LOS AMANTES: CAP 13: EL LARGO VIAJE

68331_10200165611886252_386140445_nEsther y Marga ya habían llorado la muerte de ese maravilloso hombre del que no se habían podido despedir. En el coche nadie sabía qué decir para consolar a Esther, y todos preferían mantener ese tétrico silencio que no hacía mas que aumentar el dolor. Su amiga estaba dominada por el mayor desconsuelo conocido jamás, y ella no encontraba la manera de calmar su dolor. Ella misma se sentía mal pues la pérdida también le era dolorosa. Ese hombre había cuidado también de ella en su infancia, en esas largas tardes de playa, mientras sus padres trabajaban.
Por suerte  el cansancio se apoderó de todos. Carlos, que también estaba afectado, cedió su sitio a Javier para que condujera. Carlos se echó sobre el asiento de copiloto y, como siempre sucedía, no tardó en dormirse. Esther también se había quedado dormida, aún con lágrimas en los ojos. Marga también estaba cansada… muy cansada, y decidió también descansar.
Antes de cerrar sus ojos vio los de Javier observándola a través del espejo retrovisor, mientras conducía. Javier tarareaba la canción de Loquillo que sonaba en la radio de forma sensual, siempre mirándola y sonriendo levemente: “… Pero hace tiempo que me has dejado, y probablemente me habrás olvidado…”
El sueño desapareció para ambos, y se volvieron a mirar mil veces seguidas… Javier no era capaz de imaginar los sentimientos que despertaba en ella cuando su mirada atravesaba su cuerpo, aunque se mostrara distante, aunque su mundo fuera otro en esos momentos. Observándole a través del espejo, que él mismo colocó para verla mejor, sentía que le amaba más cada momento que pasaba.
Ni siquiera el apabullante pudor sentido por su última tarde de mensajes casi pornográficos, ni siquiera el miedo a haber sido descubiertos, podía con esas ganas de mirarlo, de amarlo, y, sobre todo, de besarlo.
Todo lo que ese día había sido hasta ahora, incluido su sol, sus nubes, y su terrible dolor, a su lado no era nada – pensaba, intentando alejar su mirada de ese espejo que tanto le atraía. El reflejo propio en su mirada se esfumaba… como la nada. Todo lo que había nacido en esa coincidencia del azar, que tantas horas de sueño le había robado ya, no llevaba a ningún lado. Y ella lo sabía, pero no quería, ni podía luchar contra ello, y es que
todos esos reproches y juramentos en falso que crecían a su alrededor, cuando estaban separados, desaparecían con una simple mirada. Tenía el mundo de mucha gente en sus manos, en las de él, en las de ambos, y nada podía hacer para intentar conservarlas herméticas al dolor. Sólo cuando ya había saciado su apetito era capaz de pensar en las funestas consecuencias que podía acarrear su insensatez, pero toda esa responsabilidad se esfumaba al volver el deseo y la obsesión en la que se hallaba inmersa día a día, hora a hora, minuto a minuto.
Ni cenizas quedarían cuando todo terminara – pensaba – porque jamás habría nada que hiciera explícito lo que querían vivir.
Allí, incapacitada para tomar el mando y alejarse de su mirada, volvía a reprocharse sus propios sentimientos. Tenerle tan cerca le hacía vivir un futuro oscuro que no quería conocer. Jamás nadie podría comprender, ni siquiera sospechar, cuánta magia volaba a su alrededor… y nadie – ni siquiera ellos mismos – iban a creer en ese amor maldito y hermoso a la vez. Algo tan pasajero, algo tan efímero, tan delicado, tan dulce y amargo a la vez, no podía ser tan real como ellos mismos querían verlo.
Todo se esfumaría al día siguiente de dejarlo definitivamente, de olvidar esa locura en la que estaban inmersos por culpa de unos cuerpos que empezaban a mandar sobre su razón. Cuando ella despertara al día siguiente, y siguiera oliendo a él,  él ya no estaría a su lado…  ni siquiera pensaría más en ella después de conseguirla.
