LOS AMANTES: CAP 14: MADRUGADA

63874_10200165614246311_2118894999_nUna lejana campanada… dos… tres… silencio. Silencio y oscuridad… y calor. El reloj del campanario anunció las tres de la madrugada y ellos seguían despiertos, incapacitados para conciliar un sueño que necesitaban. Como era de esperar ninguno pudo alejar ese insomnio que hacía ya dejó de ser molesto porque ya era parte de ellos y de su rutina.
Pero esa noche era distinta a las demás, y ambos, por encima de todo, se querían dormir…  y si no lo querían, al menos sabían que lo necesitaban. La musa que dictaba todas las palabras a su insomnio estaba allí mismo, y se hacía difícil compartir esa atmósfera…  difícil y molesto.
En la habitación hacía mucho calor, y la noche parecía dispuesta a hornear sus cuerpos, vestidos por unos pijamas veraniegos que ocultaban más de lo que quisieran. El sudor brotaba de sus frentes fruncidas, recorría todo su cuerpo, y se perdía en el blando colchón que se hundía sobre las viejas colchonetas de muelles sonoros y chirriantes. Hasta los frondosos árboles de hojas perennes de fuera parecían haber perdido su atavío fresco… Nada se movía allí a su alrededor, ni siquiera la telaraña que él consiguió discernir a través de la ventana abierta. La noche les había sorprendido en mitad de ese  maldito viaje sorpresa, ese que ninguno quiso recorrer, pero que tuvieron que hacer sin más remedio. Para colmo, habían tenido que detenerse en ese viejo hotel donde sólo había una habitación disponible.
– A estas horas tendremos que compartirla, ¿no te importa? – dijo el bueno de Carlos
– claro que no – contestó Esther, ya más tranquila y sobrepuesta de su tremendo dolor
– tampoco es la primera vez ¿no?
– pues no… ya hemos dormido en la misma habitación muchas veces.
Y allí, en esa oscura habitación  estaban los cuatro, aunque en realidad sólo existieran dos. No había nadie más en ese minúsculo mundo donde todo respiraba voluptuosidad y deseo. Cada uno en su cama buscaba entre la oscuridad los ojos del otro. Ambos sabían que estaban despiertos y deseosos… por eso se buscaban entre esa maraña negra que les rodeaba. La sombra oscura del principio era ya una luz tenue que les permitió verse con claridad. Ellos solo querían pertenecerse una vez más, hacer el amor por fin físicamente, y confundirse en miles de besos y caricias para adentrarse de nuevo en ese mundo del que no podían salir ya a pesar de estarles prohibido. Y era ahí, en las largas noches donde residía precisamente su ardor y su vitalidad… también su dolor.   Y es que sería precisamente cuando despertaran cuando comenzaría la pesadilla. Y sí, se miraban, se buscaban… se hablaban en silencio, y se querían decir tantas cosas que prefirieron callar. Además, andaban obligados a hacerlo. Ella le miraba con ganas de llorar. Él también la miraba con extrañeza… y dolor porque era consciente de que el camino no tenía vía de retorno. En el coche, observando su cara metamorfoseada, comprendió que esa mujer le amaba de verdad. Toda ella era un llamamiento a miles de caricias ya conocidas, otras desconocidas… pero por encontrar. Dos de los dedos de su mano comenzaron a recorrer el suelo, avanzaron como  un bailarín de cuerpo armonioso, y se acercaron hasta la cama de ella con pie flexible y ligero.
Ella los miraba embelesada y aterrada. Era como si fuera él mismo quien se dirigiera hacia ella, desnudo, pletórico, dispuesto a adentrarse en su alminar situado el centro de la mezquita que era su cuerpo vibrante. Pero la longitud de su mano no le dejaba continuar. Aun así los dedos bailaron una extraña danza sobre el caliente azulejo del suelo.
El azulejo amarillo estaba agrietado, pero eso no era impedimento para la más bella de las danzas.  Ella, cada vez más nerviosa, miraba los dedos sonriente. Ansiaban por encima de todo un estallido de besos, una borrachera de flujos, una feria de soledad,  pero supieron, una vez más, detener a tiempo a ese corruptor maldito que ya estaba a punto de arrastrarles a la perdición. Abriendo los labios secos, borrachos aún desde su primer y último encuentro furtivo en el coche, susurró un “ven” ininteligible, pero que ella tradujo a la perfección. Sus ojos asustados no dejaban de decirle que no, pero su mano desobedecía la orden. Así, su mano desnuda, bajó también hasta el suelo y se encaminó hacia él, deslizándose gracilmente sobre la sedosa alfombra creada por sus propias lágrimas. Toda su feminidad viajaba en ese tren, entre esos dos dedos que avanzaban hacia los suyos. Con total delicadeza y sensualidad posó las largas uñas sobre el mármol.
