LOS AMANTES CAP 48: ¡HAGAN JUEGO!

wpid-PhotoArt_11142012220148.jpgMarga, sentada ya en el avión junto a su compañera Laura, sacó el móvil y empezó a escribir antes de que estuviera prohibido.
– ¿A quién escribes a estas horas de la mañana? – preguntó su compañera, intentando ojear el nombre del interlocutor
– a mi marido – mintió sonriendo con falsedad, mientras pensaba: ¿y a ti qué coño te importa?
 
“Me voy a Barcelona. Ojalá hubiera tenido valor para que vinieras conmigo, pero ya te dije que, al final, venía la petarda”
¿ENVIAR SMS?… ACEPTAR.
 
El vuelo, como siempre le pasaba, lo pasó dormida. Y en su sueño soñó a Javier, recordando el día anterior en ese mustio hotel, y el anterior en la playa, donde lo había deseado como nunca… y decir eso con Javier era mucho decir.
Al llegar a Barcelona recibió un mensaje. Abrió él móvil emocionada, pero no era de Javier. Era de Carlos. Seguía tan atento como últimamente, lo que le hacía sentir peor consigo misma.
Laura y ella estuvieron toda la mañana y la tarde reunidas en la central de su empresa. El presidente había decidido vender sus acciones, y la empresa pasaría por una inevitable reestructuración, lo que implicaría numerosos despidos. Por suerte ellas escapaban de la cruel garra de la crisis.
Completamente agotadas, y sin conseguir lo que querían para sus compañeros, llegaron al hotel pasadas las once de la noche. Aún no sabían si tendrían que marcharse al día siguiente – como tenían previsto – o tendrían que permanecer allí para una última reunión. Lo más seguro – así se lo dijo el nuevo jefe – es que pudieran coger ese avión de vuelta que tenían contratado para el medio día. De no ser así la cosa sería peor aún. Los despidos serían más.
En la lujosa habitación del hotel Marga se duchó, se puso su camisoncito sexy, ese que le regalaron para su boda y que no se había puesto apenas tres veces desde entonces, y se echó sobre la cama, mirándose en ese amplio espejo. A su lado, tumbado, apareció la imagen desnuda de Javier, dormido, de espaldas, y ella alargó la mano por la cama para comprobar que todo era producto de su imaginación. Cómo le deseaba en esos momentos, pensó soñolienta, reprochándose el no haber sido capaz de invitarle a acudir allí y poder pasar toda una noche juntos, que, sin duda, era lo que más le apetecía.
En su cabeza no había lugar para otra cosa que no fueran los treinta despidos de los que tenía que encargarse al regresar a su Málaga adorada.
De entre esos treinta no tendría más remedio que despedir a muchos amigos, compañeros de muchos años, incluso a algún familiar. ¿Por qué habría aceptado ella este maldito puesto de jefa de personal? – se volvió a preguntar. La respuesta no tardó en encontrarla: si no lo hubiera aceptado, posiblemente ella también estaría en la lista de despedidos.
Unos golpecitos en la puerta le hicieron alertar. Levantándose de la cama donde veía la televisión pensó en Javier.
– Tenía que haberle dicho que viniera – pensó excitada mientras se dirigía a la puerta para abrirla, sabiendo que no era él. No era Javier – como suponía – se trataba de Laura, que se había dejado su portátil olvidado en la habitación de Marga. Cuando Laura se marchó Marga volvió a su cama, pensando que tenía que haber dejado que Javier hubiera viajado con ella, como tanto había insistido.
¿Y por qué no lo llamas, tonta? – se decía a sí misma, tumbada ya en la cama, acariciando sus piernas desnudas, y empezando a sentir una excitación especial recorriendo sus rodillas desnudas que no tardaron en separarse. Cogiendo el móvil pensó en llamarle, pero al ver la hora, prefirió dejarlo estar. Ella misma había decidido tomarse un tiempo de relax, intentar alejarse de él y no depender de su cuerpo y de sus besos como le sucedía… Pero, qué difícil que era hacerlo.