Pero Marga seguía presa de su desconcierto, sin tenerlas todas consigo…
Ella ya le amaba… y ese era el mayor de los miedos que la arrancaban de los brazos de la sensatez. Ella ya sabía que nunca podría dejar de amarle… porque ese hombre le había regalado un nuevo concepto de la palabra amor.
Ahora amor no era solo bienestar y comodidad… Ahora amor era pasión, era sufrimiento, era tensión, era sexo, era vida, y ella quería vivirlo todo… aunque fuera a escondidas. Las sombras que oscurecían el camino del dolor abrieron sus fauces y le indicaron, claramente, el camino a seguir para hallar el placer. Y allí, en el coche, mientras los demás dormían, ellos volvieron a hacer el amor con sus ojos. Un seco grito se ahogó tras la negra mano carnívora que brotaba salvajemente desde el útero de la oscuridad… y los ojos de Javier se convirtieron en el arma sexual más poderosa que nunca había sentido en su interior. El reflejo de la hoja del alma les volvió a mentir, a separar una vez más, llevándoles hasta un dolor ya insoportable. Entonces ella, cerrando sus ojos para escapar de él, miraba hacia la luz que llegaba desde lejos, y el sonido de su silencio comenzaba a dolerle tanto que necesitaba correr hacia él y arrancarle una palabra que la llenara de gozo… Así se propuso engañar su propia vida, hacerse creer que era libre y volar con él, bañarse en él, cubrirse con el vapor que nacía de su piel, y perderse allí para siempre.
Al fin fue capaz de perder la sensatez, observando como su propia  carne cedía… y el deseo vencía. Besarle sería como pintarle… Algo inimaginable aunque ya hubiera sucedido… Soñar estando despierto.
Mirándose a través de ese coche que querían convertir en cama no podían permitirse una nueva derrota. Ya no.
Por eso no se dejarían matar sin luchar una vez más. Mirándose en todo momento a través de ese espejo retrovisor se dieron el sí quiero.
– Sí, amor mío – le gritaron sus ojos – quiero ser tuya.
Casi con hastío ante la violencia incontrolable del perverso deseo, que se abría paso lentamente, solicitaban respetuoso permiso a quienes nunca se lo iba a conceder… a quienes nunca sabrían.
Él la miraba a través del espejo retrovisor. No miraba la carretera. Ella recibía su mirada, ya sin miedo, sabedora de que su lucha había sido en vano. ´ Él, el esquivo deseo, había vuelto a su vida, y contra él y su poderosa arma nada podía. Su belleza era mayor cada momento que pasaba junto a él. Su masculinidad se agigantaba, su aroma suave se hacía de marcado carácter animal… ambarino incluso. Sus ojos eran capaces de hablarle, sus labios la besaban sin moverse de su cara, y sus manos se adentraban por entre sus muslos solo con mirarle.
Allí, intentando comunicarse con él entre el silencio de sus dos negaciones, seguía preguntándose cómo sería un anochecer junto a él, una de esas interminables noches con las que tanto había fantaseado, pero sobre todo, cómo sería vivir un amanecer junto a él después de toda una noche sin haber conciliado el sueño… y sin haberlo buscado.
El día que menos te lo esperes – le decía mirándole ya sin ningún rubor, sin apartar la mirada, y soportando el peso de la suya – correré hacia ti, para no preguntarte nada más. Y así, con la certeza de saber que no estaba soñando, ni divagando a través de las cortinas de una piel dormida, tendría por fin los pies en la tierra de sus sueños.
Reuniendo toda la fuerza que él le transmitía se sintió al fin fuerte como para reconocer que era tontería luchar contra el mayor de los deseos, contra esa fuerza arrebatadora que la obligaba a amar sin más, pidiendo solo carne, exigiendo solo pagos con besos, con caricias, incluso con dolores.
