LOS AMANTES: CAP 31: PELIGROS DE LA NOCHE (CUARTA PARTE DE LA CASA RURAL)

Sin título
EN WORD LAS CUATRO PARTES (4/6)……la casa rur
 
Marga se sentía extraña, como un ser superior, casi celestial… Su vida sexual había dado un giro de ciento ochenta grados, y empezaba a pensar si no sería por ella misma, que estaba en mejor estado que nunca y así lo veían los que la rodeaban. Primero fue Javier, que sin duda era quien le había hecho ser así, pero ahora también estaba Carlos, su dormido Carlos, que parecía haber despertado de repente como ella misma. En los últimos meses apenas si habían hecho el amor, ni siquiera recordaba su último beso, o la última vez que le cogió de la mano o le hizo la sillita en la cama… Esa casa rural le había sentado bien, y, tan solo unas horas después de haber hecho el amor a escondidas, como si fueran dos amantes, Carlos volvía al ataque. A Marga, que estaba excitada las veinticuatro horas del día, no parecía molestarle mucho… ¡Todo lo contrario!
Marga intentaba disfrutar del sexo con su marido, y a pesar de que era ameno, tierno y placentero, no tenía ese halo de peligrosidad, y, sobre todo, no sentía ese torrente de saliva alcalina que entraba por su boca y recorría todo su cuerpo hasta llegar a los mismos dedos del pie. Con Carlos era bonito, tierno… Pero con Javier era explosivo.
Carlos no salía de la misma postura, siempre igual. Él encima y ella debajo, apretándole con sus piernas enroscadas. Carlos sabía hacerlo con delicadeza, pensando en ella y en masajearla para ayudarla y hacerla disfrutar, pero no innovaba nunca… Siempre era igual. Aun así le gustaba hacer el amor con él. Le gustaba como la miraba y, sobre todo, los gemidos de placer que soltaba al sentirse dentro de ella.
–  Nos van a oír – susurró entre jadeos, ella también, mirándole entre la oscuridad 
 
– ¿y qué más da?… – dijo Carlos, besándole el cuello – estarán dormidos ya. Además, hacía tanto que deseaba esto…
– ¿tanto dices?… Pero si lo hemos hecho hace nada…Además, estamos haciendo mucho ruido y nos van a oír – dijo Marga, intentando taparle la boca para que dejara de gritar mientras luchaban en un nuevo duelo carnal del que no estaba disfrutando pero que no pensaba negarle a su esposo después de la noche que habían pasado de bailes y alcohol.
– Ha sido maravilloso, querida – le dijo exhausto aún, mientras ella se levantaba rápidamente, poniéndose su pijama, mientras en la radio sonaba esa canción de Herbie Hancok y que tanto le gustaba y que tan sensual le parecía… ¿Cómo se llamaba – se preguntaba una y otra vez – ¿Cape…? ¿Cate…? ¡¡¡Cantaloupe island!!! y saliendo de la habitación con cuidado de no hacer ruido.
– ¡Maldita puerta!.
En el baño se dio una ducha rápida, dejando la puerta semiabierta a la espera de un inesperado que no pasó por allí.  Después secó su cuerpo lentamente, siempre mirando hacia la rendija abierta de la puerta, pero detrás no había más que oscuridad.
Al volver a la habitación Carlos ya estaba dormido. Aún seguía desnudo, y le miró con tristeza. Hacer el amor con él ya no era como antes. Se acostó. El calor de su propio cuerpo le impedía dormir. No hacía ni media hora desde que hizo el amor con su marido y aún seguía con ese extraño cosquilleo por todo el cuerpo.  Sin duda, hacer el amor con Carlos había sido placentero… o mejor dicho, había sido, como siempre, correcto. Mirando la noche a través de la ventana abierta lloró en silencio. Y lloraba porque no se entendía… y eso era motivo más que suficiente para asustarse.
Quería a Carlos – pensaba mientras le miraba dormir – ¿y quién sabía si más que nunca? Pero era otro el cuerpo que quería sentir a su lado. Además, que Javier hubiera desaparecido durante el resto de la noche la intranquilizó hasta el borde de la obsesión.  Sí, se sentía fatal. Se sentía culpable por haber hecho lo que tenía que hacer… por hacer el amor con su marido en el aniversario que recordaba aquel maravilloso día de su maravillosa boda.
