LOS AMANTES CAP 22: DESPEDİDA

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Esa segunda vez acabó con todos los miedos y despertó una pasión que era difícil de contener. Era igual en casa, en la cama, en la ducha, en el trabajo, en la compra, en el coche… En los ojos de Marga solo aparecía el cuerpo desnudo de Javier, y con él unas ganas terribles de gozar de él y de todo eso que estaba despertando en ella. Así, quince años después del primer contacto con su sexualidad, volvía a disfrutar del placer de estar sola, pero sentirse acompañada.
Marga era un torrente, una cascada de placeres, y volvía a sentir la necesidad de cambiar su ropa interior constantemente. Ni ella misma podía creerlo, y lejos de sentirse cohibida, o incluso pudorosa, decidió disfrutarse a sí misma y, sobre todo, disfrutar de ese manjar que le había caído del cielo.
Ese mismo día, al llegar a casa, no pudo dejar de pensar en lo sucedido, y, de repente, su amado Javier apareció ante ella, bajo el agua y volvieron a hacer el amor una y otra vez. Debajo del agua caliente Marga disfrutó de ese hombre, imaginándolo, regalándole sus propias manos, y gozando de un sexo salvaje que nunca antes había imaginado y que sabía que no volvería a conocer.
Bajo el agua sus pechos volvieron a recobrar vida, su piel venció al calor del agua, consiguiendo enfriarla, y sus dedos hicieron el resto.
Esa misma noche fue ella quien buscó a Javier por teléfono, y estuvieron haciendo el amor durante no menos de dos horas. Ella en el sofá de su salón, frente al televisor apagado, y observando su cuerpo desnudo reflejado en la pantalla. Él encerrado en su despacho, con la puerta bien cerrada, y con un deseo descontrolado. Saber que, por fin, ella había perdido ese pudor y que le buscaba a él le hizo sentir increíblemente deseado, lo que le hizo disfrutar mucho más de esa relación.
A través del teléfono jugaban con sus cuerpos. Él le escribía todo lo que quería hacerle, y ella leía y se acariciaba, imaginándole a su lado, haciéndole todo eso que describía con tanta elegancia y sensualidad.
Casi sin esperarlo Javier le mandó una fotografía de él desnudo, acariciándose, y eso le gustó. ¡Vaya si le gustó! Tanto que le pidió otra, y otra, y otra más, y él se las fue enviando, haciéndolas en directo con su caro móvil de pantalla gigante.
Ver su masculinidad a través de la pantalla del móvil le hizo excitar más aún, y no pudo dejar de hacer el amor durante toda la noche.

