LOS AMANTES: CAP 49: LA CRUDA REALIDAD

wpid-PhotoArt_11142012220148.jpgAcababa de llegar de Estambul y ya se encontraba perdida de nuevo. A la vieja basílica le había prometido continuar su vida sin Javier, pero ya le había fallado. Ella, la vieja Santa Sofía, lo sabía… Ella, también.
En el coche, fumando y llorando, recordaba esos primeros y mágicos días en esa enigmática ciudad, donde pudo olvidarse de Javier  por primera vez desde que todo empezó entre ellos. Mirando por la ventana abierta, observando el calor como penetraba en el vehículo, recordaba la vuelta en el bus que les llevó hasta el aeropuerto, y su último paso junto a Santa Sofía, esa vieja milenaria que, haciendo honor a su nombre, le había dicho lo que tenía que hacer para olvidar a ese hombre- dios.
La decisión estaba tomada, aunque aún no sabía bien cuándo la llevaría a cabo. Recordando la última vez que dejó de fumar decidió ponerse una fecha.
– Todo esto terminará cuando termine este verano – se dijo, convenciéndose a sí misma, y prometiéndoselo a Santa Sofía. Aun así ella sabía que, a esas horas, no había otra cosa que le apeteciera más que volver a sentirse entre sus brazos. Por eso estaba tan nerviosa. La noche anterior la habían pasado al fin juntos, y haber despertado entre sus brazos había sido algo ya demasiado fuerte. Fue esa mañana, justo al despertar junto al olor de ese hombre, cuando comprendió que era amor lo que sentía por él. Amor, amor y más amor. Ella misma sabía que no solo era sexo, como, quizás, fuera para él.
Carlos y Esther  ya habían quedado en la playa para pasar el día. A Javier le hubiera gustado quedar en cualquier hotel. De hecho lo intentó durante toda la tarde, incluso la noche del día anterior, enviándole multitud de mensajes que ella no quiso responder. Pasar el día en la playa siempre había sido algo fascinante para ella. Ahora, también era algo trágico, aunque nadie, mas que ellos, lo supiera. Pero en casa hacía tanto calor que no podía negarse a ir a la playa. Para colmo de sus zozobras, Carlos seguía tan atento como en el viaje, siempre pendiente de ella, siempre regalándole besos inesperados, y recuperando también una vitalidad sexual que había estado dormida durante los últimos cinco años de su vida en común.
Cuando Marga llegó a esa playa se sintió mal.  En el coche pensaba en su esposo, en la manera de ser feliz con él, olvidándose de Javier, y volviendo a una vida que siempre había sido tranquila y amena, pero al llegar a la orilla, cargada con su bolso y su sombrilla pudo verle en el agua y todo cambió de nuevo, como siempre pasaba.
Javier estaba en el agua, con sus piernas perdidas entre el líquido transparente, con su apretado bañador negro, y jugando con la superficie. Parecía tan infantil desde allí…  Javier jugaba con el agua, intentando reunir fuerzas para meterse en el agua, y parecía apartar graciosamente el agua, como si así fuera capaz de calentarla, o, al menos, de alejar parte de su frío. Al volverse Javier pudo verla llegar y ya no pudo dejar de mirarla. Ella saludó tímidamente, intentando evitar mirarle, pero era imposible… En esa playa no había otra cosa que no fuera él… Ni siquiera el Mediterráneo.
Javier salió del agua, les saludó atentamente y no dejó de mirarla y de bromear con ella, haciendo lo que siempre hacía, que no era otra cosa que meterse con ella, con su aspecto, o con cualquier cosa que pudiera molestarla… Era su manera de acercarse a ella. Si había más gente, no había otra.
Javier, en todo momento, intentaba demostrarle su deseo, incluso mandándole mensajes a su móvil, que tenía puesto en vibrador para que no sonara. Para mayor zozobra de Marga, Carlos tampoco dejaba de abrazarse a ella, de besarla, y de acariciarla, y ella no sabía bien cómo actuar.
