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LOS AMANTES: CAP 52: ZOZOBRAS (CAPÍTULO COMPLETO)

swe27081244A pesar de que habían dicho que no volverían a verse, Javier consiguió convencerla una vez más. Su insistencia, unida a su terrible deseo de volver a verlo, vencieron finalmente en una batalla desigual que llevaba aguantando durante una semana entera que pasó sin verlo y sin cogerle el teléfono.
Desde aquella visita en la que Javier le cerró la puerta en las narices Marga no podía dejar de pensar en otra cosa. Esa había sido la primera vez que Javier había actuado así con ella, sin ningún cariño, sin ningún escrúpulo, tratándola como a una simple amiga… O ni siquiera eso, pero la figura amatoria de ese hombre, lejos de empequeñecerse, se hizo más y más grande. No podía dejar de pensar en él, ni con los ojos abiertos ni con los ojos cerrados, y su cuerpo pedía a gritos su piel y sus besos… Le echaba tanto de menos que incluso le dolía físicamente la carencia de sus caricias y de sus besos. Ella, después de cinco días descafeinados y de cinco noches interminables, y después de haberle dado largas, acudió al piso de ese amigo de Javier con la única idea de decirle que tenían que terminar definitivamente. La decisión ya había sido tomada. Ese hombre pasaría a formar parte de su pasado… No cabía otra opción.
Había algo nuevo en su relación, algo que lo hacía todo más complicado, y algo que haría que todo terminara ya definitivamente. No podían seguir así por más tiempo. Ya no. Ese hombre era ya algo más que una mera necesidad física… Ese hombre no salía de su pensamiento. Los mensajes de Javier eran siempre iguales: Cariño, tenemos que acabar con esto, pero no así. Necesitamos una última vez. Marga, decidida a verle por última vez, sabía que ese hombre quería un último polvo, un último momento con ella, pero a ella le pasaba igual… Le deseaba tanto. Y Marga fue a ese piso donde todo empezó determinada a cumplir con el compromiso que ella misma se había impuesto, pero ya al llegar comprendió que todo sería en balde. Javier, que sabía lo mucho que la excitaba, la esperaba tan solo vestido con esa toalla blanca bajo su vientre, cubriendo su masculinidad.
Ahí Marga empezó a perder la fuerza con la que había salido de casa. Ella había ido allí tan solo para hablar, para abrazarle, y para intentar ocultarle que no dejaría de amarle ya nunca. Quería despedirse de él, dejar una puerta abierta a su amistad, incluso a un posible “hasta luego” que era lo que más le apetecía… Dejar a Javier sería como dejar de fumar.
En el piso había silencio. Ninguno decía nada. No sabían qué decir y los dos se miraban en silencio. Ella estaba a punto de llorar, que era lo que más le apetecía a hacer, y él la miraba con esa mirada tan suya que tan irresistible le hacía. Por eso Marga se negaba a mirarle, medio desnudo, y quería decirle… ¿El qué? En realidad no sabía qué era lo que quería decirle. En cambio él no estaba dispuesto a dejarla hablar, y se acercaba a ella peligrosamente, abrazándola, acariciando sus hombros desnudos, y besando su terso cuello, que no tardaba en erizarse. Los besos de ese hombre sobre su piel hacían que toda ella se electrificara, provocando que sus piernas se cerraran y apretaran para evitar ese irrefrenable deseo que él despertaba en ella solo con acercarse.
-Javier, esto ya roza la locura… No sigas, por favor – decía, jadeante, mientras las manos de su amante ya dibujaban olas sobre sus rodillas y espalda
– Marga, te deseo, te deseo – decía él, acariciándola, susurrando a su oído mientras su aliento erizaba la piel de su cuello y por debajo de su oreja
– pero tenemos que dejarlo ya. Tú lo sabes – decía ella, susurrante, con los ojos cerrados y la boca abierta, mirando la oscuridad que le mostraban sus ojos cerrados
– sí, lo sé, pero necesitaba esta última vez contigo. Tú también lo deseas. Dímelo
– claro que lo deseo, mi amor, pero…
– pero nada… Luego hablaremos de los peros. Ahora no
Una vez más, sin darle tiempo a decir nada, Javier ya había bajado su falda, había desabrochado su camisa, y se disponía a bajar sus bragas por entre sus muslos ardientes. Ella, mirándose a través del espejo que había frente a ellos, disfrutó de ese hombre y le desnudó sin pensar en nada que no fuera lo que allí tenía que pasar.
Javier, con Marga ya completamente desnuda, la tumbó en la cama y él empezó a desnudarse para ella. Ella estaba tumbada en la cama, desnuda, con sus piernas abiertas, con sus senos despiertos, y con sus manos invitándole a abordarla. No podía dejar de mirarlo. Javier no decía nada, pero sus ojos hablaban por él. Jamás nadie la había mirado así, con tanta pasión, con tanto deseo, y – ¿por qué no? – con tanto amor. Carlos siempre la había mirado de otra manera… Nunca así, y eso era lo que tanto le gustaba. Los ojos de Javier viajaban desde sus senos a su sexo, y cada mirada era como si tuviera dedos… Ese hombre era capaz de hacerla enloquecer tan solo con su mirada y, sobre todo, con ese paseo tan sensual que hacía con su lengua por entre sus dientes… ¡Dios, eso le encantaba!
