¿CÓMO TE IMAGINAS A MARGA?

2012-10-27 20.08.51Toda mujer guarda parecido con ese primer árbol donde empezó – o terminó – todo.

Un fuerte tronco, manzanas y, por supuesto, la serpiente… La puñetera serpiente que te tienta

MARGA DORMIDA (cuadro)

2012-08-21 00.21.14Javier sabía que Marga siempre dormía desnuda, por eso se acercó hasta la puerta de su habitación, aprovechando que Carlos había salido de la casa y que Esther dormía a pierna suelta. Al verla dormida y desnuda Javier se quedó maravillado del cuerpo de esa Venus. Depués, cerró la puerta con sigilo, cogió el móvil y mandó un whasap.

MARGA, ÚLTIMA VEZ AYER A LAS 02.34

“Marga no sé qué es lo que tienes… Pero lo tienes”

¿tanto?

corazonCuando le dijeron que solo le quedaba un treinta por ciento de su corazón los que lo conocían no lo podían creer.

¿Tanto? – pensaron todos, emocionados – Creíamos que ya lo tendría gastado de tanto usarlo. Si a nosotros nos lo ha ido regalando año tras año…

Uno a uno, todos los que le rodeaban, fueron devolviéndole un trocito de lo que él les había regalado hasta que él consiguió sentirse mejor.