Ver sus cuerpos casi desnudos y no poder tocarse era algo que les consumía bajo ese asfixiante sol, pero saber que ya se pertenecían, y que toda esa anatomía ya había sido suya, les hacía sentir mejor… mucho mejor.  Mejor aún se sentían cuando pensaban que ya pronto volverían a retozar juntos, desnudos, y unidos. Aun así siempre aprovechaban cualquier momento en la playa para rozarse, para acercarse, y, sobre todo, para mirarse y devorarse ante la pasiva tranquilidad de sus parejas, ajenas a todo.
¿Cómo iban a sospechar que Javier y Marga iban a estar enamorados?. Y más aún ¿cómo iban a sospechar que entre ellos existiera semejante torrente de sexualidad incontrolada? En la arena aprovechaban para ponerse juntos, siempre en la parte central que ocupaban las cuatro toallas, y así aprovechaban para mirarse con las cabezas apoyadas bajos sus brazos flexionados sobre la toalla.
Javier la miraba cuando ella misma no se daba cuenta, y siempre espiando que los otros no le descubrieran. Ella hacía igual, y sus miradas eran tan esquivas como bonitas.  Para Javier, recibir la mirada de ella, aunque solo fuera durante tres o cuatro segundos, era como recibir un rayo sobre su cuerpo… Los ojos de esa mujer eran como un caballo galopando sobre la arena… Y él era la arena pisada.
Así, el día pasó lento y tortuoso. Unido a ese calor sofocante estaba también la pasión, que casi les impedía pensar con claridad. Él le mostraba todo su deseo con sus miradas directas. Ella le deseaba más aún, pues era la única que sabía que todo iba a terminar antes de lo que pensaban.
La decisión estaba tomada, y, aunque sabía que le costaría mucho llevarla a cabo, no había marcha atrás. Había hecho una promesa a alguien muy importante, a alguien sagrado.
Excitada hasta unos límites insospechados, volvió a imaginarse en aquel haman, junto a Javier, que seguía exprimiendo cada segundo a su lado, sin importarle que sus parejas despertaran y les descubrieran. Uno de sus dedos se deslizó lentamente por la toalla. Marga podía verlo con claridad, y temía tanto que llegara hasta su piel como que no lo hiciera. Asustada, recordó aquella noche en ese pequeño hotel de carretera donde tuvieron que compartir habitación. Ese hombre tenía un poder absoluto sobre ella, y eso era lo que más le asustaba. También era lo que más le gustaba. Nunca se había sentido así. El dedo, lentamente, estaba ya a la altura de su codo plegado. Javier la miró y sonrió. Ella era incapaz de decir o hacer nada.
El dedo llegó al fin hasta su codo, y paseó por él, erizando su vello. Marga cerró los ojos. Tenía tanto miedo como excitación, y se dejó llevar.
El dedo ya estaba viajando por sus caderas, pegadas a la toalla, y cada roce era un canto celestial. Fue cuando el dedo llegó hasta su bikini, e intentó adentrarse, cuando la propia Marga se levantó asustada y corrió hacia el agua.
Al entrar notó cómo el agua hervía. Jamás se había sentido tan caliente como en ese momento, y se zambulló en el agua y nadó y nadó, perdiéndose tras las rocas. Allí lloró, y no supo porqué. No sabía si esas lágrimas nacían de la desesperación por amar a alguien de esa manera, o por sentirse mal consigo misma por hacer daño a esos que tanto quería. Sorprendida, vio a Javier junto a ella, que le sonreía, con el pelo alborotado, y la acorralaba entre la roca.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó asustada – nos pueden ver
– no te preocupes, siguen dormidos – dijo sonriendo y acercándose a ella peligrosamente
– estás loco – dijo muy nerviosa, comprobando cómo el cuerpo caliente de su amante ya estaba pegado al suyo, intentando besarla
