LOS AMANTES: CAP 53: ¿CÓMO DECÍRSELO? (CAPÍTULO COMPLETO)

swe27081244Tres horas más tarde Carlos llegaba del trabajo muy cansado. Era ya la tercera semana trabajando a destajo, de sol a sol, y todo por ese dichoso contrato que tenían que conseguir, y que, finalmente, parecía casi hecho. Al llegar a casa algo le extrañó, pero también le tranquilizó.
El olor que le recibió, ya antes de abrir la puerta, era intenso, ameno, y muy conocido. También era lejano en el tiempo. Tanto que ya, hasta lo había olvidado. Recorriendo el pasillo fue deleitándose por esa mezcla de olores y sabores que impregnaban la casa, intentando descifrar las mezclas utilizadas, y, sobre todo, las especias derramadas sobre ese caldero otrora tan utilizado. Al llegar al salón Marga le estaba esperando junto a una preciosa mesa, repleta de velas, de fuentes de comidas coloridas, y de salsas que parecían escupir una estela de sabores picantes por el aire, llamando su atención. Además, Marga estaba especialmente guapa esa noche, como venía sucediendo en las últimas noches en las que se había vuelto a enamorar de su esposa, o,  mejor dicho, temer perderla. Hacía tiempo que no la veía así de hermosa, y notó algo extraño en su mirada. Tan extraño era que llegó a asustarle, incluso.
-¿Y esto? – preguntó extrañado, mirando ese precioso traje de velos azules que Marga no se ponía desde hacía muchos años, y que tan bien le seguía sentando
– ¿es que no te acuerdas? – preguntó ella, sonriente
– claro que sí. Nuestro viaje de novios
– ¿Recuerdas lo bien que lo pasamos en Petra?
– sí que lo recuerdo – dijo, acercándose a ella, acorralándola contra la mesa, y acariciando su sedosa piel bajo esos velos que la hacían parecer completamente desnuda
– ¿recuerdas todo? – preguntó ella, dejándose besar y acariciar por unas manos que parecían extrañas sobre su cuerpo
– recuerdo todo – dijo él, empezando a sentirse excitado al ver que bajo esos velos no había más ropa que su propio cuerpo, ese al que no había accedido en las últimas semanas.
Carlos siguió abrazándola, acariciando su cuerpo, y besándola. Ella se dejó llevar, recordando tiempos mejores en su relación, pero sintiéndose bien al poder demostrarse a sí misma que podía seguir queriendo a su marido a pesar de Javier. El beso  fue tierno, caliente… incluso húmedo, y muy acogedor. Así eran siempre los besos de Carlos. Siempre fueron más que correctos.
Desde luego no fueron sus besos, ni sus duelos amorosos, los que le hicieron enamorarse de él, sino su fuerte personalidad, su buen corazón, y ese esmero y cuidado con el que siempre había cuidado de ella, anteponiéndola a todo… ¡a todo menos a su trabajo!.
Marga no tardó en ponerse nerviosa. Quizás demasiado. Miraba a su esposo, observando el paso del tiempo, y la falta de pasión en su relación.  Por suerte, también fue redescubriendo esa belleza, y ese aura que siempre le había rodeado, otorgándole algo especial.
Carlos está especialmente excitado esa noche, y Marga decide detenerle en sus ansias.
-Cariño, despacito… primero la cena
– a la mierda la cena – dijo, ya incapaz de contener todo ese ímpetu que ella misma había despertado, acariciando la seda de su piel, y besando un cuello hermoso que le apetecía mordisquear con sus colmillos
– no, querido… tienes que ser paciente. Además, me gustaría decirte una cosa importante
– ¿el qué es más importante que esto, mi vida? – preguntó mientras sus manos ya paseaban por la curva de su culo sedoso y frío – te deseo
– yo también… yo también – le decía, sin mentirle, pues las caricias de su esposo empezaban a despertar  un cuerpo que empezaba a no poder controlar – pero primero la cena o se nos enfriará el pato a los frutos del bosque
– ¿me has preparado tu exquisito pato indio? – preguntó emocionado – ¿y eso?
– ya te he dicho que hoy es un día especial
– ¿ah sí?
– sí, pero a lo mejor no es tan especialmente bueno como puedas creer. No sé si lo que tengo que decirte te va a gustar mucho…
– pues dímelo – dijo él deteniendo su exploración carnal ante la seriedad de sus palabras
– primero cenemos. No es tan fácil ¿sabes?
– me estás empezando a asustar.
Si había preparado todo no había sido para acabar haciendo el amor sobre la mesa. Además,  ella ya había tenido su ración carnal esa misma tarde. En realidad había tenido varias raciones… ¡y de la mejor calidad!. La cena no era más que una excusa para hablar con él, y contarle algo que ya quemaba, que dolía, y que no podía ocultar por más tiempo.
Alguien como Carlos no se merecía que le engañaran así, que le ocultaran algo tan importante, y, aunque seguro que le iba a doler, no podía ocultarlo por más tiempo. También sabía – y temía – que su relación podía sufrir un serio revés para no volver a recuperarse jamás pues ya habían hablado de eso muchas veces. Él siempre se lo dejó claro. Jamás podría perdonárselo.
Aunque Javier había intentado convencerla para que no le dijera nada – al menos aún – ella no podía soportar ya tanta presión. De todos modos  Carlos se iba a enterar, al igual que todos.
