en silencio, recordando esos muslos preciosos que acaba de ver por debajo de esa falda que tan cerca de sus manos tiene.
 
Sentados, el uno frente al otro, colocan las piezas sobre el brillante tablero de madera arlequinada en tonos de ébano y marfil. Las figuras representan una historia de su país. Lejana, pero no desconocida. Unos, representados por las figuras negras, son moros. Otros son cristianos. El tablero vuelve a unirles en una enemistad que, esta vez,  solo ellos podrán dirimir.
A ella siempre le gustó jugar con las figuras árabes. Siempre le atrajo esa cultura y ese mundo misterioso de la Granada nazarí, de sus baños árabes, de sus mezquitas, de sus palacios… y de esa Alambra que siempre había poseído un poder seductor sobre ella.
Marga está sentada en el sofá, con los pies recogidos sobre los cojines mientras sus zapatos descansan en el suelo. Su falda se levanta sin ella darse cuenta, y muestra unas rodillas huesudas y unas pantorrillas finas y exquisitas que están siendo disfrutadas por unos ojos furtivos.
Javier, sentado frente a ella, coloca las piezas torpemente. Tanto, que con un alfil tira otras dos piezas ya colocadas.
Ella no se da cuenta de nada – o sí – pero él está tan nervioso que es incapaz de poner un peón al lado del otro sin tirar otro más.
Sus ojos no pueden dejar de mirar esas preciosas piernas, vestidas en seda negra, y esas rodillas que vislumbran el deleite de unos muslos amenos. Y es que ese día Marga está especialmente arrebatadora.
Ella comienza con una apertura tímida. Mueve su primera pieza y enciende un cigarro. El cilindro humeante paseando por sus labios se convierte en una nueva tragedia. Esa mujer es la mejor amiga de su esposa, casi una hermana, pero él siempre fantaseó con ella, siempre la deseó, aunque últimamente ese deseo era casi ingobernable. Todo está tan cargado de sexo que casi se cree a punto de delatar. Por primera vez ha visto algo raro en los ojos de ella. Es como si. por fin, lo supiera todo.
Los nervios y el sudor pintan de color rojo el lienzo de su rostro. Intentando descifrar su jugada prefiere jugar como siempre, sin muchos movimientos de sus peones. Solo los imprescindibles para liberar sus piezas.       
Marga, ajena aún a todo, piensa en su jugada. Ella sí que está concentrada en el tablero. Su miedo a quedar perdida en la apertura, o caer en una trampa hace que él tenga que mostrarle caminos. Él, que es experto jugador, sabe como nadie que lo importante no es empezar bien, sino saber a dónde quieres llevar la partida, y cuál quieres que sea el final.
Poco a poco, observándola con una libertad que nunca encuentra, va comprendiendo su error. Esa bella y enigmática mujer es más rival de lo que aparenta. Y lo que es peor aún; es mucho más peligrosa de lo que pensaba.
Hace tanto que la desea como tiempo que no la observa con detenimiento.
Su miedo a ser descubierto le impide mirarla en cualquier situación, pero hoy está tan sumergida en el juego que es incluso capaz de devorarla durante varios segundos sin ningún pudor. Así recoge cada poro, cada pelo de su piel, cara arruga, cada brillo…
Ella saca los primeros caballos. Guarda sus alfiles. Y su peón ahí… siempre en el medio, como sus esposos. Hábilmente – o eso cree ella – intenta hacerle llevar los caballos y alfiles al borde del tablero, pero él no permitirá que domine sus casillas. En ese cálido salón, donde la calefacción empieza a hacer que las ropas estorben, se juegan dos partidas diferentes.
Ella permanece concentrada, casi alejada de la realidad que les envuelve, olvidando su pudor,  olvidando que con quien juega no es su marido.
Poco a poco, va enseñando un poquito de más unas curvas que a él le hacen convertirse en una de esas piezas dispersas por el tablero.
Marga solo piensa en su próxima jugada, y permanece agazapada a la espera de un error de su adversario. En cambio Javier solo piensa en avanzar, en llegar más cerca de ella, y hacerle ver que en esa partida se está jugando mucho más que un jaque mate.
