LOS AMANTES: CAP 12: MADRUGADA

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Eran las doce de la noche y Esther estaba completamente dormida, y también feliz.
A su lado tenía el cuerpo desnudo de Javier, con quien acababa de hacer el amor y con el que no repetiría en muchos días por culpa de un viaje de empresa, que le alejaría de casa durante una semana entera. Por eso estaba contenta también. En la radio, como casi siempre, su cadena de música favorita, y sonando una extraña canción de piano y contrabajo que la atrapó.
Durante casi cinco días iba a disfrutar de su Ámsterdam adorada, la ciudad donde  vivió dos de los mejores y alocados años de su vida, y, además, lo haría en compañía de Luis, su  joven y fogoso amante que, como ella misma, no perseguía otra cosa que explorar todos los rincones de su sexualidad, sin ninguna atadura y si ningún complejo.
Pensaba, aún con los ojos abiertos, y abrazada a Javier, en lo afortunada que era al estar viviendo, posiblemente, la mejor época de su vida. Con Javier lo tenía todo… o casi todo. Era su fiel compañero, el hombre al que podía contar cualquier cosa, y, además, el que ponía solución a todos los desaguisados ocasionados por su ya conocido despiste, sin pedir explicaciones. Javier estaba siempre allí para salvarla, y ya lo había hecho en muchas ocasiones… Algunas más serias que otras.
El joven Luis, con el que ya llevaba varias semanas, no era un gran amigo, ni siquiera era una buena persona, pero tenía la sonrisa más perfecta que había conocido jamás, y siempre estaba dispuesto para hacerla disfrutar de un sexo extraño y salvaje, lo que lo hacía más atractivo aún. Solo con mirarla, o con sonreírle, era suficiente para que ambos encontraran el modo de verse a solas y dar rienda suelta a un sexo hasta entonces desconocido.
Sus encuentros, siempre inesperados y en sitios más que peligrosos, no duraban más que el simple acto de aparejamiento, y, después, cada uno seguía con su vida, como dos desconocidos. En la oficina era así, follaban casi todos los días, pero después no volvían a hablarse casi… Si hasta incluso parecía que no se cayeran bien… Y si no se veían en varios días tampoco se echaban de menos. Era solo cuando se encontraban cuando la química se encargaba de hablar por ellos.
Hasta en sus numerosos viajes, incluida Ámsterdam, a donde acudían a menudo, hacían el amor a diario, pero nunca compartían habitación. Una vez en la de él, otra en la de ella, pero después, cada uno volvía a su cama. Por la mañana se veían en la cafetería, se saludaban con un cortés “buenos días”, y a trabajar. Nada sentían el uno por el otro lejos de las camas donde saciaban unos extraños apetitos, a veces hasta peligrosos.
El sexo con Luís era diferente a todo lo conocido anteriormente. Hacer el amor con Javier era algo maravilloso. Javier era sensible, amable, y siempre pendiente del placer de su esposa… Nunca fallaba. Pero este joven alocado era algo diferente. Era sexo, era sucio a veces, fuerte, agresivo incluso… Ese joven era capaz de ponerle el vello de todo su cuerpo de punta solo con tocarla, y sentirle dentro era como recibir una cascada de agua. Con él conseguía el orgasmo a una velocidad increíble, y repetirlo era algo muy fácil.
Por eso dormía plácidamente esa noche. Había hecho el amor con su marido, a quien amaba, respetaba y deseaba. Y al día siguiente estaría en Ámsterdam, la ciudad donde quería terminar viviendo algún día.
El silencio de la noche le permitía embriagarse del sonido de la respiración de Javier, aún jadeante, y sus dedos viajaban por entre esa piel dura y velluda, recorriendo cada rincón, y persiguiendo tan sólo el propio placer otorgado por estar con quien quería estar en ese momento. Observando el cuello de Javier, su corto pelo rizado, e inmersa aún en ese olor embriagador que aún se impregnaba en las sábanas, recordó el extraño comportamiento de esa tarde de su amiga Marga.