Aunque era algo que disfrutaría ella, y que él iba a sufrir sin duda, lo siente ya como lo más hermoso que le ha pasado en su vida, y no piensa renunciar a ello, aunque con ello sea capaz de deteriorar un poquito más su matrimonio. Además, confiaba en que Carlos lo entendiera… aunque para ello necesitara tiempo… ¡mucho tiempo!.
Mirándole, mientras cenaba el cuscús y ese pato que tan bien sabía pensó que esa noche terminarían haciendo el amor, si todo iba bien.  Era la primera vez, en mucho tiempo, que hasta le apetecía acercar su cuerpo al suyo, y por primera vez en mucho tiempo Javier desapareció de su pensamiento. Marga se llegó a sentir incluso con más fuerza, pero no era más que un espejismo. Javier no tardaría en aparecer de nuevo.
No hacía ni tres horas que se separó de él, y ya sentía que volvía a necesitar el olor de su piel junto a ella. Había ido a verle a ese hotel para decirle que todo tenía que terminar, que no podía más, y que estaba a punto de volverse loca. Su historia de amor ya no era esa simple historia de pasión y sexo. Había algo más, algo peligroso y que terminaría por arrastrarles hasta el abismo del dolor. Por eso tenía que hacerlo. A esas alturas del juego tenía que decidir con claridad, sin más aspavientos ni engaños: o Javier o Carlos. Y la decisión, muy a su pesar, ya estaba tomada.
De nuevo se perdió en él, y, recordando sus manos sobre su cuerpo, su boca sobre su cuerpo, y su cuerpo sobre su cuerpo, volvió a excitarse de nuevo.
-No, Marga – se decía a sí misma – vuelve a casa… vuelve con Carlos. Tienes algo muy importante que decirle, pero… ¿cómo hacerlo con delicadeza para no romper esta paz que nos rodea? ¿Sería capaz de comprenderla? ¿lo aceptaría sin más? ¿y cómo hacer para que el golpe no fuera tan duro? Mirándole de nuevo sabía que Carlos no tardaría en montar en cólera. Por eso, una vez más, prefirió callar y no decirle nada.
¿Cómo decirle a alguien como él  algo tan duro y que podía hacerle tanto daño, hasta el punto de cambiar todo lo que le quedaba de vida? ¿Sabría aceptarlo con madurez, con amor, y comprender que todo lo que había pasado había escapado de sus manos? ¿sabría  o podría perdonarle, así sin más? ¿Cómo decirle que ella también estaba esperando un hijo? Él nunca quiso hijos. Y siempre lo había dejado bien claro.
Además, ¿y si no era suyo?… ¿y si era de Javier?
                                                        ………………………
Eran ya  las dos de la mañana y Marga lloraba en su habitación, tumbada en la cama, mientras miraba el cielo caluroso de su Málaga festiva.
Junto a ella no dormía Carlos, que estaba en el salón, intentando recomponer sin duda todo lo que había escuchado de boca de su esposa.
Aún podía recordar cuando le dijo lo que tanto temía hacer, y su reacción.
– Cariño, tengo que contarte algo muy importante – le dijo levantándose de su silla y sirviéndole de una botella de Viña Ardanza, ese tinto que tanto le gustaba y que solo abría en ocasiones especiales.
Carlos se quedó mirándola, medio desnudo, intentando recoger cada luz cobriza nacida del reflejo de la vela sobre su piel. Esa noche esa mujer estaba más guapa que nunca, incluso radiante, a pesar de la seriedad de su rostro.
– ¿No te da algo de envidia lo del embarazo de Esther? – preguntó, buscando una forma de empezar, sin ir directamente al grano, pero abonando el terreno
– ¿te digo la verdad? – preguntó él, sorbiendo de ese vino que tanto le gustaba
– por favor – dijo emocionada
– pues sí que me dio envidia, la verdad. No sé qué me pasa pero últimamente estoy algo raro. Es como si sintiera que nuestra relación tiene que dar un paso más
– Carlos… cariño – dijo emocionada – ¿estás hablando en serio?
– pues no lo sé. La verdad es que no sé lo que me pasa últimamente. Desde que les vi en la playa no dejo de pensar en nosotros. A veces pienso que no eres feliz, que no te hago feliz… incluso he llegado a creer que me engañas con otro, y que, tarde o temprano, me dejarás.
Últimamente tengo celos de todo el que se acerca a ti, e incluso he llegado a mirar en tu móvil, de lo que no me siento nada orgulloso, por cierto. ¿Sabes que un día llegué a pensar que tú y Javier estabais liados?
– ¡por Dios! – dijo intentando disimular un nerviosismo más que visible
– lo sé. Soy un idiota, pero quiero que seas feliz por encima de todo. Y quiero ser yo quien te haga feliz. Por eso me dio envidia al ver a Esther tan feliz y a ti tan triste
– pues no tienes que sentir más envidia porque yo también estoy embarazada
– ¿cómo? – preguntó totalmente anonadado, bloqueado por lo que acababa de escuchar.
Javier había reaccionado mucho mejor de lo que esperaba. Rápidamente la abrazó, acarició su barriga, y la cuidó y mimó durante el resto de la noche, haciéndola descansar.
Ese hombre era otro hombre completamente distinto, aunque volvía a ser aquel Carlos que la enamoró cuando no eran mas que unos quinceañeros.
 
