LOS AMANTES: CAP 42: ABSTRACCIÓN

Sin título– Espera Carlos, voy contigo – dijo Esther antes de que saliera por la puerta
– ¿Dónde vas ahora querida? – preguntó Marga, asomando su cabeza – deja que vaya solo y así tardará menos
– es que tengo que comprar tabaco – dijo Esther
– pero si yo tengo ahí – dijo señalando al bolso
– calla ya – le susurró guiñándole un ojo – que tengo que salir
– ¿para qué? – preguntó entre susurros, al igual que hacía Esther
– mejor que no lo sepas… No lo aprobarías – dijo sonriendo maliciosamente mientras guiñaba uno de sus ojos y le enseñaba el whasap que demostraba que estaba en conversación con su joven amante
– ¿todavía estás con eso? – dijo observando cómo se alejaba de ella, cogía su bolso de la entrada, se lo colgaba al hombro, y salía detrás del triste Carlos.
Cuando salieron de la casa Marga miró al salón. Javier la miraba también, apoyado en el marco de la puerta, con ese vaquero ajustado que tan bien le quedaba y esa camiseta apretada a su pecho que le recordaba a aquella mañana en el gimnasio de su casa. Ella iba vestida con un fino vestidito de verano, con dos tirantes muy finos, y uno de ellos se caía constantemente por sus hombros, cosa que encantaba a Javier.
– ¿Dónde van estos ahora? – preguntó Javier, que no se había enterado de nada, inmerso como siempre en las portadas de esos vinilos que tanto le gustaban
– van al mercado porque a Carlos se le ha olvidado comprar la carne para la barbacoa
– entonces tardarán un buen rato – dijo sonriendo, sonrojándola. Tan nerviosa se puso que volvió a la cocina para no entrar en su juego, un juego que por otra parte empezaba a apetecerle al saberse allí a solas con ese hombre que la hacía volver loca.
Al entrar dejó caer su cuerpo sobre una de las sillas que rodeaban la mesa redonda de cristal y bebió un sorbo de la cerveza que había dejado abierta su marido. Estaba contrariada por no haber acudido a su cita,  excitada por tener de nuevo a Javier tan cerca, y asustada por no saber cómo podría reaccionar si ese hombre se acercaba a ella y la tocaba. Javier estaba tan cerca, y tan guapo… y ese maldito calor…
Dejando caer la cabeza sobre sus manos cruzadas en la mesa respiró profundamente para tranquilizarse, moderar su seso y no ir hacia Javier para besarlo y arrebatarle esas ropas que tanto le gustaban. Por más que lo intentaba no podía controlar el terrible deseo que ese hombre había despertado en ella, y luchaba consigo misma para no levantarse e ir hacia él, que era lo que más deseaba hacer. No hizo falta. Para su sorpresa – y miedo – Javier ya se había decidido y  estaba tras ella.
Había llegado allí en silencio y estaba a su lado – detrás de ella, rodeándola con sus robustos brazos, con su boca sedosa sobre su cuello desnudo, posando sus labios con una delicadeza exquisita que le hizo sentir inmortal.
Sus labios paseaban por su piel, sin apenas tocarla, rozando y susurrando alientos frescos que la erizaban. Ella no supo qué decir. Decir algo habría sido inútil… Ella no sabía luchar contra eso, y él lo sabía. Sus labios, cada vez más mojados, se grababan ya en su cuello, marcando sellos por toda su longitud, hasta llegar a sus lóbulos, donde eran sus paletas las que mordisqueaban tenuemente haciéndola enloquecer.
-Javier, Javier… – era lo único que acertaba a decir, luchando contra ella misma para no levantarse, desnudarse y dejar que la penetrara allí mismo, en esa cocina donde no tardarían en llegar su marido y su mejor amiga, pero es que el tacto de ese hombre y su olor le hacían perder el seso.
Así, mientras él la besaba por el cuello, sus manos se fueron hasta sus senos, paseando en círculos por encima del fino vestido. Sus pezones se erizaron de tal forma que parecieron a punto de rasgar la tela, y eso le hizo a él seguir jugando con ella mientras Marga cruzaba y descruzaba sus piernas por debajo de una mesa donde empezaba a desear subirse cuanto antes.
Javier, extasiado por los perfumes sexuales de esa mujer, alargó una de sus manos por el vientre de su amante hasta bajar a sus muslos, que parecían tan calientes como el resto de su cuerpo. Con fuerza pellizcó sus muslos, apretó sus dedos entre su piel, y fue avanzando hasta llegar a su braga. Marga dejaba de ser persona.
– Javier… no deberías hacerlo – decía, pero Javier no respondía
– para por favor… para… aquí no – le dijo cerrando sus piernas y apartando las manos de ese hombre, que parecían pinceles dibujadores de placeres infinitos
– es aquí donde quiero hacerlo desde que te conozco… ¿Sabes la de noches que me he imaginado en esta cocina contigo?
Ya no era solo su boca la que paseaba por su cuello y cara. Ahora eran también sus manos las que paseaban suavemente por su espalda desnuda, dibujando lunares. Al llegar a sus hombros bajaron las tiras del suave vestidito que llevaba, dejándolas caer como hojas en otoño.
Ahora sus labios besaban sus hombros desnudos, su espalda, y sus manos excursionaban por sus costados acercándose a unas turgencias que le esperaban ansiosas
– por favor… aquí no, por favor – rogaba ella, consumida ya por el deseo más salvaje
– aquí sí – dijo por fin, levantándola, abrazándola con todas sus fuerzas, y penetrando en su boca con el más cálido de sus músculos.
Marga, aún asustada, no pudo controlar sus emociones… ni quiso tampoco hacerlo. Ardor, emoción, ímpetu, efusión, emoción, vehemencia… y calor, se hicieron dueños de sus actos una vez más, y se dejó llevar por ellas. El beso recibido fue un puñal que estaba atravesando su cuerpo entero, rasgando su interior, abriendo su alma, pero sin dolor. No se había detenido aún a disfrutarlo en sí cuando se sorprendió completamente desnuda sobre la mesa y con su amante ya poseyéndola dulcemente.
– Javier… – fue lo único que acertó a pronunciar mientras observaba ese rostro hermoso y sudoroso a escasos centímetros de su cara
– te deseo tanto, cariño – le decía él, fusionándose con ella, haciéndole incapaz de acertar donde acababa su cuerpo y dónde empezaba el de él
– yo también Javier… Y te amo – dijo muy seria, casi llorando, mientras el placer recibido por las acometidas de ese cuerpo salvaje le hacía alcanzar el mayor grado de locura.
Desnudos, conturbados y dichosos, hicieron el amor sin otro afán que el deleite espiritual.
Así al menos lo vivía ella. Mirara a donde mirara no veía nada que no fuera él. Habían desaparecido los electrodomésticos, las ventanas, las paredes amarillas de su preciosa cocina… Allí sólo había aire, nubes y campo.