¿Tendrá un lío con alguien? – se preguntó, pensando en Carlos, ese hombre al que tanto quería y al que no dejaría que engañara, a pesar de quererla igualmente.
No puede ser – pensó sonriendo, sorprendiéndose a sí misma por semejante e inexplicable pensamiento – ¿cómo iba Sor Marga a tener un lío con alguien? Además, ella adoraba a Carlos. Siempre le había idolatrado.
Sonriendo, volviendo a acariciar el cuerpo desnudo de Javier, recordó la sonrisa de Luis, ese joven con el que calmaría el dolor de separarse de su amado esposo.
Pensando en la última vez que hizo el amor con él, en la misma sala de fotocopias de la empresa, concilió un sueño que necesitaba mientras el reloj del salón disfrazaba el silencio con la campanada que indicaba que ya eran las doce y media.
 
La campanada indicaba que ya habían pasado treinta minutos de la medianoche y Carlos seguía revisando el contrato que tenía que firmar al día siguiente.
Tan ensimismado estaba en ese contrato – en el que había dejado su vida – y la de su esposa –  que no había disfrutado de la lujosa y amorosa cena que le había preparado Marga. Tampoco se había fijado en el precioso conjunto de lencería que llevaba puesto, a escasos metros de su escritorio, tumbada en la cama,  y, mucho menos, se había percatado del enorme deseo que Marga tenía dibujado en su cara y hasta en su piel.
– Carlos… ¿por qué no vienes aquí conmigo? – le preguntó Marga, iluminada por la claridad que la noche regalaba a la habitación
– lo siento querida, tengo mucho que hacer aún
– si es solo un ratito – le dijo ella con voz acaramelada – hoy tengo ganas de abrazarte
– lo siento querida, no puede ser… Mañana, ¿vale? – le contestó acercándose a ella, besándola en los labios y acariciando esas piernas sedosas que tanto le gustaban.
Marga hizo un último intento por conquistarle, desabrochando el lazo que cubría su escote y mirándole con esos ojos de gatita en celo que tan bien le funcionaban.
– Lo siento querida – le dijo Carlos levantándose y separándose de ella  – tengo mucho que hacer. Hoy no puede ser.
De vuelta en su escritorio volvió a mirarla. Marga se había dado la vuelta, y miraba hacia la ventana, con un cojín bajo su cara y otro sobre su vientre, al que se abrazaba.
Marga era una gran mujer, y la única que siempre había amado, pero últimamente el trabajo le tenía tan absorbido el seso que no era capaz de viajar más allá de las paredes de su oficina… ni siquiera para imaginarse desnudo junto a su esposa, y mucho menos en hacer el amor.
Observando el largo transcurrir de sus piernas y esas braguitas que asomaban bajo el camisón subido, volvió a sentirse un hombre con suerte por estar con una mujer como ella.
Marga, su Marga, era guapa como ninguna, trabajadora, siempre pendiente de cuidar de él, siempre cariñosa… aunque últimamente estaba algo rara.
No sabía bien qué era lo que le pasaba, pero esa mujer no era la misma Marga con la que llevaba viviendo tantos años.
Últimamente estaba más guapa, más radiante, más despistada, como pensando en otra cosa siempre, y hasta su apetito sexual se había incrementado.
¿Qué le estaría pasando? – pensó, recordando su última discusión por culpa del tema de siempre… la dichosa maternidad.
– Seguro que es eso – pensó, encendiendo un nuevo cigarro, y devolviendo la vista a los folios que ya conocía de sobra – pero ese tema ya lo hemos hablado muchas veces… demasiadas quizás.
Una nueva campanada le devolvió a su anterior estado de angustia. Ya era la una.
 
Ya era la una de la madrugada, y Marga no se podía dormir. Como siempre le pasaba seguía pensando en ese hombre que había disfrazado su vida de carnaval, y, para colmo, Carlos no estaba dispuesto a apagar ese volcán que ya era su cuerpo.
Por eso estaba enrabietada, enojada, y odiaba cada sonido de esas hojas por las que su marido había vuelto a cambiarla.
