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LOS AMANTES: CAP 41: NOCHE DE FIESTA

wpid-PhotoArt_11142012220148.jpgAl fin llegaba la semana grande de Málaga. Por fin estaban en feria, y el día grande lo pasaron todos juntos hasta altas horas de la madrugada en compañía de muchos otros amigos. Nadie lo sabría, pero esa noche, a pesar de estar todos juntos, todos también sobraban. Tan solo ellos estaban allí, el uno para el otro. Fue una noche cargada de sexo contenido, de pasiones apagadas, y de un deseo desmedido que a ambos costó mucho poder disimular. Especialmente a Javier porque nunca había visto a Marga tan guapa como ese día. Para la ocasión vistió con un vestido corto – muy corto – de color verde, con botones por la parte delantera, y que, además, no tapaba mas que una pequeña parte de sus preciosos muslos. Toda la noche anduvo observándola, en silencio.  Fue al día siguiente, cuando Marga encendió su ordenador, cuando encontró la carta de amor más bonita que jamás le habían escrito. 
 
Querida Marga:
Dos meses después de aquella partida de ajedrez donde empezó mi verdadera suerte, aún eterna, la magia volvió una vez más en una larga tarde de un caluroso verano.
Sobre el asfalto caluroso todo era fiesta, todo era inocencia infantil, todo eran risas y vueltas, y manos arriba y abajo, simulando coger manzanas, morderlas, y dejándolas caer de nuevo. Y la fiesta de los niños se detuvo un momento porque una nueva protagonista les robaba los brillos del sol que a ellos pertenecían. Ellas seguían inmersas en su mundo, bailando y dando vueltas, pero un nuevo sol empezó a brillar. En silencio, intentando pasar desapercibida, apareciste tú, entre mucha gente… quizás demasiada.
Evidentemente  fallaste en tu intento de pasar desapercibida. No sólo fui yo quien te miró al verte bajar por esas escaleras, mientras con delicadeza terminabas de colocar el pendiente sobre tu oreja derecha. Tu pelo recogido, casi pegado a la cabeza, no hacía mas que ensalzar más aún tu tono dorado por el sol, tu cara limpia e inocente, y esos labios pecaminosos que mojabas con una saliva alcalina que yo pude ver desde la distancia.
Para colmo de zozobras, y cúspide de deleites, vestiste tu cuerpo domado por el sol, y bañado por su color, con esa fina tela verde que no podía ocultar tus encantos.
Ese traje, que a veces parecía una camisa larga, y otras un vestido corto, mostraba dos piernas limpias, rojas, cercanas al negro, y con tantas curvas como la carretera de playa que nos conduciría a nuestro destino. Bajaste la escalera a cámara lenta, aún luchando con ese lóbulo y ese pendiente que no quería quedarse allí, y yo pude verte y emocionarme porque no podía creerme merecedor de tanta suerte.
Y fuiste capaz – tú solita – de acabar con los destellos del sol que ya se apagaba, con los trajes de gitana, y hasta de apagar la música que cantaba esa emocionada chiquillería.
Yo te vi desnuda todo el rato… pero era otra desnudez. Y creo que los demás también. Al menos así te miraban… Desnuda y limpia, como tú eres… porque ese es otro de tus grandes misterios. Y luché por ganarte otra vez, por llamar tu atención, por hacerte desear quedarte a solas conmigo, y que nos olvidáramos de todos esos que, esa noche de feria, ya no estaban allí. Y allí, entre tanta gente perdida en el hastío de la diversión, dejé de ser uno más, para convertirme en el único.
A mí nadie me miraba, nadie me veía, y volviste a convertirme en tu obsesivo admirador, siempre oculto entre sonrisas ficticias, perdido en charlas sin sentido, y siempre a la espera de ti. Y allí aguardé, en silencio, perdido en ese rincón que siempre me regalas para poder disfrutarte sin que tú misma lo sepas.
A tu lado, oculto entre los demás, me sentí un peregrino en el albergue que cobijaba ese tiempo que pasabas alejada de mí, inmersa en los demás.
A tu lado, pero tan lejos de ti, tan solo fui alguien que pasaba por allí… Nada más.
Era como uno de esos tantos segundos ya gastados en las manecillas del reloj de tu tiempo. Uno entre miles de billones. Y lo peor de todo, es que me sentía como uno de esos que ya pasaron por allí hace millones de años, y a los que, seguramente, ni recordabas.
Pero te acercaste a mí, y allí se quedó tu perfume, pegado a mí. Y todo mi ser se transmutó, haciéndose huellas de sueños inacabados, de retratos vacíos, de carnes alejadas del deseo, de palabras sin acentos, y de… ¡qué sé yo!
Esa noche negra y mágica olía a algodón dulce, a refrescos, comidas y bailes…
Y disfrutamos de la música, del ambiente, de cervezas frías y de tapas calientes, y tú seguías brillando, aún más bajo esas bombillas potentes y blancas, que no hacían mas que resaltar el brillo de tu pelo engominado y el moreno color de tus mejillas, siempre sonrientes.
Tus piernas desnudas, cruzadas bajo la mesa, parecían los pilares donde se sustentaba todo el peso allí congregado.
Y allí comprendí que no te amaba porque fueras tan bella, sino que eras tan bella porque yo te amaba así.
Tú… tú no eras otra cosa que ese cuadro que nunca podré pintar, esa canción que nunca podré componer, esa comida que jamás podré elaborar, y este maldito relato que jamás sabré escribir. Aun así, tú eras todo lo que yo deseaba. Y te tenía tan cerca que casi costaba creer que fueras cierta. Y tenía celos de todo el que te miraba, y de todo al que tú mirabas. Después de una larga noche – para mí eterna – dimos un largo paseo en coche, inmersos en el silencio de la noche.
Nuestras acompañantes dormían plácidamente, y el brillo de la luna penetraba por las lunas azulando tus preciosas piernas que dibujabas para mí a través del espejo retrovisor, y que no pude que acariciar y sufrir mientras tú simulabas dormir también. Pero no estabas dormida. Yo sabía que entre esa oscuridad tus ojos buscaban los míos.
Después llegamos a casa y allí os quedasteis. Y te bajaste del coche sin más, pero yo no podía dejarte ir así.
Salí y di la mano a Carlos. Apenas si me di cuenta. Y después me acerqué a ti y te besé en las mejillas. Aprovechando la oscuridad rocé tus labios, y te robé algo de tu alcalina saliva. Después, en un descuido, tú te me alejaste bajo el brillo de la luna azul que bajaba hasta ti, y cuando llegaste arriba te volviste y te despediste, mirándome y amándome.
Cuando llegué a mi casa tú ya estabas bailando en brazos de Morfeo. Un día perfecto de feria había terminado, pero sólo para uno de todos ellos no fue un día completo.
De entre todos, tan solo yo me quedé sin subir a mi atracción favorita: tú.
Otro día sería.
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Autor:

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

8 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP 41: NOCHE DE FIESTA

  1. Vamos este Javier además de volver loca de amor a Marga y de llevar a Marga al septimo cielo cada vez que hacen el amor, ahora también me ha salido con el don de saber escribir cartas preciosas. Marga está viviendo en una nube fabulosa pues Javier tiene como amante muchas cualidades. Me ha gustado mucho la frase “allí comprendí que no te amaba porque fueras tan bella, sino que eras tan bella porque yo te amaba así.” Preciosa frase está tan llena de sentimientos.

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