Marga, cerrando los ojos, se imaginó en esa lujosa habitación con su amante, pasando un día entero, sin salir de allí, como tanto deseaban ambos.
El repentino tintineo del whasap la asustó. Al ver ese número, que conocía de memoria, se emocionó.
 
 
Javier:“¿Me echas de menos? Ojalá pudiera estar ahí contigo. Te deseo tanto. Llevo todo el día imaginándome contigo en esa habitación”
 Marga: “no te puedes imaginar lo que te echo de menos. Te amo, te deseo. Más que nunca. Ahora mismo te haría cosas que ni imaginas”
Emocionada, y cada vez más excitada, esperó la respuesta, que sabía que no tardaría en llegar. Su mano izquierda, sin ella darse cuenta, ya estaba acariciando uno de sus muslos, y el calor de este le recordó lo mucho que le gustaba a su amante.
Javier: “¿en qué habitación estás?
 Marga: “543. ¿Vas a venir a visitarme? Ja, ja, ja”
Javier: “¿te apetece?”
 Marga:“más que nada en este mundo”
Javier: ¿cuánto es eso?
Marga: ¿no te lo imaginas?
Javier: creo que sí
Marga: ¿estás solo? me apetece jugar
Javier: estoy solo y yo quiero otra cosa
Marga: ¿qué quieres tú?
Javier: ¿no lo imaginas?
Marga: a ver, no sé. Dame una pista
Javier: pues me gustaría entrar en esa habitación, cogerte en brazos y llevarte a la cama
Marga: ummmmm
Javier: te desnudaría
Marga: eso no hace falta. Ya lo estoy
Javier: pues te haría el amor sobre esa cama una y otra vez. Toda la noche
Marga: dios, cómo me estás poniendo
Javier: eso sí, no dormiríamos nada de nada en toda la noche
Marga: ¿imaginas? despertar juntos. Eso me encantaría, despertarme abrazada a ti
Javier: “tus deseos son órdenes”
 Marga: Estás loco
 El sonido de la puerta de la habitación hizo que dejara de escribir ese mensaje. Más golpes sobre la puerta volvieron a hacer que se levantara.
Marga: espera, pegan a la puerta
Javier: ya, soy yo ja ja ja
Emocionada – otra vez – corrió hasta la puerta. Javier era capaz de estar allí. Al abrir la puerta vio, decepcionada, que se trataba otra vez de Laura, que le pedía el cargador del portátil. El suyo estaba roto. Al cerrar la puerta de nuevo Marga entró en el baño, y no pudo evitar mirar su cuerpo con ese camisoncito veraniego.
¡Qué pena que no estés aquí conmigo! – dijo a su Javier ficticio, al que creía ver tras de sí, mirándola, metiendo la mano por el camisón, dentro de su braga, y besándola en el cuello una y otra vez mientras ella le miraba. La puerta volvió a sonar otra vez.
– ¿Qué quieres ahora, pesada? – preguntó abriendo la puerta
– te quiero a ti – dijo Javier, sonriendo, apoyado en el quicio, mientras le enseñaba una bolsa por donde asomaba el cuello de una botella de cava.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó sorprendida
– he venido a estar contigo – dijo sonriendo, muy tranquilo
– pasa, pasa. A ver si te ve Laura.
 
Al entrar se fundieron en un beso tan ameno como inesperado. Javier, sin mediar palabra alguna, la cogió de la cintura, apretó su cuerpo al suyo, y la sorprendió con una sesión de besos lentos, bocados suaves, y unos dedos que no dejaban de viajar por el interior de su camisón, erizando toda su piel.
Mientras sus labios rociaban su boca y su cuello, sus dedos iban recorriendo sus zonas más sensibles con un leve roce, que casi parecía hecho de aire.
Nadie como él conocía los rincones erógenos de su cuerpo. Ni siquiera Carlos… Ni siquiera ella misma. Marga estaba ya desarmada, vencida antes de tiempo, pero el placer que estaba recibiendo no era nada comparado con esa sensación de plenitud, al sentirse atrapada por sus fuertes brazos.
