LOS AMANTES: CAP 47: EL MUSTIO HOTEL

wpid-PhotoArt_11142012220029.jpgMarga caminaba por el largo pasillo del viejo motel mirando un papelito que llevaba en su sudorosa mano. Asustada y nerviosa buscaba el número indicado en el papel, pero ninguno correspondía al de su destino. Llegar hasta allí había sido una odisea en un día tan señalado como ese. El motel estaba situado a las afueras de la ciudad, en la salida hacia Motril, a unos diez kilómetros de su casa, y la carretera la había encontrado colapsada de gente que quería llegar pronto a la playa para disfrutar del día importante de la feria.
Además, conseguir esquivar a Carlos, que no parecía haber creído su versión, fue más difícil de lo que en un principio pensó. Si hasta pensaba que la había seguido hasta allí. Caminando por el angosto pasillo, volvía a mirar todas y cada una de las numerosas puertas de madera vieja que se encontraba, pero la indicada no aparecía. El Motel era bastante viejo y sucio, el largo pasillo estaba enmoquetado en un rojo intenso, con numerosas manchas en el suelo y algún que otro desgarrón, y la pared y las puertas parecían bastante deterioradas. Una amplia ventana, situada al principio del mismo, justo sobre las escaleras, se encargaba de iluminarlo completamente aunque la parte final permaneciera completamente oscura. En el pasillo habría más de quince puertas, cada una colocada frente a otra, y junto a éstas unas pequeñas macetas con plantas de plástico que no cumplían con su propósito, si este era el de dar un toque de elegancia y color. Su puerta era la última de todas, situada en la parte más oscura del angosto pasillo. Al encontrarla se detuvo, e intentando calmarse, respiró profundamente. Miró en derredor, y golpeó suavemente con sus nudillos mientras intentaba domar su aireado flequillo.
– Pasa, deprisa – dijo Javier, escondido tras la vieja puerta que parecía de cartón. Al entrar en la habitación se sintió extrañamente desilusionada, a pesar del nerviosismo y la excitación que sentía, pensando que una escena tan cálida y hermosa como protagonizarían merecía, sin duda, mejor escenario. La habitación era pequeña, destartalada, vieja y horriblemente diseñada. Las manchas de humedad parecían los únicos adornos de tan mustias paredes, al suelo le faltaban baldosas, y las que había estaban quebradas y sucias. La cama – pensaba entristecida- no parecía el mejor lecho para tan digno duelo, y se preguntó si realmente podría llegar a sentirse cómoda en un sitio así. La destrozada lámpara de inexistentes cristalitos estaba encendida aunque sólo una de las seis bombillas funcionaba. Las demás estaban fundidas. Sobre una mesita de sólo tres patas descansaba una horrible licorera de plástico llena de agua junto a dos tallados vasos azules. Junto a la licorera había un cenicero de plástico con el nombre de una empresa aseguradora y con varios cigarros apagados en el interior, lo que le indicaba que Javier ya llevaba un buen tiempo esperándole. Al menos eso fue lo que quiso creer. Sólo él, apoyado sobre la floreada cortina roja, observando a través de la ventana, pareció llenar de color aquella apagada y sucia habitación. Javier la miró nervioso. Ella parecía más hermosa que nunca. Su largo pelo recogido en una graciosa cola parecía más oscuro, y sus manos temblorosas se entrecruzaban rápidamente, haciendo extraños juegos malabares propiciados, sin duda, por el nerviosismo.
La camisa blanca, al contraste con la luz que entraba por la ventana, transparentaba su vientre y su sujetador blanco, donde descansaban los más bellos senos que jamás se habían contemplado. Un cinturón grande rodeaba su cadera, y la falda de cuero marrón hacía de su silueta algo casi imposible de creer real.
– ¿por qué  me miras así? – preguntó, al ver que no reaccionaba ante su presencia
– no lo sé – contestó sin apartar la mirada del cristal
