LOS AMANTES: CAP 25: LA COCINA

Sin títuloMarga estaba en casa, sentada en su sofá, oyendo su música favorita, que en esa época eran The Strokes, y leyendo de ese libro del que tanto le habían hablado. El libro estaba bien, pero ese Grey nada tenía que ver con su Javier particular… ¡Ese Grey era la bomba! Pero su Javier le daba cosas que no podría encontrar jamás escritas en un libro.
Leyendo no podía evitar sonreír, incluso ponerse nerviosa, ya que al leer ciertos párrafos de la famosa novela de la que todo el mundo hablaba sentía envidia de no ser soltera y joven, como los personajes escritos. De todos modos, la suya, su historia, era mejor, y, además, conocía a los protagonistas y podía creerlos.
Estaba absorta en la lectura cuando se abrió la puerta de casa y notó algo extraño. Carlos hablaba con alguien. La voz de Esther le hizo levantarse del sillón y correr por el pasillo antes de que pudieran verla vestida tan solo con ese pequeño camisón que apenas si cubría parte de una ropa interior que, por otra parte, no llevaba puesta ese día. Los gritos de Carlos, llamándola desde el pasillo, la pusieron más nerviosa, llegando incluso a caerse al suelo mientras se ponía el vestido que había llevado puesto todo el día en el trabajo. Estaba en el suelo tirada, con el vestido sin abrochar cuando la puerta de la habitación se abrió y tras ella apareció su amiga Esther, sonriéndole y preguntándole qué hacía tirada en el suelo. Las dos amigas se abrazaron. Hacía mucho que no se veían, y las dos parecían alegrarse de hacerlo al fin. Marga estaba nerviosa, y mientras terminaba de abrocharse el vestido le preguntó a Esther que qué hacía allí. El abrazo de Marga fue menos fuerte, como más miedoso, o, quizás, cargado de miedo o de desencanto.
– Cariño – le dijo cogiéndola por la cintura y saliendo de la habitación – hacía mucho que no te veía y me apetecía. Hemos traído vino del que te gusta. Un Pago de Carraovejas
– ¿y eso? – preguntó emocionada, intentando oír la voz de Javier – ¿viene Javier contigo?
– pues claro mujer… Venga, tomemos un vinito y brindemos por nosotras.
En la cocina estaba Javier, junto a Carlos. Le sonrió con esa sonrisa pícara de niño travieso, resoplando su largo flequillo y haciendo que su pelo cayera sobre su oreja. Le encantaba cuando hacía eso mientras hacían el amor. Javier estaba guapísimo, y Marga se puso tan nerviosa que no se atrevió siquiera a darle dos besos, intentando evitarlo. Iba vestido con un pantalón vaquero apretado, de color oscuro, y que hacía que Marga pudiera estar viéndolo desnudo. Llevaba también una camiseta azul con un extraño dibujo en el pecho, con el cuello descubierto – le encantaba su cuello – y unas zapatillas deportivas. Su piel morena le hacía más guapo de lo que ya era, y su pelo despeinado y siempre más largo que corto le daba un toque más juvenil. Eso le encantaba de él… Parecía más joven de lo que realmente era… Mucho más.
-¡Qué bueno está este vino! – dijo Marga, saboreando del aroma de bosque y roble, admirando ese rojo púrpura a través del cristal y llenando su boca de un sabor untuoso y golosamente dulce – ¿sabéis a quién me recuerda?
– sí – dijeron todos con sorna – a tu abogado Carlos Valverde
– ¿tú no tendrás nada con él? – preguntó Carlos, sonriendo
– pues bien guapo que es – dijo Esther – si no lo quieres, me lo pasas a mí.Mientras tomaban el vino y Carlos sacaba aperitivos Javier no dejaba de mirarla. Al principio le incomodaba, incluso le molestaba, y es qeu la mirada de ese hombre era tan fuerte y tan animal que pensaba que todos los allí presentes podían darse cuenta de lo que realmente estaba pasando e intentaban ocultar.  Poco a poco se fue relajando, y llegó un momento en que se imaginaba a ese hombre entre sus piernas, los dos completamente desnudos, haciendo el amor sobre ese suelo frío que tanto le gustaba.
Javier se abrió una botella de Alhambra 1925. Él no era de vinos y le encantaba esa cerveza, y verlo beber de la botella era un espectáculo impresionante para la pobre Marga, que deseaba ser botella y estar entre sus manos. ¡Cómo lo deseaba! Marga observaba a Javier bebiendo de esa Alhambra 1925, de cuello largo y verde. Él no lo sabía, pero resultaba terriblemente sexy cuando bebía de esa manera tan suya, cogiendo la botella con esos dos dedos fuertes, y chupando de la boca de la botella mojando sus labios. Marga volvía a desearle, volvía a querer perder sus dedos por su pelo ondulado, por ese flequillo que caía a drede, pero sin peinar ni cuidar,  y enredarlo hasta atrás, para tirar de él mientras bebía cerveza de su boca.  Por suerte, la canción que sonaba en el salón le hizo despertar de ese sueño despierto, aunque en ese momento pensó en la canción y en lo que decía…
”paramos la vida con nuestras manos la vida cantaba esta canción.  Una noche de amor desesperada, una noche de amor que se alejó.  Sigo caminando no te veo más brillan tus encantos en mi soledad”
No podían dejar de mirarse, y de hablarse con los ojos, incluso con los labios… Su forma de coger las botellas, la copa de vino, o hasta la manera de mecer su cabello era un idioma que ellos mismos estaban improvisando y del que sus cónyuges ni se estaban enterado, inmersos, como siempre, en sus discusiones políticas tan aburridas.
A través de esa camiseta ajustada Marga podía recordar su fuerte pecho, cubierto de vello, la cicatriz que corría por debajo de su pecho izquierdo y que tanto le gustaba acariciar con la yema de sus dedos, y esos abdominales no marcados pero duros, con esas dos señales clavadas donde empezaban sus caderas… Verle beber era muy excitante. Sus labios se mojaban, y se juntaban, dejando escapar pequeños restos de cerveza que rápidamente recogía con su lengua, como si fuera una serpiente. Era tan guapo que le asustaba.