Ella hubiera querido que esa noche zarpara su barco al puerto de los deseos, que navegara con caricias de brisas marinas, dejándose arrastrar hasta la pasión.
Esa misma tarde se había quedado con las ganas de reunir valor y llamar a Javier, y  haber quedado al fin con él, y sentirle dentro de sí, volviendo a recuperar años ya perdidos.
Pero, una vez más, y ni ella misma se explicaba cómo podía vencerlo, había conseguido mantenerse firme y alejarse de él, que era ya lo que más deseaba del mundo.
Por eso necesitaba los besos de Carlos, para disfrazar su cuerpo con el de Javier, y hacer suyo el mayor de los deseos.
Necesitaba sentirse flotando sobre el mar de unos besos compartidos, mientras pensaba en otra boca, y en otra piel.
Al día siguiente despertaría en aguas calmadas ya, y levaría anclas poniendo rumbo a su vida, luchando contra el viento que susurraba su nombre, haciéndolo más grande.
Y se alejaría definitivamente, no dejándose hundir por las gigantescas olas de la duda y la culpabilidad, luchando contra la tempestad de la zozobra y el reproche, asiendo con firmeza el timón para volver a ese puerto donde siempre había atracado y donde siempre se sintió segura.
Pero ahora sus partidas eran más largas. Ya no eran salidas rutinarias, ni siquiera paseos bajo el sol. Ahora eran cruceros prolongados, y cada vez que partía en uno no estaba segura de querer volver.
Por suerte, el olor amable de la tierra aún tenía más poder sobre ella.
La noche ya no era para dormir. La noche era ya despierta, y en ella no podía dejar de sentirle cerca, comprendiendo que todo lo que tanto le había costado mantener podía perderlo por un simple beso del que, tarde o temprano, tendría que arrepentirse.
Toda esa magia se esfumaría el día de mañana, y ni cenizas quedarían de aquel barco fantasma tripulado por una pasión y un amor que, sin duda, sería pasajero.
Y lo peor era verlo. Pero casi peor era no verlo.
Era cuando se encontraba con él cuando una luz se hacía en su interior, y se ponía tan nerviosa que era incapaz de encontrar la llave que abriera el armario del disimulo.
Por eso era casi mejor estar alejada de él, auscultando las distancias y escudándose en sus sombras.
A su lado se desestabilizaba su sistema solo con verlo, y se encendían todas las luces de emergencia de su cuerpo.
Su vida, entonces, no era vida. Unida a la más fuerte de las pasiones vividas jamás, a la mayor descarga eléctrica recibida jamás, estaba también el terrorífico miedo a ser descubierta en su secreto.
De nuevo volvía a disfrutar de sentirse con apenas veinte años. Y eso no tenía precio alguno, pero al mismo tiempo sufría el miedo de alejarse hasta los también lejanos cincuenta… y sola.
Todo eso hacía que no pudiera conciliar el sueño, aunque lo disimulara, mientras escuchaba los reproches de Carlos, revisando hojas, releyendo una y otra vez, aún con su camisa de manga larga, con el calor que hacía.
En su nueva vida había noches – como esa –  en la que, a ratos, se hundía. Al rato volvía a salir a la superficie, pero eso era mucho desequilibrio para alguien como ella, acostumbrada a tener todo bajo control.
Tan mal estaba que deseaba reunir fuerzas y romper con todos esos jamases que ella misma se había impuesto a lo largo de su vida demasiadas veces.
Nunca jamás se juraría otro jamás – se dijo encendiendo la radio, programándola los diez minutos que siempre necesitaba para dormirse, y escuchando historias de “hablar por hablar”.
– Joder, y media… y mañana hay que madrugar.
 
El viejo reloj del salón volvía a romper el silencio con otra campanada.
A Javier le encantaba esa época en la que el calor ya había empujado al frío hasta el abismo para hacerlo desaparecer.
En esas noches veraniegas todo era diferente, incluso su amor.
Dormir con las ventanas abiertas le hacía volver a sentirse libre, más joven aún, menos humano y más animal… y eso le hacía volver a los veinte, de los que se había alejado ya hacía muchos años antes.