El ruido de la puerta de la otra habitación le alertó. Las  puertas rozaban con el suelo, y el ruido era molesto… muy molesto. Levantándose rápidamente de la cama se acercó a la puerta y pegó el oído a la madera. Se sintió ridícula al verse desnuda, oyendo a escondidas, como cuando era adolescente, pero es que era así como se sentia. ¡Y cómo le gustaba!.
Oyó unos pasos descalzos bajar por la escalera. No entraba luz por debajo de la puerta. Quien bajaba lo hacía a oscuras… Seguro que era él. Un estornudo nada natural, sin duda forzado para que ella lo escuchara, le confirmó que era él quien bajaba.
Poniéndose el pijama rápidamente abrió la puerta con cuidado. Por suerte Carlos dormía plácidamente. Envidió su tranquilidad. Ella estaba atacada de los nervios. Se acercó a la puerta de Esther y comprobó que estaba cerrada. Al hacerlo ella misma se sorprendió
-Pero Marga – se hablaba a sí misma mientras intentaba abrir la puerta muy despacio para cerciorarse de que estaba completamente cerrada y que el ruido al abrirla les alertaría – ¿de verdad serías capaz de hacer el amor con él ahí abajo?
Respirando lentamente, y durante varios segundos, reunió fuerzas y comenzó a bajar escalones. Él estaba allí, en silencio, oculto en la oscuridad, esperándola.
– No sé qué hago aquí – dijo nerviosa, bajando el último de los escalones y mirando hacia arriba a través de una oscuridad que cada vez era menos oscura. Él la miró en silencio, esperándola, sin atreverse a acercarse, pero deseándolo con todas sus fuerzas. Era curioso, pero a pesar de no ser la primera vez que estaban a solas, siempre era como la primera. Nunca desaparecía ese miedo.
– No podía dormir – dijo él, muy serio, mientras fumaba y esa luz rojita iluminaba su rostro con cada una de sus sensuales caladas
– yo tampoco – dijo ella, totalmente entregada a él, notando como la piel de todo su cuerpo se iba erizando por momentos.
Ninguno supo qué decir pero aun así parecieron sentirse mejor. Ella inhalaba humo del cigarro que acababa de coger de sus labios, apoyando su culo en la mesa central, situada frente a la chimenea y la escalera de madera. Inhalaba violentamente, una vez tras otra, mientras miraba al techo para evitar encontrarse con su mirada.
Javier miraba por la amplia ventana. Las luces apagadas del exterior le hicieron tranquilizarle algo más.  Aun así prefirió levantarse y correr la cortina. Marga, asomada por la rendija que separaba las dos cortinas miraba al exterior. No tardó más de un minuto en romper a llorar. Ni ella misma sabía porqué lo hacía. Tan solo lo necesitaba.
Envuelto en un extraño frío y un mar de dudas y zozobras, caminó lentamente y se acercó hasta ella. Tan sólo le separaban unos centímetros cuando sintió una extraña y violenta explosión en su interior. Al abrir de nuevo los ojos, observó que la mujer que tenía ante sí no parecía la de siempre. Al mirarle sentía extrañas sensaciones que no podía controlar ni descifrar. Era como si su cuerpo fuera un tío-vivo que giraba y giraba y, a cada vuelta, le mostrara una persona diferente. 
Marga parecía estar metamorfoseándose a ojos de Javier para convertirse en alguien distinto, en alguien a quien parecía no conocer, pero que le atraía violentamente… Cada vez con más fuerza.
Silente, se detuvo en su intento de abrazarle. Y se dio la vuelta para alejarse. No podían hacerlo allí, tan cerca de todos. ¡Era demasiado peligroso! Sabía que si la tocaba no podría detenerse, y, además, estaba ese extraño olor que desprendía su piel. Era una mezcla de su propio aroma mezclado con un suave gel afrutado, y la propia brisa de la noche. Sin duda embriagaba.  Javier encendió un cigarro y se sentó en una silla, de espaldas a ella.
Extrañada y confundida ella le miró una vez más pensando en lo que estaba sucediéndole. No podía creer que el deseo que sentía fuera tan incontenible… Pero su marido y su amiga estaban arriba, dormidos tras esas pesadas puertas que les separaban.
– ¿Y qué? – se dijo mirando su torso desnudo – ambos tenían sueños profundos. Nadie mejor que ella lo sabía. Habían sido muchas noches compartidas en cama con ambos, y despertarles de su profundo sueño no era tarea nada fácil.
