LOS AMANTES: CAP 4: AMANTES PLATÓNICOS

Hacer deshonor a ese nombre que utilizaron para engañarse a ellos mismos, y no engañar a los demás, era algo inevitable… algo que tenía que pasar. Aún así ellos hicieron honor a dicho nombre durante mucho más tiempo del que nadie hubiera imaginado… No podían hacer otra cosa. Incluso ellos mismos llegaron a creer que serían amantes platónicos eternamente, y es que fueron más de tres los meses transcurridos, desde aquella maldita partida de ajedrez, sin compartirse, amándose en silencio, a través de un teléfono móvil, imaginando sensaciones, recreando besos invisibles, y cerrando los ojos para imaginar dos cuerpos condenados a estar separados pero que no tendrían más remedio que terminar uniéndose. Si hasta se creyeron capaces de vencer a la propia ley natural…

¡Ilusos!.

Ellos jugaban con esas dos palabras – aun sabiendo que se mentían –  para sentirse mejor con ellos mismos y con los demás… Sobre todo lo hacían por esos dos maravillosos seres a los que no querían mancillar.

Así, se imaginaban en una novela oscura y romántica de Emily Bronte, en un cuadro dulce y oscuro de Munch, o incluso en una canción aterciopelada de traición cantada por Chris Rea…  Pero el final, como en toda película, tarde o temprano tenía que llegar.

Y al final, como se esperaba, no les quedó más remedio que sucumbir ante dos palabras contrapuestas e imposibles de unir.  El amor sólo puede ser platónico durante unos días… unas semanas… unos meses a lo sumo. Y no más.

Fue tal el grado de enajenamiento amoroso que hasta se creyeron capaces de soportar las tentaciones de una carne que volvía a despertar con más fuerza que en la pubertad. Si algo supieron desde el principio fue  precisamente que esa pasión contenida, y censurada por ellos mismos, no podría durar para siempre.

Tantas preguntas sin respuesta a lo largo de mil y una noches de acompañada soledad no hacia más que  aumentar el aullido de un lobo hambriento, rodeado de corderos sin pastor que los vigilara. Y un licántropo no se aleja de su víctima si sabe que  está cerca y desarmada. Mucho menos en medio de tanta sombra como habita en la noche solitaria de una cama con dos lados perfectamente ya delimitados. Tarde o temprano tendrían que sucumbir ante un placer con el que ya soñaban a diario… incluso despiertos.

Y es que el sueño de estar juntos por fin se convirtió en su propia vida. La pesadilla comenzaba precisamente al despertar. Para ella todo comenzó con esa inocente partida de ajedrez… o eso creía ella. En realidad todo había empezado mucho antes. Pero fue a partir de esa partida donde todo cambió. Al menos, fue allí donde ella se dio cuenta de todo. Para Javier, fue allí donde comprendió que el sentimiento que siempre había escondido hacia  la amiga de su esposa no era unidireccional… ni pasajero. Ese amor – ahora creía saberlo -corría en ambas direcciones, a pesar del pesado muro que siempre había intentado contenerlo… Con éxito hasta entonces.

Ya la primera vez que la vio le pareció atractiva a más no poder. Una de esas mujeres que, sin ser guapas, gustan sin saber explicar porqué. Ella llevaba unas gafas de sol, y había algo enigmático en ella. Era bonita, sin duda, pero era extrañamente atractiva. No sabía porqué pero estaba convencido que tras esas gafas oscuras había algo más, algo que sólo había visto en sueños anteriormente.

Al besar sus mejillas una sonrisa estúpida afloró en su cara, y no supo borrarla. Iba vestida con un traje negro, de tela fina apretada sobre su cuerpo curvilíneo. La longitud del mismo sólo cubría una minúscula parte de sus muslos, dejando expuestas unas rodillas preciosas y unas piernas perfectamente contorneadas de tobillos finos y huesudos.  El extraño vestido parecía un fino jersey… quizás más largo de lo normal. Bajo él, unas medias marrones dibujaban unas piernas preciosas sostenidas por unos tacones casi imposibles de mantener en equilibrio. Pero lo que más le gustó fue su boca, su sonrisa, sus dientes perlados, y esos labios afrutados que parecían esconder un arma mortal en su cálida funda de seda.

Esa mujer tenía un brillo especial que la diferenciaba de las demás, algo que  hacía que todos la miraran sin ser siquiera  conscientes de estar haciéndolo. Así era ella… un imán capaz de atraer miradas que parecían escondidas u ocultas. Fue cuando se quitó las gafas de sol cuando todo comenzó. No pudo dejar de mirarla, y, si antes le pareció bonita, en ese momento se convirtió en la Venus de Botticelli. En ese momento, mientras la miraba absorto, sonaban por los altavoces de la cafetería la canción de Rory Gallagher, Shadow Play. Tuvo ganas de bailarla con ella.