¿y tú?… ¿por qué estás tan nerviosa? – le dijo sonriendo, intentando tranquilizar el extraño baile de sus dedos
– tengo la sensación de que alguien me ha estado siguiendo
– ¿quién te iba a seguir?
– no lo sé, quizás sea el miedo que tengo. No me parece bien que nos veamos otra vez. Dijimos que no volveríamos a hacerlo
– lo sé… tampoco tú has cumplido con la promesa
– no te entiendo
– estás aquí…
– ya… Además, es la primera vez que vengo a un sitio así
– yo también – contestó tímidamente mientras ella sonreía.
La primera tristeza de sus ojos se convirtió en una leve y dulce sonrisa que devolvió la felicidad y confianza de Javier. Poder verla sonreír, saber que era él quien seguía haciéndola feliz, era algo que Javier no podía dejar de agradecer a ese dios que cada vez sentía más cerca.
– Javier  – le decía mientras le abrazaba con contundencia – ¡Cuánto te he echado de menos! Volver a sentirse juntos hizo que olvidaran, una vez más, todos sus miedos. Habían estado varios días sin verse, y casi habían olvidado el sincero placer que sentían cuando estaban juntos, y a solas.  En esos días prohibidos para ellos, sus vidas habían vuelto a parecer vacías y tristes, y nada que no fueran ellos mismos parecía poder alegrarlas.
El hecho de permanecer distantes un sólo día, el pasar sin besarse, hablarse y sincerarse era como olvidar todo lo sucedido la vez anterior. Estaban tan necesitados del otro que todo parecía un fugaz sueño, algo que no había ocurrido mas que en su imaginación… algo que tenían que volver a sentir aun habiéndose prometido no hacerlo. Lo que más dolía en ambos era ese extraño miedo a que todo terminara… a que el otro se olvidara… a pesar de ser también lo que, a veces, deseaban. Ese hombre, al que se abrazaba como si la vida le fuera en ello, había despertado el sentimiento más temido en ella.  Allí, frente a él, pareció comprenderlo por fin. Mirándole comprendió que nunca podría negarse a él, que nunca podría separarse definitivamente de su lado, y que, sin él,  ya estaría perdida. Asustada, a la vez que emocionada y feliz, cerró el circuito por donde su mente divagaba, para no pensar en nada que rompiera ese carnal encuentro que necesitaba como nunca antes lo había sentido.
Deseaba y necesitaba sentirse amada, compartir su amor con alguien como él, sentir sus caricias por todo su cuerpo, saborear el suyo, hacer suyos todos sus besos, y dejarse llevar por esa aura que la hacía vivir entre las letras de una novela de amor.
 Allí, en esa vieja habitación de motel barato, olvidaron sus pesares, su soledad, sus angustias… olvidaron sus propias vidas creyendo ser los protagonistas de una nueva novela cuyo final se acercaba, y del que huían a toda costa. Ella, de nuevo entre sus brazos, creía ser obra de un pincel delicado, de una mente abierta y poética, era un personaje vivo y sensual, una de tantas protagonistas a las que tanto había envidiado… y no quería despertar de ese sueño. En sus brazos había dejado de ser una simple esposa abatida por la cruel rutina. Tampoco era ya una mujer sin vida extra, y sin ambiciones. Con él era, de nuevo, la muchachita de veinte años que siempre había querido ser y que las condiciones de su propia vida le habían hecho dejar de ser, aun antes de cumplirlos. Por primera vez en muchos años volvía a sentir la necesidad de mirarse en el espejo, aunque ese espejo no era el que siempre le había acompañado en su casa. Su nuevo espejo colgaba en los ojos de su amante, el único espejo que le hacía ver a la Marga que ella necesitaba sentir. Ante él su rostro recobraba su juventud, sus ojos volvían a sonreír, y su boca volvía a parecer un manantial de abundante agua fresca. Su piel, fresca y húmeda, parecía la de una joven serpiente llena de vitalidad, y toda su frescura traspasaba su propia piel para llegar hasta cada uno de los rincones de su cuerpo. Sus pechos parecían de nuevo resurgir, y, a pesar de su excesiva protuberancia, y  de su marchitada madurez, seguían guardando su exquisita forma, y una inusual y casi desproporcionada rigidez.