El amor se abría paso una vez más en un universo confuso que no tardaría en abrir sus puertas al pecado y, después, a la penitencia. Siempre era así, pero curiosamente era allí la primera vez que no sentía ningún miedo. ¿O era quizás no se daba cuenta y era precisamente ese miedo tan atroz el que cubría todo con ese velo de pasión desmedida?. Fuera lo que fuere jamás había sentido tanto…
Sin duda esos eran los momentos más bellos que la propia Marga había regalado a su cuerpo y, de paso, a su alma, que volvía a su juventud, a aquella época mágica del instituto donde nada tenía importancia más que el amor y su propio cuerpo. Allí, en esa cocina del infierno, nada más existía que ella misma y su placer espiritual y corporal, unidos en una sola cosa: ella. Ni siquiera el que estaba dibujando toda esa vida estaba ahora allí con ella… Y esa era la magia de Javier, que la hacía disfrutar a ella, no disfrutar de él. Con él todo era ella misma y cada uno de sus sentidos: el del gusto, el de la vista, el del oído y, sobre todo, el del tacto.
No había ruidos, no había músicas. Tampoco aparecían objetos, ni siquiera su cuerpo desnudo atravesando su plasticidad. Allí solo estaba ella de nuevo, como aquella niña que corría por los campos tropicales de su Nerja natal, atravesando árboles que olían a mar, corriendo hacia ningún sitio, y respirando un aire que henchía sus pulmones.
Era la primera vez que se sentía libre, alejada de las cadenas de la rutina, de las fauces del pudor, y del miedo a un final inevitable. En su embriaguez de paz no deseaba otra cosa que teorizar sobre la comprensión de la nada, dejarse llevar, sin perseguir nada que no llegara por sí mismo. Por eso disfrutó como nunca había disfrutado de nada… Era la primera vez que solo pensaba en ella, en su cuerpo, en la magia que nacía de sus entrañas, provocadas por ella misma, sin ayuda de nadie, ni siquiera de ese amante que no era más que otra parte más de ella misma.
Jamás hasta ese momento había sido capaz de hallar la capacidad para la abstracción más absoluta…  y le gustaba tanto que olvidó la vida que le rodeaba… y se dejó llevar por esas cosas que había por el aire que le rodeaba, y que no reconocía.
Eran seres extraños, espacios remotos que habitaban en ella y que salían precisamente en ese momento en el que paseaba su feminidad absoluta. Eran seres que oían y gritaban, que gozaban y estaban cansados de sufrir y que luego morían en ella misma y en el aire que respiraba, haciendo creer que nunca habían existido. Pero ella acababa de verlos, de reconocerlos… por fin. Y ella dejó de ser persona. Dejó por fin de ser Marga, y se convirtió en tierra. Y Javier fue agua. Y sobre la tierra pastorearon rebaños porque no había cercas prohibiendo la vida, y atravesaron el puente de troncos cercenados, separándolos del río, y dejándoles pastar en su abundancia… sin miedo a que terminaran nunca.
– ¡Comed sin miedo… hay tierra para todos! – les gritó en silencio. Javier lo notó.  Mientras hacía el amor sobre esa cocina inundada de calor observó en ella una metamorfosis que casi le asustó. Su amante no era la de otras veces. Ni siquiera parecía ella.
Los dos estaban desnudos, ella echada sobre la puerta de la nevera, disfrutando del frío metal, mientras su amante entraba en ella por entre sus piernas abiertas, mientras con sus manos pellizcaba sus turgencias haciéndola enloquecer. Cada acometida de ese hombre era como un disparo de placer, y toda la metralla se dispersaba por el interior de su cuerpo, dejándola regada de gusto y deseosa de que ese momento no terminara nunca, a pesar del peligro que ambos estaban corriendo.
Fue en ese momento, en el de mayor placer, cuando más miedo sintió también a ser descubierta.
-No te preocupes amor mío – le decía Javier, bañando sus orejas de saliva, mientras entraba y salía de ella con violencia – he echado el pestillo de la puerta antes de entrar en la cocina…
De pronto Javier, saliendo de ella, la hizo ir hasta la mesa y la tumbó. Totalmente desnuda para él disfrutó de su cuerpo, acariciándolo, abriendo sus piernas, separándolas, pellizcando sus muslos y jugando con sus dedos entre el vello caoba que tanto le gustaba. La cara de placer de Marga le hacía enloquecer y no tardó en subirse sobre la mesa mientras ella le miraba absorta.
El cuerpo de ese hombre era algo casi celestial, algo de lo que sabía que no se cansaría nunca, y acariciarlo era algo místico, algo que le hacía creer estar viviendo en un sueño.
Sus ojos abiertos no demostraban que vieran, y sus silencios eran estridentes. Su efímera quietud, acostada sobre la mesa, y sometida a sus fuerzas, también la alejaban de la realidad que estaban viviendo.  Solo su alcalina saliva, escapando de sus labios, le hacían reconocer el placer tan grande que estaba viviendo… ¡y la envidió!.
Cuando Marga volvió de su estado casi celestial se sorprendió al verse casi amordazada por su amante. Javier le tapaba la boca con ayuda de sus manos, haciéndole incluso daño.
Tuvo que pellizcarle en su espalda para que retirara la mano
– ¿qué te ha pasado, querida? – le susurró, besándole en la nariz, mientras intentaba separar su cuerpo del de Marga
– no – le dijo apretándose contra ella – no te alejes aún
– ¿por qué me tapabas la boca con tanta fuerza? – le preguntó intentando impregnarse de los últimos estertores de ese cuerpo aún rígido y colérico
– cariño – le dijo – ¿es que no te oías gritar?
– ¿he gritado mucho? – preguntó sorprendida
– ¿mucho…? Yo creo que te ha oído todo el vecindario. Me has dado miedo ¿sabes?
– pues tú me has dado un placer que no sabía que pudiera existir y que creo que jamás volveré a sentir. Ha sido…
– ¿mágico?
– sí – dijo dominada por una desazón interior que su memoria intentaba retener para que no huyera, como uno más de esos sentimientos que se guardan inanimados dentro del subconsciente – ¿por qué has usado esa expresión?
– porque es justo lo que yo he sentido esta vez… Magia – dijo alejándose de ella, aún desnudo, con la ropa en sus manos. Ella, mientras tanto, asustada por lo que acababa de pasar, subió su vestido, recogió las bragas del suelo y corrió hasta el baño. Allí se miró en el espejo, como siempre hacía, y decidió meterse en la ducha a la espera de la llegada de su marido y de su amiga. No podía dejar que la olieran. Marga olía a mentira… O a verdad.
 