Besándola de nuevo, lamiéndola incluso, se frotaba con ella de forma animal, mientras empezaba a susurrarle todo tipo de cosas que ni ella misma hubiera creído nunca que pudieran gustarle tanto oír.
Desnudándola completamente, ella se miraba en el espejo, atónita, vencida, transportada… Mientras, Javier saboreaba y devoraba su cuello, el lóbulo de sus orejas, de nuevo sus labios, y su nuca.
– Te deseo Javier, ni te imaginas cuánto – dijo ella recorriendo su cara con los labios mojados – hazme el amor ya, tócame como tú sabes… Hazme tuya
Javier la besó de nuevo, invadiendo toda su boca con su lengua mientras sus manos se apretaban contra el sedoso culo de Marga y la apretaba contra el bulto de su vaquero. La sangre de Marga manaba a borbotones, casi podía sentirla, y al sentir la lengua junto a la suya perdió la poca cordura que quedaba en esa habitación y en esa cabeza. Javier mordió su labio inferior con sus paletas, lentamente, mirándola en todo momento. Eso a Marga le encantaba, y más porque sabía lo que venía a continuación.
Cayeron a drede sobre la cama, como las piedras en la playa, con la luna dibujando sus cuerpos por esa amplia ventana abierta, dibujando las sombras de sus cuerpos sobre la pared… A Marga le encantaba mirarlas mientras sentía las manos de ese hombre recorriendo todo su cuerpo. Las bocas de los amantes volvieron a sellarse mientras sus cuerpos se frotaban, hasta que Javier comenzó ese ritual tan suyo…
Como esperaba no tardó en bajar a sus pechos. Después a su abdomen, tenso y duro, y continuó bajando después a sus muslos, evitando en todo momento su sexo. Javier sabía como nadie que, con Marga, era mejor ir lentamente… paso a paso. Y ella se lo agradecía, no creyendo aún que ese hombre hubiera recorrido más de mil kilómetros sólo para estar con ella. Observando a través del espejo sus figuras erguidas, frente a la cama, acarició su pelo mientras él disfrutaba de su desnudez.
Ella volvió a verse más guapa y joven que nunca… y todo, gracias a él, el mejor bálsamo que jamás nadie pudiera probar para la eterna juventud.
Casi cerrando los ojos podía verlo, imaginarlo, y sentir con mayor intensidad unos placeres que habían estado durmiendo en su cuerpo durante muchos años sin que Carlos, ni ella misma, los hubieran encontrado. Ese hombre era el verdadero escalador que había hecho cumbre en ella, el único ante el que el pudor o la vergüenza no se manifestaba en ningún parámetro.
En unos meses de relación que llevaban, y no más de cinco encuentros a solas, ese hombre conocía más de su cuerpo que ella misma.
El cuerpo de Marga había pasado a ser un nuevo instrumento musical al que nadie antes había conseguido sacar delicadas notas. Y Javier era su Mozart, su compositor, su arreglista, y, sobre todo, su intérprete. Ser consciente de estar recibiendo tanto placer era un placer mayor aún. Era increíble que ese hombre conociera el mapa de sus placeres mejor que ella misma sin apenas preguntar, tan solo tocándolo, besándolo…
Dejándose caer en la cama recordó su primera vez con Carlos. Hacía ya tanto tiempo… y fue tan distinto. Pero, casi veinticinco años después, volvía a sentirse como si estuviera haciéndolo por primera vez. Cerrando los ojos también recordó su “primera” primera vez, aquella con aquel melenudo irlandés. ¿Cómo se llamaba? – volvió a preguntarse, una vez más pues era incapaz de retener su nombre. En cambio su cara de Kurt Cobain, y su cuerpo atlético sí que lo recordaba bien.
Arthur… – pensó más tranquila, volviendo a su duelo con Javier, y alejando aquel que despertó su apetito sexual allá por el año 1992. Ese al que siempre llamó “el polvo de su vida”.