Su vientre – había descubierto el placer que le proporcionaba acariciarlo mientras miraba o recordaba a Javier  – permanecía fresco y redondo recobrando todo el fulgor de su más lozana juventud. Estar ante él o, simplemente, pensar en él era recobrar el revitalizador efecto de su añorada juventud… Si hasta podía sentir su propia fertilidad. Javier  volvió a sentirse pletórico al recibir el sincero abrazo de su amada. Todo el miedo que había estado acompañándole los últimos días había desaparecido. Nada tenía que temer pues su nuevo encuentro le demostraba que esa mujer seguía perteneciéndole y nada, ni nadie, podría separarlos ya jamás. Abrazados y sonrientes volvieron a besarse mientras se contaban lo mucho que se habían echado de menos. Sus caras habían recuperado de nuevo el color perdido, y sus ojos brillaban con fuerza mientras sus cuerpos se juntaban apasionadamente.
– Te quiero – dijo tímidamente, aunque sin ningún miedo aparente, mientras él sonreía y callaba.
Él quiso repetir esas palabras, pero no pudo. Había algo nuevo, algo que le hacía actuar de una manera diferente.
Toda la suciedad de la habitación, el horroroso color rojo de las cortinas estampadas con flores, y el rancio olor a habitación cerrada y húmeda desapareció de sus sentidos para  regresar al más cálido de los paraísos.
Marga le miraba embelesada. Observaba su sonrisa y se emborrachaba de ella, acariciaba su rostro y sentía cada uno de sus estremecimientos, acariciaba su pelo y creía ser el viento que lo hacía mover.
Besándose con un ardor y una pasión sin límites, acariciaban sus cuerpos mientras, con delicadeza, iban despojándose de las ropas que no necesitaban. Primero ella apartó la camisa de su cuerpo dejándola caer sobre el suelo, después desabrochó su sujetador blanco y con graciosos encajes con formas de flor, que no tardó en caer sobre su desnudo vientre mientras él, hipnotizado, observaba sus perfectas turgencias rosadas que invitaban al más sabroso de los festines. Después, casi inconscientemente aunque con lentitud, alejaron los restos de ropas que tanto deseaban ver desaparecer, para dejarse caer sobre la fría cama rodeados del calor de ambos cuerpos. Casi sin darse cuenta, debido sin duda a la pasión despertada por los días de abstinencia, estaban desnudos, el uno sobre el otro, recogiendo todos los gritos y gemidos que ya habían proferido al encontrar la cumbre de su propio placer. Javier parecía un hombre diferente… Estaba ansioso, nervioso, incluso colérico en sus movimientos y en la forma de besarla. Sus manos habían  empezado a acariciarla suavemente, con una delicadeza sin igual, pero con el paso de los segundos, y de los besos, sus manos fueron apretándose contra sus pechos, pellizcándolos y retorciéndolos mientras su boca mordía su cuello al punto de hacerle daño. Aun así le gustaba. A Marga le gustaban esos dos Javieres, el dulce, ameno y cariñoso, y esa bestia salvaje en la que se convertía cuando la miraba… Eso era lo que más le gustaba de él: la forma en que la miraba. Javier la miraba como un enamorado del arte ante una obra sublime, como un niño frente al escaparate donde descansa la bicicleta que tanto desea, o como ese hombre sediento que, al fin, consigue llegar a la fuente deseada. En sus ojos había una ternura escondida, había amor, pero, sobre todo, había una pasión que ni él podía ocultar cuando estaba junto a ella.
