LOS AMANTES: cap 50: NOTICIAS QUE VUELAN

wpid-PhotoArt_11142012220148.jpgDespués de ese día de playa Marga no pudo resistirse, a pesar de habérselo prometido, y deseó ver a Javier… En realidad deseó verle, y algo más… ¡Mucho más!
Ya desde que se despertó, casi de noche, intentó comunicarse con él, mandándole whasaps, sms y hasta mensajes por el Messenger. Tal era el deseo que tenía que tuvo que darse una buena ducha, de esas de las que tanto disfrutaba.
En el baño, desnudándose, vio a Javier junto a ella, mirándole a través del espejo, acercando sus manos por sus pechos, bajándolas por su vientre, y apretándola fuertemente contra su masculinidad más potente. Imaginarle allí, en el baño, junto a ella mientras su propio aliento se mezclaba con el vaho del agua caliente le hacía sentir una excitación difícil de contener. Acariciando sus pechos no dejaba de mirarse… ¿Cómo un hombre como Javier podía haberse fijado en ella? – se preguntaba, intentando ver más allá de la imagen que el espejo le mostraba.
Sus pechos eran grandes, no descomunales, pero lo suficiente como para que los hombres de su oficina los miraran descaradamente a través de sus escotes. Eran redondos, blancos, y con unos pezones pequeños y rosados que aún se mantenían bastante lozanos. Su cuello era estirado y terso también, y le gustaba ver su cabello negro cayendo sobre él, con esa raya siempre en medio. Su vientre era corvo, plano, un poco abultado, pero lo justo para dibujar sus caderas, y sus piernas eran bonitas… Sí – pensaba mirándose – sus piernas eran, sin duda, lo que más le gustaba de ella misma. Eran largas, delgadas y muy estilizadas.
Bajo el agua apareció de nuevo Javier, y el agua se convirtió en los dedos de su amante. Recibir los chorros sobre su piel efervescente hizo que Marga se acariciara y disfrutara de ese momento que, últimamente, se había convertido en casi un ritual. No había día en que esa ducha no fuera un encuentro entre la Marga física y el Javier espiritual o imaginado…
Al salir de la ducha volvió a sentirse mal, sucia, y volvió a hacerse la misma promesa, esa que hizo a la vieja Santa Sofía. Nunca más, Marga… nunca más – se dijo a sí misma, llorando, y sintiéndose el ser más insignificante y nauseabundo, sobre todo porque sabía que jamás podría dejar a ese hombre del que se había enamorado perdidamente.
Ella quería a Carlos. Siempre le querría, y de eso cada vez estaba más segura, pero Javier había irrumpido de tal manera que sabía que jamás podría dejar de pensar en él, de desearlo, y, sobre todo, de querer ser devorada y disfrutada por él. Verle era desearle, y desearle era querer morir en vida. Así se sentía ella… Al borde de la locura.
Por suerte la mañana fue intensa de trabajo. Aun así siempre estuvo presente Javier. Todo el día estuvo con ese nerviosismo extraño, con ese picor entre las piernas que le hacía mantenerlas cruzadas todo el rato, y con ese deseo de quitarse la ropa y correr desnuda hasta él.
Estaba desayunando en la cafetería cercana a su oficina cuando el teléfono sonó. El número era raro, con demasiados números, como si la llamada procediera de otro país. Pensando que pudiera tratarse de Javier no se atrevió a cogerlo, pero ante tanta insistencia no tuvo más remedio que hacerlo.
– ¿Marga? – era la voz de su amiga Esther
– ¿qué tal estás, Esther? – preguntó preocupada, al ver que el estado de su amiga era nervioso
– embarazada… – dijo con ese tono sarcástico tan característico, rompiendo a reír de manera casi descontrolada
– ¿cómo dices? ¿embarazada has dicho? – preguntó Marga, totalmente fuera de sí
– no te lo crees ¿verdad?
– pues si tú lo dices… Pero tú… ¿Embarazada? ¿Cómo?
– pues imagina, querida – y rompió a reír
– ¿tú? no me lo puedo creer – dijo, notando que la tierra empezaba a tragársela, empezando por unos pies que ya desaparecían
– yo, querida. Estoy embarazada
– ¿y desde cuándo?… ¿estás de mucho tiempo?