Con Javier nada era igual. Todo era de un color diferente, y de una intensidad distinta. Tan solo el olor permanecía siempre… ¡y le encantaba!.
Dejándose llevar una vez más, apartando todos sus miedos, se agarró al cuerpo desnudo de su amante y volvieron a jugar, a hacer desaparecer sus arrugas, a estilizar unos cuerpos que ya no eran como ellos mismos creían ver, y se sintieron jóvenes y lozanos otra vez.
Sabía que la guinda no tardaría en llegar. Ambos estaban tan excitados que el final acontecería sin ellos desearlo, pero les daba igual. En sus encuentros no había tiempo para el reproche, ni para buscar cosas que no surgieran porque sí. Entre ellos todo tenía que ser tan natural como ellos mismos, y ahí radicaba la dicha de ambos al estar juntos. Lo suyo era sexo, pasión, incluso lujuria… pero había algo más. Algo que empezaba a asustarle demasiado. Observando sus gritos de placer, recibiendo sus acometidas violentas, comprendió que amaba a ese hombre como jamás amaría a ningún otro… A ningún otro. Ya no había posibilidad de escapar.
Rodaron por la cama una y otra vez, destrozando sus cuerpos a base de arañazos, pellizcos, besos y mordiscos.  Sus cuerpos ardieron en la erupción de unos orgasmos tan desconocidos para ella como continuados. Tal era su excitación que terminaba uno cuando ya empezaba a sentir los latigazos del siguiente… Marga enloqueció, comprendiendo que eso que estaba viviendo era el mejor de los sueños, algo casi inimaginable.
Se mezclaban sus alientos, ella arqueaba sus caderas y todo su cuerpo mientras él clavaba su lanza mortal, y juntos de nuevo volvían a moverse de forma acompasada, cada vez más deprisa con sus cuerpos cubiertos de sudor.
Buscando su boca como el sediento que busca el agua en mitad del desierto, la selló con sus labios humedecidos por una saliva aún electrificada y alcalina, capaz de devolver la juventud al más longevo de los seres de la tierra. Exhaustos, con sus cuerpos aún robados por su amante, no dejaban de besarse, y ella le abrazó con todas sus fuerzas, abriendo más sus piernas y apretándole contra ella.
– No dejaré que te escapes – le dijo sonriendo
– algún día tendré que escapar ¿no? – le dijo él, sonriendo también
– ¿sí? ¿quieres escapar ya?
– ¿eso crees? si fuera así no estaría aquí contigo
– yo a veces quiero escapar, pero otras quisiera hacerlo contigo.
El silencio de Javier le asustó, y esa vez sí se atrevió a preguntarle
– ¿te escaparías conmigo?
– ¿yo? – contestó él muy serio, lo que le hizo asustar por primera vez 
– ¿yo? – volvió a preguntar sonriendo mientras acariciaba su mentón – yo sí, pero ¿y tú?
– yo no podría, la verdad – dijo ella, apartando la mirada, y sintiéndose sucia por primera vez
– lo sé, ambos lo sabemos, querida – dijo él, cogiéndola por la barbilla y haciendo que le mirara – esto es precioso, una bonita historia de amor, pero solo eso…
– y todas las historias tienen un final ¿no? ¿es eso lo que quieres decir?
– no, para nada… Ninguna historia termina si el escritor no pone el fin
– ¿cómo es que has venido hasta aquí? – preguntó Marga, cambiando de tema, asustada y acariciando su espalda desnuda y sudorosa – ¿qué le has dicho a Esther?
– nada. Se ha ido esta mañana para Ámsterdam otra vez
– no me dijo nada ayer en la playa
– se lo comunicaron ayer por la noche. Su compañero nuevo… ¿Qué te parece si pasamos juntos el fin de semana aquí?
– estás loco. Yo me tengo que volver mañana
– si quieres… Yo me quedo. Tengo reunión el lunes
– pues la verdad es que no sé si tendré que quedarme mañana también. Todo depende de una llamada
– sí, de la que le hagas a Carlos – sonrió maliciosamente
– no seas malo. Sabes que no puede ser
– ¿cómo que no puede ser? Ya estamos aquí. Imagina todo el día en esta habitación. Podría ser maravilloso
– ¿y qué le digo a Carlos?