wpid-2013-03-05-18.33.58.jpgDejándose caer en la cama Marga cerró los ojos, estiró sus manos hacia atrás y metió su vientre, separando sus piernas para que él hiciera lo que deseara con ella. Y así fue. Javier se sentó a su lado, después abrió sus propias piernas y la rodeó, subiéndose encima suya, justo sobre su sexo caliente y húmedo. Marga abrió los ojos y observó esos ojos que la atravesaban y esa lengua que no dejaba de morder entre sus dientes… Javier estaba encendido, y cuando así era Marga sabía que lo que llegaba a continuación sería digno de grabarse.
Javier besó sus labios, su cara, recorrió su cuello hasta el lóbulo de sus orejas y allí respiró profundamente, haciendo que Marga se deshiciera como un azucarillo. Javier siguió besando y pasando su lengua por el cuello, bajando poco a poco, notando cómo iba erizando la piel de su amante, hasta llegar a sus aureolas, donde jugó con su lengua lentamente hasta que sus dientes tomaron el control y comenzaron a mordisquear esos pezones que tanto le gustaban. Javier siguió bajando, dibujando círculos por el vientre blanco de Marga, mordisqueando sus caderas, hasta que llegó a su sexo. Con delicadeza cogió sus piernas y las arqueó, colocándolas sobre sus propios hombros, haciendo así que toda ella se abriera como una flor… Entonces él se hizo abeja y buscó la miel. Con una delicadeza exquisita Javier posó su boca entera en su sexo y allí se perdió. Marga, mientras sentía esos latigazos de placer, hizo lo que tanto le gustaba. Con sus dedos cogió el pelo de su amante y apartó su flequillo para verle los ojos. Le encantaba ver cómo la miraba, con su nariz perdida entre su propio vello caoba y escuchar el sonido de su boca sobre su sexo.
-Javieeeeer – dijo mirándole enamorada – creo que me podrías matar si quisieras
– ¿sí? – preguntó él, apartando la boca de su sexo, y sonriéndole – ¿te dejarías?
– dejaría que me hicieras lo que quisieras, cariño – dijo ella, colocando la mano en la cabeza de Javier, y empujando lentamente hasta llevar su boca a su lugar de origen
– te deseo tanto… – dijo él, volviendo a jugar y a darle juego a su amante
– y yo te amo – dijo ella, sin arrepentirse de hacerlo, porque así lo sentía.
Javier, con exquisita ternura comenzó a lamer y chupar las carnes sedosas de Marga y fue estimulando su propia locura con ayuda de sus dientes, que no dejaban de jugar a su antojo con un sexo que ya era suyo. Esa piel escondida era como el terciopelo que tanto le había gustado acariciar desde niño, y ella entera era esa playa donde quería bañarse todos los días.
Marga se agarró a las barras del cabecero de la cama y elevó su culo, saltando casi, mientras él no dejaba de lamerla, presionando suavemente en el interior de esa puerta donde pronto volvería a entrar.
Marga se estaba volviendo loca. Ese hombre sabía exactamente lo que hacer, como si pudiera oyer su pensamiento, y sabía qué hacer y cuando, cuándo parar y cómo seguir, y ella se volvía loca. Mientras disfrutaba de sus masajes no dejaba de mirarle y disfrutaba de sus ojos cerrados y de esa cara de placer, de estar haciendo algo que le gustaba tanto como a ella. Al poco tiempo le pedía que abriera los ojos, y que la mirara, y al recibir su penetrante mirada mientras el resto de su cara estaba oculta por su sexualidad sentía que se moría.wpid-2013-03-05-19.19.17.jpg
Ese hombre tenía el don de hacerle sentir los orgasmos a una velocidad inusual, y rápidamente volvía a desear otro, dejándole jugar a su antojo, pues sabía que era algo que a él también le gustaba hacer.
A veces, cuando notaba que el orgasmo llegaba, le pedía que se detuviera, que se subiera sobre ella y la penetrara, para sentirlo así, con él dentro, pero la mayoría de las veces él se negaba, y  no hacía caso a sus peticiones, ni siquiera a los apretones de piernas, encerrándole casi, para hacer que saliera de allí… A Javier le gustaba su sexo, disfrutar de él, y eso a ella le volvía loca.