Marga seguía llorando en la cama. Se sentía mal por todo el daño que podía hacer aún a Carlos, sobre todo porque estaba segura de que ese niño era de Javier. Es más, estaba segura hasta del día que se quedó embarazada, aquel día que hicieron el amor en la cocina mientras Carlos y Esther fueron al mercado.
Tan ensimismada estaba en su dolor que ni se dio cuenta de que Carlos había entrado en la habitación y se metió en la cama con ella.
– ¿Qué te pasa, querida?
– no lo sé
– ¿no eres feliz?
– pues sí, y mucho – mintió – ¿y tú?
– pues sorprendentemente sí. Ahora sólo falta confirmar que el hijo es mío
– ¿qué quieres decir? – preguntó totalmente aterrada
– que es una broma, mujer… ¿por qué estás tan tensa? Pareces asustada incluso
– es que lo estoy. No pensé que te lo fueras a tomar tan bien, la verdad
– ¿por eso estabas tan rara todos estos días?
– supongo que sí – volvió a mentir
– pobrecilla mi niña – dijo, abrazándose a ella, y acariciando por primera vez su barriga – lo has tenido que pasar muy mal por mi culpa. Lo siento
– no tienes nada que sentir, tonto – dijo, sintiendo su abrazo, y notando cómo le hacía sentir mejor – me alegro de que estemos embarazados ¿sabes?
– y yo… y yo – dijo él, besándola, y notando cómo su esposa abría la boca para aceptarle y empezar un nuevo juego que a ambos apetecía porque empezaba una nueva vida para ellos.
Hicieron el amor de nuevo, y ninguno persiguió el mero placer físico. Ambos se sintieron unidos de nuevo, enamorados otra vez, hasta que la figura de Javier volvió a irrumpir en el funesto pensamiento de Marga.
– Acabaré olvidándote, te lo juro – pensó, hablándole al cielo que entraba por la ventana para que trasladara sus palabras hasta donde estuviera Javier.
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Publicado por

josamotril

mi blog solo de relatos: http://josaliteraria.wordpress.com

8 comentarios sobre “LOS AMANTES: CAP 53: ¿CÓMO DECÍRSELO? (CAPÍTULO COMPLETO)”

  1. deberian pillarlos sus maridos porque ni Carlos ni Esther se merecen esos cuernos tan crueles aunque en realidad creo que Esther si que se los a buscado solita porque tambien es infiel pero aora que está embarazada todo sera diferente. Nunca he leido novelas pero esta me esta gustando mucho porque me la recomendo una amiga que a estado leyendola desde el principio. Javier y Marga son unos cerdos, si estas casado no puedes estar ocn otras o otros

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