LOS AMANTES: CAP 8: DECLARACIÓN DE INTENCIONES

Después de ese día de playa Marga ya era otra mujer. Lo que allí sucedió había sido tan extraño como romántico, y en su fría cama, acompañada por un hombre que ya no le hacía sentirse mujer, pensó en esas manos que tanto bien habían hecho no solo en su piel, sino en sus mismas entrañas. Sentir las manos vigorosas de ese hombre sobre su piel desnuda y mojada fue como haber sentido toda su masculinidad dentro de ella. Por eso se sentía tan aterrorizada. Ese hombre había conseguido despertar en ella la sexualidad, algo que nunca había sido importante en su vida.
Todo era ya sexo en su vida. En la ducha, en la cama, en el coche… En todos lados había momento para que la excitación se abriera paso entre sus piernas y entre sus senos, que habían vuelto a resurgir cual Ave Fénix.
En el agua – recordaba emocionada, notando cómo su cuerpo se excitaba al solo contacto del camisón de seda que lo cubría – había deseado que Javier se acercara a ella, que la hubiera seguido y la hubiera poseído allí mismo, de una manera salvaje, casi pornográfica. Era curioso, pero ella que nunca había visto películas pornográficas veía todo de esa manera que antes le parecía aterradora y desagradable. Todo en ella rebosaba sexo…
Todo era tan intenso, y permanecía tan vivo dentro de ella, que no podía dejar de recordarlo. Las manos de ese hombre eran auténticos pinceles del color del placer, y su pintura aún seguía, sin secar, embadurnando el tapiz que era ya todo su cuerpo. Aún podía recordar la mirada que le regaló cuando salió del agua, deseosa como nunca, y no pudo dejar de mirarle mientras se dirigía hacia ellos. Él hacía lo mismo, grabando sus ojos en sus pechos, en unas curvas que iban desapareciendo de su cuerpo, y, sobre todo, en sus ojos, intentando comunicarle que el deseo que sentía era casi tan visible como insoportable. Marga volvió a excitarse… Y a asustarse, porque esa mirada estaba tan cargada de pasión como de peligro. ¿Cómo no se daban cuenta los demás de todo lo que allí estaba pasando?.
Mirándole, y devorándole desde la corta distancia, también sintió un punzante dolor en el alma. ¿Qué le estaba pasando? – se preguntó muy asustada.
El nerviosismo se hizo indescriptible e incontrolable, casi visible a todo el mundo, y prefirió alejarse de su lado, volviendo de nuevo al agua del que él acababa de salir. El sol, brillando sobre las tranquilas aguas de la playa, se reflejaban en el cuerpo de esa mujer, y Javier no podía apartar su mirada de la trayectoria que marcaba frente a él. Marga, de reojo, se regocijaba al saberse observada con esa pasión nueva.
Tirándose de cabeza se adentró en el agua, y volvió a desearle, imaginándole junto a ella bajo esas aguas transparentes.  Estremecida permaneció sumergida todo el tiempo que pudo. Eso siempre le hacía sentir bien. Debajo del agua se imaginaba a él subido a su espalda, agarrándola por la cintura y pegando el cuerpo al suyo hasta hacerlo uno solo.
Al volver a la superficie dejó su cuerpo muerto, o dormido, tumbado sobre esa cama  de sábanas hechas de gotas saladas. Conturbada y dichosa permaneció tumbada sobre el agua, sin moverse, con la mirada perdida en el cielo, dejando sobresalir parte de su cuerpo del agua inmóvil, y percibiendo la furtiva mirada de su amante platónico. Sólo su nariz, sus ojos y su frente sobresalían del agua. Su boca estaba inundada, al igual que su barbilla y cuello, y, poco a poco, fue dejando salir más partes de su anatomía para que se deleitaran con el brillo potente del sol.
Para sorpresa de Javier, que no de Marga, otras partes de su anatomía fueron surgiendo del agua, mostrando unos pechos turgentes, agigantados sin duda al contacto con esa agua tan fría que le envolvía. Volviendo su cara tímidamente pudo comprobar que allí, en la orilla, él estaba de pie, mirando hacia ella, aprovechando que Carlos y Esther dormían. Parte de su vientre blanco y encorvado sobresalía también de la manta de agua que ocultaba el resto de su cuerpo, y sintió una excitación extraña, un deseo de acariciarse allí mismo y buscar un placer que estaba allí, sin hacer nada por encontrarlo.
