LOS AMANTES: CAP 44: SUERTE ¿DE QUIÉN?

wpid-PhotoArt_11142012220148.jpgDesde que puso esa foto en la mesa de su moderno despacho pasaba minutos, y más minutos,  con la mirada perdida en esos ojos hipnóticos que la hacían enloquecer.
En la foto estaban los cuatro de siempre, frente a la Fontana de Trevi, y él estaba especialmente guapo. En realidad eran ellos dos los únicos que salían favorecidos.
La pobre Esther salía con un ojo cerrado, y con la boca a medio abrir. Carlos estaba casi tapado por el pelo de su amiga. De todos modos nunca fue muy fotogénico.
Esa siempre había sido una de sus fotos favoritas, pero últimamente lo era mucho más. Y lo era por su fantástico colorido,  por esa agua mágica que chorreaba tras ellos, por lo bien que lo pasaron en ese fin de semana, y, por qué no decirlo, por lo guapa que se veía.
– Tengo que cambiar esta foto o no podré trabajar– se dijo muy seria, golpeando el marco y dejándola caer sobre la mesa para volver a concentrarse en las decenas de declaraciones de la renta que tenía que revisar. No tenía ganas de trabajar. Eso no era una novedad últimamente, pero, además, empezaba a sentirse mal, con nauseas y un extraño dolor de vientre.
– ¿Qué hora es? – preguntó a su compañera, que acababa de colgar el teléfono
– las once y media. Mira que estás pesadita con el reloj… ¿qué te pasa hoy?
– nada, ¿qué me iba a pasar? – preguntó de nuevo nerviosa, sabiendo que aún quedaba media hora para encontrarse con él, como ya había hecho tres veces en las últimas dos semanas
– hija… estás de un raro. ¿Es que tienes la regla?
– no digas eso, por favor… no lo digas ni en broma.
 
