LOS AMANTES: CAP 45: MEJOR NO PONERLE TÍTULO A UNOS SENTIMIENTOS

wpid-PhotoArt_11142012220148.jpgEsa habitación era una playa luminosa, y él era el mismo mar y todo lo que en él habita. De fondo, como siempre también, sus suaves susurros en forma de baladas. Después, suspirando y respirando sobre su espalda, bajó saltando de lunar en lunar hasta llegas a la cesta llena de frutas que eran sus caderas. Allí besó también, e incluso dejó que el más húmedo de los músculos jugara con su piel despierta, y disfrutó de su sueño, sin despertar sus ojos, como siempre hacía.
Después de limpiar su espalda y caderas de la nada de la noche le dio la vuelta al paisaje lunar por donde su boca paseaba y besó su corvo vientre, sus caderas, y dibujó gaviotas alrededor de las islas de sus senos, donde no podía morar para así no despertarla.
Ella, absorta y alejada de esa habitación donde tanto le gustaba estar, seguía sin reaccionar mientras él sentía las cosquillas punzantes de una mata de vello que se arremolinaba sobre su mano mojada, una mano sin miedo dispuesta a percibir toda la humedad que esa mujer dejaba caer por el verano de su cuerpo. Dispuesta a dejarse vencer, había separado sus muslos, arando el camino para la siembra y dejando su tierra abierta para que el agricultor dispusiera de las semillas e hiciera a su antojo el huerto del que luego se alimentaría.
Ella, aún despiertamente dormida, sonreía en silencio mientras su amado sin rostro besaba sus muslos y sus rodillas y acariciaba todo el contorno de su cuerpo disfrutando de su piel erizada.
Fue al llegar al calor de sus ingles dormidas cuando todo se detuvo, cuando él cambió su tono romántico y embelesado, rompiéndolo, y cuando, sin decir nada, se levantó y rompió ese ritual que no siempre le gustaba… Era la primera vez que Javier actuaba así, y la primera que no paseaba su boca por entre sus ingles, como tanto le gustaba a ella. Lejos de eso Javier se subió a lomos de su amada, la besó,  separó sus piernas con su propio cuerpo y penetró en ella con total violencia.  Marga, desconcertada, se dejó llevar por esa extraña algarabía que, de pronto, nació en ella. Siempre era diferente con él… Por eso le gustaba tanto.
Marga volvía a subirse a lomos del caballo ganador, y notaba que la meta estaba tan cerca que quería tirar de las riendas y hacer que ese magnífico caballo se detuviera y corriera en dirección contraria, justo hasta la salida, que era donde quería volver. Con los ojos aún extasiados casi no podía ver con claridad los ojos de ese hombre que la miraba mientras penetraba en ella con esa exquisita violencia con la que siempre la hacía viajar hasta esos países tan lejanos como soñados. Ese hombre era un auténtico vendaval, un tsunami, y ella era una palmera cargada de dátiles a la espera de que esa gigantesca ola la arrancara de la tierra y se la llevara donde quisiera, aunque fuera al final del mismo mundo… Así se sentía ella entre sus piernas, con ese hombre dentro de ella, con esa boca derramando saliva y fuego sobre su boca, y con esas manos que pellizcaban y apretaban su cuerpo, convirtiéndola en una muñeca..
Recibiendo sus dulces y salvajes acometidas ella se sentía como la sal que se pega a la piel de ese  niño que se baña por vez primera en aquella playa deseada… Como un barco  a la deriva que corta el mar y se aleja de la vida de tierra para la que no fue construido… Como un catamarán  sin alas que vuela a ras de la espuma disfrazándose de avión que planea… Incluso como una patera soleada, semi hundida y aquitranada, repleta de gentes ilusionadas y temerosas. Así se sentía ella recibiendo sus besos, lamiendo sus labios, comiendo de su lengua, sintiendo cómo su lanza se clavaba una y otra vez, y no precisamente sobre su costado.
Javier no besaba, sin más, como el resto de los mortales… Como hacía ella misma. Ese hombre escupía fuego dulce, mezclado con canela y fresas, y ella no dejaba de recibir su saliva, disfrutando de ella, bebiendo de ella como lo que era: una sedienta en mitad del océano.
Mirándole, mientras él la amaba, se sentía también como una roca milenaria y quieta, que se  ve negra y envejecida por el consuelo de un mar muy frío que no deja de bañarla… Como un cangrejo valiente y osado pero atenazado a esa roca de la que no se quiere soltar…
Mirando sus ojos bañados de sudor y deseo se sentía también como la arena  caliente y mojada
que pisan las huellas de dos muchachos cogidos de la mano… Como las piedras multicolor de un fondo que los peces recorren sin miedo alguno… Como un hipocampo desenrollado, despistado y errante que mira en derredor flotando y nadando ajeno a los peligros… Como un  pez volador que cae siempre de cabeza, volviendo a ser pez otra vez en su hábitat…