Al otro día se volvieron a ver en el mismo hotel. Al día siguiente en otro más lejos, y al otro en el mismo piso donde la primera vez… Estaban tan excitados las veinticuatro horas del día que nada podían hacer para contener esas ganas de verse y saborearse.
Hacían el amor por la mañana, por la tarde, y, a veces, por la noche. Por primera vez en muchos años Marga había llegado a mentir a la empresa, simulando una enfermedad con el único objetivo de pasar una mañana con su amante, llenándose de vida. Para colmo, había sido capaz de dormir en casa de su amiga toda una noche. Por las tardes hacían el amor por todas las habitaciones de la casa de Marga. Lo hacían en la cocina, en el baño, en el salón, en las habitaciones… en todos lados menos en la cama de Carlos.
Pasaron cinco días aprovechando todas esas semanas de abstinencia, pagándose el tiempo perdido, pero ambos supieron que tenían que poner fin a tanta locura. Si seguían así terminarían pillándoles.
Además, Carlos, que volvió una noche antes de lo previsto, hizo que Marga asentara la cabeza finalmente. No hacía ni una hora que Javier se había marchado cuando Carlos regresó a casa. Marga – tentada estuvo de dejarlo para el día siguiente – estaba arreglando la cocina, ocultando los restos que delataran que allí había habido una auténtica bacanal.
Durante toda la noche no pudo dormir, asustada, nerviosa, a punto de sufrir un ataque de ansiedad.
Había conseguido ocultar todo, pero Carlos hizo muchas preguntas… Quizás demasiadas.
– Te he estado llamando y no contestabas
– ¿con quién has cenado? ¿por qué está todo tan desordenado?
– ¿a qué huele aquí? Huele raro…
Marga no pudo dormir esa noche, llorando incluso en silencio. Y Carlos, que había notado algo raro en su mujer, y en la casa, empezó a hacerse preguntas. No sabía bien qué era lo que estaba pasando, pero su esposa actuaba de forma extraña, y no era normal en ella esos despistes, ese extraño cambio de humor, y, sobre todo, esas lágrimas nacidas de la nada. ¿Qué le estaría pasando?.
No había pasado ni una semana cuando Carlos regresó a casa a una hora a la que no estaba nadie acostumbrado… Ni siquiera él. Carlos había llegado antes de tiempo porque en la oficina no podía trabajar. Como todos los días había salido de casa a las cinco y media, pero a eso de las diez el dolor de cabeza era ya insoportable. Tanta presión, y tantas horas de trabajo sin descanso, hicieron que su propio cuerpo le alertara. Por eso prefirió volver a casa y descansar.
Carlos, evidentemente, no sospechaba nada de lo de Marga y Javier, pero sabía que en la mente de su esposa había algo nuevo, algo que él desconocía, y que empezaba a inquietarle. Marga seguía distante, seria, y, sobre todo, parecía vivir alejada del mundo que la rodeaba.
Él no era persona de grandes predicciones, ni de percepciones, ni de intuiciones, pero ya antes de abrir la puerta le dio un vuelco el corazón. Éste empezó a latir con mayor fuerza, a punto de la taquicardia, y hasta le costó introducir la llave en la cerradura. Aun así abrió en silencio, y, casi fantasmalmente, entró en la vivienda. Todo estaba en silencio… ¡Todo no!.
Al entrar percibió, sobrecogido, un perfume masculino conocido, pero que no era el suyo. Eso le asustó. Aspirando repetidas veces intentaba reconocer esa colonia tan poco común pero que tantas veces había olido ya, aunque no supiera muy bien donde.
– Este perfume lo conozco muy bien – se dijo, notando como el miedo se iba haciendo cada vez más patente, pues también podía oír extraños murmullos en una de las habitaciones. En silencio, y con sigilo, dejó las llaves sobre la cajita, y caminó por el extraño pasillo. Si era extraño era porque había ropa tirada por el suelo. Había un pantalón vaquero, una camisa de rayas que ya había visto antes y que olía a ese perfume. También había una falda conocida, un sujetador, otra camisa…
– ¡Joder! – exclamó completamente acobardado, incapaz de dar un paso más. Tanto se asustó que hasta dudó si seguir adelante. En silencio se adentró por el pasillo que se hacía más oscuro y más grande. ¿O era él quien se hacía más pequeño? No sabía qué pensar. Eran tantas las imágenes que se dibujaron ante sus ojos que tampoco supo qué hacer. Si había algo que Marga no soportaba era el desorden. Entonces… ¿qué era lo que estaba pasando en esa casa?.
Un ruido en la habitación le sobresaltó mientras caminaba de puntillas sobre la moqueta del suelo del pasillo. Los ruidos eran cada vez más fáciles de identificar, y el miedo ya se veía reflejado en sus manos, que no dejaban de temblar. El ruido provenía del interior del cuarto de invitados. Y allí se detuvo. En silencio escuchó tras la puerta. Eran jadeos, susurros, y ruidos de cuerpos frotándose sobre sábanas.
– ¡Será hija de puta! – pensó Carlos, dejándose caer sobre la pared, reuniendo fuerzas para abrir y sorprenderles.
– Tranquilízate, Carlos – se decía a sí mismo – todo tiene una explicación. No actúes por impulsos. Es lo peor en estos casos…
Más tranquilo, decidió asomarse tímidamente para comprobar quién era el que compartía la cama con ella. La oscuridad no le dejaba ver con claridad. Por suerte tampoco se descubrió a sí mismo. Era una situación violenta, sin duda. Deseaba entrar, gritarles, echarles de casa, pero no haría nada hasta averiguar quién era quien retozaba junto a ella.
Los gritos eran salvajes. Ella gritaba como una poseída, demostrando su deleite, sin ningún pudor, y él gritaba con la voz entrecortada por el esfuerzo al que estaba viéndose sometido.
– ¿Por qué Mar…? – se decía extrañado, pero poco dolido, mientras un nuevo grito de placer le interrumpió en sus propios pensamientos. Era imposible ponerlos en orden para buscar una solución que no fuera dramática.
– Esa voz…
Carlos estaba sorprendentemente tranquilo. Hasta el dolor de cabeza se había alejado ya, y solo deseaba averiguar quién era ese personaje inmundo que se había atrevido a mancillar su casa. La oscuridad se hizo menor, y pudo ver sus dos cuerpos retozando sudorosos. Entre sombras y grises claroscuros pudo ver por fin la cara.
