LOS AMANTES: CAP 34: ¿PILLADOS? (PRIMERA PARTE)

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Después de lo ocurrido en esa casa rural de Álora todo cambió en la vida de Javier y de Marga. Lo que habían hecho en esa casa – y ambos lo sabían, aunque no les afectara por igual – era jugar con el mismo fuego sin importarles ya nada lo que había a su alrededor. A Javier no pareció asustarle mucho. En cambio a Marga le aterró, y no podía dejar de reprocharse a sí misma el haber actuado de una manera tan inconsciente. La imagen de Carlos o de Esther, espiándoles desde la planta alta mientras ellos hacían el amor a oscuras, era algo que le atravesaba el alma. Cada lágrima que imaginaba en la cara de ellos era una lanza que se iba clavando en su costado. Y fue por eso por lo que no accedió a verle más durante la siguiente semana. Le deseaba, y más que nunca, a cada segundo, a cada instante, en cualquier lugar, pero sabía que había llegado el momento de detenerse y pensar con la cabeza y no con otras partes de su cuerpo que parecían haberse hecho dueñas de la situación.

Cualquier excusa era buena para rechazar sus numerosas invitaciones, y ambos se conformaron  alimentando su sexualidad a base de mensajes, emails y alguna que otra llamada fuera de tono. Por las noches era incapaz de dormir, pensando siempre en él y en sus besos alcalinos. En el trabajo era igual, y en el almuerzo, y en la cena… Era igual que estuviera sola, con Carlos, o con quien fuera, que su mente solo dibujaba la imagen desnuda de ese hombre que le empezaba a  alejar incluso de la realidad. Estaba tan mal que llegó a creerse muy cercana a la locura. Todas las mentiras que fue contando para estar con él a solas llegaba a creérselas ella misma, y es que ese hombre había hecho que todas las mentiras de su vida se hicieran realidad.

Marga no salía de casa más que para ir al trabajo. Todas las mañanas se levantaba temprano, y lo primero que hacía era luchar para no mirar el teléfono y encontrar ese circulito verde que había en la parte superior de la pantalla. Hacía mucho tiempo que el teléfono siempre estaba en silencio, con el vibrador como alarma, y por las noches no llegaba a oírlo. Había veces que incluso lo cortaba para no caer en la tentación de mandarle uno de sus fogosos mensajes que tanto bien le hacían a su cuerpo, pero no a su alma. Cuando veía ese círculo, que era una señal de haber recibido un whasap, luchaba contra ella misma en una batalla desigual que ya sabía perdida. Era tal el deseo de él que no podía evitarlo, a pesar de haber dicho de no volver a verle durante un tiempo.

Era en la ducha, sin duda alguna, donde más pensaba en él. Bajo el agua caliente volvía a imaginarle al otro lado del espejo, mirándola, desnudándose para ella y entrando bajo esa cascada de agua que no dudaba en compartir imaginariamente. Eran, de pronto, sus propias manos las portadoras de las falanges de ese hombre, y con sus propios dedos jugaba con su cuerpo, mirándose en el espejo e imaginando a su amante tras ella, besándola en el cuello y en la espalda mientras sus manos se perdían en la rotundidad de su cuerpo vivo de nuevo. Imaginarle ahí, junto a ella, hacía que Marga disfrutara de las duchas, se alejara de las esponjas de siempre, y fueran sus propios dedos los que limpiaran un cuerpo que nunca estaba del todo limpio de él, de su saliva y, sobre todo, de su perfume. En el trabajo, sentada en su elegante mesa, frente al ordenador, pensaba en él, en todo lo que habían hecho, y en lo que no, y en todo lo que le apetecería estar haciendo en ese momento. Pensaba en ese hotel mágico donde tanto placer había recibido, y luchaba insistentemente por no coger el teléfono y quedar con él en ese mismo momento.

Por las tardes, sola en casa, se tumbaba en su sofá, se quitaba las botas e intentaba descansar… Pero ya todo le recordaba a él. Mirando sus calcetines de rayas pensaba en lo mucho que a Javier le gustaban, y sonreía, imaginándole quitándoselos lentamente como tan bien hacía. Allí, tumbada en ese sofá, esperaba su llamada, su mensaje, o su primer whasap, que no tardaba en llegar para empezar otra vez un nuevo juego. Javier estaba ocupado esa semana. Por culpa de su trabajo había tenido que viajar a Londres. Toda la mañana la pasaba en las oficinas, donde apenas si tenía tiempo para nada entre reunión y reunión, pero por las tardes, en su habitación, prefería quedarse tumbado en la cama, viendo la televisión, trabajando y esperando el momento de poder hablar con Marga.

