LOS AMANTES: CAP 28: MI ANIVERSARIO (segunda parte de LA CASA RURAL)

wpid-2012-11-14-21.59.12_Amber_Kryptonite.jpgElla sabía mejor que nadie que eso que estaban haciendo estaba mal… muy mal. Tanto placer y dolor tenía que ser el salvoconducto para la entrada directa a ese infierno que ella temía desde que leyó a Dante en el verano de segundo de carrera.
En esa casa estaban celebrando su próximo décimo aniversario de bodas, y hasta allí habían acudido en compañía de algunos amigos. Ella, que siempre había sido muy despistada para las fechas – había llegado a olvidar hasta su propio cumpleaños – no sabía nada.
Habían ocupado tres casas, unidas en una misma finca, con dos habitaciones cada una.
En una de ellas, la más grande, dormían las compañeras de oficina de Marga con sus maridos. En total eran seis personas. Sin niños. En la otra unos amigos de Carlos y un primo de este con su esposo. Otros seis. La más lujosa y pequeña era para ellos y para sus grandes amigos, Esther y Javier. 
Durante todo el día, después del largo y sensual viaje, se habían esquivado todo y cuanto pudieron. Frente a frente, claro. A escondidas, siempre a través de las rendijas de la persiana bajada de la ventana del baño, ambos se habían espiado en algún momento del día. Y el otro siempre lo supo… al menos lo presintió. Marga seguía ajena a todo. A todos les parecía increíble que no se diera cuenta de nada, pero así era ella. Era esa misma noche cuando todos le prepararían la fiesta sorpresa, y ella seguía sin sospechar nada.
A media mañana encendieron la barbacoa y empezaron a comer y a beber cervezas congeladas. La amplia terraza situada entre las tres casas invitaba a tomar el sol. Y así lo hicieron ellas.
Ellos, mientras tanto, daban cuenta de las cervezas, charlando de fútbol, de trabajo, y mirando de reojo a esas mujeres tan bellas, medio desnudas. De todas, sin duda alguna, la más hermosa era Marga. Por eso sufría Javier. Tenía que luchar lo indecible para no mirarla descaradamente e intentar ocultar un deseo más que visible. Ella, escondida entre una nube de gente que, en el centro de la amplísima terraza, se apiñaban en torno a la comida, huía constantemente de él y de todo lo que ya representaba para ella. Y huía del deseo que aceleraba y desaceleraba el paso de su corazón, pero no podía vencerle. Tampoco parecía querer hacerlo porque ya había entrado en ese peligroso juego que tan bien la hacía sentir, y que tanto la excitaba. Lo peor de todo era, como siempre, él mismo.
Él, tan inalcanzable para ella, iba sorteando hábilmente los molestos invitados que, extrañamente, estaban muy preocupados por ella. Allí había algo extraño, pero ella no conseguía descifrar qué era. Su miedo le hizo pensar si no estarían sospechando todos algo… ¡No podía ser!.
Él, como siempre hacía, les regalaba a todos un sonrisa dulce y educada… esa sonrisa que le pertenecía… esa sonrisa que había robado a su amiga del alma.
Ya era por la tarde, y el sol empezaba a perder parte de su fuerza. Todos se miraban nerviosos, y eso la ponía muy nerviosa. De repente sintió que su secreto ya no era tal.
No era solo Carlos el que actuaba de forma extraña y distante. También Esther, su íntima amiga, y la mayoría de todos los que allí estaban. Tenían que preparar la sorpresa para Marga… y tenían que alejarla de allí. Carlos y Esther pidieron a Javier que fuera a comprar tabaco al pueblo. Aún no había montado en el coche cuando Esther le pidió a Marga que le acompañara. Marga, un tanto asustada, se negó.
– Venga mujer – le dijo su amiga – acompáñale, que este es capaz de perderse
– ¿y por qué tengo que ir yo? – preguntó visiblemente sonrojada mientras Javier la miraba receloso desde el coche
– porque lo digo yo, tonta – le decía Esther, arrastrándola literalmente hasta el coche.
En silencio hicieron los seis kilómetros que les separaban del pueblo. Ninguno dijo nada, pero las feromonas hablaban por ellos. Javier bajó del coche. Ella no quiso hacerlo, y prefirió observarle mientras entraba en ese viejo bar de carretera. Ese día estaba más guapo que nunca – pensó mirándole el trasero a través de ese vaquero pegado y esa camisa de cuadros, sacada por fuera. Cuando volvió al coche, cargado de paquetes de tabaco, volvieron a guardar silencio.
Era curioso pero a pesar de que ya se habían encontrado dos veces a solas, haciendo cosas que nadie más les había hecho, contándose cosas que jamás imaginaron poder decir, aún seguían con miedo, y sin saber qué decir. La tensión era el tercer ocupante del vehículo. Por suerte el teléfono de Javier rompió el tenso silencio.
– Tienes que esperar más. No vuelvas aún que esto no está preparado – le dijo Esther
– ¿y qué hago? – preguntó nervioso
– no sé… llévatela a dar un paseo por ahí.
Javier, tembloroso como nunca, detuvo el coche en un lado del polvoriento camino.
– ¿Por qué paras? – preguntó ella más nerviosa y asustada aún que él– estarán esperándonos
– tranquila. No va a pasar nada. Tengo que entretenerte
– ¿cómo? – preguntó contrariada
– que tengo órdenes de entretenerte un ratito