Emocionado ante el espectáculo que se proyectaba ante sus atónitos ojos, Javier siguió observándola en silencio, simulando tirar piedras para que saltaran por el agua, grabando en su mente esos dibujos perfectos que eran sus senos, ese vientre encorvado y blanco, y ese extraño y gracioso ombligo en el que nunca había reparado. Marga, ocultando todo su cuerpo en el agua – incluida su cabeza – desapareció durante unos instantes hasta que apareció en la orilla y salió del agua. La luz solar hacía su cuerpo brillar al contacto con las gotas de agua que recorrían su tersa y blanquecina piel.
Conforme iba avanzando hacia la orilla, su cuerpo aparecía ante él, mostrándose tan apacible y ameno como el cielo que los acompañaba. Dos caderas combadas y arqueadas custodiaban el final de un generoso tronco, y ayudaban a nacer la belleza y la rotundidad de unos muslos prietos, repletos de carne caliente, y limpios como las gotas que surcaban por entre su piel.
Fuera del agua, y con el reflejo del mar grabado en su espalda, esa mujer parecía una flor en medio del desierto, y aunque sus imperfecciones eran visibles (cada momento que pasaba eran mayores ante sus atónitos ojos)  observarla en todo su conjunto era como observar una estruendosa traca de fuegos de artificio.
Ella, saliendo rápidamente del agua, siguió siendo poseída brutalmente por la punzante mirada de un hombre al que ya  pertenecía y del que no quería seguir huyendo. Acercándose a la toalla escurrió su pelo, y volvió a percibir la mirada de Javier sobre su cuerpo. Tumbándose a su lado – al otro lado estaba Carlos – prefirió apoyar la cara en la toalla y mirar hacia su esposo, dándole la espalda al culpable de su nuevo estado nervioso. Estaba tan nerviosa como asustada y excitada.
Mirando la espalda de su esposo luchaba por no hacer lo que tanto deseaba. ¿Por qué? – se dijo después, apartando miedos y girándose, encontrando frente a sí el hermoso rostro de ese hombre que empezaba a ponerla demasiado nerviosa.
Marga, tumbada a su lado, con las gafas de sol puestas, no podía dejar de mirarle. Ni quería. Él, con gafas también, hacía lo mismo. Apenas les separaban unos centímetros al uno del otro – si hasta Javier estaba sobre parte de la toalla de Marga – y ambos sabían que se estaban mirando y deseando.
Marga esperaba que mágicamente le llegaran las vibraciones que le mandaba, y que las sintiera, y las hiciera suyas. Javier abrió la boca, conscientemente, y le mostró sus dientes de marfil, su lengua pérfida y rosada sobre una boca caliente dibujada en una barbilla muy masculina.
Ella, sin saber muy bien porqué, hizo lo mismo, y paseó su lengua por sus labios, otorgándoles una humedad que necesitaban. Javier se hacía el dormido, o el despistado, y su mano, casi a la altura de su cara, sobre la toalla, se movió lentamente acercándose a la de Marga. Sus dedos se movían tan lentamente que casi era imposible detectar su movimiento, pero ella podía verlo con claridad. Ese hombre estaba acercando su mano lentamente hasta llegar a ella… Y la idea de sentir el contacto le gustó. Al sentir uno de sus dedos sobre el suyo volvió todo el placer de antes. Era tal la excitación que sentía que tuvo hasta que cruzar sus piernas y apretar su pelvis contra la toalla para no gritar allí mismo. La pobre Marga no sabía qué le estaba pasando. Eso era nuevo para ella, que empezaba a perder el control sobre sí misma.
Javier, maliciosa y tímidamente, acarició su dedo con la punta de uno de los suyos. Lo hizo con tanta delicadeza y casi inmovilidad que sólo ella pudo notarlo. Entonces no supo qué hacer, salvo dejarse llevar y esperar la jugada de ese hombre al que deseaba tanto que sería capaz de hacerle el amor salvajemente allí mismo, sin importarle nada más.
