LOS AMANTES CAP 38: OJOS QUE NO VEN…

Sin títuloJavier estaba nervioso, y no lo entendía. No era la primera vez que iba a hacer algo así, pero la idea de estar a solas con ella después de todo lo acontecido le mantenía algo asustado, aunque no supiera bien el por qué. Lo que sí tenía claro era que ese día de playa, alejados en esa cala solitaria, sería, cuanto menos, especial. Ambos se lo debían tras mucho tiempo alejados… quizás demasiado. Aprovechando que, por fin, podían estar solos, sin que nadie les molestara, decidieron tomarse un día para ellos. Ese día no existiría nadie más que ellos dos. Ni amigos, ni parejas, ni nadie más. Como Esther llevaba fuera del país desde el lunes Javier se levantó temprano, hizo algo de limpieza en su cochera y arregló el jardín antes de salir a su cita. Es lo que solía hacer todos los domingos, pero ese era especial.
Temiendo un último arrepentimiento por parte de ella decidió volver a llamarla. No las tenía todas consigo, a pesar de haber parecido muy decidida la noche anterior. Sólo podrían estar juntos el domingo porque ella tenía que regresar por la noche, pero a ambos les apeteció mucho. Es más, lo necesitaban tras más de una semana sin verse.
– ¿Qué te parece si mañana, aprovechando que estos no están, nos vamos tú y yo a solas a la Cala del Ermitaño?. Podemos pasarlo muy bien allí a solas – le dijo por teléfono
– Me parece bien. Además, no tengo ganas de quedarme aquí sola todo el día – contestó ella sorprendentemente
– Genial, yo preparo comida y todo y me paso a por ti. ¿Te recojo a las dos?
– Sí. Tengo muchas ganas de verte. Te estoy echando mucho de menos… te deseo tanto
– Y yo. No dejo de pensar en ti ni un momento – contestó emocionado.
Cuando Javier llegó ella  ya esperaba frente a la fuente, donde dijeron, con su pequeño maletín. Su retraso se debió a la cola tan grande que cogió al cruzar el aeropuerto.  lla subió en el coche, rápidamente, como si tuviera miedo de que alguien pudiera verla.
– Vamos, arranca
– Tranquila querida… ¿así me saludas? – le preguntó molesto, por su continuo mirar hacia la amplia puerta de donde había salido
– Es que no quiero que me vea todo el mundo… si casi no me ha dado tiempo ni a ponerme el bañador. Te va a encantar… me lo compré pensando en ti
– Pues muchas gracias – contestó, acariciando su rodilla huesuda mientras ella miraba su mano y sonreía.
Tomando la salida para la autovía dejaron la ciudad. Ella vestía un vestidito blanco, sin mangas, con generoso escote desabotonado, y unas zapatillas de lona blancas y marca Dunlop.
– Estás preciosa – le dijo intentando concentrarse en la carretera
– pues si me llegas a ver hace diez minutos… Llevaba ese traje gris apretado que tanto te gusta
– ¿y por qué te lo has quitado?
– ¿no vamos a la playa? – preguntó algo contrariada, subiendo y flexionando y  la pierna sobre el asiento, y echando el peso de su cuerpo sobre ella – ¿no pretenderás que vaya a la playa así? Lo importante, querido, es pasar inadvertidos ¿no?.
Mientras encendía un cigarro sonó el teléfono.
– Es Carlos – le dijo – no hagas ruido. No quiero que se enteren de que vamos a la playa
– cógelo mujer.
– Hola querido, ¿cómo estás? – hablaba nerviosa, mientras fumaba. Nunca se le dio muy bien mentir. Sobre todo a Carlos, que solía pillarla cada vez que lo intentaba
– sí, sí… vale. No, estoy muy cansada. Creo que me voy a dar una ducha y a relajarme… ¿Cuándo regresas a casa?… ¡qué bien!. Creía que estarías todo el día trabajando…
Vale cariño… luego te llamo y hablamos. Tengo mucho que contarte ¿sabes? Además, tengo algo que te va a encantar. Un largo silencio. Ella escuchaba lo que Carlos le decía mientras el cigarro se iba consumiendo y Javier dejaba un ojo en la carretera y otro en sus preciosas piernas, donde se dirigió su mano.