LOS AMANTES: CAP 30 : LA FIESTA

sssaTodos bebían, comían y bailaban en la amplia terraza de la casa rural mucho más tranquilos después del susto. Por suerte, Marga se repuso rápidamente de su pequeño mareo y todos lo habían olvidado. Demasiadas emociones y miedos para alguien como ella en tan poco tiempo… Y, además, con tanta intensidad.
Era ya tarde, entrada la noche, y la fiesta ya empezaba a desvariar. Demasiada cerveza, demasiado vino, demasiadas risas, y demasiadas miradas furtivas…
Ella aún seguía con el miedo recorriendo sus venas, y por eso se escondía por entre la nube de amigos que compartían con ellos un día especial. Entre todos ellos intentaba alejarse de un imposible, intentando no encontrarse con la perversa mirada de Javier. Aun así, ella le buscaba por entre todos, y, ya muy de noche, no tardó en encontrarle.  Javier, al encontrarla tan cerca, sonrió, nervioso, quizás demasiado, e inconscientemente le guiñó un ojo, sin importarle lo más mínimo que todos estuvieran allí. Ella cambió la dirección de su mirada, totalmente aterrada por su sangre fría. Su corazón quería correr tanto que casi no podía ocultarse bajo su pecho. Sentía que se le iba a parar en cualquier momento.
¿Cómo podríamos hacer para contener toda esta pasión sin ser descubiertos? – se preguntaba con el cuerpo aún embriagado por esos besos que se regalaron en el asiento trasero del coche tan solo unas horas antes – ¿y cómo podrían hacer para saciar su sed? La respuesta era tan obvia como imposible. La única solución sería haciendo el amor.
Pero ese no era el momento de pensar. Ese era un día especial en la vida de Carlos, y en el suyo propio, y tenía que seguir siendo así.  Ese día – al menos ese día – tenía que dedicárselo entero a su marido, a ese hombre al que tanto quería, y al que tanto debía. Así, intentando engañar a su propia mente, le buscó entre sus amigos que bebían y reían, se acercó a él y le abrazó buscando sus labios. Tenía que olvidar a Javier, al menos ese día. Intentándolo al menos creyó sentirse mejor consigo misma.
Allí, en esa casa caliente y desestabilizadora, tenía que empezar a poner fronteras, y esa podría ser una importante.  Tenía que hacer ver a Javier que ella siempre querría a Carlos, a pesar de la pasión que él había despertado, a pesar de desearle como nunca más desearía a nadie, incluso a pesar de ella misma y de todo lo que él ya representaba.  Además, lo que sentía era verdad, y no lo fingía. Ella quería mucho a Carlos, quizás más que nunca. Quizás, en esos momentos le quería más precisamente  por ese miedo terrible a perderle, que empezaba a ser más fuerte cada día que pasaba.
Fue ahí, en esa casa rural, donde tenía a los dos frente a ella, cuando comprendió que se puede querer a dos personas… que se puede amar a una, y querer a otra, que se puede desear a una y seguir queriendo a la otra… ¿Cómo no comprenderlo?… ¿pero cómo explicarlo? Y ¿quién lo podría entender si ni ella misma terminaba de llegar a creerlo?
A pesar de ser el día de su aniversario apenas si había cruzado dos palabras con Carlos, unos besos, o unas caricias o abrazos. Y todo por culpa de Javier, de su atracción y de su propio pudor o miedo a hacerle ver que no le amaba. Era algo inevitable… si Javier estaba cerca ella no podía ser igual con Carlos.  Era como traicionarle aún más. Pero ¿a quién?… Quizás a ambos.
Pero si uno de los dos no se merecía su desprecio ese fin de semana ese era, sin duda alguna, el bueno de Carlos. Bailando uno de los temas de su juventud, “Living on a prayer”, Carlos se acercó por detrás, la abrazó con demasiada fuerza – solía pasarle cuando bebía – le besó el cuello limpiándolo de pelo, y le dijo al oído lo mucho que la quería.
– Yo también te quiero – dijo ella, cogiendo su mano que se deslizaba por su vientre, y apretando con fuerza mientras soportaba el peso de la mirada de Javier, en la distancia.
Los labios de Carlos, paseando por su cuello, consiguieron desatar ese nudo que tenía en el estómago. Notó que su cuerpo se convulsionaba, y se apretó contra él.
– Carlos, pillín… ¿qué es lo que te pasa?
– ¿no te lo imaginas? – le dijo apretándose más contra ella,.
Su mente volvió a pelear contra dos sentimientos, que no eran para nada opuestos.  Mientras Carlos la abrazaba, la besaba y jugaba con ella, Marga buscaba a Javier y le intentaba explicar que lo que hacía no era mas que su deber. Así estaba la pobre, perdida entre un mar de marejadas que la llevaban de un lado a otro, viéndose incapaz de controlar la dirección de su pequeño barco de cáscara de nuez.
Casi por instinto le dedicó una mirada lasciva, cargada de pasión, atravesando los cuerpos que les separaban. Y acalló su culpa, y sus reproches. Se miraron fijamente por primera vez, y ambos entendieron el mensaje.
Javier estaba despeinado, como a ella le gustaba. Su pelo no era muy largo, pero siempre aparecía por detrás de su cogote, despeinado, sobresaliendo por sus hombros y con esos rizos extraños y casi imperceptibles. Su flequillo caía sobre su frente, tapando casi sus ojos, y así podía disfrutar de ese gesto tan suyo de resoplar por un lateral de la nariz  haciéndolo subir a su lugar de origen.
A Marga le encantaba verle beber de la botella. Javier metía casi la mayor parte del cuello entre sus labios, perdiendo la botella de forma sensual, mientras el líquido recorría su cuello dibujándose en esa nuez pronunciada que tan sexy le hacía parecer. Javier no era guapo, pero era ese tipo de hombre que a todas las mujeres gusta… Ese amigo confidente con el que, en secreto, siempre has querido acostarte una sola noche y olvidar después.
Marga se dejaba tocar por Carlos, pero miraba siempre a Javier, y en su mirada había tanto juego como intento de disculpa.
– Si a alguien deseo es a ti – le decía en silencio, y él lo entendía, pero lejos de disfrutar de ese juego que a él normalmente le gustaba, en esa ocasión se volvió, encendió un cigarro, y se dirigió a la casa en silencio, dejándola totalmente abatida.
Marga le miró marcharse cabizbajo, con paso cansino, inhalando del cilindro humeante. No entró en la casa. Se sentó en una silla bajo el porche, entre la oscuridad mientras Marga sufría los aplausos de todos y la desidia de su amante. Carlos, mientras tanto, siguió besándola mientras bailaban.  Marga buscaba a Javier, pero no le veía con claridad. Tan solo veía la llamita del cigarro al inhalar. Se sintió tan mal que creyó que volvía a desmayarse… sentía que ya no era la dueña de ella misma, y su cuerpo intentaba dominar su mente. Aunque le costó hacerlo finalmente lo consiguió. Con rapidez, se deshizo de los brazos de su marido, y corrió hacia la casa luchando para no caerse.
Antes de entrar miró hacia la otra casa, agarrada a la cortina. Javier la vigilaba muy de cerca, clavando sus negros ojos en ella. Marga entró, y subió las escaleras huyendo de sí misma, y cuando llegó arriba dejó caer el peso de su espalda sobre la fría pared de piedra. La fría pared heló el sudor que recorría su espalda. Allí se sintió a salvo… por unos segundos. Volvía a estar tan excitada como en el coche. Jamás le había deseado tanto, y deseaba también que fuera hasta ella y la penetrara allí mismo.
Ese hombre la volvía loca, le hacía perder el control de su propio cuerpo y de, y eso era peor aún, su propia cordura. Unos pasos acelerados se oyeron  en la parte inferior. La puerta también se cerró, y con ella los dos cerrojos. Ella se asustó tanto que dejó caer su cuerpo sobre la pared, deslizándose lentamente hasta el suelo.  De nuevo no supo cómo sentirse. No sabía si asustarse si se trataba de Javier, o de dejarse llevar y hacerle el amor allí mismo, junto a esas escaleras de madera.
Los pasos se hicieron más intensos sobre la madera de la escalera. Y apareció ante ella, jadeante.
Ella, en silencio, no supo qué decir. En silencio entró en la habitación. Él la siguió cogido de la mano.
– No cierres, por favor – le dijo mientras él miraba hacia abajo por el hueco de la escalera para ver que nadie les había seguido – puede entrar cualquiera
– No va a venir nadie – dijo él
– pero ¿qué te pasa?
– nada… que te deseo ¿no me deseas tú? He visto ahí abajo que también…
Fijaron sus miradas y, sin decir nada, la aprisionó entre sus brazos. Ella intentó zafarse sin saber porqué.  Su cálida bo