– pues dile que tienes otra reunión. Imagina
– me encantaría, y lo sabes… pero no puede ser
– ¿por qué no? Después de todo Carlos está muy ocupado ¿no?
– sí, la verdad es que tiene mucho trabajo este fin de semana
– pues quédate conmigo
– estás loco
– por ti. Venga mujer. He venido aquí para estar contigo. ¿Me vas a dejar tirado?
– Javier… recuerda que está Carlos. No se lo creería. Además, últimamente está raro. Sospecha
– ¿de nosotros?
– no, de mí. Creo que ha notado que estoy diferente
– ¿estás diferente?
– claro, ¿tú no?
– no sé, supongo que sí
– Carlos no se lo creería
– ¿y por qué no se lo iba a creer? Sería nuestro sueño. Todo el fin de semana para los dos solos, sin miedos, sin nadie que nos moleste, haciendo el amor las veinticuatro horas del día… ¿qué me dices?
– que suena tentador
– además, mira lo que he traído para nos – le dijo levantándose y cogiendo la bolsa que había llevado consigo
– ¿qué es eso? – preguntó disfrutando, una vez más, de la visión de su cuerpo desnudo
– cava, fresas… y chocolate
– ¿y qué vamos a hacer con eso?
– ya lo verás… ya lo verás. Tú prepárate.
– ¿Sabes que me he enamorado de ti, verdad?  – le preguntó dejándose caer sobre la cama otra vez. El miedo de Javier le hizo estremecer, y sintió miedo. Tanto como excitación. Finalmente, como siempre sucedía, venció la excitación y el miedo se fue a dormir.
Durante no menos de tres horas en esa cama hubo sexo, amor, sexo, amor, sexo, sexo y más sexo.
  
Eran las siete de la mañana y Marga permanecía tumbada en la cama, recostada, con el peso de su cabeza sobre su mano, mientras la escasa luz del día asomaba por el amplio ventanal. Una tormenta de verano había sorprendido a la ciudad condal, y había estado lloviendo torrencialmente durante toda la madrugada. Aún a esas horas continuaba diluviando.
Ella, ajena a todo, no podía dejar de mirar el cuerpo dormido de ese hombre al que amaba más de lo que ella misma hubiera querido.
Pasando su dedo suavemente por su vientre desnudo recordaba la salvaje noche que habían pasado, por fin, juntos.
Dormir con él había sido algo mágico, pero despertar a su lado, era algo nuevo, y, sin duda, mucho mejor de lo que había imaginado.
En realidad apenas había conseguido conciliar el sueño más de dos horas seguidas, siempre despertando, para comprobar que no se trataba de un simple sueño.
Después de un buen rato disfrutando de los olores que sus cuerpos y sus fluidos habían dejado sobre las sábanas, no pudo evitar llorar.
Lloraba de felicidad. Lloraba de gozo… pero, sobre todo, lloraba de impotencia por no poder estar con él todos esos ratos que quisiera, que no eran otros que los que le quedaran de vida.
Allí, junto a él, no existía nadie más. Ni Carlos, a quien tanto quería y debía, ni Esther, su gran amiga, casi su hermana.
En su mente sólo flotaba él, y en su cuerpo aún podía sentirle dentro, haciéndola suya para siempre.
Y Marga pensó de nuevo en el futuro.
¿Cómo sería todo veinte años después? ¿Seguirían juntos? ¿seguirían amándose así?… Evidentemente la pasión ya se habría ido, y eso le daba mucho miedo.
Abrazándose a él, entrelazándose con su cuerpo desnudo y caliente, aspiró fuertemente, intentando robar cada olor que desprendía esa piel curtida, morena, y sudorosa.
Si había algo que hacía disfrutar a Marga, eso era, sin duda, los olores. Y en el sexo eran más intensos y sabrosos aún.