– Vale cariño, chao, chao… adiós guapo.
Guardando el teléfono en su bolso, sacó otro cigarro del paquete consumido. Lo arrugó, lo hizo una bola y lo tiró por la ventanilla mientras Javier le regañaba. Ella sonrió un tanto sonrojada, y siguieron el trayecto en silencio. Ella encendió el cigarro y compartieron varias caladas
– ¿qué dice tu querido Carlos? – preguntó Javier, acariciando su rodilla de nuevo, pero ahora con más fuerza, demostrando su excitación
– ¡qué malo eres!
– en serio… ¿qué dice?
– Nada… que seguramente llegará antes de lo previsto porque han salido a comer con los socios.
Los dos siguieron el trayecto en silencio, dejando que fueran sus manos quienes hablaran, buscando así un placer que ambos necesitaban. Ella le miraba mientras conducía. Le encantaba mirarle mientras sus manos viajaban por sus piernas, por sus muslos y por sus ingles. Mientras ella tarareaba un estribillo pegadizo Javier alejaba su mano de la palanca de cambios para pasearla suavemente por entre unos muslos sedosos que escapaban de la corta falda que llevaba. Ella, mirando por la ventana abierta, sacó la cabeza mientras dejaba que paseara libremente por su piel y su cabello.
– Déjalo ya – le dijo apartando su mano y devolviéndola a la palanca
– ¿por qué? – preguntó él sin mirarla y volviendo a buscar sus muslos
– Porque nos vamos a estrellar si sigues así
– Pues por eso te toco, tonta – dijo pellizcando de nuevo su muslo, buscando la tela del biquini que llevaba bajo la faldita
– Pues ahora no puede ser, marrano
– Venga mujer, si estás deseándolo – dijo avanzando en su exploración carnal
– ¿qué te pasa a ti hoy?
– pues que hace ya mucho tiempo que deseaba estar contigo. ¿Tú no?
– ¿no te habrás echado otra amante? – preguntó ella sonriendo extrañamente
– ¡nooooo! – gritó él sonriendo – ¿otra?… con una ya tengo más que suficiente
– y que no me entere yo…
– tranquila, cariño, tú serás siempre mi única amante – dijo pellizcando sus muslos – contigo tengo más que de sobra
– se acabó – le dijo cerrando sus piernas y recolocando su faldita mientras él bajaba una marcha para adentrarse por ese camino de tierra y baches que le conduciría hasta la cala del Ermitaño.
En la cala, por suerte para él, había menos gente de la esperada. En realidad no había  mas que una pareja al fondo de la playa, y otra en el medio… y ambas escondidas entre rocas.
La cala del Ermitaño era una playita a unos treinta kilómetros de la ciudad que estaba completamente escondida, de difícil acceso, y rodeada de paredes de roca.
En lo alto de la montaña, a una distancia más que considerable, estaba la carretera, con un mirador de vistas espectaculares. La altura era tanta que para ver a los que allí abajo aprovechaban para hacer nudismo había que utilizar unos prismáticos. La playa era de piedras finas, casi arena, pero con numerosas rocas situadas a lo largo y ancho de la playa que utilizaban las parejas para hacer topless o incluso nudismo pasando desapercibidos para el resto. Una vez allí se desnudaron y Javier volvió a disfrutar de ese cuerpo que tanto había echado de menos y que le apetecía volver a saborear. Estaba guapísima con ese trikini  que se había comprado para él, y hacía que su cuerpo fuera un auténtico festín para sus ojos. Juntos se besaron, se abrazaron, se tocaron, y después tomaron el sol y se dieron un chapuzón donde jugaron con sus manos y sus bocas, disfrutando de la soledad de la playa. El día era estupendo, y el mar tenía una pinta espectacular también. El agua estaba fresca, por lo que no aguantaron mucho dentro. Ella salió antes. Él no pudo dejar de mirar ese cuerpo tan bonito que ansiaba hacer suyo. Al salir del agua ella tomaba el sol, con su cuerpo dormido sobre la toalla, mostrándole su infinita belleza.