Su pelo, más largo que corto, siempre cuidadosamente despeinado y con su flequillo ondulado hacia el lado derecho le hacían parecer más joven, y también más juguetón. Su nariz era fuerte, no grande, fina, con dos grandes agujeros que apenas se veían si no los mirabas desde abajo, como era su caso cuando estaban en posición horizontal, que últimamente era muy a menudo.
Su frente era recta, sin arrugas, sin granos, solo con un brillo extraño que terminaba justo cuando empezaban sus dos pobladas cejas, de pelo casi rizado, que a pesar de su considerable tamaño nunca se llevaban a juntar. Entrecerrando los ojos, y sonriendo, Marga midió su distancia comprobando que entre ellas podría caber perfectamente uno de sus dedos. Bajo las cejas dos ojos grandes, de color… ¿de qué color eran? Eran marrones claros, pero con la luz de la cocina parecían de color verde aceituna. Uno de ellos era más oscuro que el otro, lo que hacía parecer que casi parecieran de colores distintos. Sus pómulos se destacaban claramente y sus mejillas eran cortas y rectas, con maxilares prominentes, una boca jugosa, de labios coquetos y siempre mojados que parecían más de una mujer. Bajo ella un mentón recto y duro, con excepción de la punta, donde aparecía un pequeño hoyuelo.
Sentados en la mesa redonda bebieron y comieron jamón, quesos y ese paté tan rico que traía Esther siempre que viajaba a París.
Mientras seguían charlando y bebiendo javier jugaba con su móvil. Después Marga, sabiendo que le había enviado algo a ella, fue hasta su dormitorio, sacó el suyo del bolso y disfrutó de la foto que acababa de recibir:
wpid-IMG-20130122-WA0026.jpgJAVIER
última vez, hoy a las 21:04
imagen recibida
“si te acercas un poquito más arderemos y quemaremos toda tu casa”
La foto eran dos cerillas ardiendo, juntas, como si estuvieran abrazadas, y a Marga le encantó.
Marga volvió con el móvil a la cocina. Javier terminaba su cerveza y Carlos y Esther seguían con su discusión. Javier se levantó a por otra cerveza y entonces Marga disfrutó del espectáculo de su trasero dibujado en ese vaquero apretado y roto. Y no era solo su culo, sino esas piernas delgadas pero fuertes que tanto le gustaba acariciar también. Mirándolo mientras se agachaba para coger la botella le imaginó desnudo otra vez, y se imaginó acariciando su cuerpo.
-Marga, contrólate – se decía a sí misma, intentando evitarle con la mirada, y devolviendo la mirada a su marido y a Esther, que seguían con su eterno debate de siempre.
Cuando Javier volvió de la nevera se sentó a su lado. Cogió su silla-taburete y lo corrió hacia su lado, haciendo ruido en el suelo mientras la miraba y le guiñaba uno de sus ojos. Ella se asustó, pero él parecía muy tranquilo.
Carlos y Esther seguían discutiendo, cada vez más acalorados, y ellos les miraban. Tenerle tan cerca le hizo sentir mejor porque, al menos, así no podía mirarle directamente como antes. Lo que Marga no esperaba era que la mano de Javier viajara por debajo de la mesa y se posara directamente sobre sus rodillas.
Marga se asustó, pero sentir la mano en esa situación hizo que la excitación se hiciera dueña de la situación. Su vestido era fino, abotonado por delante, y en esa postura no cubría mas que una pequeña parte de sus muslos. Los dos miraron nerviosos a sus parejas… En realidad la nerviosa era ella. Él parecía muy tranquilo. Quizás demasiado.
Sentir sus dedos bajo la mesa, sobre sus rodillas fue algo indescriptible. Si por ella fuera se habría quitado el vestido allí mismo, habría desalojado la mesa, y harían el amor allí mismo. No sabía qué le estaba pasando pero, por un momento, hasta la idea de ser descubiertos dejó de ser algo que motivara el miedo.
Mientras tanto, Javier bebía con una mano y con la otra acariciaba ya sus muslos, acercándose peligrosamente a la tela de su ropa interior. Sus dedos seguían avanzando, lenta pero fuertemente, y ella quería decirle que se detuviera, pero no quería hacerlo… Sí, Marga era un mar de líos en ese momento y ni ella misma sabía lo que quería.
Javier seguía avanzando. Sus dedos subían lentamente… Tanto que ni ella misma era capaz de percibir su movimiento, pero su uña ya estaba intentando penetrar en el elástico apretado de la braga. Quiso gritarle, decirle que se detuviera, pero no pudo hacerlo. Su mano ya estaba allí, sobre la tela húmeda, y acarició lentamente, jugando con el bulto que formaba su vello.
Eso no era una mano – pensó Marga – casi jadeante, incapacitada para negarle la entrada.
El botón primero de su escote también se abrió – ya era inoportuno – y Javier pudo observar esos senos que tanto le gustaban mientras su mano seguía jugando como si fuera un niño en la puerta de un colegio en horas de clase.
La sensación era tan placentera que Marga sabía que el fin estaba cerca. Uno de los dedos de ese animal sexual estaba ya en su cuerpo, convirtiendo todo en un mar bravío, de amplias olas arrastradoras, asustando a las tranquilas gaviotas que no tardaron en levantar el vuelo.
Ella misma, con sus manos cruzadas, consiguió acariciar sus senos con sus hombros, y esa cocina se convirtió en playa, y esa mesa en barca pequeña donde los dos marineros a la deriva se alejaron de la vida, mientras los dedos de su amante hacían que, en medio de la noche, aparecieran bengalas rojas y gigantes iluminando el cielo y el mar donde yacían.
 Sentir sus manos en su cuerpo, mientras los otros dos discutían, hizo que todo le pareciera tan irreal como absurdo. De pronto llegó a ella la imagen de su amiga o su marido descubriéndoles, y cerró sus piernas y se levantó violentamente, dejando caer la silla-taburete sobre el suelo
-¿Qué te pasa? – preguntó Esther, mirándola extrañada
– nada – dijo ella corriendo por la cocina – que me meo
– esta tía no cambia – rió Esther – ¿te acuerdas cuando se meó en aquella fiesta del instituto?
 