Siempre mirando el teléfono decidía esperar a ver si era ella la primera que lo hiciera. Así, cada minuto casi, miraba la pantalla, a veces desesperado, a la espera de que, por una vez, fuera ella quien empezara. Javier conocía a Marga y sabía que los reproches habían aparecido, y las angustias, y temía poder perderla. Por eso no quería atosigarla, y esperar que fuera ella la que empezara el contacto. Cuando sonaba el móvil corría hacia él, lo abría nerviosamente, pero nunca era ella. Él también había decidido no llamarla hasta que no lo hiciera ella, y así, preocupado y asustado esperaba, sin saber que a ella le pasaba lo mismo. A miles de kilómetros de distancia no lo sabían, pero estaban unidos por unos teléfonos que ninguno de los dos separaba de sí. Los dos alejados, los dos preocupados, los dos asustados, y los dos sin saber que el otro estaba esperando lo mismo al otro lado del aparato.

Habían pasado ya dos días desde la última vez que hicieron el amor, en aquella maravillosa casa rural, y para ambos era algo insoportable. También habían pasado ya casi seis horas desde la última vez que se mandaron mensajes, y eso sí que era superior a ambos. ¿Se habrá cansado ya de mí? – pensaban los dos, mirando el teléfono al mismo tiempo, sin saberlo, y asustados por un final que, aunque sabían que tenía que llegar, no quería que fuera tan pronto. Toda la tarde la pasaron así, los dos enfadados, tristes y, sobre todo, preocupados. En el pensamiento de ambos la misma idea, que no era otra que la de su amante feliz sin él, dispuesto al fin a poner punto y final a una historia que no deberían haber empezado. Javier sabía que Marga no había sido nunca así. Ella era una chica bien, fina, elegante, modosa, y todo lo que estaba haciendo con él era algo que no iba con ella. Al menos eso era lo que pensaba de ella, pero Marga estaba feliz con todo lo que estaba viviendo. Ella quería a su marido, y pudiera ser que más que nunca, pero Javier había despertado en ella algo muy difícil de apagar. Javier la había llevado al cielo, y bajar de él es algo que no todo el mundo está dispuesto a hacer una vez conocido. Javier era una necesidad extraña… No podía pasar un día sin saber de él. Le encantaba saberle al otro lado del teléfono, por mensaje, por whasap, o por donde fuera, aunque no se vieran, aunque no se besaran… Ella necesitaba ya a ese hombre allí, al otro lado del teléfono, para sentirse mejor… Para sentirse viva. A Javier le pasaba lo mismo. Podía estar sin hacer el amor con ella, sin besarla, incluso sin verla, pero ese teléfono se había convertido en ella, en algo que no podía dejar ni un solo momento…

Esos tres días en Londres fueron un auténtico infierno para ambos ya que ninguno dio su brazo a torcer, ninguno fue capaz de empezar, a pesar de que ambos – lástima que ninguno lo supiera – estuvieran pegados al teléfono las veinticuatro horas del día, esperando eso que ellos llamaban un “pu pu pum”, que era el ruido que hacía el teléfono al recibir un whasap o sms.  Al regresar a España es cuando ambos se dieron cuenta de lo que  empezaban a sentir. Aquello no era sexo solo, ni siquiera morbo… Allí había más, mucho más. Para Marga todo empezaba a tener importancia dependiendo de si Javier estaba cerca o no. Para Javier… Más aún, pero se negaba a creerlo.

continuará

SIEMPRE ME GUSTÓ “MUNCHO” MUNCH: “AL DÍA SIGUIENTE”

Al día siguiente… Su habitación blanca se pintó del color de su piel, las mantas olían como él, y en su cuerpo aún podía sentirlo… Estar sola, a partir de esa noche, ya no sería lo mismo… Ya nunca más podría sentirse así.Al día siguiente

Sms

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Hoy he soñado que eras ropa limpia, mojada, y que te tendía al sol donde se dibujaban las curvas de tu cuerpo en el aire. Colgada a drede, pero también de forma espontánea, te admiraba mientras el sol te bañaba para poder secarte. Después te recogía, aspiraba la tela pegada a mi cuerpo y te esparcía sobre la cama para plancharte lentamente… Entonces, el hierro ardiente hizo el resto.

Después te dejé en el armario donde siempre te guardo, pero la casa,la cama, y yo, ya olíamos a ti.