Alejándose de su vida humana y acercándose a esa vida primitiva de los insectos, cuyos sonidos parecían nacer incluso dentro de su cama, volvía a sentir una tórrida pasión que emigraba en el invierno.
Sin duda, de esas noches, lo que más le gustaba era sentir el cuerpo desnudo de Esther acoplándose a su espalda mientras lo abraza y le regalaba más calor.
En esas noches le gustaba perder su mirada por la amplia ventana abierta que rompía la pared de su habitación, descubrir estrellas, y perseguir luciérnagas. Incluso los murciélagos le parecían bellos y hermosos.
Pero si había algo que le hacía disfrutar, eso era, sin duda, el roce del cuerpo desnudo de su esposa sobre su espalda, desnuda también.
Disfrutaba también del roce de sus senos apretados a su piel, el vaivén de sus manos sobre su estómago, y ese aliento refrescante sobre su nuca.
Pero ya nada de eso parecía tener vida en esa cama. Por eso se levantó, al ver que ya pasaban de la una y media de la mañana, y el sueño se había escapado por esa ventana abierta a la ciudad.
Completamente desnudo encendió un cigarro y salió de la habitación, a oscuras.
En una terraza en la que podía oler el mar, pero donde no podía verlo por culpa del edificio contiguo, permanecía tumbado en una hamaca, mirando al cielo, sin importarle que los vecinos pudieran ver su desnudez.
Fumando cigarros que realmente le están consumiendo a él, perdía su mente, dejándola divagar y viajar hasta otra casa donde una mujer también estaría pensando en él.
A Javier le gustaría dormir con Marga, alargar la mano y acariciar su piel, su pelo y oler su piel. Y despertar el sol con ella de nuevo.
Javier estaba desolado, superado por la situación, y no era capaz de averiguar si era felicidad o desdicha lo que sentía en esos momentos en los que solo Marga era capaz de cruzar por su pensamiento.
Levantándose de la hamaca se adentró en el salón, encendió su portátil y comenzó a escribir palabras dictadas por la oscuridad.
No sabía si era feliz – que lo era a veces, y mucho – o desgraciado.
La deseaba tanto que ya dolía, y no había un solo segundo en el que no quisiera estar a su lado, hacerla suya, y demostrarle lo adentro que había calado.
Era demasiado, hasta para alguien como él.
Inhalando del cilindro humeante, y perdiendo su mirada a través de la oscuridad de la ciudad dormida, pensaba que toda esa tórrida pasión no había sido mas que sed, sin forma líquida pero sí con rostro físico.
Al principio fue él mismo quien sació esa sed con arroyos falsos para los que inventó un cauce, pero ahora se encontraba en mitad de un desierto del que no podía escapar, buscando un oasis que sabía que existía pero al que no le dejarían acceder, ni siquiera para derramar una gota de agua sobre sus labios.
Y Marga era el agua de ese oasis, y la flor de millones de hojas que desprendían olores dulces y embriagadores, esencias primitivas, y colores embelesados… Pero el futuro de esa hermosa flor estaba repleto de espinas dolorosas.
Además, aquella antigua sed, antes fresca y fácil de apaciguar, se había convertido en hermana del dolor y del mayor de los sufrimientos, al verse incapaz de recuperar aquellos arroyos.
Nada era peor que poder ver la fuente, allí tan cerca, y no tener pies para acercarse hasta ella y saciarse.
Y mirarla, y escuchar los lagrimales de su goteo, y casi respirar su fresco aroma.
Esas gotas caían ahora vertiginosas rompiendo sobre el caliente pavimento donde dormía su dolor y donde se ocultaba – como una lombriz – su sosiego.
Oliendo aún el perfume de Esther, desplazándose por toda la casa, se preguntaba cómo sería un anochecer con Marga, y cómo sería amanecer junto a su cuerpo desnudo, si no en su interior.
Cansado a veces de sueños imposibles prefería abrazarse a Esther, y seguir queriéndola como la quería, y seguir disfrutándola como también la disfrutaba, a pesar de que la sombra de Marga ya era demasiado alargada como para escapar de ella.