Javier, lentamente, siempre mirándola, descolgó la punta de la toalla blanca y esta cayó sobre sus muslos, mostrándole toda su desnudez… Ese hombre era un auténtico titán, un legionario del amor, y ella sería en breve el campo de batalla.
Mirarle así, desnudo, era un placer que tenía que dejar grabado en su mente, y verle acercarse a ella era ya algo sublime.
Javier se subió sobre ella, rodeándola con sus piernas a la altura de su ombligo, y la besó. El beso fue explosivo, dulce y, sobre todo, erosionador. Toda la saliva que salió de su potente boca se convirtió en un caudal incontrolable que inundó su boca, haciendo que su propia lengua tuviera que nadar contra corriente hasta encontrar el flotador que era la suya, y, cuando se unieron, bailaron una extraña danza que creó la música.
Eso era lo mágico de ese hombre, que era capaz de hacer sonar la música después de empezar el baile… Esa era su magia.
Se besaron apasionadamente, sabiendo que tenían que disfrutar de esa última vez, y grabar cada uno de los momentos que allí pasaran. Javier no tardó en salir de su boca y deslizar parte de su aliento por su cuello, después por sus senos, donde se detuvo largo rato, como tanto a ella le gustaba. Allí jugó, comió y bebió de ellos, disfrutando de esa dulzura mágica que toda mujer guarda para quien la necesite. Sus pechos se convirtieron en copas de vino joven y el resto de su cuerpo en el mejor maridaje. Javier bebía de las copas y ella escanciaba más y más licor, haciendo que la habitación casi se convirtiera en oscura y húmeda bodega.
Después besó su vientre, sus caderas, hasta perderse entre esas piernas donde tanto le gustaba dormir. Jugó con su lengua, con sus dientes, y ella disfrutó como nunca… Ese hombre tenía el don de hacerla disfrutar cada vez más, y, aunque hiciera siempre lo mismo, siempre parecía algo nuevo y diferente, y siempre más placentero.
Verle era el mejor de los espectáculos… Ese hombre disfrutaba allí, alimentándose del placer mismo de Marga, y jugaba con tanta delicadeza que ella no tardaba mucho en encontrar ese placer máximo por el que tanto arriesgaba.
Javier disfrutaba de ella casi tanto como ella de él. Para él, verla disfrutar, oírla en su placer, y embriagarse entre sus carnes era un placer indescriptible. Le gustaba morder, lamer, chupar de ella, y observar sus movimientos, sus gemidos, sus estiramientos musculares, y esos grititos de placer que tan especial la hacían… Cada uno de sus movimientos los guardaba para él, como si pudiera grabarlos, observándola entreabriendo uno de sus ojos por encima del monte de vello caoba por donde aparecía la cara de ella, totalmente enajenada y pintada por los pinceles de la pasión más absoluta… Con los ojos cerrados siempre, gemía, entreabría los labios y dejaba pasear su lengua mojada mientras susurraba “dios mío, dios mío”
 
Javier jugó con ella hasta que llegaron esos movimientos y sonidos que tanto le excitaban… Marga, cogiendo con fuerza el pelo de Javier, tiraba suavemente mientras subía sus glúteos y sus muslos, su vientre se endurecía y su boca comenzaba a proferir todo tipo de gemidos y susurros, acompañados por esos largos síes que tanto le gustaba oír.
Esa mujer parecía a punto de salir de su propio cuerpo. Sus muslos se endurecían y apretaban contra él, su vientre mostraba sus adbdominales, como si fueran un dibujo, y sus pechos se dejaban pellizcar mientras su lengua paseaba por todos sus labios, por sus paletas, y sus ojos se entreabrían para pedirle que  se acercara a su boca y la besara con pasión.
El beso, como siempre, fue salvaje, de lenguas enroscadas y lucha de cuchillos dentales. El sabor de la boca dulce de Marga se mezclaba con la de Javier, y ese fuerte sabor hacía todo más excitante… A él le gustaba. A ella, aún más.
-Házme el amor, cariño – le dijo, mirándole a los ojos, besándole en la boca, y arañando su espalda mientras abría sus piernas y le rodeaba para que no escapara. Javier disfrutaba mirándola, oliéndola y, sobre todo, escuchándola. Esa mujer era una gata en celo, una leona salvaje, y en esa situación parecía otra mujer completamente diferente a la Marga modosa que siempre había conocido y que – ¿por qué no decirlo? – siempre le había aburrido.