Le encantaba disfrutar de sus aromas sin enmascararlos con colonias, cremas ni cualquier otro potingue.
Esos aromas siempre permanecían en ella, y hacían que, cuando no estuvieran a solas, pudiera excitarse, casi animalmente, llegando incluso a sentir pequeños orgasmos con solo rozar un muslo contra el otro bajo la mesa, en el agua del mar, o en cualquier otro sitio.
Consumida por el sueño, y por la abundante y excelente sesión de sexo, que aún permanecía en su piel, Marga cerró los ojos y empezó a revivir lo que aún electrificaba su piel.
Javier la había utilizado de mesa y mantel. La había embadurnado de chocolate, había pegado a su piel sabrosas fresas, y también la había rociado con cava. Todo junto fue saboreado por su lengua, dándole a ella un placer exquisito e inolvidable.
Después fue ella misma quien hizo lo propio, con los ojos cerrados siempre, y usando solo su boca.
Atravesando la anatomía de su amante, y usando el olfato como único sentido válido, iba buscando el chocolate, después la fresa, y finalmente el cava.
El chocolate lo encontró en sus pechos, y lo comió con ganas. La fresa estaba en su ombligo profundo, y la mezcla de sabores fue brutal. El cava fue el más fácil de encontrar.
A las tres de la mañana – justo cuando empezó la tormenta – se adentraron en la ducha.
Primero lo hizo él. Ella, observándolo a través de la mampara, no pudo resistirse, y no tardó en entrar con él.
Allí se enjabonaron, se tocaron, se lavaron… y se besaron, tragando un agua templada que sabía aún al cava consumido.
Una vez más volvieron a hacer el amor, y ya eran muchas en tan pocas horas.
Después, abrazados y desnudos, miraron por la ventana y contemplaron esa maravillosa descarga de agua y luz en ese cielo negro.
A oscuras disfrutaron de los rayos, del diluvio, y, de nuevo, de sus cuerpos desnudos y deseosos.
Recordando todo volvió a sentirse excitada, y no tardó en jugar con él, que despertó pletórico de nuevo.
Una vez más volvieron a hacer el amor en esa cama de donde no hubieran querido bajar nunca, y se disfrutaron de nuevo, probando nuevos quehaceres que a ambos gustaron.
Ella misma se sorprendía al verse en el espejo, en tan extrañas posturas, recibiendo unos coletazos extraños que cargaban unos placeres para los que no creía estar preparada.
Eran tan intensos y tan fuertes que incluso llegaba a temer porque su corazón se detuviera finalmente.
Exhaustos volvieron a quedar dormidos… por enésima vez en la noche.
Abrazada de nuevo a él volvió a sentirse triste.
Ese hombre era un torrente nuevo y fresco, algo ante lo que nunca podría negarse, algo que empezaba a calar muy adentro, y algo ante lo que tenía que empezar a alejarse.
Y ahí se dio cuenta de todo.
A Carlos le querría siempre, aún allí, abrazada a otro, sentía que le quería. Siempre sería así porque nunca podría reprocharle nada, sino agradecerle eternamente…
En cambio a Javier, cuando todo terminara, cuando el arrebato se posara en otras vidas, no podría quererlo. A él sólo podría odiarlo por haberle arrebatado su vida, su felicidad, su marido, su amiga… su todo.
Él sería el único culpable de su caos.
Así, antes de que despertara, prefirió marcharse de nuevo y volver a su casa, donde estaba su pasado, a lo mejor no su presente, pero sí – con toda seguridad – estaría su futuro.
Lo siento Javier – le escribió en una nota que dejó junto a la mesita de la cama – no puedo quedarme más. No puedo hacerlo. Por Carlos, por Esther… y por nosotros. Gracias por todo. Ha sido la mejor noche de mi vida pero tú mismo lo dijiste…
– ¿El qué? – se preguntó Javier al leer la nota 
Marga bajó del avión y recibió un sms de Javier: “¿ves? has huído, pero sin mí. Así se escriben los finales.
 
 
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