Le deseaba sí. Más de lo que nunca había deseado a nadie, pero tenía que detener ese jueguecito tan peligroso antes de que fuera demasiado tarde. Así, cada vez más asustada por una reacción que empezaba a temer, se levantó y corrió de nuevo al agua, escapando de ese hombre que tanto mal – o bien – estaba haciéndole en esos momentos de su vida.
Marga, tan asustada como excitada, nadó y nadó intentando así alejar la excitación de su entrepierna, perdiéndose entre las rocas que conducían a la otra cala. Javier dudó un instante, pero sólo eso. Tenía que ir hasta ella. No sabía muy bien a qué, pero tenía que hacerlo, y nadó tras ella aprovechando la siesta de Esther y de Carlos.
Al llegar al final de las rocas la vio, situada entre dos de ellas, aún en el agua, intentando subir.
– ¡Espera! – le gritó mientras nadaba hacia ella – yo te ayudaré a subir
– ¿qué haces aquí? – preguntó ella visiblemente nerviosa
– me apetecía darme un baño, y como he visto que estabas aquí. ¿Quieres que subamos y paseamos por las rocas? Podemos coger cangrejos y mejillones
– no sé… – le dijo sin atreverse a mirarle a la cara, muerta de vergüenza y de excitación.
Javier, ayudándose de su fuerza física y de su destreza, consiguió subir a la roca.  Ella, mientras él subía, clavó su mirada en su espalda y su culo, imaginándole desnudo solo para ella.
Una vez arriba Javier se puso de rodillas alargó su mano y se la ofreció. Marga la cogió con fuerza, apoyó su pierna desnuda sobre la roca, y subió. Mientras subía pudo observar cómo ese hombre devoraba con sus ojos el escote que dibujaban sus senos apretados bajo el biquini, y cómo sus manos se clavaban con fuerza en su cuerpo. Sin duda, estaba disfrutando de ella sin que ella se percatara… O eso creía él.
Fue al llegar arriba cuando estuvo a punto de caerse otra vez, resbalando y tirando también a Javier sobre el agua.
– ¿te has hecho daño? – preguntó Marga al verle con gesto compungido, flotando en el agua
– sí , aquí – le dijo señalando la espalda, y dándose la vuelta, mientras ella miraba la herida a través del agua cristalina.
– es un arañazo, pero no hay herida – dijo ella, cuando salió del agua, paseando la punta de sus dedos sobre la señal, lo que hizo que él se estremeciera visiblemente.
– No te preocupes – le dijo Javier, nervioso también, cogiéndola de la mano y llevándola entre las rocas – subiremos mejor por aquí.
Mientras Javier avanzaba por entre las rocas, ayudándose con su mano izquierda para avanzar, apretaba la otra mano sobre la de Marga, intentando transmitirle todo el deseo que necesitaba alejar.
Ella, aunque él no lo percibiera, lo recibía con total claridad. Javier volvió a subir a las rocas y volvió a ofrecerle su mano. Tiró de ella con fuerza y consiguió subirla hasta arriba. Para no caer esta vez la abrazó a él, cogiéndola por la cintura con sus dos manos, y pegando sus cuerpos.
Sus bocas estaban casi juntas. Sus miradas perdidas, y ambos desearon que pasara al fin. Ella notó la excitación de Javier sobre su cuerpo. Javier se sonrojó, se separó y disimuló. Ella sonrió… pero sólo por un momento. Mirándole de nuevo comprendió que ya no había escapatoria.  Le deseaba. Mucho. Y la abstinencia de él era ya algo imposible de soportar.
Cuando empezaron a caminar por entre las rocas – ambos disimulando – buscaron caracolas, mejillones y cangrejos. Javier no podía dejar de mirarla. Ella tampoco, y la pasión podía olerse y verse con claridad.
– Oye, quería decirte que… – Javier lo intentaba una y otra vez
– ¿qué? – preguntaba ella, disimulando, alejándose tímidamente, evitando sus palabras
– que… – no sabía cómo decirle lo mucho que la deseaba, que la amaba, y que tenía que hacerla suya. Esa mujer era la mejor amiga de su esposa… Fue cuando recogió todo el valor que se le había caído cuando Marga se tiró al agua y volvió a la orilla.
– Venga, tírate – le gritaba, observando su cara triste – es una pasada tirarse desde arriba.
Javier la observó nadar pero prefirió quedarse ahí arriba, pensando en lo que le estaba pasando, sabiendo que ella ya era consciente de que había sido vencida y que, tarde o temprano, sería suya… si ya no lo era.
 