Esa Marga era fogosa, desinhibida, y, sobre todo, placentera… Era una mujer con un don físico indudable, de turgentes senos, de curvas redondas, de largas y contorneadas piernas, pero, también, tenía un don externo bañado por su perfume que la hacía simplemente irresistible.
Con ayuda de ella Javier penetró en ella con violencia, como a él le gustaba, y como a ella le gustaba, y permaneció dentro de su amada durante no menos de un minuto en silencio, tenso, mirándola, y disfrutando del calor que le quemaba suavemente.
-Dios Marga, eres maravillosa – le dijo, mirándola y besándola, mientras ella, con los ojos siempre cerrados, movía su cabeza de un lado a otro de la cama, sacando su lengua y demostrándole que no había un momento en su vida mejor que el que estaba viviendo junto a él.
Así, mirándola y sintiéndola, la miraba y pensaba en lo hermosa y enigmática que parecía. Esa mujer no era como la suya, ni como ninguna  otra que hubiera conocido antes… Esa mujer era una muñeca, una niña bien, una modosita que había sido poseída por la misma Venus para darle los placeres más grandes que jamás hubiera imaginado. Allí, en ese cuerpo despierto, descansaba la misma diosa de la lujuria envuelta con una cara de niña angelical… Como si de un regalo se tratara.
Hicieron el amor una y otra vez, como siempre hacían, pero con la atenuante de la despedida, que lo hacía todo más intenso y emocionante. A pesar de haberlo pensado – ambos – incluso de haberlo dicho – ambos también – los dos sabían lo difícil que sería decir adiós a algo tan intenso y adictivo.
Para Marga aquello estaba resultando diferente. Y Javier lo notaba en su mirada. Había algo en ella que le asustaba, pero que también le hacía desearla más. Esa mujer parecía diferente, parecía otra, más mujer, menos terrestre… ¿más soñada?
Sudaron el uno sobre el otro y se bañaron el uno en el otro hasta que el cansancio les dejó casi dormidos en aquella cama que tan bien conocían ya.
De nuevo exhaustos buscaron un aliento que les faltaba. El calor de la ciudad no ayudaba, y el aparato de aire acondicionado tampoco funcionaba. Javier se metió en la ducha, y Marga, tumbada y asustada, le miraba a través de la mampara transparente, comprendiendo que ese cuerpo la tenía hechizada y que, nunca, podría alejarse de él.
Verle debajo del agua, con ese torso plano y duro, con esos muslos fuertes, y esos brazos musculosos, era como ver a un dios mitológico en un museo. Aun así decidió enfrentarse a sus miedos. Cuando Javier salió de la ducha Marga ya estaba vestida, y dispuesta para marcharse.
-Javier, tenemos que dejarlo ya. Ésta será nuestra última cita – le dijo, reuniendo unas fuerzas que no le pertenecían.
Javier se quedó paralizado. No era la primera vez que le decía que todo tenía que terminar, pero sí había algo raro en la fuerza del discurso, en lo directo de su mirada, y, sobre todo, en la clara exposición de los hechos.
Javier se quedó helado. No podía creer que realmente estuviera diciéndole en serio que todo tenía que terminar entre ellos. Las palabras de Marga le asustaron. La noticia era tan inesperada como peligrosa. Lo suyo terminaba allí mismo, en ese momento. Aun así, intentó convencerla para que lo pensara mejor.
-No es el momento. Aún no me puedes dejar – repetía constantemente, como un niño pequeño
– ¿no es el momento aún?… ¿qué quieres decir con eso? – preguntó ella, sin comprender su estúpida actitud
– pues que tienes que esperar un poco más. Te necesito ¿sabes?
– y yo a ti, pero no quiero depender de ti para ser feliz. No puedo permitírmelo. Ni ellos
– lo sé, pero es que te necesito de verdad. Espera un poco, por favor
– ¿esperar? ¿a qué quieres que espere? Javier, no te entiendo
– un poco más, por favor. No es el momento aún
– no te entiendo – le dijo, cada vez más sorprendida y asustada.
Javier parecía un niño pequeño implorando una clemencia que ella no le podía otorgar.
Por primera vez le vio de otra manera. No sabía qué era, pero su actitud le asustó.
-Javier ¿has escuchado lo que te he dicho?
– sí
– además, esto se lo tengo que decir a Carlos. Yo ya no puedo vivir con esto dentro
– espera un poco. No le digas nada, por favor. Espera un par de semanas
– ¿para qué?
– por favor, dame una semana más, solo
– no sé si voy a poder – le dijo antes de cerrar la puerta y alejarse.
Fue en el coche donde rompió a llorar. Su vida se desmoronaba ante sus ojos, y tenía que ponerle remedio de una vez por todas… y acabar así con unas zozobras que ya pesaban tanto que casi ni le impedían levantar.
Tenía que empezar su nueva vida de nuevo. Y empezar una nueva vida era acabar con su pasado… con todo. Aunque con ello hiciera mucho daño.
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Autor:

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

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