Después de no menos de dos orgasmos seguidos Javier se tumbaba sobre ella y entraba en su cuerpo con violencia, haciéndola enloquecer de nuevo, y volvían a besar los cálidos labios de su acompañante y acariciar sus cuerpos, unos cuerpos que sabían que les pertenecían y que nunca ya podrían abandonar. Mientras observaba el dulce y ágil baile del cuerpo de Javier  sobre el suyo, Marga parecía escuchar el grave y celestial sonido de campanas ondeando, arriba y abajo, a un lado y al otro, mientras podía sentir toda la fuerza y la vitalidad del cuerpo que acariciaba, y que la hacía estremecer.  Permanecer junto a él era como recibir una panacea, un calmante para su dolor,  el agua que regara su soleado jardín, o el alimento que recibe el cachorro en boca de la madre que le ha parido momentos antes. Flotando entre las sábanas, bailando un prohibido baile del que sólo ellos conocían los pasos, le miraba emocionada mientras su cuerpo, que no su boca, profería incontrolables gritos de frenesí. Después, sus ojos, lloraron de rabia por la prontitud del final no deseado ni buscado, pero sí encontrado.
– No te alejes, no te alejes – gritaba su alma mientras la boca parecía sellada, y un insólito y estruendoso silencio se apoderaba de su aún convulsivo cuerpo, al sentir cómo se iba retirando de su interior. Extrañamente – pensaba mientras admiraba ese cuerpo que le pertenecía – sentía envidia de la fuerza con la que ella misma le amaba. Envidiaba todo lo bello que veía en él, envidiaba su escasez de defectos, envidiaba los ojos que la miraban – aunque fueran los suyos -, envidiaba también las noches que pasaría con su amiga, las ropas que vestía, envidiaba las sábanas que la acariciaban, envidiaba el agua que bebía, el aire que respiraba, los personajes de las novelas que leía… Todo y cuanto estuviera en contacto con él, ya fuera material o inmaterial, era centro de sus envidias.
– Javier , vamos a tener que marcharnos – dijo Marga para su desilusión, intentando separarse
– ¿por qué? – se incorporó sobre su propio codo mientras la observaba y acariciaba – aún es pronto
– no, no lo es. Tengo que preparar la cena… He quedado con Esther
– que la haga ella – decía mientras sus manos paseaban libremente por su redondo y blanco vientre
– ¿no prefieres quedarte aquí conmigo? – pareció reprocharle, tanto con sus palabras como con sus ojos – me parece mentira que después del tiempo que hemos pasado separados…
– ¿qué quieres decir? – sonrió tímidamente preocupada al notar la seriedad de sus palabras, y la fuerza con que la tenía asida
– quiero decir si prefieres estar con Esther a estar conmigo…
– no te entiendo – sus insensatas preguntas empezaron a asustarla de veras – ¿qué quieres decir?
– no lo sé… – dijo mientras sus ojos se apartaban de su cuerpo – me parece que ya no eres tan feliz conmigo…
– no puedo creer que me digas eso en serio… ¿qué te pasa? ¿es que no comprendes que tengo que irme?
– sí lo comprendo, pero no quiero que lo hagas. Quédate un rato más
– no puede ser, Javier . Déjame, no seas crío – le recriminaba mientras luchaba con él para alejarse de la cama y vestirse.
Marga, al ver que Javier  no parecía dispuesto a soltarla, no tuvo más remedio que pellizcarle con sus largas uñas haciéndole gritar. Después, Javier, aún tumbado sobre la vetusta cama, permaneció en silencio mientras observaba la siempre sensual forma en que esa mujer escondía su cuerpo.
Sólo ver cómo iba deslizando la seda de sus panties sobre sus acaramelados muslos, y los iba ajustando era como presenciar un milagro, algo indescriptible, y algo que le hacía desearla de nuevo.
– ¿Qué te pasa Javier ? – preguntó extrañada mientras terminaba de abrochar el sujetador que cubría sus turgentes senos – te encuentro muy raro…
– no lo sé – dijo dubitativamente – no quiero que te vayas. Antes te costaba mucho trabajo alejarte de mí, y ahora, en cambio…
– y ahora más – dijo, mirándole con dulzura
– pues no se nota – Javier  parecía un niño enrabietado.
– Cuando estoy contigo soy la mujer más feliz del mundo, pero tengo que atender mis deberes. No puedo dejarlo todo por estar aquí contigo. ¿No lo entiendes?