Estaba aterrada… tenía más miedo que en su primer encuentro. Incluso más que en el hotel, o en el coche. Pero ese, a escasos metros de los otros, podría ser el definitivo, el que rompiera la poca cordura que ambos conservaban, y no sabía muy bien si merecía la pena arriesgar más ante algo que era imposible. Sí… su amor era imposible. Se querrían siempre, se amarían, se desearían, pero siempre estarían Carlos y Esther, y eso era más que suficiente para acallar sus deseos de estar siempre juntos. No había ido allí para entregarse a sus brazos, al menos eso creía inconscientemente. Si había bajado a su encuentro fue para alejar su angustia, para hacerle saber que se estaba volviendo loca después de conocer a ese Javier que tan hondo había calado en su ser.
En el primero de sus encuentros ambos dijeron que no volvería a pasar. ¡Nunca más!. En el segundo dijeron lo mismo. Y estaba ante el más peligroso. En esos momentos se borraron los encuentros anteriores. Allí  le deseaba más que nunca.
 
La mermada mujer sentía algo extraño en su vientre y en todo su cuerpo. Era como si esa situación estuviera desbordando su sensatez y la llevara más allá de sus propios razonamientos. Mirándole de nuevo, por primera vez fijó su mirada en su varonil cuerpo, en su espalda desnuda, y sintió un río de excitación descontrolada a través de todo su cuerpo.
– ¿Qué te está pasando Marga? – se dijo asustada mientras su cuerpo intentaba convencer a su mente en una lucha desigual. Su mente estaba tan confusa, defraudada y dolida que no encontraba las fuerzas necesarias para vencer al ardor que desprendía todas las glándulas de su cuerpo. Un repentino deseo de abrazarlo se apoderó de su pensamiento. Lo que le asustaba, y de qué forma, era el sentimiento que le proporcionaba el nuevo deseo de abrazarle. Estaba viva de nuevo, sin saberlo, y eso le hizo saber que antes había estado muerta.  Saber que, de nuevo, alguien la amaba como ella quería haberse sentido toda su vida, le hizo olvidar el verdadero motivo de su visita a la casa.  Allí, a un metro escaso de Javier, sintió que su cuerpo temblaba y era recorrido por un cosquilleo extraño, pero no desconocido. Miraba a  Javier intentando vislumbrar una lucecita que le hiciera ver que ese hombre era el esposo de su mejor amiga…
No había lucha posible en su mente. Todo estaba decidido de antemano. Y ella misma lo sabía a pesar de esa desconcertante lucha interna. A pesar de sentirse excitada, por primera vez no se sentía sucia por ello. Lo que le hacía vibrar y emocionarse era sentirse de nuevo amada con una fuerza tan brutal.  En ese instante el marido de su mejor amiga había desaparecido para convertirse en el más romántico y sincero de los conquistadores que había conocido o leído nunca. Hacía mucho tiempo que esa mujer no se sentía amada de esa manera, y las palabras de Javier, aunque le asustaban, también le halagaban y le hacían volverse a sentir mujer… ¡Y cuánto necesitaba ella volver a sentirse así!
Nada tenía que temer acercándose a alguien tan humano. Pero… ¿era a él a quien estaba realmente temiendo en esos momentos?. En ese momento tuvo más miedo de ella misma que del varón que sufría a su lado. Javier, entre una oscuridad que ya no era obstáculo para ella, maldecía en silencio.
Durante unos eternos segundos – segundos que parecieron horas – estuvo luchando contra ella misma. Marga, olvidando todos sus miedos, lo abrazó pidiéndole que se calmara y en el abrazo sintió una fuerza casi sobrehumana que llevaba muchos días añorando.
Javier, al recibir el contacto de sus brazos sobre su cuerpo, lloró más amargamente. Ella intentó tranquilizarle mientras intentaba lo mismo con su extraño cuerpo, al que su mente no podía dominar por primera vez en mucho tiempo. Juntos, y en silencio, estuvieron abrazados un  largo rato.  Javier se excitaba y sufría. Se sentía bien y sabía que, posiblemente, nunca más se sentiría así, mientras que ella se estremecía al notar cada uno de los movimientos de la mano sobre su espalda.  Marga cerró los ojos y recordó, ayudada por su tacto, el cuerpo desnudo de  Javier.