Ambos están jugando una misma partida, pero no persiguen la misma meta. Ella solo quiere ganar. Siempre ha sido competitiva. Él también, pero está dispuesto a la derrota para alcanzar la otra victoria, esa en la que, por fin,  empieza a creer.
Cada vez más asustado, poseído por una belleza arrebatadora, prefiere enrocarse con rapidez, y defenderse. Primero libera su alfil, después se llena de ella, de su pelo. Después libera la torre. Ella se lo piensa muy mucho, lo que hace que pueda observar esas piernas de finos tobillos, esas pantorrillas suaves y delicadamente curvadas, y esas rodillas huesudas. Finalmente consigue llevar al rey a un lugar más seguro.
Ella falla. ¿O está jugando con él a su antojo?. Le desorienta porque se ve experta en esa lid pero no se enroca. ¡Una puerta abierta al fin!.
Y mientras tanto él crece y renace, en silencio, moviendo una pieza, dejando que le arrebatara otra, deleitándose de un silencio que le hacía bien sobre la penumbra de un gran dolor.
La lucha en el juego es tan desigual como placentera. Ella disfruta arrebatándole piezas. Él llora en silencio por un deseo que crece, y que ya no quiere detener… Tampoco puede. A Marga le gusta pensar cada uno de sus movimientos, y, antes de atreverse a mover una pieza, tiene que haber estudiado bien las consecuencias que conlleva. Javier, que nunca ha soportado la lentitud del juego, permanece impasible a la espera de su jugada.  De haber sido otra persona su oponente, habría acabado la partida antes de tiempo… o quizás ni la hubiera empezado.
Pero para él ese tablero, antes algo aburrido y monótono, se está convirtiendo en un psicológico campo de batalla donde se están jugando algo más que el honor de vencer o salir derrotado.
Vencer es quedarse con esa mujer. Ese es el premio que imagina. Después,  todos sus encantos le pertenecerían. Y si pierde podría conformarse con el placer de estar a su lado durante tanto tiempo. Pero Javier, aunque lo intenta,  no está pendiente del juego. Esa mujer es el centro de sus miradas y sus pensamientos hasta cuando no está. ¿Cómo hacer, entonces, para no amarla allí?.
Ese pelo brillante, esos ojos vivos, esa boca hecha con miles de frutas, y ese lunar que alegra su rostro le están volviendo loco, y el saber que nunca podría disfrutar de ellos le hace morir. Y la partida se vuelve a complicar. A pesar de la puerta abierta que había visto, ella sabe defender sus figuras con simples peones. Colocados en el sitio exacto son más de lo que en un principio parecen.
Así es ella, enigmática, hermosa, desequilibrante, incapaz de descifrar… y eso le mata. Es esa mujer capaz de hacer todos los veranos.
– Te toca –  le repite Marga varias veces. Tan absorto está en ella que ni se ha dado cuenta de su jugada
– perdona – le dice mientras vuelve a la partida. Entonces aparece la eterna pregunta. ¿Qué haría él si fuera ella?. Con otros le valía para saber su juego. Con ella no.
Otro jaque – observa. Por suerte ya hace tiempo que aprendió a no darlos inútilmente.
Para perder el tiempo ya estaban los labios de Marga, sus piernas, sus manos, y, ahora también, sus pechos. Cada vez que mueve ficha y se agacha son sus redondos senos los que se muestran desnudos por entre esa camisa abierta. Son redondos, hermosos, turgentes… y no tienen sujetador que los cubra. 
Es la primera vez que está incómodo junto a ella. Se siente como un animal enjaulado que, sin quererlo, se siente enamorado de su carcelero. Es como si una pared de cristal les separara, como si una jaula dorada le impidiera pasar junto a ella, y es, peligrosamente, la primera vez que siente que ya no puede más. En cada movimiento, en cada pieza levantada, se destapa un nuevo beso que cae perdido en el limbo del olvido.
Si tuviera que elegir entre esa partida y ella, elegiría la partida, sin duda. Y es que esa ya no era una partida al uso. Esa partida era ella misma.
Jamás la había disfrutado tanto. Jamás se había sentido tan bien. Pero… si tan bien se sentía ¿por qué tenía tanto miedo?.
Javier empieza a sentirse acorralado. ¿Qué perder? Un alfil solo recorre parte del tablero. En cambio el caballo recorre todo.