Ya nada era igual.
Sus mañanas eran temibles, ocupadas por una obsesión que no le permitía alejarse del teléfono móvil. Era en la pantalla del ordenador donde podía vivir esa vida paralela… paralela y ficticia.
Las noches eran insomnes también, extrañas, con deseos repartidos entre un cuerpo visible y otro con el que no dejaba de fantasear.
Sin duda eran las tardes su único consuelo, su meta diaria, y ese lugar donde descarrilaban los violentos trenes portadores de deseos y de cordura.
Acercándose a la habitación observó el bello dormir de Esther, esa mujer que era la de siempre… y eso era lo que le gustaba de ella.
En ella veía a su eterna compañera, la persona a la que nada podía reprochar – ni siquiera sus devaneos – la persona que disfrazaba todos sus momentos tristes, haciéndolos no existir.
Sin duda era la persona que más echaría de menos en caso de perder.
Y volvió a acostarse con ella, recuperando el terreno que le pertenecía en esa cama, conjurándose consigo mismo para olvidar a Marga. Al menos por esa noche.
Pero eran otros los ojos que buscaba al cerrar los suyos, como también eran otros los que buscaba siempre al despertar, y los que veía antes de abrir los suyos.
Su relación con Marga había avanzado ya a esos límites que él mismo no quería reconocer, y él, mejor que nadie, sabía que lo que sentían no era algo que divagara a través de las cortinas de la piel.
En él solo existía ya la idea de estar a su lado, a cualquier hora, en cualquier situación, en cualquier lugar, en cualquier estado de ánimo… y entrar en ella, y decirle todo y no decirle nada.
Pero ante todo había un miedo visceral que no le permitía encontrar esa felicidad ansiada a su lado, y era ese miedo de que llegaran los reproches y vencieran y borraran la pasión.
Ese era el miedo mayúsculo, el que le impedía el sueño, el que le robaba el hambre… El saber que, tarde o temprano, Marga tendría que renunciar a él.
¿y qué pasaría después? ¿seguiría siendo feliz solo con Esther? ¿podría olvidarla?… ¿y por qué?
Javier quería a Esther, pero lo que le atormentaba era precisamente el no ser capaz de asimilar que amaba a Marga.
¿Querer a dos mujeres era posible? – se preguntaba.
Pues claro que sí. Al igual que se pueden disfrutar dos canciones distintas, sin necesidad de preguntarse cuál era más bonita, cuál era mejor, y buscar la negatividad de la otra.
Después de todo – volvió a pensar, sonriendo por primera vez – él nunca fue capaz de responder a esa eterna pregunta: ¿Los Beatles o los Stones?.
Los dos – contestó siempre, ya desde bien jovencito, mientras los demás se empeñaban en hacerle creer que eso era imposible.
¡Pues no lo era!.
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13 pensamientos en “LOS AMANTES: CAP 12: MADRUGADA

  1. Vaya con Esther aquí el que no corre,vuela. Y la gracia de la chica es que se sentia orgullosa de haber hecho el amor con su marido a quien amaba, respetaba y deseaba. Vamos lo de desear y amar no lo pongo en duda pero lo de “respetar” deja mucho que desear.
    Me ha gustado la incertidumbre de Javier. Él ama a Marga pero tiene miedo de que cuando llegue la monotonia con ella,las regañinas y rabietas ¿que ocurrirá?. Y es que, es la realidad de la vida todos los empiezes son fantasticos,unos duran para toda la vida y otros se rompen antes de empezar. Y como dice una canción “que corto fue el amor y que largo el olvido”.
    Pero que vamos con lo que Javier quiere a Marga y con lo que le hace Esther si él lo supiese no le frenaria nada ni nadie.
    Y aquí tenemos a Marga queriendo fogar con Carlos lo que no puede con Javier y el poca sangre de Carlos poniendo por delante el trabajo antes de disfrutar de un buen rato. Ante estos desaires por parte de su marido Marga tiene que liarse con Javier y a lo grande y pronto

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