A menos de un kilómetro de allí su marido llegaba de la inauguración de la última obra de su gabinete. Todos estaban de celebración porque por fin habían acabado uno de los proyectos más importantes de los últimos años. Todos estaban contentos, tomando cava, pero Carlos no sonreía como el resto, a pesar de haber sido el motor del proyecto. Carlos, a pesar de intentar evitarlo, no dejaba de pensar en lo que había sucedido la noche anterior en su casa. Esa mujer con la que había hecho el amor no era su esposa. Y no se refería sólo a la forma de actuar, sino también a su misma cara, a su cuerpo y a sus sonidos… todo era distinto en ella, y eso le hizo pensar. En realidad no sabía bien qué pensar. Él no dudaba de Marga – nunca lo haría – pero le desconcertaba ese extraño comportamiento en la cama, y también el de fuera de ella. Hasta ese momento él había pensado que su vida con Marga era casi perfecta, sin ningún pero, sin nada que reprochar, sin nada que envidiar, pero ya no estaba tan seguro. Ellos nunca habían hecho el amor así, de esa manera tan salvaje, tan carnal, tan apasionada… tan animal… y tan parecida a esa que vio en la playa. Era como si ella misma la hubiera visto también. Y eso seguía manteniéndole en vilo. Sobre su atormentada mente masculina se dibujó la idea de no ser capaz de satisfacer a una esposa hermosa como Marga, por la que cualquier hombre mataría.
Sus nuevas dudas también nacían de su extraño comportamiento cotidiano. Marga había dejado de sonreír. Había algo que la preocupaba – más de la cuenta – siempre estaba de mal humor, que solía pagar con él, y en casa parecían dos desconocidos que apenas se hablaban. Además, Marga siempre había sido contraria a llevar teléfono móvil, y últimamente no dejaba de jugar con él, siempre a escondidas. Siempre estaba también en las nubes, pensando cosas que no compartía, como si estuviera en otro mundo paralelo al que le había tocado vivir. En su oficina había varios casos de infidelidad, y todos los síntomas que veía en su esposa eran parecidos a los que sus compañeros le habían contado. Hasta en la cama Marga parecía otra mujer, más desinhibida, menos pasiva, y con más deseos que antes. Él mismo sabía que exageraba en esa extraña sensación celosa que había nacido en su interior, pero últimamente todo lo que le rodeaba estaba cubierto por mentiras, engaños y crueldad. Aún estaba reciente el día que descubrió a la asistenta con su vecino, en su propia casa. Su jefe se acostaba con su compañera, una mujer felizmente casada. Al menos eso pensaron siempre todos. Llevaban dos años de relación, y nadie se había dado cuenta nunca. Fue otro compañero quien los descubrió saliendo de una habitación de hotel. Y de eso hacía ya dos años. Si nunca dijo nada fue porque él también salía de otra habitación en compañía de otro miembro de la oficina, también casada. Ahora que se había divorciado, y casado con esa compañera – antes amante – lo había soltado todo.
El arte del engaño era más fácil de lo que él imaginaba… y como decía su amigo: “en este tema el más tonto hace relojes”. Su jefe era un hombre joven, muy atractivo… un hombre con gancho. En cambio Carmen, su compañera de despacho desde que entró a trabajar en el bufete, era una mujer normal, guapa, y con una edad más que considerable para ese tipo. ¿Cómo iban a sospechar de una mujer de casi cincuenta años, casada con un buen hombre, y madre de tres hijos ya mayores?. Nadie lo hubiera imaginado… pero ahora todos lo veían con claridad. Si hasta ahora podían ver miradas furtivas, sonrisas extrañas… todo. Entre ellos – lo habían conseguido mantener oculto durante más ya de dos años – había una relación muy intensa, mágica e inconsciente casi, rodeada de oleadas de pasión que ya no pasaban desapercibidas
¡Carmen no! – se decía mirándola, y descubriendo ese aire especial que tenía en la oficina y que, para nada, tenía cuando estaba junto a su familia. Carmen y Marga se conocían, y se llevaban bastante bien, y él siempre las había comparado, haciendo hincapié en lo parecidas que eran en carácter, en bondad, y en todo… ¡Ojalá en todo no! – pensó abatido. Cansado de pensar en cosas que él mismo sabía que no tenían sentido, decidió actuar y enfrentarse a ellas, en lugar de dejarse vencer.
Tenía que sorprender a Marga, hacerla sentir viva, encender esa llama de pasión que nunca habían tenido encendida… y que la noche anterior pareció empezar a arder.
Y empezaría en ese mismo momento. Mirando su reloj decidió marcharse de la oficina para sorprender a su esposa. Ya habían pasado de las once y media, y si se daba prisa podría estar en su oficina al medio día y sorprenderla en su hora del café. Era la primera vez que iba a hacer algo así en diez años. Entrando estaba en su coche cuando vio a su compañera Carmen salir también del ascensor. La vio nerviosa, más nerviosa de lo habitual. Diez segundos después salía del mismo ascensor su jefe, peinando su pelo cubierto de gomina, y limpiando el carmín de sus labios. Cada uno anduvo por el parking en una dirección contraria.
– ¡Qué hijos de puta! – pensó mientras aguardaba para no ser descubierto. Al salir del parking público miró su reloj.
– ¡Mierda! – exclamó mientras subía las escaleras a toda velocidad comprobando que ya eran las doce. La calle Larios, a esas horas, estaba atestada de gentes que caminaban de un lado a otro, aprovechando el generoso sol que les acompañaba. Coches de todos los colores avanzaban lentamente en ambas direcciones. Otros esperaban su turno, en las calles colindantes, a la espera de que llegara su turno para pasar. Junto al semáforo donde estaba parado un mendigo le pidió una moneda. Carlos jugó a buscarla, aunque supiera que no tenía ninguna. Hacía tanto tiempo que no paseaba por esa maravillosa calle a esas horas de la mañana que se quedó maravillado con el colorido provocado por el brillo, el gentío, y esa luz mágica que se reflejaba en los cristales de las ventanas del hotel iluminando la calle de una forma especial. Mirando estaba a la acera de enfrente, esperando que el muñeco rojo cambiara su color, cuando vio a Marga caminando con paso ligero. Intentó llamarla, pero comprendió que sería imposible que pudiera escucharla desde allí. Por eso prefirió seguirla con la mirada, para no perder su rastro entre tanta gente.
Cuando el semáforo le dio permiso para pasar corrió por el paso de peatones, esquivando a gentes tranquilas, que le miraban extrañadas. Otro semáforo detuvo su seguimiento.
Marga ya estaba en la otra acera, y caminaba mientras hablaba por el móvil. Al menos lo intentaba porque quien fuera a quien estaba llamando no parecía cogerlo. Carlos miró en el suyo pero no encontró rastro de ninguna llamada. No era a él a quien llamaba.
– ¿Dónde vas por aquí Marga? – se preguntó extrañado, comprobando que su oficina estaba en la misma manzana, pero por la parte de detrás. Mirando en derredor, preso de un extraño pánico, observó una conocida figura que caminaba en dirección contraria a la de su esposa, pero con un punto en común. No se habían visto. Era Javier, su amigo, el esposo de Esther, que se adentraba en un hotel. Marga seguía caminando, a escasos cien metros del hotel, esquivando gentes también.
El miedo se hizo más patente, y a él llegó la imagen de su compañera y su jefe, que habían sido capaces de engañar a todos durante tanto tiempo sin que nadie sospechara nada.
A cada paso de Marga Carlos sentía el peso del dolor con más fuerza. Ya estaba demasiado cerca del hotel, y parecía ir en esa dirección. Para su suerte Marga pasó de largo, deteniéndose en el estanco situado un par de puertas más adelante. Cruzando, y mucho más relajado – en realidad se había quitado un enorme peso de encima – se ocultó entre la gente y siguió vigilando la puerta de ese estanco. Marga salió cerrando su bolso, y, para su zozobra, entró en el hotel.
Un extraño miedo se apoderó de él al verla entrar.
– Esto tiene que tener una explicación – pensó abatido, como si hubiera sido golpeado violentamente.
Apoyándose contra el escaparate de una tienda de moda sintió que todo el peso del mundo recaía sobre sus hombros, haciéndole perder todas sus fuerzas. El miedo fue tan grande que ante él aparecieron cientos de puertas imaginarias. Y cada una que abría le mostraba la misma imagen. Un extraño sudor recorrió todo su cuerpo, y, aunque tenía un calor asfixiante – tuvo que deshacer el nudo de su corbata – extraños escalofríos sacudían toda su anatomía. No podía quedarse allí. No podía tampoco alejarse, y pensar algo que, posiblemente, nada tendría que ver con la realidad. Tenía que tranquilizarse. Era Marga, su Marga. Y él era el marido de su mejor amiga. Ella no podía ser como Carmen.
– ¿Y por qué no? – volvió a preguntarse, sintiéndose más  mareado cada segundo que pasaba, incluso con ganas de vomitar – después de todo Carmen adora a su marido. O eso pensamos todos…
Fumando un cigarro a la puerta del hotel comprendió que no podía  ser verdad lo que estaba pensando. Marga nunca le había dado motivos para desconfiar. Todo lo contrario. Y Javier tampoco. Además, Marga nunca se liaría con el marido de su mejor amiga, esa que podría ser como la hermana que nunca tuvo. Más tranquilo entró en el hotel intentando pasar desapercibido. En el amplio y lujoso hall del hotel había mucha más gente de lo que hubiera imaginado a esas horas.
Gente vestida con elegantes trajes cargaban maletas. Otros con maletines y carpetas entraban en salas donde, seguramente, se estarían celebrando conferencias.
Seguramente Marga, o Javier, o ambos, estarían en algún congreso. Más tranquilo entró en la cafetería del hotel mientras sacaba el móvil para llamar a su esposa.
Con el teléfono pegado a su cara esperó el tono. Fue cuando recibió el primero cuando les vio. Colgó rápidamente.
Javier y Marga estaban sentados, en la cafetería, tomando un café mientras hablaban animadamente. Marga tomaba también una tostada de sobrasada – sus favoritas – y Javier bebía a grandes tragos un refresco de cola. Marga cogió el teléfono. Miró la pantalla  y le devolvió la llamada. Carlos no lo cogió, y Marga volvió a guardarlo en el bolso.
Carlos permaneció escondido tras una planta alta observándolos. Quiso salir, sorprenderles, y escuchar de lo que hablaban, pero finalmente le dio tanta vergüenza su propio comportamiento que prefirió marcharse sin más.
Durante el rato que estuvo espiándoles no vio nada raro. Ni un beso, ni una mirada extraña, ni siquiera una caricia escondida. Es más, Marga estaba algo nerviosa, como incómoda. Él la conocía mejor que nadie, y respiró tranquilo al ver la ansiedad que reflejaba el rostro de Marga, esa que siempre tenía cuando no estaba a gusto con alguien.
 