Igual pasa entre ellos. Hablar ahora puede acabar en jaque mate. Seguir en silencio le permitirá seguir observando más de lo que hubiera imaginado. Pero la desea tanto… y más cada segundo que pasa.
El tiempo se detiene mientras observa y graba el contorno de esa redondez que no creía tan perfecta y que brilla bajo esa camisa abierta de la que ella aún no se ha percatado. ¿O sí?. Otro movimiento hacia la mesa y sus senos vuelven a mostrarse, cada vez más pletóricos ante unos débiles ojos. Ella enciende un cigarro, se vuelve a sentar sobre el sofá, con las piernas estiradas. Una descansa dormida sobre el sillón. La otra, seductora como ella misma, se pliega en triángulo dejando libre su muslo. Y es ahí cuando puede ver el final de la media, y esa piel blanquecina que rodea unos muslos invitadores a la mejor de las muertes.
Si fuera cazador – se dice mirando esa tórrida carne que le invita a disparar – no dudaría en sacar su arma y abatir a su presa.
Sus ojos perdidos en el tablero, sus labios humedecidos por su propia saliva, su largo pelo descansando sobre sus hombros, y sus suaves piernas aterciopeladas parecen ser parte de una obra de arte ante la que es  obligatorio recrearse tranquilamente mientras el transcurrir del tiempo nada parecía importar. Mira el reloj y observa como el segundero viaja a cámara lenta. Incluso parece detenido.
Y sus ojos vuelven a sus senos, ahora ya completos ante su absorta presencia. Ella mueve rápidamente y sonríe. Él no se da cuenta. Sigue absorto en esos senos que desea. Ella deja de sonreír.
– Te toca, Javier – dice muy seria. Él no la oye, y permanece clavado en sus senos. Ella los cubre rápidamente y cierra el botón. Es entonces cuando él vuelve a la partida, deja de mirarla y, sonrojado, observa el juego del que se había alejado hace minutos.
– ¡Dios mío! – piensa ella asustada sin atreverse a mirarle – me estaba mirando…¡No puede ser! es Javier.
Y sigue la partida. Pero ninguno está pendiente ya de ella. Él vuelve a no ser capaz de mirarla. Ella tampoco. Está asustada, preocupada… y algo nerviosa. Ese nerviosismo no tarda en lanzar sacudidas a su estómago, y otras partes del cuerpo. Y tanto miedo hace que Javier vuelva al juego. Es un ataque Fegatello – se dice emocionado – ¿cómo no se había dado cuenta antes?. Intenta una defensa húngara que, por suerte, ella no conoce. Es entonces cuando sus ataques se vuelven precipitados, y poco a poco va quedando en inferioridad.
La partida ha terminado para ella. No es capaz de pensar con claridad. De repente solo puede ver a su atractivo oponente, sus delicadas manos, sus antebrazos musculosos y peludos, y esa pícara sonrisa de la que siempre le hablaba Esther y que nunca – hasta entonces – ha sido capaz de ver.
– ¿Quieres una copita? – pregunta Marga, levantándose, sin saber bien a donde dirigirse
– bueno, ¿por qué no? – contesta mirándole muy seriamente, fijando su mirada en sus ojos con una fuerza extraña, que hasta llega a ruborizarla.
Sirviéndole la copa no consigue dominar la pinza. Sin saber muy bien porqué el nerviosismo se apodera de ella, pues puede notar su mirada penetrando en ella de una forma violenta y violadora. Varios cubitos caen al suelo de tarima flotante. Al agacharse a recogerlos levanta su mirada y vuelve a encontrarse con la suya. Esta vez mira descaradamente su escote. Ahora son los dos los que se ruborizan.
-¡Qué horror! – piensa ella.
Vuelve a la partida. Los cubitos de la copa, en su temblorosa mano, producen música.
– ¿Te pasa algo? –se atreve él a preguntar
– ¿qué me iba a pasar? – le contesta moviendo una pieza. La idea de que hubiera estado espiándola le pareció ridícula y sin sentido.
¿Cómo, el marido de su mejor amiga, iba a mirarla así a ella? Ella intenta relajarse. No sabe cómo pero tiene que intentarlo.