Luchaba contra su pensamiento impuro, pero éste ya no respondía a la sensatez que en esos momentos buscaba y necesitaba. Los dos se sentían excitados y deseosos del otro pero ninguno parecía atreverse a dar el paso definitivo. No podían hacerlo. ¿Cómo iban a hacerlo después de todo y cuanto habían dicho?. Pero sus miradas, dos miradas acarameladas y casi soñolientas, se cruzaron a escasos centímetros de distancia y todo el miedo desapareció de sus cuerpos.
Ambos miraron hacia arriba. Callaron durante un segundo, incluso detuvieron su respiración para comprobar que nadie les expiaba, y dejaron de mirar hacia la escalera. Sus ojos no se separaban más que por unos centímetros y podían comunicarse sin necesidad de mediar palabra alguna. Ambos parecieron saber lo que sucedería a continuación, y aun sabiendo que sería algo peligroso y complicado, no opusieron ninguna resistencia.
– ¿Y si nos vieran? – dijo él, sin ningún convencimiento en sus palabras
– ¿no has cerrado la puerta? – preguntó ella nerviosa y excitada – las puertas hacen ruido al abrirse. Les oiremos ¿no?.
Después de una nueva intensa mirada, sus labios se unieron suave y lentamente. Los dos abrieron los ojos comprobando que no era un sueño, y, confundidos, esperaron una reacción que no llegó y que tampoco deseaban que llegara. Sus ojos volvieron a cerrarse y, abrazándose con más fuerza, abrieron sus bocas permitiendo ser invadidas por el más cálido de los músculos del cuerpo.
El primer beso resultó tan tranquilizador y apacible como la otra veintena que ya habían compartido. Para ella, que creía ser otra persona, fue más bello aún debido al miedo y al rubor que aún sentía.
Sus labios parecían sellados y su órgano muscular paseaba tranquila y libremente por la profundidad de su jugosa y ardiente boca mientras sus cuerpos caían lentamente sobre el suelo.  Javier abrió los ojos observando los de ella, que aún permanecían cerrados. La abrazó sutilmente mientras los brazos de ella aún permanecían suspendidos en el aire.
De nuevo – cómo lo había echado de menos esa misma noche – Marga volvió a sentirse mujer. Cada beso y cada caricia de ese hombre era un nuevo bálsamo de frescura que entraba a través de cada poro de su piel. Era como si la vida volviera a iluminar la flor de un jardín sin agua.  Javier se sentía feliz y asustado, y tal estado le impedía disfrutar plenamente del acontecimiento. El no creer lo que le estaba sucediendo le hacía dudar de lo que realmente sentía en esos momentos.
Un extraño ruido les hizo separarse. Ambos corrieron en ninguna dirección. Por suerte era un ruido del exterior. Sus ojos, aun adormilados y lejos de allí, parecieron alejarla de su propia fantasía y hacerla volver al momento que vivía, reparando en la insensatez que estaba a punto de cometer.
– No Javier, no – dijo intentando apartarse al comprobar quién era la persona que estaba devolviéndole la juventud que creía perdida – esto es una locura
– Marga, ¿por qué no? – dijo aclarando y apartando de su rostro su enmarañado pelo mientras uno de sus dedos ya paseaba bajo la tela del pijama
– Javier, deja que me levante – decía su mente aunque otras partes de su cuerpo lo negaban con rotundidad – esto no está bien. Además, ¿y si se despiertan?
– sabes que no se van a despertar – le decía él mientras besaba suavemente su fino cuello haciéndolo erizar
– no Javier, no sigas así, déjalo ya. Esto no está bien… – fueron sus últimas palabras antes de que Javier, violentamente, volviera a penetrar en tan ardiente y sensual boca.
Su boca parecía un sabroso y fragante trago de vino de reserva, y su saliva tan fresca como el agua de una fuente en verano.  Su tallado y fino cuello resbalaba a sus suaves caricias, y sus turgentes y apetitosos senos le hacían creer estar lo más cerca posible del mismo cielo. Dejándose llevar por sus descontrolados sentidos los dos parecieron disfrutarse como si supieran que, posiblemente, no tendrían otra oportunidad. Con sensualidad aunque también con alguna violencia se despojaron de las ropas que para nada necesitaban.  Su vientre, encorvado y duro, le hizo detener su mirada pensando que algún día querría morir sobre él. Ella, que parecía completamente segura por fin de lo que hacía, se levantó, se quitó la camiseta que le separaba de su cuerpo y le miró con una exquisita ternura.  Javier no sabía qué pensar y prefirió, al igual que ella, permanecer en silencio mientras sus ojos se clavaban en esas sedosas curvas.