– venga mujer, te he echado mucho de menos
– déjame, por favor – ella seguía luchando… Pero no contra él, sino contra ella misma y contra su desbordante deseo.
Entonces, Javier la besó, y su alcalina saliva volvió a llevarla a la locura. Y Marga abrió su boca, y le besó, y le mordió, y bebió de él. Entonces Javier empezó a acariciar su cuerpo, llevándola a la locura de nuevo, dispuesta ya a hacerse suya. Inmersa en dos mares – en el Mediterráneo y en el de la locura – abrió sus ojos mientras Javier devoraba su cuello, y sus manos viajaban ya por dentro de su bikini, y fue entonces cuando vio, en el cielo, una extraña nube con una forma que quiso reconocer.
– ¡Para ya, Javier! – le dijo, tirándole de los pelos, y deteniéndole en la excursión que hacía por su cuerpo – aquí no puede ser.
Marga nadó y nadó, sin escuchar a Javier, que seguía llamándola. Ella deseaba volverse, ir hasta él y hacer el amor allí mismo, junto a esas rocas, pero su cordura volvió a vencer en esa desigual lucha que mantenía con su pasión.
Además, esa nube, con la extraña forma de Santa Sofía, estaba allí para recordarle la promesa que le había hecho. Fue dentro de Santa Sofía, cuando no dejaba de pensar en él, cuando esas paredes cargadas de historia y de sabiduría se comunicaron con ella.
Fue debajo del mosaico del Cristo pantocrátor donde escuchó una suave voz que le dijo:
– Siempre será mejor el sufrimiento de dos personas que el de cuatro, o seis
– ¿seis? – preguntó ella, extrañada
– pronto seréis seis – fue lo último que le dijo – antes de lo que imaginas.
Y es que Javier no conocía algo nuevo y peligroso, algo que había provocado tanto miedo en Marga que ya le había llevado hasta ese punto del que no había retorno. Y era ahora, después de saberlo, cuando pudo comprender, al fin, las palabras tan esclarecedoras de la Santa Sofía, esa basílica de la Gran Sabiduría. Por eso estaba dispuesta a verle al día siguiente, para disfrutar una de las pocas veces que le quedaban para disfrutar de ese cuerpo demoníaco que la había poseído, y con el que soñaría toda la vida… aunque nunca más pudiera sentirlo.
El final del verano se acercaba y con él vendría la despedida de su vampiro sentimental. Así lo quiso Santa Sofía, y así obedecería ella.
De vuelta a casa Marga disimulaba sus lágrimas tras sus gafas de sol. Carlos conducía y en la radio sonó la canción de Guerrero García, el grupo del cantante del grupo de su juventud… “Para mi corazón, me basta con tu pecho… para mi libertad, tus alas bastarán”
 
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15 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP 49: LA CRUDA REALIDAD

  1. yo creo que han llegado a un punto de no retorno. Esos dos están enamorados desde hace mucho tiempo aunque ninguno lo quiera reconocer. Yo tengo unos amigos que están enamorados pero ninguno se atreve a reconocerlo porque quieren a sus parejas. Esto pasa mucho mas de lo que nos imaginamos. Se pueden querer a dos personas digan lo qeu digan los demas

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  2. creo que empiezo a imaginar el final de esta historia y no sé si me gusta. ¿De veras van a quedar juntos? Espsero que no. Es más espero que castigues a Marga y a Javier por lo que han estado haciendo. Eso está muy feo, engañar a tu pareja

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  3. Fisicamente no van a quedar juntos,pero en deseo,alma y corazón van a estar unidos de por vida.Porque no se si sera bonito o feo lo q han hecho estos dos pero lo q si q ha sido es inolvidable.Y ya pa rematar ese embarazo.¡¡Madre mía!!¿¿y ahora quien es el padre??

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