Los dedos se tocaron al fin, parece que se estén besando tímidamente, y no tardaron en abrazarse fuertemente. Se entrelazaron – al principio con delicadeza, después con fiereza –  y no encontraron la forma de separarlos. Sus ojos no dejaban tampoco de mirarse, ahora bañados en lágrimas que les ahogaban.
– ¿Por qué no vienes aquí conmigo? – suplicaron, nublando su visión por esas gotas calientes que rodeaban sus ojos para mezclarse con su propio sudor
– eso quisiera yo, amor mío – lloraba su garganta, sin emitir sonido alguno.
Cerrando los ojos, evitando alejar una lágrima insostenible, buscó un lugar en el que beber su nombre, y emborracharse perdidamente para alejarse del dolor. Un sonido, el de esos pájaros que revolotean entre las ramas de la plaza, les hicieron sentir envidia de la naturaleza externa… ¡Quién pudiera volar para escapar de esa prisión, y volver después sin que nadie lo sufriera! Es el deseo el que les hace volar una vez más. Para él el único pijama que vestía ella era la transparencia de su propia piel. Ella se emocionaba y convulsionaba observando su torso desnudo, imaginando que bajo ese pantalón de pijama  es ella quien se pierde. ¿Quién ha dicho que el deseo no puede ser una carga pesada y asfixiante? Sí que lo es. Su dolor quedó detenido por unos ojos que le devoraron dos veces su cuerpo, y que le decían mucho más de lo que necesitaba oír. La cordura – esa amiga, ahora desconocida – les hizo permanecer en sus camas mientras sus dedos se apretaban, se besaban, practicando un amor que a ellos les está prohibido. Tanto apretar llega a causar dolor físico… Nada importa. Ese es su asalto amoroso, al único al que ese día pueden aspirar. Los dos dejan de mirarse. Ahora sus miradas se pierden en esas manos entrelazadas sobre el suelo de una habitación que no les pertenece. Sus manos tienen senos, tienen boca… tienen vida. Sus manos son ellos mismos.
Y lloraron de nuevo porque se amaban más de lo que pensaron ellos mismos cuando comenzaron el juego.
Otra mano entra en el juego, haciendo que cinco sea un número impar y peligroso… y rompe toda la magia.
Es la mano de Marga, la esposa de su amante, su amiga, que duerme detrás de él,  y que le abraza entre ronroneos ininteligibles. Incluso llega a intuir un beso sobre la espalda. Y es ahí cuando peor se siente. ¡Está más sucia que nunca!.
Ella ve la mano de su amiga paseando suavemente por una piel que ella le ha robado y de la que sabe que no es dueña… Se asusta, y sus dedos vuelven al hogar alejándose de los de su amante, que hace unos segundos ya se habían ido. Intentando olvidar algo imposible ve cómo él se gira y se abraza a su esposa. Entonces es ella quien se da la vuelta para alejarse de esa funesta imagen. A su lado está Carlos, su marido. El pobre duerme plácidamente.  Nunca le molestaron los calores para conciliar el sueño. Tener la conciencia limpia también ayuda.
Ella no la tiene. Por eso llora… Llora toda la noche… A oscuras.
 
Amaneció en ese viejo hotel de carretera. Marga despertó y miró hacia la otra cama. Frente a ella encontró a su amiga, con los ojos cerrados, con el rimel corrido. Javier no estaba a su lado. Tampoco estaba en el baño. Su ropa tampoco estaba por ningún lado. Carlos, Esther y Marga bajaron a la cafetería después de recoger sus cosas. Javier estaba desayunando, sólo, escribiendo en un papel que había sido arrugado varias veces.
Al verles volvió a doblarlo y lo guardó en su pantalón. A nadie le extrañó. Marga sí pensó que estuviera escribiendo algo sobre ellos… ¿Sería tan insensato?
Antes de entrar en el coche, mientras Carlos y Esther pagaban la habitación, Javier se acercó a Marga y le entregó el papel doblado. Ella se puso tan nerviosa que se le paró el corazón. Miró hacia el hotel y vio a Esther mirándoles.
– Léela  – le dijo Javier. Esther, por suerte, ya no les miraba.

 

mañana, la carta

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