LOS AMANTES: CAP 23: LA PAREJA PERFECTA

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La climatología era tan calurosa como húmeda, y Javier no conseguía quitársela de la cabeza… Ni de la piel.  Cada día que pasaba sin ella dolía de una manera inhumana, casi animal, y como tal, sabía donde estaba el origen del dolor, pero era incapaz de encontrar la panacea que lo aliviara. Y por más que buscaba a su alrededor, como el león en la sabana, solo encontraba ariscas hierbas donde retozar, donde restregar su piel dolorida, mitigando el dolor, sí, pero sólo por unos instantes. Y es que sus nuevos dolores no eran solo físicos, eran también espirituales, y es que cuerpo y alma se habían unido por fin, y ahora era muy difícil separarlos.
Todo el día pensaba en ella, allá donde estuviera, y siempre sentía la necesidad de saber de ella, de contactar por el teléfono, y de oír que ella seguía deseándole… En el fondo, Javier sentía miedo a los reproches. La conocía, y sabía que estos, tarde o temprano, aparecerían y acabarían con su relación. Mientras tanto tenía que aprovechar, vivir cada instante a su lado, disfrutar de una piel que refrescaba y rejuvenecía la suya, y jugar con esa mujer que le había devuelto las ganas de vivir, de amar, e incluso de trabajar. Para Javier el trabajo volvía a ser algo necesario, importante, y podía pasar las horas encerrado en su despacho como hacía cuando empezó con todas aquellas ilusiones que, poco a poco, se fueron desvaneciendo… ¡Como todo! Hacía casi una semana que no había vuelto a hacer el amor con ella, pero para eso estaba el teléfono. Era a través de él donde su amor seguía vivo, por donde se contaban cosas que solo ellos podían imaginar, y donde se sentían vivos y coléricos. Se veían menos de lo que deseaban, mucho menos, pero cada encuentro con ella era como ese viejo autobús de paso… ese que, en cada parada, bajaba una nueva insatisfacción. Su olor se había pegado a su cuerpo de tal manera que  hasta creía que Esther podría olerlo solo con acercarse a él. Ni bajo el agua era capaz de deshacerse de él. Por las noches, entre sus sábanas, olía tanto a ella que casi ni podía dormir… Era por las tardes, cuando se sentaba frente a su ordenador, cuando la imagen desnuda de su amante aparecía ante él, dibujándose hermosa y sensual como ella era, e invitándole a desearla, haciendo imposible cualquier otro ejercicio de concentración alejado de ella. La deseaba a cada instante. Cada minuto de su nueva vida pertenecía ya a ella, y era todo su cuerpo el que pensaba en ella hasta el punto de la obsesión. Para olvidarse de ella y de su obsesiva imagen contorneándose frente a él, y que le empezaba a impedir incluso mantener la relación con su esposa, decidió marcharse todo el día a la playa junto a Esther. A solas… como hacían en sus tiempos de noviazgo y como hicieron un poco antes de que todo empezara. A pesar de que Carlos y Marga les llamaron la noche anterior para compartir el domingo, ellos prefirieron dedicarse un día a ellos, sin nadie más. A Javier le hubiera apetecido volver a ver a Marga – ¿cómo no? – pero sabía que tenía que evitarla. Y no solo por Esther, ni por la propia  Marga… sino por él mismo. El juego ya no era tal, y empezaba a asustare por los nuevos sentimientos que afloraban. Sabía que necesitaba un respiro, un descanso para aclarar unas incertidumbres tan oscuras como peligrosas. Tenía que alejarse de ella para respirar de nuevo, para buscar una nueva atmósfera que le devolviera una vida que quería recuperar. Su vida estaba adentrándose en una novela ficticia pero que empezaba a correr el riesgo de acercarse a la realidad, y él quería, y necesitaba, seguir inmerso en esa novela, pero desde fuera, leyéndola o escribiéndola, y no siendo uno de sus personajes. A pesar de que su matrimonio seguía yendo más que bien, la figura de Marga se estaba interponiendo inevitablemente entre ellos. Todos sus deseos, sus anhelos, y sus fantasías viajaban a través de la nada de la noche, y de los ruidos del día, hasta encontrarse con ella. Siempre que pensaba en ella esos pensamientos volvían a él, pero cargados de besos, de ternura, de sexo… Y a ella, por suerte o por desgracia, le pasaba igual. Ninguno era ya nada sin el otro, a pesar de todo lo que les separaba y unía a la vez, y ambos tenían que ponerse metas para conseguir sobrevivir a una relación que empezaba a surcar los huracanados mares del peligro. Por eso ese día sería para Esther, sólo para ella. El trayecto fue fresco y ameno, como siempre, cargado de música, de refrescos y de cigarros. Esther no paraba de poner música en el compact, cambiando las canciones sin que llegaran a terminar, repitiendo estribillos o solos de guitarra. A pesar de ponerle nervioso esa forma de escuchar música ya estaba acostumbrado. Eran ya muchos años compartiendo viajes con ella. Primero puso un nuevo  tema de Oasis – sus favoritos. Era un tema cañero, guitarrero, muy  potente. Después algo de U2, algo de sus adorados Pearl Jam – su prototipo de hombre siempre había sido Eddie Vedder –  de Arctic Monkeys, de White Stripes y su último descubrimiento, recién traído de Ámsterdam: The Strokes. No daba tiempo a disfrutar de ninguno, pero por lo menos le servía para conocer nuevos temas y nuevos grupos.  Él era más clásico que ella… y mucho menos valiente a la hora de comprar. Solía ir sobre seguro. Por suerte a ambos les unía el amor por el sonido de las seis cuerdas. A ella le gustaban los sonidos distorsionados. A él los sonidos limpios del Blues. Para terminar,  su canción favorita de Cero Noventa y Uno. “Faltan soñadores, no intérpretes de sueños… artistas del alambre, música de afilador…a ti te mandan flores, y son de invernadero… a mí cartas de amor escritas en ordenador” – cantaron los dos mientras movían sus cabezas arriba y abajo, y reían. Como solía suceder a ninguno le costó trabajo olvidar para volver a ser ellos solos, sin nadie más. Ambos olvidaron esos satélites que revoloteaban a su alrededor y volvieron a su planeta amor. A ella le resultó más fácil. Su nuevo amante no era mas que un crío en prácticas que la hacía ver las estrellas en la cama, pero que, fuera de la cama, tenía la mentalidad de un niño de quince… poco más. En el último viaje a Amsterdam estuvieron toda la noche haciendo el amor, pero en el vuelo de vuelta su conversación fue terrorífica. Si no llega a ser porque era tremendamente guapo y musculoso ya le habría alejado, incluso despedido. Si hasta la invitó a acudir a una fiesta universitaria… ¡Se sintió fatal!. En cambio a él le resultaba algo más difícil alejar a Marga de su entorno sensorial, apartar su olor, su boca, su cuerpo, su todo… En el trayecto hasta la playa volvió su complicidad de siempre, y Marga, por primera vez en lo que iba de día, desapareció de su alrededor. Con el paso del tiempo, no tenerla para sí cuando más la deseaba, se convirtió en un gran dolor que, a la vez, hacía de anestesia. Cada añoranza, cada recuerdo, cada deseo, era como un golpe en su cuerpo ante el que ya ni se inmutaba. A pesar de pensar en Marga constantemente, Esther conseguía hacerse valer, siendo capaz de hacerla olvidar, aunque solo fuera por unos momentos. Esther era un volcán en riesgo de erupción constante, y eso la hacía divertida a más no poder. Con ella era difícil aburrirse, y además siempre conseguía regalarle nuevos juegos sexuales que solo ella era capaz de hacer. Y es que, en realidad, eran una pareja bastante singular, nada convencional, y por eso no se libraron de las críticas… Tampoco de alabanzas.