– joder, es Jota – exclamó su pensamiento al reconocer a ese hombre – ¿tú?.
Fue en ese momento cuando peor se sintió. No podía creer que alguien como él, alguien a quien consideraba su amigo, fuera capaz de hacer algo así.
También pensó en su esposa… ¿Qué pasaría si ella se enterara?.
– ¡Dios, le mataría…!
Cada vez más fuera de sí, pensó fríamente en alejarse y tranquilizar su ánimo antes de montar un espectáculo que no conllevaría a nada bueno. Pero es que ese tipo había entrado en su casa y estaba haciendo el amor en su casa, con su…
– ¡menudo hijo de puta! – pensó alejándose de la puerta y acercándose a la principal de la vivienda – ¿Y qué hago yo ahora? Pensándolo detenidamente prefirió no montar un escándalo en el vecindario. Lo mejor era tranquilizarse, meditar y actuar con sangre fría. Así, volvió a meter la llave en la cerradura y la giró varias veces para abrir la puerta.
– ¡Hola! – gritó en el hall, intentando hacerles ver que acababa de llegar a casa y que no sabía nada de lo que allí estaba sucediendo – ¿hay alguien en casa?.
El silencio le hizo comprender el miedo de los dos amantes. Saber que allí estaban le hizo escuchar hasta los susurros de sus ropas al contacto con sus pieles. Carlos caminó por el pasillo, y siguió gritando, llamando a esa mujer que se resistía a salir. Ella callaba y se vestía rápidamente mientras su amante se escondía bajo la cama. Carlos, que no quiso entrar en la habitación, siguió hasta la cocina, abrió la nevera y sacó uno de sus botellines de agua mineral sin gas. Lo abrió, lo vertió en un vaso y bebió tranquilamente mientras intentaba calmar su rabia.
– Hola, ¿estás aquí? – dijo ella desde el salón – no te había oído entrar
– ¿dónde estabas? – preguntó mientras seguía bebiendo y golpeaba con sus nudillos en la encimera verde, intentando calmar así su rabia
– estaba en el baño… limpiándolo
– pero si he mirado en el baño y no te he visto – empezaba a disfrutar de su miedo, aunque también empezaba a impacientarse, y a no ser capaz de mirarle a los ojos
– es que estaba en el baño del dormitorio – contestó muy nerviosa, intentando peinar unos pelos imposibles de domesticar
– ¿Qué haces aquí tan pronto?
– me encontraba mal… he pasado mala noche. ¿Ya has terminado?
– ¿cómo? – ella estaba tan asustada que casi no puede ni articular palabra
– ¿que si has terminado ya lo que estabas haciendo?
– yo no estaba haciendo nada – contestó más nerviosa aún
– bueno, pues entonces ya puedes irte ¿no?
– sí… bueno, no sé… quizás me quede algo por hacer
– vale – dijo sonriendo, pero esa sonrisa ocultaba algo más de lo que quiso mostrar. Ella se dio cuenta rápidamente por ese extraño brillo en sus ojos que tan bien conocía
– ahora voy a salir a la farmacia a comprar unas pastillas para la fiebre. Cuando vuelva quiero que hayas recogido tus cosas y te hayas marchado de esta casa
– ¿cómo dices? – preguntó algo contrariada, mientras él se detenía en mitad del pasillo, justo a la altura de la habitación donde había estado retozando con su amante
– que no te quiero ver más en esta casa
– ¿qué? – preguntó, cada vez más nerviosa y sonrojada, sin atreverse a mirarle a la cara
– que estás despedida…
– pero…
– ¡Despedida!
– Carlos, yo…
– lo siento Marta. Llevas mucho tiempo trabajando para nosotros, pero esto no puedo consentirlo. Además, da gracias a Dios de que Marga no se va a enterar. Si se lo digo podría darle algo… Con lo que es ella para estas cosas
– Carlos, yo…
– no digas nada más, por favor. Recoge tus cosas, dile a tu amante que se vaya, y no vuelvas por esta casa. Y no te preocupes, te pagaremos todo lo que te debemos
– de verdad – empezó a llorar – perdóname, en serio. No sé cómo ha podido pasar
– ni yo. Tampoco me interesa – dijo, caminando por el pasillo. Después salió y cerró la puerta.
Respiró más tranquilo. Más bien suspiró.
Marta llevaba trabajando con ellos mucho tiempo. Era una buena mujer, casada con un hombre maravilloso, trabajador, que se desvivía por ella y por sus hijos… Sin duda no se merecía eso.
¿Y Jota?… Jota era su vecino de la planta superior. Fue precisamente él quien le recomendó el piso. Casado con una bellísima mujer, de mucho temperamento, que parecía tenerle completamente dominado.
– Vaya – pensó encendiendo un cigarro – parece que no es tan tonto como parece…
Pensando en eso notó que su cuerpo se tranquilizaba. La idea de que fuera Marta, y no Marga quien estuviera en brazos de otro hombre, le hizo sentir mucho mejor.
Tenía que reconocerlo… se había llevado un buen susto.
– ¿Cómo he podido pensar que fuera Marga?… ella sería incapaz de algo así – se dijo bajando las escaleras mientras apagaba el cigarro y sonreía. En la radio sonaba la canción “La mataré” de Loquillo.

14 comentarios

  1. si yo fuera Marga no dudaría en disfrutar de ese hombre. El hecho de ser el marido de mi amiga lo haría más excitante aún. SAber que nunca podrían pillarnos y nosotros hacer el amor delante de ellos, jugar mientras cenamos. Dios, me pone muchísimo

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  2. Carlos tiene demasiado temple. Pienso que nadie en un acto de cuernos imaginarios se pare a pensar. El primer impulso despues de escuchar detras de la puerta es abrirla bruscamente y hacer acto de presencia. Sin embargo él se para a pensar y hasta piensa en los vecinos. Personalmente yo soy más impulsiva y si despues de notar raro la actitud de mi marido escucho en mi propia casa esos jadeos….. vamos los celos me bloquean y no me paro
    a pensar sino que entro en acción y despues me alegraria de ver que no es mi marido sino otras personas que a mí me da igual con quien se acueste.

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  3. Un poco paradito sí que es este Carlos, así que, como decían antes en un comentario, ya sabemos lo que busca Marga, pero necesitamos saber algo de lo que busca Javier en esta relación.

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