Unas horas más tarde, cuando Carlos entró en el piso Marga estaba en el baño. Al salir la vio un tanto demacrada.
– Hola querido – le dijo ella, intentando sonreír
– ¿qué te pasa?
– me encuentro fatal. Tengo un dolor horroroso…. Llevo todo el día vomitando. Me voy a tomar una pastilla y me acuesto ¿vale?
– vale – le dijo él, siguiéndola por el pasillo hasta la cocina. Marga abrió el botiquín, sacó sus pastillas, y se tomó una bebiendo agua del grifo.
– ¿Por qué no bebes el agua de las botellas?
– me gusta el agua del grifo
– qué maniática eres
– y tú qué pesado – le dijo besándole en los labios tímidamente y alejándose por el pasillo hasta el dormitorio.
Carlos la miraba como hacía mucho que no lo hacía. Iba vestida con el mismo pijama de siempre, pero era la primera vez que se fijaba en lo bien que se ajustaba a su precioso cuerpo.
– ¿Qué has hecho hoy? – le preguntó acercándose hasta el dormitorio para cambiarse de ropa
– pues poca cosa… trabajar – dijo ella metiéndose en la cama
– ¿no ha pasado nada hoy?
– pues no
– ¿no has salido a desayunar?
– bueno sí. Esta mañana he estado desayunando con Javier – dijo, sin pensar, dándose rápidamente cuenta de que podía haber metido la pata
– ¿Javier, el de Marga? – preguntó
– sí – dijo expandiendo la crema sobre su cara, intentando tranquilizar unas manos temblorosas que huían del control de su dueña
– ¿y eso?
– porque su agente estaba aquí hoy y se quedaba en el hotel que hay detrás de mi oficina. Estaba allí y me ha llamado por si tenía un hueco
– ¿y qué se cuenta? Hace mucho que no les vemos
– pues nada. Que están muy liados,  y que Esther no viene hasta la semana que viene
– ¿dónde está ahora?
– en Amberes
– qué bien vive esa jodida – dijo metiéndose en la bañera, y sintiéndose mal por haber desconfiado de su esposa.
Deseoso de hacer algo por ella, y por él mismo, decidió que al día siguiente iría a la agencia de viajes y buscaría un viaje romántico para hacer juntos.
Ambos se lo merecían… sobre todo ella. Y ya sabía dónde la llevaría.
Sin duda – pensó mientras el agua acariciaba su rostro cansado – era un hombre con mucha suerte. Quizás más de la que merecía.
Mientras tanto Marga, tumbada en su cama, pensaba en Javier y en la mala suerte que habían tenido ese día. Toda la noche había estado sin poder dormir, esperando deseosa encontrarse con él. Toda la mañana había estado esperando el momento con un deseo desmedido, y a media mañana, como siempre sucedía, de forma inesperada le había bajado la temida regla, con todo lo que en ella conllevaba. En comparación con sus amigas su menstruación era un auténtico suplicio. A ella le dolía mucho más, le entraba hasta fiebre, y sangraba más de lo normal, llegando incluso a tener que ir al hospital en muchas ocasiones al provocarle anemia.
Lo que no sabía Marga es que esa regla había sido lo mejor que le podía haber pasado ese día. Gracias a esa regla no habían subido a la habitación, como estaba previsto.
Había tenido mucha suerte… Y no solo ella… Carlos, tumbado en la cama a su lado, también se sentía aliviado.
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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