Seguramente todo han sido suposiciones suyas – se dice – a pesar de haberse quedado tranquila, observa, por primera vez, algo extraño en la mirada de su amigo, y, nerviosa, cambia de tema y le invita a seguir jugando.
Él sabe que algo ha cambiado. Sin duda le ha descubierto en su obsesiva mirada. Y tiene que hacer algo.
El silencio se hace eterno. El reloj vuelve a detenerse, y hasta la lluvia parece estar planeando sobre el aire para caer sobre el piso de la terraza a cámara lenta. Equivocando dos movimientos se deja vencer. Tienen que salir de allí. Ambos.
– ja – dice ella – jaque mate
– al corazón – dice él
– ¿qué has dicho? – pregunta ella nerviosa, dejando caer el cigarro sobre la mesa
– nada, nada – dice él más nervioso aún mientras observa a Carlos y a Esther acercándose por el pasillo.
Aunque ni él mismo lo hubiera imaginado antes, se alegra de que alguien les interrumpa, porque su mente está llegando a unos peligrosos extremos que empezaba a no controlar. Dejan la partida. Ella ha ganado… ¿o ha sido él?.
Marga se disculpa ante todos y va al baño. Allí intenta tranquilizarse, hacerse ver que todo ha sido un malentendido. Pero su cuerpo no le responde. Su cabeza le dice una cosa… su cuerpo le pide otra. Se siente fatal.
Cuando sale del baño Javier no está en el salón con Esther y Carlos. Ella mira por el pasillo, por la cocina. Le parece buscar como una desesperada…
– ¿A quién buscas? – le dice él, apareciendo por la puerta del despacho de Carlos – ¿a mí?
– pues sí… digo no… digo… no sé – contesta muy, muy nerviosa
– tranquilízate mujer – le dice él intentando calmarla – que no me voy a enfadar porque me hayas ganado. Ya echaremos otra. Tú y yo a solas
– ¿qué…? – pregunta nerviosa, mirando por el pasillo a los otros dos, que miran al fondo la lluvia, asomados al ventanal
– que quiero la revancha. Y te aseguro que ahí no me ganarás.
Marga, completamente atacada por unos nervios que no puede controlar, vuelve al salón con su esposo y su amiga.
Javier se acerca al tocadiscos. Suena una canción.
Quien puede más en este juego  es un tablero de ajedrez. Muevo la reina y jaque mate se acabó el juego,  jaque al corazón”.
Esther, Carlos y Javier ríen de la letra de la canción de ese extraño grupo mejicano de los años setenta mientras la bailan. Hay alguien que no ríe con ellos. Alguien que, como al principio, mira por la ventana una lluvia que le está mojando por dentro.
Siente que esa agua ha traspasado los cristales y le ahoga
 
EL CAPÍTULO COMPLETO EN PDF…………………..LA PARTIDA DE AJEDREZ
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9 pensamientos en “LOS AMANTES, CAP 4: LA PARTIDA DE AJEDREZ (II/II)

  1. Siempre espero capitulo nuevo “como agua de Mayo”. Me ha gustado mucho este capitulo, en el cual se explica donde empieza a cambiar la vida de Marga. Me quedo con dos frases que me han gustado y son:- Ambos están jugando una misma partida, pero no persiguen la misma meta.
    -Dejan la partida. Ella ha ganado….¿o ha sido él?.
    Desde luego ha sido él pues por fin ha conseguido que ella lo mire con el mismo deseo que él la mira a ella.

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  2. El tiempo se detiene mientras observa y graba el contorno de esa redondez que no creía tan perfecta y que brilla bajo esa camisa abierta de la que ella aún no se ha percatado. ¿O sí?. Otro movimiento hacia la mesa y sus senos vuelven a mostrarse, cada vez más pletóricos ante unos débiles ojos. Ella enciende un cigarro, se vuelve a sentar sobre el sofá, con las piernas estiradas. Una descansa dormida sobre el sillón. La otra, seductora como ella misma, se pliega en triángulo dejando libre su muslo. Y es ahí cuando puede ver el final de la media, y esa piel blanquecina que rodea unos muslos invitadores a la mejor de las muertes.
    Si fuera cazador – se dice mirando esa tórrida carne que le invita a disparar – no dudaría en sacar su arma y abatir a su presa.

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