Marga, después de recibir el suave y tímido contacto de sus dedos, le besó en los labios y le ayudó a levantar. Cogiéndole de la mano y volviéndose de espaldas lo arrastró hasta el centro del salón, a espaldas de la escalera
– Ven conmigo – le dijo con los ojos enrojecidos y dominados por la pasión despertada – no sé lo que estamos haciendo pero creo que deberíamos terminar lo que hemos empezado. Javier la seguía hipnotizado fijando su mirada en su deliciosa y desnuda espalda que, con sus abundantes lunares, parecía un trozo de cielo estrellado. Después de quitarle toda su ropa le besó en los labios y le empujó haciéndole caer sobre una vieja silla de anea.
Javier, turbado por su desnudez, la miraba emocionado y nervioso. Aun temía un último reproche de Marga, algo que le impidiera continuar con lo que habían empezado y con lo que no podía creer que terminara sucediendo. Marga, observándole en todo momento, se despojó de su pijama, quedando tan solo vestida por la propia oscuridad de la sala. Ella, que no parecía la mujer que siempre había recordado, parecía disfrutar del momento del que tanto había intentado huir anteriormente. Le miraba excitada y segura mientras se contorneaba y exhibía para él.
A pesar de la oscuridad del salón ellos podían ver todo con luminosa claridad. Javier la miraba con un deseo incontrolable, y eso le hacía sentir más viva, más segura… más insensata también. Acercándose a él, sentándose sobre él, le besó de nuevo sintiendo todo el calor de su cuerpo.
– Te deseo tanto – le dijo Javier repetidas veces mientras acariciaba su espalda
– yo también – le contestó embriagada.
Hicieron el amor como nunca antes lo habían hecho. La oscuridad no era tal. Sus ojos se miraban, fijados en un mismo punto, y los olores corporales hicieron el resto.
Javier, separándose de ella, la cogió de la mano y se tumbó en el suelo, sobre una alfombra. Ella miraba su cuerpo desnudo, y él hacía lo mismo, observándola desde abajo y clavando sus ojos en su vientre y en esos senos que brillaban con la luz de la luna que entraba por la ventana.
Javier se estiró esperando que ese torrente de mujer bajara hasta él. Ella, colocándose de espaldas, comenzó una maravillosa danza imaginaria de seducción. Justo sobre su cabeza, rodeándola con sus tobillos, totalmente de pie y estirada, abrió sus piernas. Javier maldijo la oscuridad por un momento, pero ver a través de sombras hacía también que todo fuera más excitante.
Seductora como ella solo sabía ser cuando estaba con él comenzó a mover sus caderas sinuosamente y bajando su cuerpo lozano hasta rozarlo con el pecho de Javier. Notar sus ingles calientes sobre su tórax hizo que la excitación se hiciera casi imposible de soportar.
Marga paseaba su cuerpo alegremente por el pecho de Javier, bajándolo lentamente hasta su vientre, rodeándole con sus rodillas apretadas sobre su cuerpo, y avanzando lentamente mientras Javier acariciaba su espalda, giraba por su contorno, hasta llegar a sus senos pletóricos.
Sus pechos redondos y turgentes eran deliciosos al acariciarlos desde la espalda, en postura vertical, dejando caer todo su peso y pudiendo así notar su dureza y su perfecta forma redondeada.
Marga continuó moviendo su cuerpo, pegando su sexo a la piel de su amante, que quería morir allí mismo, deseoso de entrar en ella cuanto antes. Los dos sexos estaban ya casi unidos, el uno sobre el otro, jugando disimuladamente mientras Javier dejaba sus senos y cogía los tobillos de Marga, apretándolos, haciéndole saber que quería entrar en ella en ese justo momento. Ella, en cambio, prefería esperar ya que disfrutaba al sentir la excitación de ese hombre, sus deseos, sus gemidos y, sobre todo, sus tocamientos casi coléricos.