Cenaron juntos, los cuatro, y él, en silencio, les escuchaba, aburrido, recordando anécdotas de su juventud.  También hablaron de la boda que se iba a celebrar… La suya. Después de una copiosa cena fueron a bailar, y, finalmente, al hotel a dormir. Toda la noche la pasó soñando con ella, lo que le permitió aparcar los nervios pre-enlace.

Durante todo el fin de semana de la boda no pudo dejar de fantasear con esa bella mujer, la mejor amiga de la que se iba a convertir en su esposa.  Incluso en la noche de bodas tuvo un momento para ella. Por suerte, durante su luna de miel la olvidó, haciéndose creer que todo era producto del miedo, de la excitación, o de esos últimos coletazos de la virilidad de soltería. Se supone que, también, ayudó esa faceta donjuanesca que nunca dejó de acompañarle.

Varios años después volvieron a encontrarse. Esther y él volvían a Málaga, casi tres años después de su boda, donde vivían Carlos y Marga, y donde se organizaron para visitarse, al menos, una vez por semana. Ella seguía tan guapa como cuando la conoció. Quizás más hermosa, y no pudo evitar fantasear con ella, con su cuerpo, con su boca, a pesar de querer a su esposa. Aquella primera canción que revoloteó por su cabeza al conocerla volvió. Y a partir de esa ya todas tuvieron su rostro. En esos momentos que compartían – siempre con sus parejas – Javier luchaba por encerrar su alma, y pisarla para que no pudiera proporcionar indicios acerca de ese, su secreto y su miedo.

Luchó por dejar de sentir, y venció esa batalla por momentos… Pero sólo por momentos. Lo suyo estaba lejos del amor, y eso era lo que le salvaba. Lo que sentía por ella era un deseo exacerbado, imposible de controlar cuando estaba a su lado. El cariño que rápidamente cogió a Carlos no hizo desistir en sus fantasías con la esposa de éste, en sus anhelos… Pero siempre quedaría ahí.

Fue tras la maldita – o bendita – partida, de ese día lluvioso, cuando un nuevo jaque volvió a sacudirle, sin posibilidad de escapar.  Pero ¿cómo dar el siguiente paso?… ¿y quién de ellos sería capaz de darlo?. Fue él, por supuesto. Era quien menos tenía que perder. Él solo era el marido de su amiga. En cambio para ella todo era muy diferente. Ese hombre era el marido de su mejor amiga, a quien debía casi la vida.  Además, estaba su propio esposo, a quien debía respeto, fidelidad y muchas cosas más… Por ejemplo lealtad, un valor que hasta ese momento ella pensó innegociable.

Convencerla había sido más complicado de lo que él mismo hubiera imaginado. Pero ellos estaban ya en una vorágine de sentimientos de la que les costaría mucho salir. Si alguna vez lo conseguían, claro. Se deseaban, se necesitaban… algo peligroso había nacido entre ambos, y ninguno de los dos sabía si quería o podía dejarlo ya. Que querían besarse al fin sí que lo sabían los dos… Que pudieran era otra historia. Así, Javier, que ya no dormía abrazado a Esther por culpa de la bella Marga, empezó a mandarle mensajes a través del móvil y a través del ordenador. Al principio eran timoratos, incluso infantiles, pero fue finalmente un día que la encontró en la calle – no fue casualidad como le dijo – cuando decidió abordarla y no alejarse hasta conseguir lo que sabía que ella también deseaba… Era, ahora o nunca… Acercarse o alejarse… Correr o detenerse.

LOS CUATRO CAPÍTULOS PARA IMPRIMIR…………….capitulos 1-4

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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

4 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP 4: AMANTES PLATÓNICOS”

  1. Que dificil es esconder los sentimiento y algunos más que otros. Estos juegan con fuego sus vidas empiezan a cambiar de la linea de la “fidelidad, respeto y lealtad” que cada uno le debemos a nuestra pareja y viceversa. Pero ellos están empezando a sentir deseos prohibidos y me gusta la frase:-Luchó por dejar de sentir, y venció esa batalla por momentos… Pero sólo por momentos.
    Cuando un sentimiento nuevo y fuerte nace es tan difcil esconderlo por mucho tiempo simplemente se intenta arrinconar pero tarde o temprano vuelve a renacer.

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