– la felicidad radica en sentirse bien con uno mismo, y tú pareces pensar más en la felicidad de los demás que en la tuya propia
– ¿es que los demás no importan? – dejó de vestirse echando su cuerpo sobre él con la camisa aún desabrochada, y con la falda sobre su cintura
– eso es hipocresía – dijo visiblemente enrabietado
– ¿por qué dices eso? – preguntó un tanto asustada y preocupada. Era la primera vez que le hablaba así, y le dolía… Más que dolerle, empezaba a asustarle.
Ella sabía que todo estaba cambiando en ella. Desde que se acostó por primera vez con Javier, su vida era diferente. Nada parecía tener la misma importancia, sus prioridades parecían haber cambiado, y estaba dejándose llevar por algo que podría ser muy peligroso para ambos.
– Pensar en ser feliz a ojos de los demás – Javier  parecía cada vez más serio – es forzar a uno mismo en contra de sus verdaderos sentimientos. La felicidad de cada uno depende de él, no de cuanto le rodee
– ¿de qué me estás hablando? – todos los miedos imaginables entraron en la mente de Marga, que no sabía qué más decir. La conversación – ella lo sabía – iba a tomar un rumbo que nada le agradaba.
– ¿Dejarías a Carlos por mí? – le preguntó desafiante, mostrando esa cínica sonrisa que le hacía irresistible
– ¡Qué locuras dices! – Marga se separó de él adentrándose en el cuarto de baño – ¿acaso crees que tú y yo podríamos ser felices viviendo todo el día juntos?
– pues no lo sé, la verdad…
– eso sería imposible. Haríamos tanto daño que no podríamos ser felices
– cadenas… cadenas… no haces mas que ponerte cadenas que nunca podrás quitarte
– Pero es que yo no puedo, ni quiero, romper esas cadenas de las que hablas. Esas cadenas – le dijo seriamente haciéndole sentar sobre una de las sillas situadas junto a la puerta – me las puse yo misma, una como si fuera el más lujoso y caro de los collares, y la otra como la más brillante de las pulseras. Jamás, y oye bien lo que te digo, jamás buscaré la llave que me libere de ellas, y si un día aparece la tiraré a lo más profundo del mar. Ni siquiera lo que siento por ti, y escúchame atentamente porque no te lo pienso repetir, haría jamás que me alejara de Carlos y de Esther… ¿No puedes comprender que me pides un imposible?
– pero ¿por qué no puedes pensar en ti, sólo en ti?
– Javier , todo lo que te he dicho lo he hecho pensando en mí. Por primera vez creo ser egoísta. Estoy en el mejor momento de mi vida. Tengo un buen hombre en casa, una amiga maravillosa, un buen trabajo, y te tengo a ti… Ahora, me siento feliz y dichosa después de tanto tiempo, ¿para qué voy a intentar cambiar las cosas?.
Un silencio vacío, aunque no tan triste como él mismo pensaba, se apoderó de la habitación. Marga terminó de vestirse, se acercó a él, le acarició el alborotado cabello, le cogió la barbilla y le besó tiernamente en los labios.
– ¿para qué romper algo que es perfecto? – Marga volvía a sonreír al saberse capaz de llevarlo finalmente a su terreno – Tú eres feliz, yo soy terriblemente feliz ¿acaso no es eso lo más importante? – le dijo mirándole con ternura – ¿para qué sacrificar nuestra propia felicidad a costa de la de los demás que nos rodean y nos quieren?. Si ellos dejan de ser felices, nosotros dejaremos de serlo también. Y yo no quiero dejar de ser feliz… ¿lo quieres tú?
– no
– adiós
– ¿nos vemos mañana?
– no, mañana me voy a Barcelona. Ya te lo dije
– tienes razón. ¿Quieres que vaya contigo?
– estás loco… Adiós querido – dijo, observando su desnudez, y sufriendo porque el final del verano se acercaba y, posiblemente, sería una de las últimas oportunidades de disfrutar de él. Llorando se alejó del hombre al que amaría por el resto de su vida.
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17 comentarios en “LOS AMANTES: CAP 47: EL MUSTIO HOTEL