– ya… y te lo han dicho Carlos y Esther ¿no?
– efectivamente – dijo encendiendo un cigarro – quieren darte una sorpresa
– ¿una sorpresa?… ¿a mí?
– sí… ¿no te suena nada esta fecha?
– pues no
– ¿no es tu aniversario?
– pues no. Es el 21 – dijo muy seria
– bueno, pues te están preparando una fiesta sorpresa por tu aniversario y tu cumpleaños
– ¡joder! – gritó histérica, pero algo más tranquila – con razón han venido todos…
– no es la primera vez que se te olvida ¿no?
– no, la verdad es que no. Siempre fui muy mala para estas cosas. Y no le he comprado nada a Carlos. Me siento fatal…
– tranquila. Esther te ha comprado el regalo. Ya sabes que está en todo…
– sí – dijo más tranquila
– Quiero besarte
– ¿qué? – preguntó sonriendo nerviosa – ¿qué has dicho?
– que me muero por besarte – le dijo muy serio, volviéndose hacia ella y perdiendo todo el miedo
– estás loco. Nos pueden ver
– ¿quién? Están todos en la casa preparando la fiesta. Aquí solo estamos tú y yo, y, por cierto, estás preciosa – le dijo pasando su mano por su rodilla desnuda
– Javier, por favor… no empieces – dijo temblorosa, incapaz de ocultar su excitación
– ¿que no empiece… qué? Tú me deseas tanto como yo
– o más – dijo ella sin ser consciente de estar diciéndolo en voz alta
– deja que te bese, por favor – dijo acercando su cara peligrosamente. Ella le miraba muy seria. Quería apartarse, alejarse de allí, pero ese hombre ya había echado sus redes
– Javier, por favor… hoy no… aquí no…
– aquí sí. Tú me perteneces. Ya lo sabes – le dijo posando los labios en su cuello mientras su mano pellizcaba ya sus muslos – y yo te pertenezco a ti. Para siempre
– Javier… – fue lo último que dijo antes de verse, casi desnuda, con él en su interior, y presa de un nuevo placer aún más intenso que el recibido la última vez que estuvo con él.
El sonido del teléfono hizo que Marga se sobresaltara. Increíblemente estaban en el asiento de atrás, besándose, tocándose, y no recordaba el momento de haber llegado hasta allí.
Javier cogió el teléfono, jadeando.
– Ya vamos cariño – dijo mientras Marga salía del coche, se adecentaba la ropa, y lloraba.
– Vámonos – dijo subiéndose en el asiento del copiloto
– Marga…
– vámonos, por favor – dijo llorando – estoy empezando a volverme loca. Tenemos que acabar con todo esto…
El coche siguió avanzando. Javier encendió un nuevo cigarro. Ella se lo quitó de los labios y fumó como si fuera el último cigarro de su vida. Miraba al cielo azul. Miraba el monte y vio la casa a lo lejos. Volvió a llorar.
Llegaron a la casa y Esther les recibió antes de abrir la verja. Abriendo la puerta le dijo a Marga que no se asustara. Le puso una venda en los ojos.
– ¿Qué haces loca? – preguntó Marga, aún temblorosa y compungida
– déjate llevar, querida – le dijo Esther, cerrando la puerta.
El coche siguió avanzando lentamente. Volvían a estar a solas, y, sin saber porqué, sintió un miedo terrorífico. A oscuras se puso más nerviosa aún. Escuchaba cuchicheos que penetraban a través de la ventanilla abierta. El equipo de música sonaba. La canción aún no había empezado, pero podía oír el zumbido de los altavoces a la espera de la canción.
Una mano se posó en su rodilla desnuda. Era la suya, la de Javier. La apartó rápidamente mientras escuchaba un seco “tranquilízate”.
Al abrirse la puerta le hicieron bajar del coche. Todo estaba a oscuras, aunque a través del pañuelo penetrara el destello del sol.
De pronto sonó una canción muy conocida. La emoción se mezcló con el temor y la culpa.
“Eye in the Sky” de Alan Parsons, la canción del día de su boda… y de su vida.
Unas manos nerviosas le quitaron el pañuelo con una delicadeza tan reconocida que se sintió mejor.
Entre ella y el brillante sol una sombra. Era la cara de Carlos que le sonreía emocionado
– Feliz aniversario, querida – le dijo besándole los labios suavemente
– ¡Feliz aniversario! – gritaron todos.
Ella lloró. Para todos fue algo normal. Ella era muy emotiva. Nadie sabía el verdadero motivo, por suerte.
De pronto sintió que se ahogaba. El sol golpeó con fuerza su cabeza. Vio a Javier alejarse hacia las bebidas…
– Carlos…
– ¿sí, querida?…
Ante la sorpresa de todos, Marga se desmayó.
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13 comentarios en “LOS AMANTES: CAP 28: MI ANIVERSARIO (segunda parte de LA CASA RURAL)

  1. Maria Jose Castro dijo:

    Dale que te pego y despues a llorar. No creo para nada en los remordimientos de Marga. Pues siempre se siente culpable y se agobia pero que casualidad que siempre le ocurre despues del “disfrute”. Nunca llora por decir ya he conseguido dejar todo esto a un lado. Pero claro como cada vez me ponen más buenorro a Javier y el tio tiene un talante para llevarla al huerto que así la pobre de Marga primero peca y despues se arrepiente.

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  2. elena dijo:

    yo creo que esta historia es tan poco creible como la del Sr. Grey pero reconozco que le das algo de morbo y la haces interesante. De todos modos me aburre todo esto un poco

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