Horas después, en su cama, Marga recordaba todo totalmente emocionada, deseosa de dejarse llevar por la pasión que dominaba su mente, cuando el sonido de su móvil la alertó.
Rápidamente, excitada como nunca, abrió el bolso a la espera de no sabía qué.
Al levantar la tapa lo vio con claridad. Número oculto.
– ¡Seguro que era él! – pensó más excitada aún, encerrándose en el baño.
 
Nuevo sms. Aceptar:
 ¿sabes que no puedo dejar de pensar en lo de esta tarde? ha sido alucinante el masaje y nuestro paseo. Eso mismo lo soñé ayer. Me lo he pasado genial. Ojalá se repitiera otra vez – leyó
 
Marga, echada sobre la pared del baño, se miró en el espejo, observando su cuerpo, que volvía a parecerle hermoso otra vez. Desabrochando el cordón del camisón vio su desnudez a través de ese espejo mágico que lo hacía más hermoso. Mirándose en el espejo, en medio de la oscuridad, le pareció ver la figura de Javier acercándose por detrás. Mirándose en el espejo, con una mano sobre su vientre y la otra en uno de sus senos, creyó verle acercándose por detrás, besándole el cuello, y acariciándola suavemente, como hacía ella misma. Lentamente acarició sus pechos, recibiendo un placer desconocido, mirándose en todo momento y comprendiendo que realmente era tan hermosa como Javier le decía.
Sus oscuros ojos, su pelo largo y negro, caído sobre su cuerpo y su cuerpo delgado y esbelto eran un auténtico placer para ella misma, que, por fin, volvía a gustarse. Casi sin darse cuenta descubrió el placer de su mano derecha, acercándose a sus ingles, separando sus muslos y entrando en una zona donde nunca antes había entrado… Al menos en los últimos diez años de casada.
El placer fue tan grande que llegó al orgasmo antes de lo que lo hacía normalmente, siempre mirando a ese hombre imaginario, e imaginando que sus propias manos eran esos brazos fornidos que tanto deseaba que la apretaran.
-Aaaaaahhhhhhhh
 
Cuando terminó y vio alejarse a Javier por entre la puerta del baño, se puso a escribir en el móvil, sentada sobre la taza.
Emocionada, sonriendo inconscientemente, y dejándose llevar por una algarabía desconocida, pulsó con agilidad las teclas, dibujando letras en la pantalla azul.
 
sí que ha sido genial. Yo también me lo he pasado muy bien. Ojalá pudiéramos repetirlo otra vez, pero será difícil. Me ha encantado.
¿Enviar Sms? Aceptar
 
Nuevo sms. Aceptar:
no sé qué me pasa pero cuando te veo me pongo super nervioso. Será porque me pareces guapísima. Me encanta verte ¿sabes? ¿tú sientes algo parecido?
 
Javier, envalentonándose más en cada mensaje, empezaba a enseñar claramente sus cartas, y eso, aparte de excitarla aún más también le asustaba. Fue por eso por lo que prefirió dejarlo estar.
 
a mí me encanta estar contigo, pero no sé si es igual. No sé si sé explicarme. Ahora será mejor dormir. Hasta mañana.
¿Enviar sms?. Aceptar
 
Tan cargada de excitación estaba que no le quedó otra que tomar la segunda ducha de la noche, creyendo volver a estar bajo el agua de aquellas rocas, haciendo el amor con el hombre que había irrumpido en su vida de esa forma tan violenta.
– Marga, ya no hay marcha atrás –  se dijo a sí misma secando su cuerpo – pero ¿cómo haréis para ser siempre amantes platónicos? ¿cómo hacer para acallar un volcán en plena erupción como era su cuerpo?.
Derrotada, pero con una sonrisa en la cara, se adentró en su cama, cerró los ojos y volvió a hacer el amor con Javier, bebiendo el mismo vino con el que él bañó sus labios anteriormente.
– ¿Qué te está pasando, querida? – se preguntó a sí misma – estás enamorándote de nuevo del hombre equivocado… Y a su mente llegó el tonteo que mantuvo con aquel precioso profesor de academia, pero con el que sí consiguió mantenerlo en el más estricto platonismo.

“FRASAZAS”

UN GOBIERNO NO TIENE QUE QUEMAR LIBROS PARA DESTRUIR UNA CULTURA. SOLO TIENE QUE HACER QUE LA GENTE NO LOS LEA.

RAY BRADBURY

NOTICIAS QUE ME GUSTARÍA BORRAR: “UN POLÍTICO HÚNGARO DICE DE HACER UNA LISTA DE JUDÍOS”

A VER SI VA A SER VERDAD QUE VAMOS “PA´TRÁS” EN LUGAR DE IR “PA´LANTE”

A veces, tengo la sensación de que ,no solo nos estancamos, sino que retrocedemos.

La propuesta de un destacado miembro del partido de extrema derecha húngaro Jobbik de elaborar “listas de judíos” que forman parte del Gobierno y del Parlamento y que “suponen un riesgo para la seguridad nacional” ha causado consternación entre partidos políticos y organizaciones civiles de Hungría y en el seno del Consejo de Europa. El político extremista hizo estas declaraciones durante un debate público sobre la situación en la franja de Gaza tras la ofensiva israelí la semana pasada.

TE INVITO A UN CAFÉ (desvaríos que nacen al ver una foto)

-Te invito a un café – le dijo, pero ella no respondió.

Hay mujeres que, como los mismos sueños donde aparecen, son más reales de lo que uno imagina. No son mujeres, ni sueños… Son sombras, pretextos donde esconder la pasión que levantan, y que la imaginación dibuja en las paredes sucias de los viejos callejones del deseo.

Te invito a un café- le dijo, pero ella no respondió.