Marga corrió al baño. Allí, frente al espejo, acarició su cuerpo una vez más mientras miraba sus ojos delatadores. Sonrió, e imaginó a Javier junto a ella, detrás de ella, mirándola, sonriendo, y devolviendo sus manos a su escote…
Javier aprovechó la ocasión para escribir un nuevo whasap a Marga, que sabía que le encantaba recibirlos después:
 
Marga
Última vez, hoy a las 21:04
 
“muchos, al mirarte, tan solo ven una hermosa mujer que sonríe mientras baila (porque tú no andas. Tú bailas) Son muy pocos – quizás uno tan solo – los que ven que en realidad no estás sonriendo sino dejando escapar besos de agua, de esos que siempre se sueñan y que nunca se reciben”
 
 
enviar
 
El sonido del teléfono de Marga, aún sobre la mesa, hizo que el miedo se hiciera cuchillo. Marga no se había llevado consigo el teléfono y Javier no se había percatado.
-¿Quién será a estas horas? – preguntó Carlos, alargando la mano por la mesa y cogiendo el Galaxy III que su esposa se había dejado allí.
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Autor: josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

15 comentarios en “LOS AMANTES: CAP 25: LA COCINA”

  1. ESTO YA ES MUY FUERTE. ESTOY QUE ME SUBO POR LAS PAREDES. LOS VAN A PILLAR PERO QUE DISFRUTEN. HE VUELTO A SENTIRME DENTRO DE ESA COCINA. ME TIENES ENGANCHADA

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  2. diossssssssss!!!!! que va a pasar ahora????? ya se……..no los pillan porque Marga tiene una clave personal en el teléfono…. verdad?? verdad??? eh???? verdad????

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  3. me gustaría decir una cosa a este Javier y a esta Marga. Tarde o temprano os pillarán y todo será un desastre. EStá bien disfrutar del sexo, de la pasión, y de todo lo que haga falta, pero con cabeza. Hay que saber parar

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  4. Fantastico como de costumbre. Leer un capitulo te incita a leer otro y otro y para colmo tienes el don de dejarnos la miel en los labios. Lastima de no tener más tiempo para seguir este romance a ver cuando me puedo volver a escapar por aquí. La verdad que una situación muy embarazosa la de tener que abrazar a tu amiga sabiendo todo lo que haces con el marido de ella. Y que morbo con ese jueguecito de toqueteos delante de sus parejas más que morbo PELIGRO no debes de dar por hecho que no van a darse cuenta los otros. Pues quien no mira a su pareja o le sonrie o le pide opinión o mil cosas ¿mientras mantiene una charla emocionante con otra persona?. Y la confianza y el desafio también tiene su punto débil. Y el descuido de olvidar el movil sabiendo que Javier siempre le manda mensajes ha sido un ERROR grande. Josa vuelvo a decir un buenisimo capitulo donde siempre nos mantienes con el ¡hay que los van a pillar!.

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