Los había que hablaban de ellos, y no siempre bien. Por entre su entorno – incluidos Carlos y Marga – se comentaba que no sería extraño que hasta  hubieran podido llegar a perdonar una infidelidad. Nadie sabía nada, pero todos sospechaban de su liberalidad, de tanto viaje continuo, y de tantas ausencias… Lo que sí estaba claro – y así lo pensaba todo el mundo – era que los dos se querían por encima de todo. Al menos hasta entonces. Evidentemente los dos sospecharon en más de una ocasión que pudiera haber una tercera persona, pero siempre prefirieron dejarlo estar.
¿Para qué empezar conversaciones que solo podrían llevar a un camino sin salida?. Siempre se habían llevado muy bien. Siempre habían estado muy compenetrados, y ambos se hacían reír mutuamente. Podría decirse que el sentido del humor era uno de los pilares fundamentales de su relación. Para Javier no había nadie más ocurrente y gracioso que Esther, y a pesar de haberse visto inmerso en algún que otro lío por culpa de sus bromas, siempre sabía salir airosa. Además Esther era una gran consejera, una persona coherente con sus ideas, y una leal amiga y compañera. Su fuerte person
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7 pensamientos en “LOS AMANTES: CAP 23: LA PAREJA PERFECTA

  1. Son la pareja perfecta sin embargo los dos necesitan levantar los pies del suelo y salir a volar con otras sensaciones,me gusta cuando Javier se siente tan extraño que ya no quiere ser el protagonista de la novela prefiere ser el lector. Que verdad que es cuando en la vida hay momentos que decimos “yo no quiero se el protagonista”. Es tan facil sentirse unido a dos personas que Javier ya no sabe a quien elegir pues de las dos ve sus cosas buenas. Lo malo que en estos casos siempre al final hay que elegir y quedarse solamente con una de las dos. Pero lo peor siempre viene despues cuando a una de las dos la pieredes para siempre y ahí viene el sufrimiento y el dolor.

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  2. estos dos tienen miy claro lo que quieren pero lo tiene igual de claro Marga? hay veces que pienso que si pero al final se enamorara de Javier. es normal yo tambien me estoy enamorando de el

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  3. estoy con maria jose. Vaya dos, pero mola tener una relacion asi porque los dos parecen felices y si no se descubren en sus infidelidades es porque a ni nguno de los dos le interesa. Esas cosas se notan

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