Cuando Carlos y Esther volvieron Javier seguía probando vinilos. Marga seguía aún en la ducha, donde Javier la había estado observando un buen rato, disfrutando de un cuerpo que también parecía diferente… como ella misma.
Cuando salió de la ducha no pudieron evitar mirarse. Y por primera vez mantuvieron la mirada, sin miedo a ser descubiertos, como sucedía siempre. Esa vez había sido única, diferente… y algo en ella había cambiado para siempre.
Incluso durante la cena, para sorpresa de un Javier contrariado y emocionado, fue la propia Marga quien acercó su mano por debajo de la mesa para acariciarle y buscarle. El verano empezaba a hacer de las suyas… y duraría solo dos meses.
En la ducha Marga había tomado una decisión. Ella sabía que en la mesa de esa cocina había nacido algo mágico, algo superior a todo, algo que ya le uniría a él para siempre, un nudo que nadie podría ya desatar en la vida…
Por eso tenía que ser ella quien terminara con todo, pero no ahora. En esos momentos sólo quería de él, sólo deseaba su presencia, sus olores, sus esencias… estaba enamorada de él como jamás podría estarlo de ningún otro ser. Y eso era lo peligroso.
La decisión había sido tomada bajo el agua, mientras inconscientemente acariciaba su vientre plano y  duro, recordando ese placer que, por primera vez en su vida, la había hecho hasta perder la noción de ella misma. El placer recibido había sido tan intenso que le había hecho perder hasta la consciencia momentáneamente. Cuando terminara el verano, terminaría también su osada aventura con Javier… Para siempre.
 