Una vez más agradeció estar allí con ellos, porque de no ser así sería él quien tuviera que correr para alejarse de ella y de esa locura que, al fin, se había desatado. Sí, amor mío – le dijo con sus ojos bañados en lágrimas de emoción, dolor y placer – ya mismo seré tuya… ya soy tuya.
Allí, sentada en el asiento trasero del coche, comprendió que volvía a ser víctima de algo incontrolable, de una fuerza sobrenatural que le arrastraba hacia el lodo del placer… y estaba dispuesta a enfangarse. ¡Ya sí!.
Por eso lloraba, deseosa de hacer de su ropa jirones, lanzarle su dardo, y decirle que su cuerpo le pertenecía, y que deseaba entregárselo sin contrapartida.
Los jirones de ropa sobre su piel electrificada calmaban el cráter de la pasión, mientras el cuchillo del deseo se despedía con los fríos labios de su carne amada. La herida abierta quedó, por un momento, trémula, confusa… como ella misma. Testigo de su propia derrota, no podía dejar de mirarle mientras notaba cómo la sequedad de su garganta le quemaba todo el cuerpo, y percibía una extraña sonrisa a través del espejo. Fue entonces cuando murió su yo y renació el animal que dejó dormir durante toda su vida. Completamente embriagada por esa mirada que penetraba en ella con una fuerza sobrehumana, esperó imaginando que el brazo que blandía el arma recitara las últimas pinceladas de su arte.
Excitada, cada vez más, hasta el punto de no saber controlarlo, cruzó sus piernas, cerró sus ojos cautivos, y mordió su mano. Esther seguía dormida a su lado. De nada era testigo. Carlos igual. La blanquecina mano mordida, cubierta de saliva y miedo, se retiró una vez que consiguió domar los últimos estertores. El cuerpo inerte buscó la tierra, ansió su descanso, pero volvió a elegir el camino equivocado. Sus ojos no podían apartarse de esos ojos que la estaban haciendo suya allí mismo. Notando que se acercaba el número final de la coreografía cayó con majestuosidad, con un deje de altanería. Se desparramó infinitamente por el asiento de cuero negro, le miró encendida, y le quiso gritar para que se detuviera en su perversa posesión… Su cuerpo se había alejado de su alma, convirtiéndose en una isla que iba siendo devorada por la incontinencia de la sangre caprichosa, que avanzaba sin tutor.
Ni un solo gemido que reprocharse. Unos besos invisibles volaron por la atmósfera del coche y llegaron hasta sus ingles, que se separaron, y se adentraron en su cuerpo.
Placeres que, por fin, estaban dentro de ella para no marcharse, iban siendo devorados por las fauces de la recién instalada dictadura del silencio…
Y ella siempre había sido una reaccionaria, contraria a todo tipo de dictadura.
Una vez más lucharía contra ella.
Por el momento prefirió cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño que su cuerpo le pedía. De nuevo los reproches aparecían, y no quería oírlos.  Olvidando sus miedos, y la compañía, disfrutó como creía merecer. Después no se atrevió a volver a mirarle, cerró los ojos y se durmió.

10 comentarios

  1. HAY COSAS EN ESTA HISTORIA QUE ME RECUERDAN MUCHO A UNA HISTORIA QUE ME CONTÓ ALGUIEN. Y TE DIGO UNA COSA NO ME LA CREIA CUANDO ME LA CONTÓ LA PROTAGONISTA

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  2. Por favor pobres amantes, mucho disfrutar pero mentalmente, la pobre de Marga cuando creia ser descubierta lo pasó muy mal y como ella decía “aún ni me he acostado con él”. Por favor que no esperen más y que disfruten a lo grande. Pero no mentalmente sino que se toquen y que se saboreen. Que tanto calento no es bueno que se desaten ya y disfruten pues para eso son los amantes para disfrutar y los amigos para hablar.

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