– pues casi de dos meses ya
– ¿Y cómo no has dicho nada? ¿y Javier lo sabe?
– pues claro. Se lo he dicho esta noche. No sabía cómo se lo tomaría
– ¿Y?
– pues no sé. Creo que bien. A él le gustan los niños
– ya, pero tú… ¿Es de él?
– pues claro… Desde luego, querida, qué pregunta
– perdona, Esther… ¿estás contenta?
– sí, mucho. Un poco asustada
– ¿y cómo no me lo has dicho antes?
–  no queríamos deciros nada hasta que todo estuviera bien. Ya he estado en el ginecólogo y todo va de maravillas. Ya es oficial. Vas a ser tía
– es…. genial – dijo con tono extraño, incluso sombrío – tengo muchas ganas de verte, pero ahora tengo que colgar
– está bien. Bueno, te tengo que dejar. Voy a llamar a Carlos. Un beso
– me alegro mucho
– lo sé, querida, lo sé. A ver si ahora convencemos a Carlos también. Agur.
Cuando colgó el teléfono sintió que se moría, y rompió a llorar de nuevo.  Javier iba a ser padre y había estado con ella como si nada, sin decirle nada, sin importarle nada. Marga se asustó, llegando también a disgustarse por la buena nueva. ¿De qué estaba hecho ese hombre al que creía amar de esa manera… de hielo?
De nuevo llegó a ella la imagen de la Santa Sofía. Durante el resto del día no dejó de llorar. No sabía si se sentía feliz por sus amigos, o si se sentía morir porque eso sería, sin duda alguna, el espaldarazo definitivo para poner fin a su relación. El final del verano se acercaba, y todo apuntaba a que, como le dijo esa vieja basílica de Estambul, que nada tendría marcha atrás.
Durante toda la mañana estuvo intentando hablar con Javier. Necesitaba oírle, saber qué pensaba, y, sobre todo, saber desde cuándo sabía que Esther estaba embarazada.
Pero a Javier se lo había tragado la tierra. Su móvil estaba apagado o fuera de cobertura, y el whasap no daba señales de recibir mensajes… Ni siquiera sabía la última vez que se había conectado… ¡Nada!
Cada cinco minutos lo intentó. Dejó mensajes en su contestador, cientos de whasap, decenas de sms, y hasta en su Messenger… Pero nada, Javier parecía haber sido devorado por el monstruo del desprecio.
Por la noche, en casa, Carlos estaba raro… Sabía que después de esa noticia Marga volvería a pedirle una vez más el mayor de sus deseos, y él seguía sin ganas de ser padre. Aún no.
Marga apenas habló nada, ni siquiera cenó, y rápidamente se fue a la cama. Volvió a soñar con él, impregnada aún de unos aromas de los que no se quería desprender. Y soñó con un casino, con ruletas de la fortuna, con cartas sobre tapetes verdes, y con rostros conocidos…
¡Hagan juego! – gritó Javier en el sueño, sonriendo.  Carlos y Esther lloraban, arrojando las cartas sobre la mesa.  Ella corrió y salió del casino. No había calle. Sólo había mar.
Y ella nadó y nadó… cada vez más lejos… cada vez sintiéndose mejor, pero sabedora de que tenía que llegar a la orilla. Fue precisamente cuando llegaba a la orilla cuando sintió que las fuerzas le abandonaban… y se hundía lentamente mientras veía la orilla, cada vez más cerca.
Una vez más, y ya eran demasiadas para una misma noche, tuvo que ir hasta el baño corriendo
– jo tía – le dijo Carlos, riendo – vas más al baño que una embarazada
– lo siento querido, no sé qué me pasa, pero estoy algo mareada – dijo
– ¿no estarás embarazada tú también? – preguntó Carlos, sonriendo extrañamente
– no creo, pero.. ¿y si lo estuviera?
– no lo estás – dijo Carlos, más serio, e intentando dormirse
– ¿y por qué lo sabes? – preguntó ella, con las manos sobre sus caderas, respirando profundamente e intentando así alejar las terribles náuseas que tenía
– porque este mes no hemos hecho apenas el amor – dijo él, cerrando los ojos, mientras Marga volvía al baño y empezó a llorar como cuando era pequeña y todo le daba miedo.
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