CREER

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Nunca creyó en milagros. Ya de niño, el vivir sin padres ni hermanos, siquiera una casa con olor a hogar, como los demás niños, hizo de él una persona desconfiada y solitaria, buscadora tan solo de lo tangible, y alejada de aquellos sueños a los que todos tienen derecho.
Fue un día,  treinta años después de su miserable infancia y cuando creía todo perdiddo, cuando comprendió que los milagros sí que existían… Y tenían rostro de mujer, y nombre de mujer, y hasta olor a mujer.
Esa mujer no era suya, y posiblemente nunca lo sería, pero sólo el verla a diario – aunque fuera a distancia a veces – era suficiente para hacerle soñar, para hacerle feliz, y, sobre todo, para hacerle desear vivir.
Para otros eso sería poco… Para él era mucho. Para él ella fue ese milagro siempre esperado. Entonces comprendió las palabras de aquel cura que fue lo más parecido a una madre, cuando le dijo que no hacía falta ver un milagro para creer en él, sino que sería suficiente con sentirlo… Y ella, a los ojos de todos, era un auténtico milagro.

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