  1. sevillanovense dijo:

    josa ahi se ve mucho amor ya. ESto ya no es el principio. SE nos han enamorado y me alegro mucho auqnue sepa que Marga no dejara nunca a Carlos tiene derecho a vivir eso. Creo que ha sido el mejor capitulo

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  2. atitelovoyadecir dijo:

    por un momento me he sentido Marga tumbada y observando a ese hombre haciendo eso. Por si no lo sabes eso es lo que ma´s nos gusta a las mujeres asi que mas de esto

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  3. Sonia dijo:

    yo no sabría decirte si es el mejor capitulo o no pero a mi me ha llegado ese orgasmo de Marga y estoy de acuerdo con que es lo que más nos gusta a las mujeres. Josa, muy bien descrito eso de que te mire a los ojos mientras lo hace. Quien te lo haya explicado ha dado en el clavo je je

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  4. Anónimo dijo:

    el capítulo es buenísimo pero la descripción del orgasmo y de cómo él le hace eso a Marga es bestial Josa es buenisimo total pero a veces haces que me ruborice. Ostis le parezco a la chica de Grey : me ruborizo, me ruborizo

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  5. Isabel dijo:

    josa a mi me parece que estaás haciendo un trabajo muy bueno porque la historia es divertida diferente y cotidiana. Yo creo que esto pasa mas de lo que nos imaginamos y en los lugares mas insospechados. Hablo de historias de amigos, de familias, y de todo lo que podais imaginar. Es mas esa Marga puede ser hasta una amiga tuya y que nos lo estes contando asi, sin mas, pero creo que ella no te dejaria ¿no? jeje

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  6. Gus dijo:

    Por Dios Josa q buenoooo….!!!Maravilliso yo tb casi llego al orgasmo.Madre mia chico q descripcion.Este capitulo ha sido fantastico.Y Fantastica me parece tb la actitud q ha tomado Marga.Esta actuando muy inteligentemente.Pq sufrir cuando todos pueden ser felices??Pues claro q esta enamorada!!Pero afortunada ella q esta enamorada de tres personas a la vez (El amor,la amistad y la lujuria).Olé Marga me encantas.

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  7. Marta dijo:

    ¿saliditos te refieres a que nos gusta el sexo o a que nos gusta esta historia? Creo que Josa hace esto porque le gusta pero también deberíamos de ser algo agradecidos con él. Este blog tiene que llevar un curro importante, y según tengo entendido no gana dinero con él. Hay que ser algo generoso para hacer esto. O generoso o exhibicionista, y creo que no es el caso aunque tampoco lo conozco para juzgar

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  8. Gracias por los comentarios a todos. La historia está escrita ya, pero la voy corrigiendo y mirando cositas que me decís. El otro día una amiga me comentó un par de errores con los nombres de los personajes, y hay otra gente que sé que están ahí todos los capítulos, y aunque no comenten es de ayuda saber que andáis apoyando ahí detrás. De todos modos nadie está obligado a gustarle lo que hago. A veces no me gusta ni a mí. Lo que sí que pido es que no despreciéis a los que se atreven a comentar. No todo el mundo es capaz de hacer una crítica. Gracias a todos, a los que os gusta y a los que no. Todos ayudáis.

    Y el término “salido” a mí me gusta. Me recuerda a un muy buen amigo de Motril que siempre lo está utilizando

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  9. susana dijo:

    Un buen capítulo.!!!
    Un sexo muy bien expresado.
    Pero lo que más …más, me ha gustado, es ,esa última charla entre marga y Javier.
    En esas palabras está el final de esta historia. Creo que por una vez se ve .
    de que va cada uno

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  10. Anónimo dijo:

    una amiga en común me recomendó que leyera esta historia después de leer a Grey. Tengo que reconocer que me gusta tu historia y que me he ido enganchando pero no sé cuándo publlicas capítulos ¿tienes algún dia en especial o lo haces como va surgiendo? Felicidades,escribes muy bien

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