-Te quiero, cariño – dijo ella, con dos lágrimas dibujadas en sus ojos mientras su boca pedía la de su amante, para que la alimentara mientras seguía sintiendo todas esas cosas que solo él era capaz de dibujar en su mente mientras hacían el amor. Así, cerrando de nuevo los ojos, y sintiendo el cuerpo de su amado dentro del suyo,  volvió a sentirse como un niño que chapotea colérico, y que grita sin miedo mientras su mamá vigila emocionada desde la orilla… Como una niña que se tapa su nariz con los dedos para ver por fin lo que hay debajo de la superficie… Como una mujer que nada y se sumerge, elegante y zalamera sabiendo que el hombre que le gusta la está observando mientras huye… Incluso como un hombre enérgico y emocionado que se sumerge imaginándose llegar tan lejos como nunca antes había hecho…
Y es que Javier, su Javier ya, era el mejor amante que jamás nadie hubiera escrito, imaginado o inventado. Era dulce en sus gestos, amable en sus caricias, tierno en sus besos, pero salvaje en sus acometidas, rudo en sus arañazos, y colérico en sus gritos y gemidos. Y ella, ante semejante espectáculo carnal, no era sino una parte más de ese mar en el que esa habitación se convertía cuando estaba junto a él. Ahora de espaldas, con él aún dentro de ella, y con el cuerpo completamente pegado a las sábanas y el de él completamente sellado al suyo se sintió como un pulpo de ojos avizores agazapado entre las rocas esperando el despistado pez que pasea… Como el dibujo de la espuma  de barba blanca que nace solitaria y viaja cuando el barco salta contra la ola… Como una botella , verde y oxidada por el paso del  tiempo y la sal y que alguien dejó de beber cuando pudo…
Fue al llegar por fin el ansiado final cuando pudo ver en la cara de su amante, como si fuera un espejo, a esa pareja  enamorada que escapa al fin de la moraga festiva, y de los amigos, y se sumerge el uno en el otro bañados por la luna… Y, finalmente, mientras ambos gritan exhaustos, se dejan caer en la cama, con los labios unidos, y con las respiraciones hondas… 
Mirándole, y acariciando su cabello, enredando uno de los dedos en sus bucles negros, piensa en lo afortunada que se siente en sus brazos, y siente que es todo eso que ha pensado cuando, como ahora, rodeada de la sal y el agua que escapa de sus ojos, él se convierte en ese mar donde ella
Quisiera siempre nadar y del que nunca querría salir…
-Todo eso sería yo… Si tú fueras el mar – pensó, mirándole, sin atreverse a decírselo, recibiendo aún los coletazos de una excitación que no terminaba de abandonar su cuerpo hecho agua salada. Por culpa de lo de siempre, que no era otra cosa que sus deseos de ir al baño siempre que llegaba a un orgasmo, Javier se levantó de la cama y se encerró. Tumbada en la cama ella deseaba llorar, gritarle que lo amaba, aunque no pudiera, y empezaba a despertar de un extraño sueño en el que aún seguía envuelta. Aunque él no estaba allí con ella,  aún le parecía sentir los dedos calientes de su amante sobre su desnuda piel, que, por cierto, ya llevaba tiempo despierta. Era la ventaja de la piel, que no necesita ojos para despertar.
Ella, aún medio dominada por el sueño y el deseo, le buscó por la cama, pero esas manos suaves y que tan bien entendían a su cuerpo ya habían dejado de pasear por ese desierto en el que, de pronto, se convirtió toda ella. Intentando volver a su sueño recordó lo que acababa de pasar en esa cama… Era curioso, pero después de hacer el amor con él todo parecía tan lejano… Por eso le volvía a desear. Y deseó  despertar abrazándose a él, acariciando su cabello, besando su cuello bajo el pelo y dibujando flores con uno de sus dedos sobre toda la mano de Javier.  Cuando la puerta del baño se abrió apareció su amante totalmente desnudo. Mirarle desnudo era casi como tenerle dentro, y allí, observándole mientras encendía un cigarro sintió ese miedo que solo una mujer puede sentir cuando se sabe contra la espada y la pared. Ese hombre ya no era un juego para ella… Ese hombre era mucho más… En realidad era casi todo, si no todo. Y sintió miedo, mucho miedo porque, sin saber por qué, sintió que esa sería la última vez que hicieran el amor.  Sus ojos de pronto, se llenaron de unas lágrimas que llegaron hasta lo más hondo de su corazón. Mirando a ese hombre comprendió que llegaba la hora de echar cuentas mirando al futuro y alejándose del pasado… Hasta ahora esa historia de amor había hecho felices a dos personas. A partir de entonces podría hacer daño a cuatro… O a tres… Quizás solo a tres. Y es que Javier parecía tan seguro de sí mismo, y de lo que quería y de lo que no, que eso le desconcertaba.
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5 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP 45: MEJOR NO PONERLE TÍTULO A UNOS SENTIMIENTOS

  1. ella se sentía como la sal que se pega a la piel de ese niño que se baña por vez primera en aquella playa deseada… Como un barco a la deriva que corta el mar y se aleja de la vida de tierra para la que no fue construido… Como un catamarán sin alas que vuela a ras de la espuma disfrazándose de avión que planea… Incluso como una patera soleada, semi hundida y aquitranada, repleta de gentes ilusionadas y temerosas.

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