17 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP 44: SUERTE ¿DE QUIÉN?”

  1. Ya se acaba esto, cuantos capitulos faltan? Marga se nos ha enamorado y Carlos también, pero tarde como siempre pasa cuando le ven las orejas al lobo eso es muy de hombres

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  2. Iba a decir que A Marga le hace falta dejar de ver a ese hombre o acabará con su matrimonio con su amistad y con su vida pero pensandolo bien si lo hace acabará con su alegría. Marga disfruta de lo que te está pasando pero ten cuidado de que no te descubran. eSe hombre no es tu amor solo tu pasión, y la pasión se va tarde o temprano

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  3. estoy siguiendo tus visitas y cada vez tienes menos jajajajajaja No me extraña porque esta historia aburre de lo lindo. Vuelve a tus micros. ES lo mejor

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  4. me parece fantástico el juego que haces con Carlos, como lo has metido en la historia pero me da a mi que ya es demasiado tarde para él. Su tiempo ha pasado

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  5. no estoy para nada de acuerdo contigo Carmen. Marga sigue queriendo a Carlos, pero este no ha sabido darle a su cuerpo lo que tanto le gusta. Creo que todas las personas (mujeres o hombres) pensamos igual en esto y que puedes querer mucho a tu pareja, a la que has conocido antes, pero de pronto aparece alguien que te gusta. A lo mejor no te acuestas con él, ni tienes ningún tipo de relación sexual o física, pero hay algo entre vosotros que va más allá, algo que solo veis vosotros como son miradas, sonrisas, mensajes etc. Yo creo que eso es lo más normal del mundo

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  6. querer al hombre que has elegido como compañero no implica que conozcas después a alguien que te haga tilín, que te guste por otro motivo, y que te de cosas que te gustan. Eso no quiere decir que tengas que ser infiel a tu marido. O sí

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  7. no dices tu nombre porque eres un poco ligerita de cascos se te nota en tu forma de comentar y seguro que le pones los cuernos a tu marido. Se te ve a la lengua

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    1. estamos aquí para comentar cosas del blog.y no para faltar a quien comenta…un poco de educación y respeto por los comentarios de los lectores. lo siento no podía dejar pasar esto.

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  8. reconozco que no estoy enganchado a esta historia y no porque sea mala o buena sino por falta de tiempo. De vez en cuando le echo un vistazo y disfruto con los comentarios y con algunos textos. Lo que sí te voy a decir es que la realidad muchas veces supera a la ficción y te lo dice uno que ha mantenido una relación con alguien asi, con alguien muy cercano, o mejor dicho con el familiar de tu pareja. Yo he mantenido una relación con la hermana de mi mujer durante al menos tres años y nadie nos ha descubierto jamás. De eso hace tiempo y creo que fue la cosa mas excitante de mi vida

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