El minúsculo trikini  que llevaba la hacía más hermosa aún. Él se acercó por detrás, besó su espalda mojada, y acarició sus glúteos.
– Cariño… ven aquí – le dijo ella, dándose la vuelta, entregándole sus brazos y recibiendo sus besos, cada vez más apasionados.
Sus cuerpos se frotaban violentamente, sus besos arrastraban salivas alcalinas y electrificadas, y sus manos empezaron a recorrer partes de sus cuerpos que les hacían perder el control. En silencio tomaron a su oponente, bajo un sol abrasador. Él estaba tan deseoso de ella como ella de él, pero ella siempre guardaba el as de la prudencia.
Bajo ese sol casi veraniego él paseaba libremente sus manos por todo el cuerpo de su amante, disfrutándola de nuevo, embriagándose de su tacto, incluso de su olor.
Sin abrir los ojos, dejándose llevar por un mágico momento que creía olvidado, disfrutó de ella como hacía mucho que no ocurría.
Los dedos de su amante, dibujando líneas curvas sobre su espalda, hicieron que se excitara. ¡Y de qué manera!.
Los dedos de Javier eran como pinceles pintando su cuerpo. Paseaban por su vientre plano, después por sus costados erizados, rodeaban el contorno de sus pechos, y se perdían en sus labios, a la espera de que estos se abrieran y los sedujeran. La otra mano de su amante ya estaba sobre sus rodillas y no tardó en avanzar peligrosamente, pellizcando sus muslos y haciéndola sentir alejada de la realidad de la que quería huir. Dándose la vuelta de nuevo dejó que Javier acariciara su cuerpo. La situación volvió a excitarles como la última vez. El calor, que era otro invitado, lo hacía todo más intenso también. En menos de cinco minutos cada caricia de Javier era un latigazo de placer sobre un robusto cuerpo que empezaba a apoderarse de su mente. Los dedos de Javier viajaban ya por sus senos, sobre la tela del sujetador que no tardó en apartar, capaces de confundirse con la dureza de las piedras sobre las que descansaban. Su otra mano recorría su vientre, curvaba hacia sus muslos y allí se perdían ante la bienvenida a la que les sometían.
– Cariño – le dijo embriagada, somnolienta, y casi incapaz de elevar su voz – será mejor que lo dejes ya…
– ¿en serio es lo que quieres?
– Claro que no, pero… – dijo totalmente fuera de sí, sabiendo que esa volvía a ser una batalla ya perdida
– No hay casi nadie cerca, amor mío – le dijo acercando su boca a su cuello, susurrándole al oído mientras sus dedos ya no temían nada, ni encontraban defensa alguna que les detuviera
– vamos al agua, cariño – le dijo ella, levantándose, cogiéndole de la mano y corriendo hacia el agua.
Y fue allí,  bajo el agua, escondidos tras otra de las muchas rocas que había, donde volvieron a hacer el amor intentando disimular algo imposible de hacer. Los pocos que en la playa estaban no podían evitar mirar hacia ellos, y ellos mismos fueron olvidando las miradas y dejándose llevar por un calor capaz de robar el frío al agua que les cubría y ocultaba. Lo que no sabían ellos es que esos ojos no eran los únicos que les vigilaban. Alguien, desde lo alto de la cima, sobre la carretera, les miraba desde hacía rato también, ayudado de unos prismáticos. Y ese alguien era Carlos, que había ido hasta allí porque les había visto pasar con el coche mientras él salía de un restaurante con sus socios de la empresa. El sudor provocado por un sol explosivo no era nada comparado con la sensación amarga que sentía al presenciar algo tan… tan difícil de explicar.
Ya cuando les pareció verles pasar con el coche le extrañó. Javier le había dicho que estaría también fuera ese fin de semana. Pero fue cuando la llamó por teléfono cuando supo que algo raro pasaba. Le había mentido descaradamente, y ella no solía hacerlo. O eso creía él hasta ese momento. Su curiosidad ganó una vez más la partida y les siguió. Su sorpresa fue mayúscula.