De pronto, para sorpresa mayúsucula de Javier, Marga se elevó lentamente, dejando el espacio perfecto para que los dos cuerpos se prepararan para el acto sublime que tanto deseaban, y comenzó a descender con lentitud apoyando al fin las rodilas de nuevo sobre el suelo, pellizcando incluso la piel de Javier, que nada le importaba ese incómodo dolor.
Allí, de espaldas, como demostrándole cierta indiferencia, incitaba a Javier a la locura, frotándose con sensualidad, apretando sus nalgas contra la piel de su amante. Javier acariciaba sus piernas, sus muslos, su culo y su sexo mientras ella ya permite que sea él quien entre en ella, convirtiéndose – solo por un segundo – en pasiva. Ella se levantó generosamente, realizando movimientos circulares cadenciosos, permitiendo que Javier encontrara el momento justo para dejar escapar ese gemido tan suyo y que tanto le gustaba escuchar. Javier empujó fuertemente y ella se reclinó suavemente para hacer todo más fácil y placentero.
Al sentirse dentro el uno del otro fue cuando ella tomó de nuevo el mando mientras él abría los ojos y disfrutaba de la espalda azul de esa mujer y de todo su contorno oscuro. Ella llevaba el ritmo de la canción, subiendo y bajando su cuerpo al ritmo de sus rodillas, mientras con su propia mano se encargaba de ayudar a un mejor y más rápido final deseado.
Hicieron el amor lentamente. Ella disfrutaba del cuerpo de ese hombre y de la ayuda de su propia mano. Él acariciaba sus pechos enérgicos, los pellizcaba, y sentía cómo ese cuerpo danzaba en pequeños vuelos rasantes que le hacían acercarse a las mismas estrellas.
Un ruido en la planta alta les hizo alertar de nuevo. Marga se levantó rápidamente, buscando un pijama que había dejado caer al suelo. Javier hizo lo mismo, cubriendo rápidamente su desnudez. Ambos corrían por el salón a oscuras. Ninguno sabía dónde meterse. Ella corrió hacia el baño,  y se encerró temblorosa, aún desnuda.
– ¡Joder! – exclamaba, a punto de llorar, aún con la excitación pegada a su cuerpo, mientras se vestía torpemente intentando no hacer ruido en ese pequeño baño donde estaba escondida – estás loca Marga, estás loca… como una puta cabra. Aún sin terminar de vestir pegó el oído a la puerta, intentando escuchar lo que pasaba fuera mientras con uno de sus ojos miraba esa ventanita pequeña por donde empezaba a preguntarse si podría colarse para salir al exterior.
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15 pensamientos en “LOS AMANTES: CAP 31: PELIGROS DE LA NOCHE (CUARTA PARTE DE LA CASA RURAL)

  1. No había lucha posible en su mente. Todo estaba decidido de antemano. Y ella misma lo sabía a pesar de esa desconcertante lucha interna. A pesar de sentirse excitada, por primera vez no se sentía sucia por ello. Lo que le hacía vibrar y emocionarse era sentirse de nuevo amada con una fuerza tan brutal. En ese instante el marido de su mejor amiga había desaparecido para convertirse en el más romántico y sincero de los conquistadores que había conocido o leído nunca. Hacía mucho tiempo que esa mujer no se sentía amada de esa manera, y las palabras de Javier, aunque le asustaban, también le halagaban y le hacían volverse a sentir mujer… ¡Y cuánto necesitaba ella volver a sentirse así!

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  2. Será posible que me he tenido que leer el capitulo dos veces.La primera vez conforme leia estaba todo el rato mi mente y mis ojos puestos en las dichosas escaleras. Pues y si estos dos confiados no sabian que alguien sentado en un peldaño obsevaba lo que abajo estaba ocurriendo. La segunda vez la he disfrutado más tranquilamente. Y para mí este capitulo ha sido uno de los mejores. Pues el momento de reflexiones que han tenido ambos mientras fumaban un cigarro ha sido tan real y contre es que se describe tan bien que parece que lo ha estado contando alguien que ha vivido ese momento mientras el escritor escribia. Hasta me he emocionado al poder leer los sentimientos de Marga y los de Javier.

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  3. Dios mío estoy enganchadísima a esta novela. Me encanta, pero no quiero que llegue el final porque me da a mí que este tío es un auténtico cabrón y nuestra Marga es un ser maravilloso. No quiero llegar al final

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