 
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8 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP 42: ABSTRACCIÓN

  1. Madre mia…!!!Esto ha sido Genial,Maravilloso,
    Estupendo…”SUBLIME”.Josa yo no se que te vas a inventar ya.Este polvo es insuperable.Aun me tiembla el cuerpo.jejeje…

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  2. hola soy un hombre y tengo que decirte que he estado siguiendo esta novela y me parece muy buena. Me gusta la historia, me gustan tus pasajes eróticos y me gusta como está pasando todo sin que les descubran. Ah y me encantan tus finales porque dejan con ganas de más

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  3. esa cocina ya no será la misma después de eso.!!!!
    marga está cogiendo las riendas de está historia .
    sabe que terminará ,pero mejor no pensar cuando. y
    disfrutar del ahora.

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  4. Pero bueno Esther está con sus yugurines cada vez que se le antoja. Javier y Marga viven una historia apasionante y peligrosa. Y Carlos está triste muy tristre pues sospecha que Marga tiene a otro. sinceramente aquí hay tres cornudos Carlos, Esther y Javier quiero que le busques una historia de amor también a Carlos para que el pobre no ande triste y a penado por esta historia.
    Y cambiando de tema volviendo a Marga a veces es más infantil en el sentido que cree que con lo enamoradisima que está de Javier, con todo lo que disfruta y con los sentimientos tan bonitos que le atan a él, ella cree tan inocente que se va a tirar un verano sabatico y cuando llegue el final del verano va a poder decir tan tranquilamente “Hasta aquí hemos llegado, Javier a partir de ahora esto se ha acabado”. Por eso veo infantil a Marga pues podra disfrutar de Javier muchisimo pero jamás vera el día adecuado para decirle adios y menos poner ella a partir de ahora la fecha “final del verano”.Aunque todos sabemos que ese día llegara y se sentira morir.

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