No sabía qué hacía allí arriba, mirándoles con los prismáticos que llevaba siempre en el coche, pero les había estado observando desde el principio.
Había visto como Javier acariciaba su cuerpo, cómo ella se deleitaba con cada roce, y cómo hacían el amor en el agua, sin importarles que los pocos que allí había pudieran verle. Sintió tanto asco como curiosidad. Finalmente, al verles retozar dentro del mar, como dos animales sedientos de sexo, prefirió marcharse intentando asimilar todo y cuanto había estado viendo. Arrancando el coche salió a toda velocidad, intentando así olvidar todo y cuanto aún seguía proyectándose ante sus ojos. Pero, ¿Cómo olvidar algo tan…?
Encendiendo otro cigarro – ni se había dado cuenta de que ya tenía uno sobre el cenicero – seguía viéndoles desnudos, amándose violentamente, lo que le impedía concentrarse en la conducción. Sensato como siempre, Carlos detuvo el coche en un lado de la carretera para intentar calmar su extraña angustia… pero no pudo porque lo que había visto le había alejado de la realidad. Mientras tanto, en la Cala del Ermitaño, los dos amantes seguían disfrutando de sus bocas y de sus cuerpos, sabedores de que ya pronto tendrían que volver a sus vidas. Tal fue el placer recibido que a ninguno le importó el lascivo espectáculo organizado en la playa… Claro que tampoco sabían de ese espectador oculto.
Carlos volvió a la oficina pero no pudo concentrarse en su nuevo y productivo negocio. La imagen de los dos amantes no se alejaba de su pensamiento, y sentía tanto asco como vergüenza y desconsuelo. Tampoco quería volver a casa, pero al llegar la noche tuvo que hacerlo.
Al entrar en casa Marga le esperaba sentada en el sofá, viendo una película, vestida con un diminuto camisón celeste. Bajo él no llevaba nada, y pudo ver con claridad esa preciosa piel tostada por el sol. Las marcas del bañador se marcaban en sus hombros. Carlos tuvo que dejar de mirarla porque esa imagen le devolvió a los dos amantes retozando sobre las piedras, y, después, entre el agua.
– Hola cariño – le dijo ella, sonriente, sin prestarle mucha atención, perdida en la pantalla – esta peli es buenísima. La he visto hoy dos veces
– ¿dos veces? – preguntó extrañado mientras deshacía el nudo de la corbata y dejaba su maletín sobre el otro sillón – ¿eso has estado haciendo todo el día?
– Sí… no me he movido de aquí en todo el día – dijo mirando de nuevo a la televisión, abrazada a un cojín
– ya… 
Carlos entró en su habitación, se desnudó completamente, se adentró en la ducha y se relajó bajo los potentes chorros de hidromasaje. Recibiendo el agua sobre su cara no podía quitarse de la mente la imagen de los dos haciendo el amor como animales salvajes. Recordaba las caricias de él, los besos de ella, su cara de placer, las acometidas salvajes bajo el agua a las que le sometía… Nunca había visto un sexo tan brutal y animal… ni siquiera en una película pornográfica… Si casi les podía oír desde allí arriba.
Pero lo que más recordaba era la cara de placer de ella… esa cara de placer de Esther en brazos de su marido. Esa cara de placer extremo nunca antes la había visto en Marga, y eso le hizo sentir mal… por él y por ella.
Por ambos.
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9 pensamientos en “LOS AMANTES CAP 38: OJOS QUE NO VEN…

  1. nos haces creer que son marga y Javier pero quiero entender que a quien Carlos ha visto ha sido a Javier y a Esther. genial josa, genial, en serio. Me ha encantado

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  2. ¿Pero bueno no tiene otra tonteria que hacer Carlos?. Como se atreve a fisgonear en las vidas de sus mejores amigos. Perseguirlos hasta la playa y vigilar, si toman el sol,si se ponen cremita, si duermen, si se bañan o peor que peor quedarse para ver la peli pornografica. Que asco de tio a ver si quiere tema con Esther y tiene un ataque de cuernos. Que por cierto los tiene y bien grandes.

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